ANMELDENMAXIMILIANO
El aire en la sala de juntas es un veneno puro que no puedo tragar. Los pulmones se me cierran. Intento tomar una bocanada, pero me ahogo con mi propio aire.
No es posible.
No puede ser ella.
La mujer que destruí, la muchacha asustada de veinte años que abandoné en la miseria hace cinco años, está sentada en la cabecera de mi mesa.
En mi silla.
Miranda cruza las piernas viéndose grande, hermosa, elegante. Me observa con esos ojos oscuros, fríos, desprovistos de cualquier rastro del amor que un día me tuvo.
—Afuera todo el mundo —digo.
Nadie se mueve. La parálisis en la sala es absoluta.
—Max... ¿estás seguro? —me pregunta Sebastián, dándome un paso al frente y poniéndome una mano cerca del hombro—. Esta situación legal es delicada. No podemos cometer un error ahora.
—Dije que se vayan. ¡Todos fuera! —bramo, volteando a verlo con la mandíbula apretada.
Donahue, el socio minoritario, se ajusta las solapas del saco, temblando de rabia y desconcierto.
—No puedes sacarnos así, Maximiliano —protesta Donahue levantando la voz—. Tengo el diez por ciento de esta firma. Esta mujer acaba de irrumpir en una junta oficial y pretendes que dejemos la oficina a solas con...
—Si no cruzas esa puerta en tres segundos, Donahue, te juro por mi vida que mañana mismo inicio una investigación penal por omisión en el desfalco —lo amenazo, clavándole una mirada letal—. Y sabes perfectamente que te hundo antes de que termine el día. Muévete.
El hombre palidece, traga saliva con dificultad, recoge sus carpetas a toda prisa y sale casi corriendo de la sala.
—¡Esto es una locura, Maximiliano! —chilló mi madre, Eleanor, llevándose las manos cargadas de anillos al pecho—. ¡No te puedes quedar a solas con esta cazafortunas! ¡Nos engañó! ¡Nos tendió una trampa con sus abogados! ¡Hay que llamar a la policía!
—Madre, cállate y sal de aquí —le ordeno sin mirarla, sin despegar los ojos de Miranda—. Sal ahora mismo antes de que diga algo de lo que te arrepientas el resto de tu vida.
—¡Eres un imbécil! —grita ella fuera de sí, dando un pisotón antes de salir hecha un demonio por el pasillo.
Sebastián suspira, me mira y camina hacia la salida. Se detiene en la puerta, esperando a la abogada que acompaña a Miranda.
La chica junta con calma los documentos sobre la mesa de caoba. Se acerca a ella y le habla en un tono firme pero con evidente preocupación.
—¿Estarás bien, Miranda? —pregunta Sofía, mirándome de reojo con franca desconfianza—. Puedo quedarme si lo prefieres. No tienes por qué aguantar a este tipo a solas.
Miranda deja escapar una sonrisa pequeña y miro pese a la conmoción los labios que un día me pertenecieron.
—No te preocupes, Sofía. Déjanos a solas —responde con una serenidad que me quema por dentro—. Daño no puede hacerme. A menos que decida golpearme... y bueno, creo que golpear a una mujer es caer demasiado bajo, incluso para él. O al menos eso quiero pensar.
La frase me atraviesa el pecho. Me quedo sin aliento. ¿De verdad cree que sería capaz de ponerle una mano encima? ¿Tan monstruo me ha vuelto en su memoria?
—Jamás te pondría una mano encima —mancillo entre dientes, con el estómago revuelto—. Jamás.
Miranda ni siquiera se inmuta ante mi interrupción. Le hace una leve seña con la cabeza a su abogada. Ella me dedica una última mirada de desprecio, sale de la habitación y cierra las dobles puertas de madera noble tras de sí.
Estoy de pie a dos metros de ella, con los puños cerrados a los costados, sintiendo como el sudor me recorre la nuca.
Miranda no se mueve. Permanece sentada en la cabecera, con los dedos entrelazados sobre la madera, mirándome como un juez mira a un reo condenado.
—¿Qué es lo que pretendes, Miranda? —le pregunto directamente—. ¿Qué es todo esto?
—Simplemente vine a recuperar lo que me pertenece —responde sin alterar el tono de su voz, mirándome de frente—. Nada más que eso.
—Por favor. Esto es venganza, Miranda. Es solo un tipo de venganza porque te dejé, porque me fui de esa manera y te quité las acciones. Viniste a destruirme por resentimiento.
Miranda entorna los ojos y deja escapar una risa seca, despectiva.
—No te creas tan importante, Maximiliano —me frena en seco, inclinándose levemente hacia adelante—. ¿Venganza? No gasto mi tiempo ni mi dinero en motivaciones tan absurdas. Simplemente vi la oportunidad en el mercado para recuperar uno de los negocios más importantes que dejó mi padre, y lo hice. Esto es una transacción financiera, nada más.
—¡No me vengas con cuentos corporativos! —insisto, apoyando ambas manos sobre la mesa de caoba—. Compraste el cincuenta por ciento en secreto, organizaste esto a mis espaldas y apareciste en medio de mi junta. No me digas que no hay rencor en esto. Es venganza pura y dura.
—Piensa lo que te ayude a dormir por las noches —contesta—. Si te reconforta creer que eres el centro de mi universo y que cada uno de mis movimientos gira en torno a ti, allá tú. Yo solo vine por mi patrimonio.
Me la quedo mirando, desarmado por completo. La frialdad con la que habla me sorprende porque nunca fue asi de segura. La arrogancia con la que manejo mis juicios no sirve de nada ante la mujer que tengo enfrente.
Aflojo la tensión de mis hombros y dejo ir un suspiro pesado. El nudo en mi garganta se afloja solo un poco, dando paso a una punzada de culpa que llevo cinco años aplastando.
—De igual forma... me alegra haberte visto —digo en voz baja, bajando la mirada por un segundo antes de volver a sostenerle los ojos—. Fui un completo idiota, Miranda. Lo sé. Me dejé llevar por la ambición más podrida, por mi madre, por mi entorno. Lo que te hice no tiene justificación alguna.
Miranda no pestañea. No hay ablandamiento en su rostro, ni un solo chispazo de compasión.
—Me alegra que al menos tengas la capacidad de reconocerlo —responde en un murmullo frío—. Aunque tus disculpas llegan cinco años tarde y no cambian absolutamente nada de la realidad de esta empresa.
—Llevo meses teniendo pesadillas —confieso, dando un paso más hacia ella.
—Tus pesadillas y tu remordimiento son tu problema, no el mío —me interrumpe—. No vine a ser tu terapeuta ni a escucharte lamentar por el pasado. Vine a tomar el control del cincuenta por ciento de este bufete.
—¿Qué piensas hacer, Miranda? —le pregunto.
—Por lo pronto, convertirte a ti en un empleado más —responde sin vacilar—. Se acabaron tus días como director general y como la estrella que maneja a las grandes multinacionales. A partir de hoy, recibirás únicamente casos de menor importancia. Tu mala gestión destruyó las finanzas de esta empresa, porque si como hombre y ser humano eres pésimo, como administrador demostraste ser peor. Así que acostúmbrate a la nueva realidad, Maximiliano: estarás muy por debajo de mí y responderás como un empleado más de esta firma.
—¡No puedes hacerme esto! —bramo, dándole un golpe a la mesa de caoba mientras la desesperación me nubla el juicio.
—Sí puedo. Y quiero hacerlo —contesta ella sin dar un solo paso atrás.
—Te estás vengando—insisto con la voz quebrada, acorralado—. Dilo de una vez.
—Piensa lo que quieras, Maximiliano —sentencia en un murmullo helado.
En ese preciso instante, el teléfono de Miranda comienza a vibrar sobre la mesa. Ella desliza la pantalla y se coloca el aparato en la oreja. Da un par de pasos hacia el ventanal, alejándose de mí.
A los pocos segundos. Su rostro pierde el color, los ojos se le abren de par en par y la respiración se le acelera. Por la forma en que escucha, por la forma tensa en que aprieta el teléfono contra su oreja, sé que es algo grave.
—Voy para allá ahora mismo—Corta la llamada, camina hacia la mesa y recoge su bolso de mano y sus documentos sin siquiera mirarme.
—¿Para dónde vas? —la encaro—. Tenemos que seguir hablando, Miranda. Esto no se queda así.
—No puedo hablar ahora —Sin decir una sola palabra más, me esquiva y sale casi corriendo de la sala de juntas.
Me quedo un segundo paralizado, pero un segundo despues, salgo detrás de ella porque esta conversación entre los dos no ha acabado.
MIRANDA.—¿Qué haces aquí? —le exijo, dando un paso firme hacia el interior.Maximiliano se pone de pie despacio, ajustándose el saco sin despegar los ojos de mí.—No vas a quitarme mi derecho, Miranda —dice con voz baja pero intransigente—. Es mi hija y tengo todo el derecho de estar con ella.—¿Quieres medir fuerzas, Maximiliano? —lo encaro, interponiéndome de inmediato entre él y la cama—. Tú sabes muy bien que te puedo ganar. Tienes todas las de perder, así que no te impongas, que tú ya no eres nadie aquí. Y si quieres ver a mi hija a las malas, te va a ir peor. Así que sal de aquí ahora mismo.—No me voy a ir —insiste él, dando un paso hacia la camilla—. No me vas a alejar de ella.En ese preciso instante, la puerta se abre de par en par. Sofía entra a la habitación acompañada por dos oficiales de policía del hospital.—¡Es él, oficiales! —señala Sofía con firmeza—. Este hombre se metió a la fuerza, me empujó fuera de la habitación y cerró la puerta con seguro para quedarse a sol
MAXIMILIANO.Salgo del hospital con el pulso desbocado y la cabeza a punto de estallar. El aire helado de la noche me golpea la cara, pero no logra sacarme del impacto. Camino hasta el auto, me encierro y marco el número de Sebastián.—Max, ¿qué pasó? ¿Dónde estás? —responde Sebastián al segundo tono.—Ven a mi departamento. Ahora. Trae algo fuerte para tomar.Treinta minutos después, Sebastián entra a mi sala, deja una botella de whisky sobre la mesa y me observa mientras me sirvo el primer vaso de un trago.—Habla de una vez, Maximiliano. Pareces un fantasma. ¿Qué pasó?—Fui al hospital donde estaba Miranda—¿Qué hacia Miranda en el hospital?—No estaba sola, Sebastián —digo, sirviéndome otro trago sin mirarlo—. Había una niña en esa cama. Una niña de cuatro años.Sebastián se queda congelado, con la copa a medio camino.—¿Una niña? ¿De qué hablas?—Esa niña... la voz que escuché en mis sueños estos cinco años, esa voz angelical que me atormentaba todas las noches y que creí que era
MIRANDAMe pongo de pie, sorprendida por su presencia, pero reacciono de inmediato. Me cruzo en su camino y me coloco entre la camilla de Anastasia y la puerta, bloqueándole el paso a Maximiliano antes de que dé un solo paso más hacia el interior de la habitación.—¿Qué haces aquí? —le digo en un susurro, mirándolo fijamente a los ojos mientras señalo con la mano hacia el pasillo.Maximiliano ni me escucha. Ignora por completo mi gesto y mantiene la vista clavada por encima de mi hombro, fascinado y desconcertado por la pequeña que duerme bajo las sábanas.—¿De quién es esa niña? —pregunta él, arrugando la frente, incapaz de apartar la mirada.—A ti no te importa. Sal de aquí, está durmiendo —respondo en voz baja, apoyando la palma de mi mano contra su pecho y empujándolo hacia atrás con firmeza para obligarlo a retroceder.—Es tu hija... —murmura, parpadeando despacio mientras procesa la escena.—A ti qué te importa, Maximiliano. Sal inmediatamente —reitero, sujetando el borde de la
MIRANDA.Salgo al vestíbulo casi corriendo, ignorando a los empleados que se hacen a un lado al verme pasar. Escucho los pasos pesados de Maximiliano detrás de mí, pero no me detengo ni un segundo a esperarlo. Cruzamos las puertas de cristal de la torre y me abalanzo sobre el auto negro donde el chófer nos espera con la puerta abierta y el motor encendido.Sofía y yo subimos de un golpe a la parte trasera del vehículo. Le doy un portazo en la cara a Maximiliano justo cuando intenta estirar la mano para detener la puerta.—¡Arranca ya! —le ordeno al chófer.El auto sale disparado a la avenida, dejando a Maximiliano de pie en la acera, confundido y observándonos desaparecer entre el tráfico.—¿Qué demonios pasó, Miranda? —pregunta Sofía mirándome alarmada desde el asiento de al lado—. Estas blanca como un papel. ¿Ese infeliz te dijo algo?—No es Maximiliano —respondo, tratando de dominar el temblor de mis manos—. Era María. Anastasia está en el hospital.Sofía se gira hacia mí con los o
MAXIMILIANOEl aire en la sala de juntas es un veneno puro que no puedo tragar. Los pulmones se me cierran. Intento tomar una bocanada, pero me ahogo con mi propio aire.No es posible.No puede ser ella.La mujer que destruí, la muchacha asustada de veinte años que abandoné en la miseria hace cinco años, está sentada en la cabecera de mi mesa.En mi silla.Miranda cruza las piernas viéndose grande, hermosa, elegante. Me observa con esos ojos oscuros, fríos, desprovistos de cualquier rastro del amor que un día me tuvo.—Afuera todo el mundo —digo.Nadie se mueve. La parálisis en la sala es absoluta.—Max... ¿estás seguro? —me pregunta Sebastián, dándome un paso al frente y poniéndome una mano cerca del hombro—. Esta situación legal es delicada. No podemos cometer un error ahora.—Dije que se vayan. ¡Todos fuera! —bramo, volteando a verlo con la mandíbula apretada.Donahue, el socio minoritario, se ajusta las solapas del saco, temblando de rabia y desconcierto.—No puedes sacarnos así,
MIRANDA.El auto negro avanza a paso constante por las calles del centro de Los Ángeles. Voy en el asiento trasero, revisando una última vez la carpeta de la reestructuración en mi tableta. A mi lado, Sofía ajusta el cuello de su saco mientras me observa de reojo.—¿Cómo te sientes, Miranda? —pregunta Sofía, rompiendo el silencio—. Estamos a dos calles.—Perfecta —respondo sin desviar la mirada de la pantalla—. Mi pulso está acelerado por la adrenalina, no por el miedo.—Cinco años de trabajo se resumen en los próximos diez minutos. ¿Estás absolutamente lista para volver a verles las caras?—Llevo mil ochocientos días lista para esto, Sofía. No vine a dudar. Vine a cobrar deudas.El vehículo se detiene frente a la imponente torre de Sterling & Asociados. Al bajarme y mirar hacia arriba, el edificio me parece ajeno. La realidad es que, cuando heredé las acciones tras la muerte de mi padre por aquel infarto repentino, yo jamás puse un pie en este bufete.Mi padre prefería mantenerme al







