ANMELDENMAXIMILIANO.
Estoy de pie, observando el panorama de Los Ángeles con una copa de cristal en la mano. Pero ni el alcohol ni el paisaje logran calmarme. Se supone que debo estar concentrado en las estrategias defensivas de mis clientes. Soy el abogado penalista más cotizado de esta ciudad, un cazador implacable en los tribunales, pero dentro de estas cuatro paredes la serenidad es una mentira.
Llevo meses sin poder dormir. Las pesadillas me persiguen sin tregua. Cada vez que cierro los ojos, aparece esa voz angelical, dulce pero acusadora.
Un ángel de mirada triste que me observa desde las sombras.
Dios, Miranda. Todo me lo recuerda a ella.
Sé perfectamente que lo que hice no estuvo bien. Me dejé llevar por la ambición más destructiva. En ese entonces no era el hombre que soy ahora; era un sujeto hambriento de poder, desesperado por imponerme en la élite.
Para consolidar mi lugar, destruí a la única mujer que me amaba con pureza.
Le quité su patrimonio, la humillé el mismo día de la boda y la dejé en la nada. Ese remordimiento me ha perseguido todo este tiempo.
—Maximiliano... —la voz de Sebastián me saca de mi trance.
Giro despacio. Mi mejor amigo me observa desde el escritorio. Trae una carpeta bajo el brazo, pero sus ojos denotan preocupación.
—Sigues pensando en tu exesposa, ¿verdad? —pregunta Sebastián, cruzándose de brazos mientras arrastra una silla de cuero para sentarse frente a mí.
—Es imposible olvidarla, Sebastián —confieso, dando un trago largo al licor que me quema la garganta—. Las pesadillas no paran. Escucho esa voz angelical todo el tiempo. Ese ángel que destruí me persigue día y noche.
—Han pasado cinco años, hermano —me recuerda él con tono firme—. El caso quedó cerrado y tú rehiciste tu vida. O al menos eso vendes hacia afuera.
—No hay un solo día en que no recuerde su mirada esa noche —digo apoyando la copa en el escritorio—. Se me heló la sangre. Anoche, en el baile de máscaras, vi a una mujer que me movió el piso de una manera absurda. Le pregunté su nombre y me dijo que venía por revancha. Me dijo que un hombre no la había lastimado, que la había destruido. Pensé en Miranda al instante.
Sebastián suspira profundamente y niega con la cabeza.
—Te dejaste llevar por la ambición, por la manipulación de tu madre y por Kresida —dice sin rodeos, siendo el único con el valor de decirme las cosas a la cara—. Te convencieron de que Miranda era una amenaza para la firma y que necesitabas el control total de sus acciones. Te usaron como un títere para quedarse con la empresa del padre de ella. Ahora pagas el precio mental de esa jugada.
—Lo sé. Fui un imbécil. Creí que el dinero y el prestigio taparían la culpa, pero solo me hicieron sentir más podrido.
—Escúchame bien, Maximiliano —interviene Sebastián, inclinándose hacia adelante—. Hoy no tenemos tiempo para tus crisis de conciencia. En diez minutos empieza la junta de socios más crítica de la historia de Sterling & Asociados. Necesito al tipo duro del tribunal, no al hombre torturado por el pasado.
—Tengo un mal presagio, Sebastián. Siento que el piso se me va a abrir bajo los pies.
—El único piso que se va a abrir es el financiero si no cerramos la reestructuración hoy. Vamos a la sala de juntas.
Dejo la copa vacía sobre la madera y sigo a Sebastián por el pasillo.
Al cruzar la puerta de madera noble de la sala de reuniones. En la cabecera de la mesa está mi madre, Eleanor, luciendo un collar de perlas excesivo y una expresión agria. A su lado se encuentra Donahue, el socio minoritario.
La situación del bufete es desastrosa tras el desfalco masivo que sufrimos semanas atrás. La distribución del capital quedó fracturada: yo conservo el 35% de las acciones, mi madre el 5% y Donahue el 10%. Entre los tres tenemos la mitad. El otro 50% lo compró de emergencia un fondo inversor anónimo para salvarnos de la quiebra inminente.
—¡Esto es una humillación Maximiliano! —exclama mi madre apenas me ve entrar, golpeando la mesa con las uñas acrílicas—. ¿Por qué tuvimos que vender semejante porcentaje de la empresa? ¡Estamos entregando la mitad de nuestro bufete a un desconocido! ¡Somos el ridículo de Los Ángeles!
La miro sintiendo cómo la ira me sube por el cuello.
—¿Te estás quejando, madre? ¿En serio tienes la audacia de gritar en esta sala? —le espanto con la voz helada.
—Si no fuera por las estupideces de tu amante, tu alcahuetería y tu avaricia, no estaríamos en este maldito hoyo —le reclamo dando un paso hacia la mesa—. Ese tipo desfalcó las cuentas principales de la firma. Metió las manos en las finanzas como si fueran su caja chica personal y tú le abriste las puertas de este bufete de par en par.
—¡Él no sabía lo que hacía, fue un problema con las inversiones! —chilla mi madre defendiéndolo con descaro.
—¡No fue ningún problema de inversiones, fue un desfalco directo! —sentencio levantando la voz, haciendo que Donahue dé un brinco en su silla—. A eso súmale que en los últimos seis meses hemos perdido los casos más millonarios de la ciudad de forma inexplicable. Los clientes nos están cancelando los contratos uno tras otro. Perdimos la reputación, nos quedamos en bancarrota y la culpa es tuya por meter a tu amante a manejar nuestro capital. O vendíamos ese 50% hoy o mañana la policía federal nos clausuraba la oficina.
Eleanor aprieta los labios, roja de rabia pero acorralada por los hechos. Donahue se aclara la garganta, nervioso.
—Por favor, mantengamos la calma —interviene Donahue revisando sus papeles—. Quienquiera que sea el nuevo socio, tiene el capital que nos salva. Debemos ser inteligentes.
—Basta de peleas familiares —dice Sebastián tomando el control desde el extremo de la mesa—. El representante de la firma compradora acaba de ingresar al piso. Ya se validó el pago de las deudas y el contrato de reestructuración está listo. En este momento vamos a conocer a la persona que posee la otra mitad de Sterling & Asociados. Les exijo compostura.
Un silencio sepulcral se apodera de la habitación. El único sonido es el tic-tac del reloj de pared y los latidos acelerados de mi corazón. Vuelve esa opresión en el pecho, ese mal presagio de que mi vida está a punto de saltar en pedazos.
El pomo de la puerta gira con lentitud.
La puerta de la sala de juntas se abre de par en par. Primero entra una abogada sosteniendo un maletín de cuero negro. Inmediatamente después, a paso firme, elegante y con una postura que domina la estancia por completo, ingresa una mujer despampanante.
Lleva un traje sastre en tono marfil que resalta su figura impecable, el cabello recogido con absoluta distinción y una mirada de hielo que recorre la mesa hasta clavarse con precisión quirúrgica directamente en mis ojos.
El aire se me congela en los pulmones.
Mi madre ahoga un grito de horror y se lleva la mano al pecho. Donahue suelta la pluma, que rueda por la mesa. Doy un paso atrás por puro instinto, sintiendo cómo el color se me va por completo del rostro.
La boca se me seca de inmediato. Las manos me empiezan a temblar.
No puede ser verdad. Esto es una pesadilla de la que no puedo despertar.
La joven frágil, asustada, humillada y destrozada que abandoné en la miseria hace cinco años no existe.
—Buenas tardes a todos —dice con una voz firme,—. Soy Miranda Vance, la nueva dueña del 50% de este bufete.
Me quedo completamente petrificado, incapaz de articular una sola palabra, aplastado por la mirada implacable de mi exesposa.
MIRANDA.—¿Qué haces aquí? —le exijo, dando un paso firme hacia el interior.Maximiliano se pone de pie despacio, ajustándose el saco sin despegar los ojos de mí.—No vas a quitarme mi derecho, Miranda —dice con voz baja pero intransigente—. Es mi hija y tengo todo el derecho de estar con ella.—¿Quieres medir fuerzas, Maximiliano? —lo encaro, interponiéndome de inmediato entre él y la cama—. Tú sabes muy bien que te puedo ganar. Tienes todas las de perder, así que no te impongas, que tú ya no eres nadie aquí. Y si quieres ver a mi hija a las malas, te va a ir peor. Así que sal de aquí ahora mismo.—No me voy a ir —insiste él, dando un paso hacia la camilla—. No me vas a alejar de ella.En ese preciso instante, la puerta se abre de par en par. Sofía entra a la habitación acompañada por dos oficiales de policía del hospital.—¡Es él, oficiales! —señala Sofía con firmeza—. Este hombre se metió a la fuerza, me empujó fuera de la habitación y cerró la puerta con seguro para quedarse a sol
MAXIMILIANO.Salgo del hospital con el pulso desbocado y la cabeza a punto de estallar. El aire helado de la noche me golpea la cara, pero no logra sacarme del impacto. Camino hasta el auto, me encierro y marco el número de Sebastián.—Max, ¿qué pasó? ¿Dónde estás? —responde Sebastián al segundo tono.—Ven a mi departamento. Ahora. Trae algo fuerte para tomar.Treinta minutos después, Sebastián entra a mi sala, deja una botella de whisky sobre la mesa y me observa mientras me sirvo el primer vaso de un trago.—Habla de una vez, Maximiliano. Pareces un fantasma. ¿Qué pasó?—Fui al hospital donde estaba Miranda—¿Qué hacia Miranda en el hospital?—No estaba sola, Sebastián —digo, sirviéndome otro trago sin mirarlo—. Había una niña en esa cama. Una niña de cuatro años.Sebastián se queda congelado, con la copa a medio camino.—¿Una niña? ¿De qué hablas?—Esa niña... la voz que escuché en mis sueños estos cinco años, esa voz angelical que me atormentaba todas las noches y que creí que era
MIRANDAMe pongo de pie, sorprendida por su presencia, pero reacciono de inmediato. Me cruzo en su camino y me coloco entre la camilla de Anastasia y la puerta, bloqueándole el paso a Maximiliano antes de que dé un solo paso más hacia el interior de la habitación.—¿Qué haces aquí? —le digo en un susurro, mirándolo fijamente a los ojos mientras señalo con la mano hacia el pasillo.Maximiliano ni me escucha. Ignora por completo mi gesto y mantiene la vista clavada por encima de mi hombro, fascinado y desconcertado por la pequeña que duerme bajo las sábanas.—¿De quién es esa niña? —pregunta él, arrugando la frente, incapaz de apartar la mirada.—A ti no te importa. Sal de aquí, está durmiendo —respondo en voz baja, apoyando la palma de mi mano contra su pecho y empujándolo hacia atrás con firmeza para obligarlo a retroceder.—Es tu hija... —murmura, parpadeando despacio mientras procesa la escena.—A ti qué te importa, Maximiliano. Sal inmediatamente —reitero, sujetando el borde de la
MIRANDA.Salgo al vestíbulo casi corriendo, ignorando a los empleados que se hacen a un lado al verme pasar. Escucho los pasos pesados de Maximiliano detrás de mí, pero no me detengo ni un segundo a esperarlo. Cruzamos las puertas de cristal de la torre y me abalanzo sobre el auto negro donde el chófer nos espera con la puerta abierta y el motor encendido.Sofía y yo subimos de un golpe a la parte trasera del vehículo. Le doy un portazo en la cara a Maximiliano justo cuando intenta estirar la mano para detener la puerta.—¡Arranca ya! —le ordeno al chófer.El auto sale disparado a la avenida, dejando a Maximiliano de pie en la acera, confundido y observándonos desaparecer entre el tráfico.—¿Qué demonios pasó, Miranda? —pregunta Sofía mirándome alarmada desde el asiento de al lado—. Estas blanca como un papel. ¿Ese infeliz te dijo algo?—No es Maximiliano —respondo, tratando de dominar el temblor de mis manos—. Era María. Anastasia está en el hospital.Sofía se gira hacia mí con los o
MAXIMILIANOEl aire en la sala de juntas es un veneno puro que no puedo tragar. Los pulmones se me cierran. Intento tomar una bocanada, pero me ahogo con mi propio aire.No es posible.No puede ser ella.La mujer que destruí, la muchacha asustada de veinte años que abandoné en la miseria hace cinco años, está sentada en la cabecera de mi mesa.En mi silla.Miranda cruza las piernas viéndose grande, hermosa, elegante. Me observa con esos ojos oscuros, fríos, desprovistos de cualquier rastro del amor que un día me tuvo.—Afuera todo el mundo —digo.Nadie se mueve. La parálisis en la sala es absoluta.—Max... ¿estás seguro? —me pregunta Sebastián, dándome un paso al frente y poniéndome una mano cerca del hombro—. Esta situación legal es delicada. No podemos cometer un error ahora.—Dije que se vayan. ¡Todos fuera! —bramo, volteando a verlo con la mandíbula apretada.Donahue, el socio minoritario, se ajusta las solapas del saco, temblando de rabia y desconcierto.—No puedes sacarnos así,
MIRANDA.El auto negro avanza a paso constante por las calles del centro de Los Ángeles. Voy en el asiento trasero, revisando una última vez la carpeta de la reestructuración en mi tableta. A mi lado, Sofía ajusta el cuello de su saco mientras me observa de reojo.—¿Cómo te sientes, Miranda? —pregunta Sofía, rompiendo el silencio—. Estamos a dos calles.—Perfecta —respondo sin desviar la mirada de la pantalla—. Mi pulso está acelerado por la adrenalina, no por el miedo.—Cinco años de trabajo se resumen en los próximos diez minutos. ¿Estás absolutamente lista para volver a verles las caras?—Llevo mil ochocientos días lista para esto, Sofía. No vine a dudar. Vine a cobrar deudas.El vehículo se detiene frente a la imponente torre de Sterling & Asociados. Al bajarme y mirar hacia arriba, el edificio me parece ajeno. La realidad es que, cuando heredé las acciones tras la muerte de mi padre por aquel infarto repentino, yo jamás puse un pie en este bufete.Mi padre prefería mantenerme al







