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C188: Familia

Penulis: Liliana Gómez
last update Tanggal publikasi: 2026-10-22 11:47:59

—¡Bianca! —La tomé del brazo, deteniéndola en seco.

—¿Qué haces? —preguntó, forcejeando—. ¡Tenemos que ir con Vienna para ver qué dicen los paramédicos!

—No vas a ir a ningún lado. Estás herida —hablé con firmeza.

—¿Qué? —Frunció el ceño, confundida—. No estoy herida. Estoy bien.

—Tu espalda, Bianca. Tienes una quemadura. Una grande.

Parpadeó varias veces, como si estuviera cayendo en cuenta de la realidad. De pronto, agrandó los ojos. Se giró, intentando verse la espalda, pero era inútil.

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    —¡Bianca! —La tomé del brazo, deteniéndola en seco.—¿Qué haces? —preguntó, forcejeando—. ¡Tenemos que ir con Vienna para ver qué dicen los paramédicos!—No vas a ir a ningún lado. Estás herida —hablé con firmeza. —¿Qué? —Frunció el ceño, confundida—. No estoy herida. Estoy bien.—Tu espalda, Bianca. Tienes una quemadura. Una grande.Parpadeó varias veces, como si estuviera cayendo en cuenta de la realidad. De pronto, agrandó los ojos. Se giró, intentando verse la espalda, pero era inútil.—Me… me duele —dijo, como si se estuviera dando cuenta. Lo más probable es que la adrenalina haya bloqueado su dolor—. Pero… Igual tenemos que ir con Vienna. Tenemos que….—Vienna está con Maximilian —La interrumpí con dureza. Esta vez no dejaría que se saliera con la suya—. Él se encargará que la atiendan. Pero tú no vas a ir a ningún lado hasta que te curen esa quemadura.—¡Elliot, suéltame! —Forcejeó, intentando liberarse de mi agarre. Pero su fuerza disminuyó, producto de su propia herida. Con

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    ••Narra Elliot••Llegué a la agencia con el corazón en la garganta y el pie pegado al acelerador. Estuve a nada de chocar con el coche estacionado de Maximilian. Él corazón me latía con tanta fuerza que creí se me saldría del pecho. Después de lo que ocurrió con Bianca, de haberla perdido en un día normal, el trauma persistía. Esto se sentía como un dejavu. Sería la segunda vez que a Bianca le pasa algo malo mientras trabaja para una empresa que pertenece al apellido King. Salí del vehículo, observando el caos. Los bomberos trabajaban sin descanso, entrando y saliendo del edificio con personas a cuestas, mientras las ambulancias esperaban con las puertas abiertas. Las personas se agrupaban frente al edificio. No parecían en mal estado, lo cual era un alivio. Eso aumentaba las probabilidades de que mi esposa esté a salvo. Mis ojos fueron en todas direcciones, buscando el cabello rubio de Bianca entre las personas a las que les proporcionaban mascarillas de oxígeno. Había perdido e

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    Llegamos a la agencia en tiempo récord.Las calles estaban llenas de ambulancias, bomberos, policías. La gente evacuada se agrupada en las aceras, algunos con los rostros cubiertos de hollín. Otros simplemente llenos de pánico, susurrando. Y el último piso del edificio estaba en llamas. Incluso desde la distancia se podía ver el fuego crecer por la ventana. De pronto, esta explotó. Trozos de vidrios cayeron desde la altura, las llamas cobrando más vida como un monstruo, alimentándose de la nueva fuente de oxígeno ilimitada que ofrecía el exterior. Los bomberos trabajaban rápido, entrando y saliendo del edificio con personas. Salté del coche antes de que se detuviera por completo. Elliot estaba unos metros detrás de mí, estacionando su coche. Corrí hacia la entrada sin esperarlo. Me detuve en seco al ver quiénes salían del edificio. Un guardia de seguridad, con el rostro sudoroso y una expresión de suficiencia, sostenía a Bianca de los brazos. Sus muñecas estaban esposadas, y su r

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    ••Narra Maximilian•• Llamada. Otra vez. Y como siempre, era de Mónica. La había estado ignorando últimamente después de que aceptó no demandar, lo cual era lo más sensato. No ganaría el caso, pero si se convertiría en una astilla en mi trasero. Desde entonces, me ha estado llamando unas tres veces al día y la he rechazado la misma cantidad de veces. Su obsesión y capricho rebasaba el límite de lo aceptable. —¿Vas a comerte eso o solo vas a mirarlo? —preguntó Elliot, señalando mi plato con un gesto de su tenedor. —No tengo hambre. Observé la terraza del restaurante. No era tan alta como mi penthouse, pero me gustaba. Siempre tuve una gran fascinación por las grandes alturas. —Eso es nuevo. Normalmente eres tú el que me dice que coma —Corta un trozo de su bistec, llevándoselo a la boca. No respondí. Solo di un sorbo a mi copa de vino, dejando que el líquido me distrajera por un momento. Por un instante, me permití relajarme. Pensar en otra cosa que no fuera la gu

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    El humo era más denso ahora, y las llamas habían comenzado a salir del vestuario, lamiendo las paredes. El calor era insoportable, el sudor cubriendo mi cuerpo y cada respiración me quemaba los pulmones, me ahogaba. Pero el bastón seguía allí, tirado en el suelo, frente a la puerta que estaba ardiendo. El corazón me latía con fuerza, al punto que creí que rompería mis costillas. No lo pensé. No podía permitirme hacerlo porque entonces el miedo tomaría el control. Corrí hasta la puerta, tosiendo por la densidad del humo que entraba en mis fosas nasales. Picaba. Tomé el bastón, lista para dar marcha atrás, pero mis ojos se encontraron con el interior de la habitación en llamas. Había una luz brillante detrás de las llamas, una que resaltaba a pesar del humo. Parecía venir de la pared como si algo estuviera… ¡Haciendo cortocircuito! Me acerqué un poco más, temblando ante el sonido del fuego consumiendo todo a su paso. Hasta que lo vi, el cableado expuesto en la pared, derretido, las

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    La espalda me ardía, me quemaba. Grité, pero el sonido se perdió en el estruendo de la explosión. Las llamas salían por la puerta del vestuario, borrando el marco, consumiendo todo a su paso. El humo comenzó a llenar el pasillo, espeso, negro, asfixiante. Podía sentirlo en la garganta, en los pulmones, en cada respiración que se volvía más difícil.¿Cómo ocurrió esto?—¡Vienna! —La sacudí, aún sobre ella, protegiéndola con mi cuerpo—. ¡Vienna, tienes que levantarte!Ella tosió, sus ojos grises abiertos con horror. El polvo cubría su rostro, y un hilo de sangre le corría por la frente, donde un escombro la había alcanzado.—¿Qué… qué pasó? —Logró articular, su voz ronca. Llevó su mano a su frente lastimada. —¡No hay tiempo! ¡Tenemos que irnos! Me incorporé, ignorando el dolor punzante en mi espalda. Las llamas ya se estaban extendiendo por el techo, y el humo se volvía más denso con cada segundo. Podía escuchar el crujir de la madera, el estallido de los tubos fluorescentes que se r

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