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Capítulo 85: Tomando decisiones

Author: Kandy Orta
last update publish date: 2026-09-08 10:57:33

Me quedé frente al espejo más tiempo del que admitiría en voz alta.

La camiseta holgada caía sobre un vientre que todavía no se notaba, pero que ya no era el mismo. Apoyé los dedos en la tela, justo debajo del ombligo, y por primera vez no los retiré al instante.

No busqué movimiento, solo contacto.

El miedo a Lorenz seguía ahí, agazapado detrás de cada pensamiento, pero esa tarde había conseguido algo que no había logrado desde que vi las dos líneas: dejarlo un poco a un lado. No lo sufi
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    El silencio se alargó hasta volverse casi insoportable. Yo lo miraba y sentía cómo algo más, algo que llevaba años pudriéndose en el fondo de mi pecho, empezaba a subir a la superficie. Una pregunta que nunca me había atrevido a hacerle porque temía la respuesta.—Emilian… —la voz me salió apenas un hilo—. ¿Por qué tu madre me dijo que Sofía había nacido?Él se quedó completamente quieto. El color se le drenó un poco del rostro. Suspiró, un suspiro largo, profundo, cargado de una rabia antigua y de un dolor que todavía no había terminado de cicatrizar. Bajó la mirada hacia sus manos otra vez, como si necesitara reunir fuerzas para sacar esa última astilla.—Por eso me peleé con ella —dijo al fin, con la voz ronca—. Por eso casi no le hablo.Levantó la vista y me miró directo a los ojos. Había algo crudo, algo desnudo en su expresión.—Mi madre… en el fondo nunca te quiso para mí. Nunca lo dijo en voz alta al principio, pero lo sentí siempre. Creía que eras demasiado, que yo era demasi

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    Lo miré un segundo más de lo necesario. Las bolsas colgaban de sus manos con naturalidad, como si no hubiera pasado el tiempo ni la distancia ni todo lo que se había roto entre nosotros. Emilian siempre había tenido esa capacidad molesta de parecer en su sitio incluso cuando no debería estarlo.Suspiré y saqué las llaves.—Pasa. Pero si quemas algo, te echo.Él sonrió apenas, esa media sonrisa que nunca llegaba del todo a los ojos, y subió los escalones detrás de mí. El sonido de la puerta al cerrarse me resultó más definitivo de lo que esperaba. De pronto la casa, que había estado en silencio desde la mañana, se llenó de su presencia, el roce de las bolsas contra el suelo, el ruido de sus zapatos, el olor leve a jabón y a aire fresco que siempre lo acompañaba.Dejé el bolso en la consola de la entrada. La bolsa de la farmacia quedó a un lado, con las vitaminas prenatales todavía sin abrir. Emilian pasó a la cocina como si conociera el camino de memoria y empezó a sacar cosas, verdura

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    Amanecí antes de que el sol terminara de subir. Había dormido muy poco, estaba ansiosa de contarle a Lorenz que seríamos padres, no porque esperaba una buena respuesta de él, sino porque necesitaba sacar esto de mí. Mis manos buscaban el vientre incluso en la oscuridad, como si necesitaran comprobar que el latido invisible seguía ahí.Me duché con agua tibia. Elegí la ropa con más cuidado del que había puesto en semanas. No me maquillé, solo me peiné y me miré al espejo una vez más. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos hinchados y la boca tensa, pero ya no parecía tan perdida como el día anterior.—Hoy —le dije en voz baja al reflejo—. Hoy se entera.Salí de casa a las ocho y media. El trayecto hasta el edificio de oficinas donde Lorenz Adler trabajaba me resultó extrañamente largo y corto a la vez. Conocía el camino de memoria, las mismas calles que había recorrido tantas veces cuando todavía éramos un “nosotros”. Ahora las recorría sola, con once semanas y media dentro

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    Me quedé frente al espejo más tiempo del que admitiría en voz alta. La camiseta holgada caía sobre un vientre que todavía no se notaba, pero que ya no era el mismo. Apoyé los dedos en la tela, justo debajo del ombligo, y por primera vez no los retiré al instante. No busqué movimiento, solo contacto. El miedo a Lorenz seguía ahí, agazapado detrás de cada pensamiento, pero esa tarde había conseguido algo que no había logrado desde que vi las dos líneas: dejarlo un poco a un lado. No lo suficiente para desaparecer. Solo lo suficiente para que el vacío notara, aunque fuera por minutos, que ya no estaba solo. Bajé la mano. Me lavé la cara con agua fría. Me peiné sin prisa. Luego volví a la cocina y abrí de nuevo la nevera. Esta vez no la cerré de inmediato. Saqué un yogur, una manzana y el último trozo de queso que quedaba. Me senté en la mesa y comí despacio, como si cada bocado fuera una decisión deliberada. Mientras masticaba pensé en el doctor Herrera. En la forma en que habí

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