LOGINRAMSÉS
Abrí los ojos lentamente y, durante unos segundos, no recordé dónde estaba. Hasta que todo regresó de golpe. El hotel, la convención, el encuentro con Anarela... Giré la cabeza hacia el otro lado de la cama y fruncí el ceño al encontrarlo vacío. —¿Ana? Me incorporé. Miré alrededor de la habitación y no estaba. Tampoco en el baño ni en la pequeña sala. Se había ido sin despedirse, y una parte de mí se sintió decepcionada. No sabía qué esperaba exactamente al despertar. Quizás encontrarla allí y desayunar juntos antes de marcharnos. Me pasé una mano por el cabello. Escuché que alguien llamaba a la puerta. Se trataba del servicio de limpieza. Una mujer entró empujando un carrito. —Buenos días, señor. —Buen día. Mientras ella comenzaba a recoger la habitación, busqué mi teléfono. Tenía varios mensajes pendientes. —Señor —dijo la mujer después de unos minutos. —¿Sí? Señaló la mesa de noche. —¿Hay algo de aquí que no quiera desechar? Miré por encima del hombro. —No. Deshágase de todo. La mujer asintió y yo volví a mi teléfono. Bajé al restaurante del hotel para pedir café y algo para desayunar. Apenas había comenzado a comer cuando mi teléfono vibró. —¿Sí? —¡Por fin! —exclamó Víctor al otro lado—. Pensé que habías decidido desaparecer del planeta. Sonreí. —Buenos días para ti también. —Supongo que dormiste bien, porque no contestaste el teléfono durante toda la mañana. —Es que... conocí a la mujer más interesante y atractiva del planeta. Mis labios se curvaron en una leve sonrisa. —Ummm... Ya entiendo. Pasaste la noche metido en la cama, pero no precisamente durmiendo. —No empieces. Víctor soltó una carcajada. —Está bien. No diré nada. —Te lo agradezco. —Te llamé porque necesito que me pases los montos exactos del proyecto Amateur. Mi sonrisa desapareció. —¿Ahora? —Sí. Tengo una reunión y quiero revisar los números antes. —Dame unos minutos. Colgué, dejé el desayuno a medias y regresé a la habitación para buscar en mi computadora. Entré en la carpeta donde guardaba todos los documentos del proyecto y fruncí el ceño al instante. No había nada. —No puede ser... Me cansé de buscar en una carpeta tras otra, pero no encontré nada. Todo estaba vacío y Víctor seguía esperando. Le devolví la llamada. —No encuentro el proyecto. Hubo un silencio. —¿Qué quieres decir con que no lo encuentras? —¡Que no está! —Ramsés, no hagas bromas con eso. —No estoy bromeando. Me levanté de la mesa y comencé a caminar por toda la habitación. —¿No tienes una copia? —preguntó Víctor. Regresé a la computadora. —Estoy buscando. —Ramsés... —¡Te estoy diciendo que estoy buscando! Respiré profundamente. No podía perder la calma. El proyecto Amateur no era un trabajo cualquiera. Llevábamos meses trabajando en él. Era el proyecto más importante que habíamos desarrollado hasta ese momento y estaba a punto de presentarlo para cerrar un contrato que podía cambiar completamente mi carrera. —Acabo de revisar y no tengo una copia —dijo Víctor finalmente—. Yo pensé que la tenías tú. Cerré los ojos. —Tranquilo. —¿Cómo quieres que esté tranquilo? Si perdemos ese proyecto... —No lo hemos perdido. —Solo tenemos cinco días para la entrega. Abrí nuevamente las carpetas. —Cálmate, lo encontraré. Pasé horas buscando, revisando cada dispositivo, cada carpeta y cada respaldo. Incluso revisé los archivos almacenados en el sistema de seguridad, pero no encontré nada. El proyecto había desaparecido, no solo de mi computadora, sino también del respaldo. Alguien lo había eliminado. Me quedé sentado frente a la pantalla durante varios minutos. No podía entenderlo. ¿Cómo? ¿Quién? Y, sobre todo... ¿Por qué? No tenía tiempo para buscar respuestas. El contrato seguía esperando, así que hice lo único que podía hacer. Comenzar desde cero. Pasaron tres días. Tres días prácticamente sin dormir. Entre café, planos, cálculos y correcciones. Volví a diseñar cada espacio, cada estructura, cada detalle. Cuando finalmente terminé la mayor parte del proyecto, me dejé caer contra el respaldo de la silla, con una gran sonrisa de satisfacción, a pesar de que me ardían los ojos. Lo había conseguido. No era exactamente igual al original, pero quizás era mejor. O, al menos, eso quería creer. Tomé el teléfono, que comenzó a repicar. —¿Sí? —¿Señor Falkaum? —Sí, soy yo. —Llamo de parte de la señora Cameron Stward. Era la propietaria de la empresa que había solicitado el proyecto. Me incorporé de inmediato. —Sí, dígame. Hubo una pausa. —Lamentablemente, mi jefa quiere informarle que ya no necesitaremos su trabajo. Sentí que el cansancio desaparecía. —¿Qué? —Ya le han presentado un proyecto y mi jefa decidió aceptarlo. —Pensé que solo había hecho negocios conmigo. —Y así fue, pero un colega suyo acaba de presentarle un proyecto llamado Amateur, y a la señora Stward le encantó. Dijo que era exactamente lo que estaba buscando. Me quedé completamente inmóvil. No creía en las coincidencias. Era imposible que alguien presentara un proyecto con el mismo nombre que el mío. —Lo lamento, señor Falkaum. Ya lo contactaremos para una próxima ocasión. —¡¿Quién presentó el proyecto?! —No podemos proporcionar esa información. —¡Ese proyecto lo hizo mi equipo! —Entendemos su molestia, pero la decisión ya está tomada. La llamada terminó. Miré el teléfono, sintiendo cómo la ira se abría paso en mi interior. Apreté los dientes y lancé el aparato contra la pared. Cayó al suelo hecho pedazos. —¡Maldita sea! Respiré agitadamente. Alguien había robado mi proyecto. Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para descubrir al culpable... Tomé otro teléfono y llamé directamente al hotel. —Necesito las grabaciones de las cámaras de seguridad de mi habitación durante los dos días de la convención de arquitectura. —Señor, esas grabaciones son privadas. —Soy el huésped de la habitación 125. Hubo un robo. Después de varias explicaciones y verificaciones, finalmente aceptaron revisar el material. Me informaron que no tenían imágenes de toda la habitación, ya que eso iba en contra de sus políticas. Horas después, recibí un archivo. Lo abrí. La grabación mostraba únicamente la puerta de entrada y, en una esquina, apenas se alcanzaba a ver la mesa donde estaba colocada mi computadora. Era suficiente para mí. Adelanté el video. Solo veía al personal de limpieza entrando y saliendo, hasta que reconocí uno de los rostros que aparecieron en la grabación. Anarela. Mi mirada se quedó fija en la pantalla. La vi sentarse frente a mi computadora portátil y comenzar a manipular el ratón. Mi mandíbula se tensó. Al principio, intenté buscar otra explicación. Pero entonces recordé que, durante la noche, bajo los efectos del alcohol, le había comentado acerca del proyecto. Retrocedí la grabación. La observé nuevamente para examinarla mejor y noté cómo se sobresaltaba, nerviosa, antes de levantarse y marcharse. Mi pecho se llenó de rabia. Era la única persona desconocida que había entrado en mi habitación durante aquellos días. La única que podía haber tenido acceso. Y ahora mi proyecto estaba en manos de alguien más. Todo comenzaba a tener sentido. La mujer había desaparecido antes de que yo despertara y, ahora, alguien había presentado mi proyecto como suyo. —Anarela... Pronuncié su nombre entre dientes. No podía creer que hubiera confiado en ella. La misma mujer con la que había compartido una noche que, hasta hacía unas horas, recordaba con una sonrisa. Ahora solo podía pensar en una cosa. Traición... —Así que eres una ladrona... Pero sabes con quién te metiste, Anarela Febres. Este ha sido el peor error que has cometido en tu vida...El trayecto hasta el hotel fue otra experiencia inolvidable. No podía dejar de mirar por la ventanilla. Sin poder creer que hacía solo unos meses estaba limpiando baños ajenos y ahora me encontraba allí, en Japón. Sentada en un vehículo que me llevaba hacia uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de mi vida, aunque fuera en calidad de secretaria. No era exactamente como lo había imaginado, pero tampoco podía negar que me sentía feliz. —¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Raúl desde el asiento de al lado. Me volví hacia él. —¿Cómo? —Los edificios. Las calles. Las estructuras. Llevas todo el camino observándolos como si estuvieras estudiando. Me encogí de hombros. —Es una costumbre. Me gusta la arquitectura. —Lo sé. Lo ví en los documentos que preparaste. Tienes buenas observaciones. —Gracias —murmuré. —No tienes que agradecerme por decir la verdad. Antes de que pudiera contestar, Ramsés intervino desde el asiento delantero. —Espero que también ob
—Mami, ¿por qué tienes esa cara?Bajé la mirada y encontré a Randall observándome con sus enormes ojos curiosos.—¿Qué cara, mi amor?—Esa —respondió, señalándome la frente—. Tienes muchas rayitas aquí.No pude evitar sonreír.—¿Ah, sí? ¿Y sabes por qué?Randall negó con la cabeza.—Porque estoy pensando en muchas cosas.—¿En cosas buenas?Me senté a su lado y le acomodé un mechón de cabello que le caía sobre la frente.—En algunas buenas y en otras no tanto.Mi pequeño guardó silencio unos segundos, como si estuviera reflexionando sobre aquella respuesta.—Cuando yo pienso en cosas que me ponen triste, la tía Samy me da chocolate.—¿El chocolate te hace sentir mejor?—Sí, siempre.—¡Ah, con que esas tenemos! Ahora entiendo por qué te gusta tanto quedarte con ella.Randall rio y se acurrucó contra mi brazo.Aquella escena me hizo sentir una mezcla de ternura y tristeza. Dentro de unas horas tendría que dejarlo para viajar a otro continente. Aunque sabía que estaría bien con Samantha,
ANARELA El lunes comenzó con una taza de café que se había enfriado por culpa de tres informes pendientes y una lista interminable de tareas que, por alguna razón, parecían multiplicarse. A veces me preguntaba si realmente trabajaba como secretaria o si, en realidad, me habían contratado para resolver todos los problemas que los demás no querían atender... Estaba terminando de organizar una carpeta cuando Raúl apareció frente a mi escritorio. —Buenos días. Levanté la cabeza. —Buenos días, señor. ¿Necesita algo? —¿Tienes unos minutos? Su tono me hizo dejar el bolígrafo sobre la mesa. —Por supuesto. Se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio y miró los documentos. —¿Cómo vas con los informes? —Estoy terminando los de la semana pasada. Después debo organizar los contratos de los proveedores. Raúl se incorporó y cruzó los brazos. —Bueno, vine a informarte que esta semana tenemos que viajar a Japón. Parpadeé. —Ramsés, Víctor y yo debemos visitar las instalaciones don
RAMSÉS. *Sonido de vasos chocando* —Salud —decimos al unísono. —Te juro que, si vuelves a mirar el teléfono, voy a quitártelo y a lanzarlo por la ventana —amenazó Víctor, señalándome con su vaso de whisky. Levanté la mirada de la pantalla y bloqueé el teléfono. —¿Puedes dejar de pensar en el trabajo por un momento? —intervino Raúl. Los observé a ambos con expresión aburrida. —¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté. —Por supuesto —respondió Víctor con una sonrisa sospechosa—. Hablemos de tu inexistente vida amorosa y de cómo te refugias en el trabajo para no admitir que estás solo. Raúl soltó una carcajada. —Tiene razón. A este paso, la única mujer que vas a tener cerca será Bianca. Negué con la cabeza, con una leve sonrisa. Aquello era precisamente lo que necesitaba: una noche tranquila, unas copas y sus bromas estúpidas. Y de la nada, su nombre apareció en mi mente como una provocación. «Anarela». Apreté la mandíbula y bebí un sorbo de whisky. —¿Qué te
La comida llegó unos minutos después. Randall comenzó a comer con entusiasmo, aunque de vez en cuando interrumpía su almuerzo para contarle a Ramsés alguna historia de la guardería. —Hoy pintamos un árbol —explicó, levantando su tenedor—. Pero no me quedó bien. —¿Por qué dices eso? —Me salí de las líneas. Ramsés se encogió de hombros. —¿Y quién dijo que todos los árboles tienen que verse iguales?, de vez en cuando es bueno salirse de las líneas. Randall lo miró con curiosidad. —¿No tienen que ser iguales? —Claro que no. Los árboles tienen que ser asimétricos, diferentes. Si todos fueran iguales, el mundo sería bastante aburrido. Mi hijo sonrió. —Entonces mi árbol está bonito. —Estoy seguro de que sí. Me mordí el interior de la mejilla. —¿Y tú qué haces en tu trabajo? —preguntó Randall. Ramsés dejó los cubiertos sobre el plato. —Diseño edificios. —¿De juguete? —No exactamente Randall abrió los ojos. —¿Edificios de verdad? Ramsés asintió y mi hi
Era miércoles por la mañana y habían pasado días desde aquel beso que me hacía temblar el estómago cada vez que lo recordaba. Y, curiosamente, desde aquel sábado Ramsés no había vuelto a molestarme. Ni una llamada, ni una montaña de documentos que no me correspondían, ni una de sus desagradables observaciones sobre mi capacidad para hacer mi trabajo. Nada. Al principio, pensé que se trataba de una trampa. Quizá estaba esperando el momento oportuno para hacerme pagar por haberle plantado cara en su propia casa. Sin embargo, los días transcurrieron sin incidentes. No sabía si sentirme aliviada o preocupada. —Esto es demasiado extraño —murmuré mientras organizaba unos documentos en mi escritorio. Suspiré. Quizá Ramsés finalmente había decidido dejarme en paz. Tal vez el beso había sido un error que él también prefería olvidar. Después de todo, me había pedido que me marchara, y antes de irme yo le había dejado claro que no volvería a acercarme a él si no era estrictamente







