Masuk📍 Barcelona, España.
A las ocho y veinticinco paro el coche en el punto exacto de la calle donde quedamos. El motor de mi viejo Seat León —comprado de segunda mano hace un par de años — se queda al mínimo mientras el aire fresco de marzo cuela por la rendija de la ventana. No pasan ni diez segundos cuando la puerta de la urbanización discreta se abre y Marc sale a la acera. Lleva las manos en los bolsillos de su chaqueta sobre una camiseta blanca básica. Al ver mi vehículo, se frena un segundo, arquea una ceja con una sonrisa de lado que no puede disimular y camina hacia la puerta del copiloto con paso tranquilo, seguro de sí mismo. Abre la puerta y el interior se llena con ese perfume que ya es su marca personal, mezclado con el frío de la noche. —No me creía que de verdad ibas a venir a buscarme —dice acomodando las piernas en el espacio del copiloto, que le queda tirando a corto para su estatura—. Buenas noches, Conceição. —Te dije que el transporte lo manejaba yo —respondo metiendo primera sin mirarlo fijamente, aunque por el rabillo del ojo noto cómo sus ojos me repasan el perfil—. Además, alguien tiene que asegurarse de que no te paren los fotógrafos antes de cenar. Bastante lío tengo ya con las guardias como para salir en las revistas de chismes deportivo. —Tengo un perfil bastante bajo cuando quiero —protesta con ironía, apoyando el brazo en la puerta —. Buen coche, por cierto. Muy práctico. —Es mío y funciona perfectamente, que es lo que me importa —le devuelvo con un matiz seco pero divertido mientras me incorporo al tráfico nocturno en dirección a la zona del puerto marítimo. —Ya veo que contigo todo tiene que ser funcional. Sin adornos, sin alardes. —Ahorra tiempo y decepciones, Capellà. En la vida y en la medicina, lo que funciona es lo que cuenta. Marc suelta una risotada baja, negando con la cabeza mientras se acomoda mejor en el asiento. Durante los veinte minutos de trayecto, la conversación fluye libremente. Me cuenta entre risas alguna que otra broma y chistes de sus compañeros en el vestuario sobre su falta de puntería en el entrenamiento de la tarde y yo le respondo con lo absurdo que resulta intentar estudiar neuroanatomía mientras tus compañeros de mesa en la cafetería del hospital especulan sobre tu vida privada. Aparco en una zona tranquila cerca del puerto, donde las luces de las embarcaciones se reflejan en el agua oscura y el ruido habitual de la ciudad queda amortiguado por la brisa marina. El sitio que eligió es una terraza pequeña, medio oculta entre el paseo marítimo, con apenas cuatro mesas ocupadas y un ambiente reservado, protegido por plantas altas y velas tenues. Nos sentamos en una mesa de la esquina. Cuando el camarero nos sirve dos copas de vino blanco y deja la carta, Marc señala uno de los platos de pescado con intención evidente de bromear. —Podríamos pedir algo de marisco para compartir, a ver si así te relajas un poco después de tanta guardia. —Home non, ni se te ocurra —se me escapa mi gallego sin pensarlo, girando la cabeza con una mueca de espanto divertido—. Pedir marisco aquí teniendo a mi familia amenazándome desde el norte si no lo como en casa sería un pecado capital. Marc se queda mirándome un segundo, pausando la copa a medio camino antes de soltar una sonrisa astuta. —¿Home non? —apoya los codos en la madera, mirándome con auténtica curiosidad—. Sabía que tenías algo en la entonación que no me cuadraba del todo con Barcelona, pero esa expresión te ha delatado. ¿De dónde eres realmente, Conceição? —De A Coruña —admito, recuperando la compostura y dando un sorbo al vino —. Aunque mi padre es portugués, de Oporto. Así que imagínate el nivel de exigencia con la comida de mar en mi casa. —Doble nacionalidad —comenta él, recostándose en la silla con una mirada de clara aprobación—. Eso explica bastante de esa terquedad que te gastas. —No es terquedad, es criterio —lo corrijo levantando una ceja—. Y no me cambies de tema. Traes cara de haber tenido una semana pesada en cuanto a tus entrenamientos y el calendario. —El entrenador exige al cien por cien cada minuto, no perdona un solo despiste en la presión —dice él, cambiando el tono a uno más enfocado y profesional—. Pero me gusta. Cuando juegas a este nivel, si no sientes esa exigencia constante, te vuelves mediocre sin darte cuenta. —En eso nos parecemos bastante —comento apoyando la barbilla en la mano—. En el hospital si no estás al cien por cien, las cosas se complican en cuestión de segundos. La mediocridad en medicina se paga cara, y los errores no se solucionan pidiendo disculpas en rueda de prensa. Marc me sostiene la mirada en silencio durante un par de segundos. Hay algo en la forma en que me observa ahora que ha perdido la capa de provocación superficial; hay un respeto genuino en sus ojos que me resulta inesperadamente cálido. —Sabes... la primera vez que te vi en el bar pensé que eras la típica chica que me reconocería en cinco segundos y pondría cara de interesante para llamar la atención —admite en voz baja, ladeando la cabeza. —Y te encontraste con alguien a quien le daba exactamente igual en qué equipo jugaras o cuántos goles llevaras este mes —concluyo con una sonrisa leve. —Me encontré con alguien que me saca de quicio y que me hace tener ganas de ir a buscarla a la salida de la facultad solo para ver si hoy me sonríe o me manda al diablo —corrige él, bajando el tono a una frecuencia profunda que me eriza la piel de los brazos. La tensión entre los dos vuelve a apretarse, densa y directa. Marc estira el brazo sobre la mesa y, sin pedir permiso pero sin brusquedad, roza con la yema de sus dedos la parte interna de mi muñeca, justo donde el pulso se me acaba de acelerar sin mi consentimiento. —Estás jugando con fuego, Capellà—murmuro, sin apartar la mano pero sosteniéndole el choque de miradas. —No me importa quemarme un poco si el premio merece la pena, Conceição —responde él con una lentitud peligrosa, deslizando su pulgar sobre mi piel antes de soltarme despacio. Salimos del restaurante pasadas las once de la noche. La brisa del puerto se ha vuelto más fría y el paseo marítimo está casi vacío, iluminado únicamente por las lámparas amarillentas y el reflejo del agua. Caminamos uno al lado del otro hacia el auto. —¿Te apetece dar un paseo corto antes de que me devuelvas a mi realidad? —pregunta él, señalando el espigón que se adentra unos metros hacia el mar. Dudo un segundo, pensando en la alarma que sonará a las seis de la mañana para mi turno en el hospital, pero la calma del lugar y su presencia hacen que el cansancio quede en segundo plano. —Diez minutos. Mañana tengo un pase de planta a primera hora y no puedo permitirme dormirme en los laureles. Caminamos hasta el final del espigón. El sonido del mar rompiendo suavemente contra las rocas crea una especie de burbuja aislada del resto de Barcelona. Marc se apoya contra la barandilla de hierro y se gira hacia mí, observándome mientras me subo la cremallera de la chaqueta. —¿Siempre eres así de estructurada? —pregunta con curiosidad sincera—. Cronometras cada minuto, calculas cada respuesta, mantienes a todo el mundo a dos pasos de distancia... —En mi trabajo no hay espacio para la improvisación sin control —respondo, imitando su postura y mirando el horizonte iluminado—. Si no eres estructurada en urgencias, cometes errores. Me he acostumbrado a aplicar la misma regla a mi vida personal. Evita complicaciones innecesarias. —¿Y yo soy una complicación innecesaria? La pregunta queda flotando en el aire. Marc no la hace con arrogancia, sino con una tranquilidad inquisitiva que exige una respuesta honesta. —Eres un futbolista profesional rodeado de prensa, con una rutina caótica y acostumbrado a que la gente orbite a tu alrededor —lo miro fijamente—. Y yo soy una estudiante de último año de medicina que apenas tiene tiempo para dormir y que valora su tranquilidad por encima de todo. Sobre el papel, eres una complicación de manual. Él se acerca un paso. La diferencia de altura se hace más evidente ahora que estamos tan cerca, pero no me muevo ni un centímetro hacia atrás. —¿Y fuera del papel? —murmura, reduciendo la distancia hasta que el calor que desprende su cuerpo combate el frío de la brisa nocturna. —Fuera del papel eres alguien que insiste en sacarme de mi zona de confort —admito en un susurro, sintiendo cómo el pulso vuelve a traicionarme. —Me gusta tu zona de confort. Pero me gusta más ver cómo dudas cuando te miras a ti misma intentando mantener el control. Su mano sube despacio y, con una delicadeza que contrasta con su presencia física, me aparta un mechón de cabello que el viento me ha cruzado en la cara. Sus dedos rozan apenas mi mejilla, dejando un rastro cálido en la piel helada. Siento la tentación momentánea de cerrar los ojos o acortar los últimos centímetros que nos separan, pero recupero el aliento a tiempo y doy un paso ligero hacia el lado, rompiendo el contacto con una sonrisa de lado. —Buen intento, Capellà. Pero los diez minutos se han acabado. Marc suelta una risa corta, llena de resignación y fascinación a partes iguales, y se pasa la mano por el pelo antes de seguirme de vuelta al vehículo. El trayecto de regreso a su urbanización es mucho más silencioso, pero es un silencio cómodo, cargado de una complicidad que ninguno de los dos necesita hablar. Aparco junto a la acera de su calle, dejando el coche encendido. Él se quita el cinturón de seguridad pero no abre la puerta de inmediato. Se gira en el asiento para mirarme. —Gracias por el transporte, doctora. Y por la compañía. —De nada, futbolista. Intenta no distraerte mañana en el entrenamiento, no quiero que el míster me eche la culpa de tus fallos. Él sonríe, apoyando la mano en el pomo de la puerta, pero antes de salir se inclina hacia mi lado. Por un segundo pienso que va a besarme, pero solo se acerca a mi oído, dejando que su aliento cálido me erice la piel de la nuca. —El sábado juego en casa —susurra con voz baja—. Tengo dos entradas en zona de palcos. Sin prensa cerca. Te las dejo en la recepción del hospital o te las llevo yo mismo si me dejas verte diez minutos. Se separa lentamente, mirándome a los ojos para evaluar mi reacción. —No sé si me dará tiempo con el turno, Capellà —respondo, intentando mantener la voz firme. —Piénsatelo. Me encantaría que me vieras jugar —dice con seguridad antes de abrir la puerta y salir al aire frío de la noche. Lo observo por el retrovisor mientras camina hacia la entrada del portón de su casa y al ingresar se cierra tras él, me permito soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo y me apoyo contra el respaldo del asiento, mirando la pantalla del celular donde ya casi marca medianoche. El sábado. El Athletic Condal en el Estadio Municipal. Y un futbolista que definitivamente se está convirtiendo en una complicación demasiado tentadora para mi rutina perfectamente calculada.📍 Barcelona, España.A las ocho y veinticinco paro el coche en el punto exacto de la calle donde quedamos. El motor de mi viejo Seat León —comprado de segunda mano hace un par de años — se queda al mínimo mientras el aire fresco de marzo cuela por la rendija de la ventana.No pasan ni diez segundos cuando la puerta de la urbanización discreta se abre y Marc sale a la acera. Lleva las manos en los bolsillos de su chaqueta sobre una camiseta blanca básica. Al ver mi vehículo, se frena un segundo, arquea una ceja con una sonrisa de lado que no puede disimular y camina hacia la puerta del copiloto con paso tranquilo, seguro de sí mismo.Abre la puerta y el interior se llena con ese perfume que ya es su marca personal, mezclado con el frío de la noche.—No me creía que de verdad ibas a venir a buscarme —dice acomodando las piernas en el espacio del copiloto, que le queda tirando a corto para su estatura—. Buenas noches, Conceição.—Te dije que el transporte lo manejaba yo —respondo metien
📍 Barcelona, España.El tono de llamada sonaba tres veces la pantalla mostraba la videollamada entrante. Me acomodo en el sofá, con las piernas cruzadas y la laptop encendida enfrente mostrando un esquema de neuroanatomía que ya empieza a borrarse ante mis ojos cansados.— ¡Boas noites, miña nena! —la voz de mi madre retumba por el altavoz —. Te veo una cara de agotada que da pena, Valeria. ¿Has comido algo decente hoy o sigues alimentándote a base de café y pan?—Hola, mamá. He comido bien, lo prometo —sonrío de lado, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Solo ha sido un turno pesado en el hospital. Mucho movimiento en urgencias.Al fondo de la pantalla aparece mi padre, sosteniendo una taza de té y comiendo su típico pastel de nata cómo todo portugués que se respeta pese a llevar más de veinte años viviendo en Galicia, lo que le ha dejado un acento único, una mezcla fluida entre el portugués y el gallego que a mí me sale de forma natural cuando hablo con ellos.—Não te esforces tant
📍 Barcelona, España.Valeria.El lunes por la mañana el hospital huele al café amargo de la máquina de la tercera planta y a desinfectante concentrado. Estoy apoyada contra el mostrador del control de enfermería, revisando el historial de un paciente con una arritmia respiratoria, cuando el sonido de una notificación dentro de mi bolsillo hace que me despiste del informe por tercera vez en diez minutos.Saco el teléfono esperando ver algún mensaje de la facultad, pero la pantalla me devuelve un nombre que lleva rondándome la cabeza todo el fin de semana.Marc Capellà: Buenos días, doc. Espero que estés sobreviviendo en tu día 😉. Por aquí la comisura de mis labios todavía pide una explicación de tu análisis clínico del viernes. ☕Suelto una risa corta y me paso la mano por el cabello, asegurándome de que ninguna enfermera me esté mirando. Ese chico tiene una audacia desesperante. Desde la cena del viernes, donde me dejó claro que no se intimida ante nada, he tenido que hacer un esfue
📍 Barcelona, España.El sonido de unos tacones sobre el suelo retumba en el ambiente íntimo del restaurante. Es un sitio discreto en la zona alta de Barcelona, de iluminación tenue, mesas amplias y separadas por lote, y un ambiente donde la privacidad está garantizada.Marc, que lleva cinco minutos sentado en la mesa del fondo vistiendo esa camisa negra ligeramente desabotonada en el cuello, levanta la mirada en cuanto la ve llegar.Y por un segundo, el aire se le atraganta en los pulmones.Valeria camina hacia la mesa con esa elegancia natural que la caracteriza, sin necesidad de exagerar nada. Lleva un vestido ajustado de color verde esmeralda que resalta la curva de sus caderas y la línea de sus hombros, combinado con una blazer blanca colgada en el brazo y el cabello definido en ondas suaves. Huele a una mezcla fresca y adictiva que invade el espacio personal del centrocampista antes de que ella pronuncie una sola palabra.Marc se pone de pie de inmediato. Mide más de metro ochen
📍 Barcelona, España.MarcEl impacto del balón contra las redes del campo de entrenamiento retumba en el aire de la tarde. El sol de Barcelona pega con ganas sobre el césped recién regado, pero mi cabeza está a kilómetros de aquí.—¡Capellà! ¡Concéntrate, hombre, que esa pelota era tuya! —me grita Martín Schulz desde la banda, cruzado de brazos y con esa mirada seria que no deja pasar ni un solo despiste en la presión alta.—¡Culpa mía, míster! —respondo levantando la mano en señal de disculpa mientras recupero el aliento con los brazos sobre las rodillas.Me paso la manga de la camiseta por la frente para secarme el sudor.Esto es ridículo.He jugado partidos de máxima exigencia, he tirado penaltis decisivos con estadios repletos gritándome en contra y jamás me he distraído en una sesión de entrenamiento por una razón tan absurda como una chica.El problema es que Valeria no es una chica cualquiera.Desde ayer por la tarde, cuando se reía de mí en la terraza de esa cafetería mientra
📍 Barcelona, España.El teléfono suena sobre la mesita de noche como si fuera mi alarma. Abro un ojo despacio, sintiendo las pestañas pesadas y la luz del mediodía colándose por las rendijas de la persiana. Mi cuerpo parece hecho de plomo. Tras dieciocho horas de guardia y un trasnocho en el bar con el grupo, haber dormido apenas cuatro horas no es exactamente la definición de un descanso reparador, pero el deber llama.Estiro el brazo a ciegas hasta tocar y agarrar mi celular.Comité de Emergencias 🚑.Víctor: Conceição, si sigues viva, recuerda que hoy tenemos la clase de anatomía patológica a la una 💀.Paula: Déjala, Vic, que todos salimos al amanecer y la cabeza me duele a mil demonios. Por cierto, ¿quién era el chico de la gorra con el que te quedaste hablando en la barra? 👀Aitor: Es verdad 🤔 iba vestido normal pero tenía cara de haber pagado la zona VIP él solo.David: Yo solo digo que Val tiene un imán para la gente con cara de no haber usado el transporte público en su vi