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IV: Cuestión de control

Penulis: dannim99
last update Tanggal publikasi: 2026-10-28 06:07:58

📍 Barcelona, España.

El sonido de unos tacones sobre el suelo retumba en el ambiente íntimo del restaurante. Es un sitio discreto en la zona alta de Barcelona, de iluminación tenue, mesas amplias y separadas por lote, y un ambiente donde la privacidad está garantizada.

Marc, que lleva cinco minutos sentado en la mesa del fondo vistiendo esa camisa negra ligeramente desabotonada en el cuello, levanta la mirada en cuanto la ve llegar.

Y por un segundo, el aire se le atraganta en los pulmones.

Valeria camina hacia la mesa con esa elegancia natural que la caracteriza, sin necesidad de exagerar nada. Lleva un vestido ajustado de color verde esmeralda que resalta la curva de sus caderas y la línea de sus hombros, combinado con una blazer blanca colgada en el brazo y el cabello definido en ondas suaves. Huele a una mezcla fresca y adictiva que invade el espacio personal del centrocampista antes de que ella pronuncie una sola palabra.

Marc se pone de pie de inmediato. Mide más de metro ochenta y tiene una presencia imponente, pero la forma en que sus ojos recorren el rostro de Valeria, deteniéndose en sus labios y en el contraste de su piel, demuestra que es ella quien tiene el dominio absoluto de la escena.

—Llegas puntual, Conceição —dice él, intentando mantener su voz neutra mientras le retira la silla con cortesía.

—El tráfico de Barcelona es predecible si sabes qué calles evitar —responde ella con esa calma exasperante, dejándose caer en el asiento mientras lo mira de arriba abajo con una ceja sutilmente levantada—. El negro te luce, nada mal, Capellà.

Él suelta una carcajada baja mientras vuelve a su sitio enfrente de ella, apoyando los antebrazos en la mesa y acortando la distancia entre los dos.

—Estás increíble, por cierto —admite él sin rodeos, clavando la mirada en sus ojos. En su posición, no tiene ganas de disimular la fascinación física que le produce.

—Gracias —responde ella, apoyando la barbilla en la mano con una sonrisa corta y provocadora—. Tú tampoco desentonas.

El camarero se acerca a la mesa y les deja la carta. Durante unos minutos, la revisión del menú sirve como una breve tregua en la que Marc aprovecha para observarla detenidamente. Le fascina la expresión concentrada de Valeria mientras lee, la firmeza de su postura y esa aura de independencia total que proyecta. No hay ni un rastro de timidez en ella.

Piden una botella de vino blanco, un par de aperitivos y los platos principales. En cuanto el camarero se retira, Valeria cruza los brazos sobre la mesa, acentuando la línea del escote, y lo mira con atención.

—Bien, Capellà. Tenías dos minutos para hablar de tu entrenamiento con el equipo y quizás uno que otro chiste de vestuario, si necesitabas desahogarte. Te quedan un minuto y medio.

Marc sonríe de lado, recostándose en la silla y mirándola con diversión.

—No necesito hablar de fútbol, Valeria. De hecho, es lo último que quiero hacer esta noche. Prefiero saber cómo alguien que se tira tantas horas de guardia en un hospital tiene energía para mantener esta conversación sin pestañear.

—Porque la medicina te exige estar al cien por cien todo el tiempo —responde ella, dándole un trago a su copa de vino—. Si te despistas dos segundos, cometes un error. Supongo que es una costumbre que se traslada a la vida diaria.

—Me suena esa sensación —comenta él, bajando el tono de voz a una frecuencia más grave y privada—. En el campo, si dudas un segundo en dar un pase o en tirar, el rival te come. La presión es la misma, aunque las consecuencias sean distintas.

—La diferencia es que si tú fallas, pierdes tres puntos. Si nosotros fallamos en urgencias, la cosa se complica bastante más —le recuerda ella con un tono seco pero juguetón.

—Punto para ti —reconoce el catalán, inclinándose de nuevo hacia adelante. Sus rodillas quedan a milímetros de las de ella debajo de la mesa—. Pero hay algo en tu forma de hablar que mi instinto me dice que no solo te gusta la precisión por tu trabajo. Te gusta tener el control de todo lo que te rodea.

Valeria no retrocede ante la cercanía. Al contrario, levanta un poco la barbilla, sosteniéndole el pulso de forma desafiante.

—El control me evita perder el tiempo con cosas o personas que no aportan nada, Marc. Es una cuestión de practicidad.

—¿Y yo aporto algo o soy solo un experimento social para tus apuntes de farmacología? —pregunta él, retándola con la mirada.

—Todavía estoy evaluando el diagnóstico —responde ella, sonriendo con lentitud.

La cena transcurre en esa dinámica eléctrica. Entre plato y plato, los diálogos son un cruce constante de pullas inteligentes, risas contenidas y roces imperceptibles por debajo de la mesa que disparan la tensión en el ambiente. Marc intenta acorralarla con su seguridad atlética y su atractivo directo, pero Valeria esquiva con frialdad y astucia, devolviéndole los golpes con respuestas que lo dejan fascinado.

Para cuando piden la cuenta, han pasado casi dos horas en las que ninguno de los dos ha revisado el teléfono ni un solo segundo.

Salen juntos al aire fresco de la noche. La calle está despejada y silenciosa. Marc se pone las manos en los bolsillos para resistir la tentación de tocarle la cintura mientras caminan juntos por la acera.

—Te llevo a tu apartamento —ofrece él cuando llegan cerca de su coche.

—Tengo mi coche aparcado a dos calles —se niega Valeria, poniéndose el blazer sobre los hombros y girándose para quedar frente a él bajo la luz cálida de las lámparas—. Te dije que manejo mi propio tiempo y mi movilidad, Capellà.

Él niega con la cabeza, sonriendo con esa mezcla de frustración y atracción pura que le provoca su terquedad.

—Tenías que mantener la independencia hasta el último segundo.

—Es la única forma de que no te lo creas demasiado —responde ella, dando un paso decidido hacia su espacio personal. Queda tan cerca que él puede sentir el calor de su aliento y el aroma de su perfume—. Ha sido una buena cena, Marc. Cumpliste tu palabra.

—Te dije que no soy solo un estorbo, Valeria —dice él, bajando la cabeza apenas unos centímetros, dejando que sus rostros queden a una distancia peligrosa—. Y esto no se va a quedar en una sola noche.

Ella no se aparta. Sus ojos bajan durante una fracción de segundo a los labios de Marc antes de volver a chocar con los suyos. Hay un silencio cargado de electricidad, una presión directa que pide a gritos romper la distancia.

—Ya veremos —murmura ella con la voz un tono más grave.

Despacio, se pone de puntillas y le deja un beso firme y muy corto en la comisura de los labios. El roce de su piel es tan suave que al catalán se le acelera el pulso de golpe.

Sin darle tiempo a reaccionar, Valeria se da la vuelta y camina por la acera con paso firme y seguro hacia su vehículo, dejando tras de sí el eco de sus tacones y una tensión sexual flotando en el aire.

Marc se queda apoyado en la puerta de su coche, pasándose dos dedos por la comisura de la boca donde aún siente el calor de su piel, viendo cómo la figura de Valeria se pierde en la esquina.

Suelta una carcajada baja en medio de la noche barcelonesa, sabiendo que el juego no ha hecho más que empezar.

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