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II: El juego de las coincidencias

last update Veröffentlichungsdatum: 23.10.2026 05:16:21

📍 Barcelona, España.

El teléfono suena sobre la mesita de noche como si fuera mi alarma. Abro un ojo despacio, sintiendo las pestañas pesadas y la luz del mediodía colándose por las rendijas de la persiana. Mi cuerpo parece hecho de plomo. Tras dieciocho horas de guardia y un trasnocho en el bar con el grupo, haber dormido apenas cuatro horas no es exactamente la definición de un descanso reparador, pero el deber llama.

Estiro el brazo a ciegas hasta tocar y agarrar mi celular.

Comité de Emergencias 🚑.

Víctor: Conceição, si sigues viva, recuerda que hoy tenemos la clase de anatomía patológica a la una 💀.

Paula: Déjala, Vic, que todos salimos al amanecer y la cabeza me duele a mil demonios. Por cierto, ¿quién era el chico de la gorra con el que te quedaste hablando en la barra? 👀

Aitor: Es verdad 🤔 iba vestido normal pero tenía cara de haber pagado la zona VIP él solo.

David: Yo solo digo que Val tiene un imán para la gente con cara de no haber usado el transporte público en su vida. 💅🏻

Valeria: Un tipo que solo tiene un ego más grande que los pies de Aitor 🥱. Nada importante y sí, Martínez, llegaré a la una a la facultad, no me hagas drama 🫠.

Aitor: Y dale con eso 🙄🤣 estos pies son mis herramientas para mis pasos prohibidos, solo tienes envidia 😘.

Guardo el teléfono con una sonrisa irónica.

Si supieran.

Me levanto de la cama de un tiro antes de que al cuerpo le dé tiempo a protestar y quedarme a descansar más. Una ducha rápida con agua fría hace el milagro de devolverme a la vida. Me contemplo un segundo en el espejo del baño mientras me seco el cabello con el secador; las ojeras son casi imperceptibles gracias a la genética, pero hay algo en la mirada, un brillo de adrenalina rezagada, que me recuerda a la noche anterior. Y, más concretamente, a un par de ojos que me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y un deseo nada disimulado.

Sacudo la cabeza.

Cero distracciones, Conceição.

Me pongo unos jeans de corte alto y rectos, un top blanco básico, una chaqueta ligera y mis zapatillas deportivas de siempre. Mi estilo es cómodo, limpio y sencillo. Agarro mi bolso con mis cosas, las llaves de la residencia y salgo a la calle a deslumbrar la mañana barcelonesa.

La jornada en la facultad transcurre en ese limbo habitual entre el olor a formaldehído, apuntes largos y debates teóricos sobre casos clínicos. Víctor no deja de quejarse del profesor, Paula manda audios de tres minutos contando el drama durante su guardia y yo me limito a seguir el ritmo, demostrando por qué estoy a un paso de graduarme. Me gusta la precisión de la medicina. La biología no miente: si un corazón falla, hay una causa; si un vaso se rompe, hay una consecuencia. Todo tiene una lógica impecable.

Lo que no tiene tanta lógica es que, a mitad de la clase de patología, la imagen de la sonrisa de Marc Capellà se me colara en la mente durante un par de segundos mientras el profesor explicaba la irrigación sanguínea.

Patético, Valeria.

A eso de las cinco de la tarde, salgo de la facultad sintiendo una necesidad urgente de café. Como los chicos tienen sus propios asuntos hoy, decido caminar sola hacia una cafetería tranquila que me gusta cerca de la zona universitaria. Es un sitio pequeño, con mesas de madera al aire libre y un ambiente relajado donde puedo repasar los apuntes de la semana sin que nadie me moleste.

Me pido un café sin azúcar y me acomodo en una mesa del fondo de la terraza, al lado de un toldo que me cubre un poco del sol de la tarde. Me pongo los auriculares, abro la libreta y me entrego a la rutina.

Pasan unos quince minutos. Estoy tan concentrada subrayando con resaltador amarillo un esquema de farmacología que no me doy cuenta de que alguien se paró justo al lado de mi mesa.

Solo cuando una sombra proyectada sobre mi libreta me tapa la luz, levanto la cabeza.

Y ahí está.

Sin gorra esta vez, con el cabello peinado de forma sencilla, una camiseta negra y unos jeans oscuros. Marc Capellà me mira desde arriba con una mano metida en el bolsillo y esa sonrisa confiada que parece ser su marca registrada.

Me quito un auricular lentamente, sin perder la calma, aunque por dentro me salte una chispa involuntaria de sorpresa.

—Si esto es un caso de acoso, te aviso de que conozco a unos cuantos abogados egresados que se mueren por estrenarse en un juzgado —digo con la voz neutra, recostándome en el respaldo de la silla.

Marc se echa a reír un poco fuerte, lo que hace que un par de chicas de la mesa contigua se giren a mirarlo. En cuanto reconocen quién es, el murmullo empieza a correr, pero a él parece importarle bastante poco en este momento.

—No me hace falta acosarte, Valeria —responde él, apoyando los nudillos de una mano en el borde de mi mesa e inclinándose ligeramente hacia mí—. Esta es la cafetería a la que vengo a tomar algo antes y después de ir a entrenar o cuando tengo la tarde libre. La pregunta es qué haces tú en mi zona.

Marc se inclina un poco más haciendo que su cara quede a escasos centímetros de la mía. Huele ridículamente bien —fresco, limpio y a ese perfume que le reconocí anoche— y la camiseta deja ver la firmeza de sus brazos y el pecho marcado. Es indiscutible: este tío es un espectáculo físico. Y la forma en que sus ojos bajan por un microsegundo a mis labios antes de volver a chocar con los míos me confirma que él es perfectamente consciente del efecto que causa.

—Esta cafetería está a tres calles de mi facultad, Capellà —le corrijo cruzándome de brazos, sin retroceder ni un milímetro—. La lógica dice que la intrusa no soy yo.

—Touché —admite, dibujando una sonrisa más amplia—. ¿Se puede sentar aquí o tengo que pedir autorización?

Miro la silla vacía que tengo enfrente y luego lo miro a él. Hay algo en la insistencia sin vergüenza de este chico que me resulta extrañamente entretenido. No es baboso, no es prepotente; es simplemente directo, confiado y descaradamente guapo.

—Siéntate antes de que la gente de las otras mesas empiece a sacarte fotos y me arruinen la paz —le digo señalando la silla con la barbilla.

Marc no se lo piensa dos veces. Se sienta enfrente, estirando las piernas debajo de la mesa. De pronto, el espacio que parecía amplio se siente ridículamente pequeño. Sus rodillas quedan a milímetros de las mías.

—¿Farmacología? —pregunta echando un vistazo de reojo a mi libreta abierta.

—Mecanismos de acción de los corticoides —respondo cerrando la libreta, manteniendo mi espacio—. Nada que te vaya a servir para marcar goles.

—No te creas. A veces en el campo a más de uno le vendría bien algo para bajarse las pulsaciones —bromea, apoyando los codos en la mesa. Él me observa con una intensidad directa, sin los filtros de anoche, bajo la luz natural de la tarde—. Anoche me quedé con la duda.

—¿De qué?

—De si eras así de cortante por el cansancio o si es tu estado natural.

—Es mi estado natural cuando la gente intenta evaluar mi nivel de fascinación y paciencia —respondo dándole un trago a mi café. Le sostengo la mirada por encima del vaso—. Ya te lo dije, Marc. Para mí no eres una estrella. Eres un chico alto que hoy viste de negro y que me está quitando luz para repasar.

Él suelta una carcajada seca, negando con la cabeza mientras se pasa la mano por la nuca.

—Eres increíble, de verdad. En esta ciudad la gente o me pide un autógrafo o me pregunta por el próximo partido del equipo. Tú me tratas como si fuera un estorbo para tus esquemas.

—Porque mis esquemas definen mi nota de la semana que viene. Tú solo juegas noventa minutos el fin de semana —le devuelvo con un tono seco pero con un matiz juguetón en la mirada.

Marc se inclina un poco más hacia adelante, acortando la distancia entre los dos. Su mirada se vuelve más intensa, clavada en la línea de mi mandíbula, en el contraste de mi cabello despeinado sobre la chaqueta y en la firmeza con la que le sostengo el pulso.

—Me gusta que no me lo pongas fácil, Valeria —dice en voz baja, con un tono más pausado que hace que se me erice la piel—. Pero no me vas a convencer de que soy solo un estorbo. Anoche te quedaste mirando antes de que yo me acercara.

—Anoche estaba analizando el lenguaje corporal de un grupo de tíos que intentaban pasar desapercibidos en un reservado —corrijo sin pestañear—. Yo soy muy observadora.

—¿Ah, sí? —Marc alza una ceja, retándome abiertamente—. ¿Y qué más observaste en mí?

La pregunta flota en el aire, cargada de una tensión tan limpia que el ambiente entre los dos parece ponerse denso de golpe. Miro la forma en que su cuello se conecta con los hombros, el ligero bronceado de su piel, la simetría de sus rasgos y la curvatura de sus labios, que esperan mi respuesta con una confianza absoluta.

Le devuelvo la mirada, tomándome mi tiempo, dejando que note que no me intimida en absoluto.

—Observé que mantienes la espalda demasiado rígida cuando te sientes observado —digo con tono clínico, pero bajando la voz—. Que usas el contacto visual para intentar dominar la conversación. Y que estás acostumbrado a que las chicas te sonrían primero para ahorrarte el trabajo de seducir.

Marc se queda petrificado un segundo. La sonrisa confiada se le congela en el rostro, reemplazada por una mirada de pura fascinación física y mental. Traga saliva despacio. Puedo ver la manzana de Adán moverse en su garganta mientras procesa mi análisis.

—Vaya —murmura al cabo de un instante, sonriendo de lado con una chispa peligrosa en los ojos—. Diagnóstico completo.

—Y gratuito, para que veas que los doctores también somos generosos.

Él deja ir un suspiro divertido y niega con la cabeza, apoyando la espalda de nuevo en la silla, aunque sin quitarme los ojos de encima.

—Tengo entrenamiento en una hora —dice mirando de reojo su reloj, como si lamentara tener que romper el momento—. Pero no me voy a ir sin tu número.

Lo miro con una ceja levantada, divertida por su audacia.

—¿Y quién te ha dicho que te lo voy a dar?

—Nadie, pero después del diagnóstico que me acabas de hacer, lo mínimo es que me dejes invitarte a una cena de verdad para defenderme de las acusaciones —responde con una seguridad descarada. Se saca el teléfono del bolsillo y lo desliza por la mesa hasta que toca la punta de mis dedos.

El contacto de la pantalla con mis dedos dura un segundo, pero los ojos de Marc están fijos en mis manos, en la forma en que agarro el dispositivo.

—No salgo con futbolistas, Capellà —le recuerdo, aunque tomo el teléfono.

—No te estoy pidiendo que salgas con un futbolista, te estoy pidiendo que cenes con un chico que no quiere hablar de fútbol y al que le da igual si le tiras el café encima.

Sostengo su teléfono en la mano por tres segundos eternos. Hay un tira y afloja en mi mente entre mi deseo de mantener el control absoluto de mi vida y la innegable corriente eléctrica que este tío me genera cada vez que abre la boca. La tentación es obvia. Y yo nunca he sido de las que le huyen al peligro si el juego es interesante.

Desbloqueo la pantalla, tecleo los diez dígitos de mi número y guardo el contacto simplemente como: Valeria.

Le devuelvo el teléfono.

—Una cena —admito con voz tranquila, cruzándome de brazos—. Y si hablas de tu último partido durante más de dos minutos, me levanto y me voy.

Marc coge el teléfono, mira el contacto recién creado y luego me dedica una sonrisa tan genuina, tan llena de triunfo y atractivo directo, que por un segundo siento un vuelco sutil en el estómago.

—Trato hecho, Conceição —dice poniéndose de pie. Mide más de metro ochenta y la presencia que tiene llena la terraza en un segundo—. Te escribo luego, y procura no matar a nadie en tu próxima guardia.

—Procura no lesionarte en el entrenamiento, Capellà —le devuelvo.

Él me guiña un ojo, se da la vuelta y camina hacia su coche aparcado en la acera de enfrente. Se mueve con esa soltura atlética y elegante que atrae las miradas de media calle, pero antes de subirse, se gira una última vez para buscarme con la vista.

Le sostengo la mirada desde mi mesa, le dedico un trago a mi café y sonrío para mis adentros.

El juego acaba de empezar, y ninguno de los dos piensa jugar a perder.

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