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Capítulo 7

ผู้เขียน: Apples
Me brillaron los ojos mientras miraba a mi madre, esperando a ver qué decía.

—Auryn —dije en voz baja—. Auryn. ¿Qué te parece?

Sonrió. Cargó a mi hijo con mucho cuidado, acunándolo como si fuera un tesoro sagrado.

—Ay, mi pequeño Auryn —susurró—. Llegaste a este mundo como el mismísimo sol. No dejes de brillar para tu mamá, nunca.

Vi que se dio la vuelta, fingiendo que acomodaba la cobija, pero alcancé a notar cómo se limpiaba rápido las lágrimas de los ojos.

Siempre había sido así: fuerte, cent
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    Me brillaron los ojos mientras miraba a mi madre, esperando a ver qué decía.—Auryn —dije en voz baja—. Auryn. ¿Qué te parece?Sonrió. Cargó a mi hijo con mucho cuidado, acunándolo como si fuera un tesoro sagrado.—Ay, mi pequeño Auryn —susurró—. Llegaste a este mundo como el mismísimo sol. No dejes de brillar para tu mamá, nunca.Vi que se dio la vuelta, fingiendo que acomodaba la cobija, pero alcancé a notar cómo se limpiaba rápido las lágrimas de los ojos.Siempre había sido así: fuerte, centrada, pero incapaz de dejar de sufrir por mí. Sin importar cuántos años pasaran, yo seguía siendo la hija a la que quería proteger de cualquier tormenta.Le apreté la mano con suavidad.—En serio ya estoy bien —le dije—. Cuando me enteré de que Gavin me había traicionado… sentí que me faltaba el aire. Sentía que el pecho se me cerraba. No podía dormir. No dejaba de preguntarme qué había hecho mal.Hice una pausa y luego dejé escapar un suspiro.—Ahora lo entiendo. No fui yo. Algunos lobos nacen

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    Me incliné para darle un beso tierno en los deditos a mi hijo y luego le hablé a mi madre con firmeza.—Voy a romper el vínculo. Voy a dejar a Gavin.—¿Segura que...? —comenzó a decir, pero se detuvo.Se quebró en un instante. Los ojos se le llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas hasta mojar la manta que nos separaba.—No digas ni una palabra más —dijo con voz ronca—. Lo sé. Lo sé todo. Ya te lastimaron demasiado, mi niña.Me tomó la mano con fuerza, como si quisiera evitar que me desvaneciera. Sus palmas estaban calientes y firmes, sin ese temblor que yo no podía controlar.—Anoche, después de que te metieron a cirugía, no me quedé sentada esperando —continuó—. Lo llamé muchísimas veces. Mandé alertas a la manada. Salí a buscarlo.Apretó la mandíbula, un gesto que yo conocía desde que era una cachorra: era la calma antes de la tormenta.—Fui al cuartel del Alfa. Recorrí los pasillos del consejo. Les pregunté a los guardias y a los sanadores. Nadie lo había visto.Su voz baj

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