LOGINFERNANDALa recámara principal de la hacienda de Corfú era una estancia majestuosa de techos altos con vigas de madera expuesta, ventanales de arcos románicos que daban directamente hacia el mar jónico y una imponente cama de matrimonio con dosel de lino blanco en el centro de la habitación.En cuanto la pesada puerta de madera tallada se cerró tras nosotros y los botones dejaron nuestras maletas sobre las banquetas de piel, me dejé caer sobre el sillón de mimbre de la terraza privada, tratando de procesar la densidad del ambiente que habíamos respirado desde que pusimos un pie en la isla.—Una sola cama —comenté, cruzando los brazos y mirando a Alexander mientras él colocaba su maletín de piel sobre la consola—. La tía Atenea no perdió ni un solo segundo para empezar su interrogatorio silencioso y ponernos a prueba.—Atenea es metódica, ya te lo dije —respondió Alexander, acomodándose las mangas de la camisa con absoluta calma—. Esperaba este movimiento de su parte. Elías me confirmó
FERNANDAA diferencia de las fatídicas diez horas sobre el Atlántico desde México a Atenas, donde me comí un paquete de frituras en tenis neón sobre la pulcra alfombra de Alexander, este vuelo hacia la Isla de Corfú era un trayecto corto de apenas cuarenta y cinco minutos. Sin embargo, la tensión en el aire se sentía el doble de densa.Nuevamente estábamos a bordo del impecable jet privado de Vasilakis Group, pero esta vez la cabina ejecutiva no era un campo de batalla en solitario entre el General del control y mi caótico estilo de vida. Ahora compartíamos el espacio de cuero beige y madera de nogal con Nikitas y su esposa Katerina.Alexander ocupaba el asiento individual junto al ventanal. Llevaba unos pantalones de lino color crema y una camisa azul claro con los primeros botones desabotonados, prescindiendo por primera vez de su riguroso saco de ejecutivo. A pesar de su vestimenta veraniega y relajada, su tableta de titanio seguía firme en sus manos y sus ojos grises escaneaban in
FERNANDALa mesa del comedor principal parecía un tablero de ajedrez gigante donde cada cubierto de plata de tres tenedores, cada copa de cristal de Bohemia y cada servilleta de lino almidonado representaban una pieza en una guerra no declarada.Alexander se sentó en la cabecera, imponente, rígido y luciendo esa belleza aristocrática que parecía esculpida en mármol. Yo fui ubicada inmediatamente a su derecha, en la posición de honor que le correspondía a la futura señora de la casa. Justo enfrente de nosotros se acomodaron los tíos Héctor y Atenea, emanando una severidad que ponía a prueba hasta al sirviente más experimentado. A mi lado se ubicó Katerina, impecable en su vestido verde esmeralda, y junto a ella Nikitas, quien mantenía una postura relajada y parecía divertirse de lo lindo con la densa tormenta que flotaba sobre la mesa.El silencio inicial era denso, casi palpable, interrumpido únicamente por el sutil sonido del vino tinto de cosecha privada siendo servido en las copas
FERNANDAEl vestido de seda negra de Chantal era, sin duda, una obra de arte, pero para mí se sentía como una armadura de alta gama a punto de ser probada en combate.Me miré al espejo del vestidor por última vez. La seda se ceñía a mi figura con una elegancia impecable, dejando la espalda al descubierto hasta la zona lumbar. Llevaba el cabello recogido en un peinado alto que dejaba ver mi cuello, mis labios pintados de un rojo intenso y los tacones de diez centímetros sosteniendo mis pies con una firmeza que milagrosamente había logrado dominar en el ensayo de anoche.Me puse las pequeñas gotas de diamante que el equipo de Alexander había colocado sobre la consola de mi recámara y tomé una respiración profunda. El espejo me devolvía la imagen de una mujer completamente distinta a la chica desastrosa que había manchado su blusa con pasta dental antes de una entrevista de trabajo en la Ciudad de México. Pero por dentro, mi corazón latía con la misma intensidad desordenada.En la puerta
FERNANDAHay momentos en la vida en los que una preferiría estar presentando un examen de cálculo diferencial sin haber estudiado, antes que estar vestida con un albornoz de seda a las once de la noche, esperando la inspección final de un billonario estricto.Faltaban menos de veinticuatro horas para que los tíos Héctor y Atenea atravesaran las puertas del palacio. La presión en el ambiente era tan palpable que hasta el mar Egeo parecía chocar contra las rocas con un ritmo tenso y contenido. Me encontraba sentada en la orilla de mi cama, repasando por centésima vez las fichas de vocabulario griego que Alexander me había dejado, cuando tres toques secos y firmes en la puerta de comunicación interrumpieron mi tortura académica.—Adelante, General —dije, soltando un largo suspiro.La puerta se abrió con un clic elegante. Alexander apareció en el marco, descalzo, vistiendo un pantalón de vestir gris oscuro y una camisa blanca con los dos primeros botones desabotonados y las mangas doblada
FERNANDAEl pánico tiene muchas formas de manifestarse, pero en mi caso particular, se traduce en una necesidad incontrolable de picar jitomates, cebolla y chiles serranos como si me fuera la vida en ello.Faltaban exactamente treinta y seis horas para la fatídica cena con los tíos Héctor y Atenea, esa inspección sorpresa que Nikitas había organizado para desmantelar nuestro matrimonio por contrato. La presión en el palacio era tan densa que se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. Alexander llevaba todo el día encerrado en su despacho, enfrascado en videoconferencias financieras, mientras que yo, tras dos horas intensas de memorizar el alfabeto griego, sentía que la cabeza me iba a explotar.Necesitaba una catarsis. Y mi catarsis venía en frasco de vidrio, con mucho sabor mexicano.A las cuatro de la tarde, aprovechando que la cocina principal solía estar desierta antes de la preparación del banquete nocturno, me colé en el territorio sagrado de Petra. Llevaba una bolsa de tel







