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El Castigo del Don
El Castigo del Don
作者: Mariela Santos

Capítulo 1

作者: Mariela Santos
A medida que se acercaba mi fecha de parto, salió a la luz una discrepancia enorme en las cuentas de armas de la familia Galante.

Por esto el mando tomó una decisión rápida: me enviaron a mí, Sophia Vitale, la esposa del Don —esa mujer que todos decían que no tenía nada mejor que hacer—, para inspeccionar de manera personal el arsenal y verificar el inventario.

Yo creí que era una revisión de rutina. Por lo que nunca imaginé que la ahijada de mi esposo, Mónica Leona, lo usaría como tapadera para volar todo el arsenal por los aires.

La explosión fue ensordecedora. El fuego rasgó el cielo y el concreto se desplomó a mi alrededor, aplastándome, mientras un dolor abrasador me desgarraba el estómago.

Sin embargo, contrario a lo esperable, no llamé a mi esposo por su línea privada de máxima prioridad, sino que, en cambio, envié una señal de auxilio a mi padre.

En mi vida anterior, en el instante en que había ocurrido la explosión, yo había usado ese mismo canal prioritario para llamar a mi esposo.

El bebé había sobrevivido y Mónica había muerto en la explosión.

Mi esposo había dicho que no me culpaba, que Mónica era una extraña y que un heredero importaba más. No escatimó en gastos, contrató a especialistas obstétricos de élite para vigilarme día y noche, diciéndome que me mantuviera tranquila y esperara el parto.

Luego, el día en que entré en labor, él mismo nos encerró a mí y al bebé dentro de un almacén abandonado, el cual empapó con gasolina y lo encendió, quemándonos vivos.

—Si no hubieras retrasado todo a propósito, ella no habría muerto. ¿De verdad creíste que haciéndote la víctima ibas a engañarme? Ni lo sueñes —dijo—. ¿Tanto te gusta jugar con fuego? Bien. Entonces te dejaré vivir su desesperación en carne propia.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de regreso en el arsenal, justo en el instante exacto antes de la explosión.

Un dolor sordo y tirante me retorció el abdomen y me arrancó de los recuerdos, devolviéndome de golpe a la realidad.

No marqué la línea prioritaria que conectaba directo con el teléfono de Enzo Galante, sino que, en su lugar, reuní la poca fuerza que me quedaba y aplasté el chip de comunicaciones de emergencia oculto dentro de mi arete.

La señal se abrió paso a la fuerza y se desvió directo al canal privado de mi padre, Dominic Vitale.

El rescate de Mónica Leone llegó más rápido de lo que esperaba.

A lo lejos, distinguí una figura conocida avanzando con paso firme hacia la zona del estallido, con un grupo de hombres de negro pegados a sus talones. Enzo fijó la vista en la esquina donde Mónica estaba atrapada y se lanzó hacia adelante seguido de sus hombres.

Sin perder tiempo, le colocó un chaleco antibombas, con movimientos cuidadosos y precisos, y luego la sacó desde debajo de la losa, sosteniéndola como si fuera algo frágil e irremplazable.

Solo cuando la vi asegurada en una camilla, me salió una ronca súplica de ayuda. Llamé a los miembros de la familia que todavía estaban retirando escombros cerca, pero nadie respondió.

Las miradas frías me rozaron, cada una afilada con un abierto desprecio.

—¿Y ahora qué papel está actuando la signora? —se burló alguien—. El Don fue a salvar a la señorita Leone. Puedes gritar hasta quedarte sin voz. No va a servir de nada.

—Todos saben que siempre a querido a la señorita Leone. ¿Qué crees que pasó con el arsenal? No estamos ciegos.

—Más te vale rezar para que la señorita Leone esté bien. Si no, el primero en ir por ti será el Don Galante.

El dolor en el abdomen se disparó, más pesado y más punzante que antes. Algo tibio se derramó entre mis muslos y empapó mi falda. Intenté moverme, arrastrarme más lejos de la zona derrumbada, sin embargo, una roca cayó sobre mi vientre abultado, golpeándome con fuerza.

La sangre me estalló en la boca y la vista se me nubló, mientras la oscuridad me invadía desde los bordes.

—Mi bebé… —murmuré en un susurro apenas audible—. Por favor… salven a mi hijo…

El consigliere más cercano por fin se dio cuenta. Miró hacia abajo, pero no me ayudó a incorporarme, sino que me empujó con la punta del zapato.

—Signora, qué bien actúa. Casi te creo. ¿Acaso ha valido la pena lastimarte solo para pelar por el favor del Don.

Aquellos hombres siempre sabían leer el ambiente. Su actitud era el reflejo de la del Don.

Me encogí sobre mí misma mientras la pérdida de sangre y la agonía me iban arrancando la conciencia, capa por capa.

Todos corrieron y se amontonaron alrededor de Mónica. Alguien le pasó medicamentos, otro le atendió las heridas, todos sin siquiera dignarse a dedicarme una mirada.

Entre la neblina, oí a lo lejos voces sobresaltadas.

—¿Por qué hay tanta sangre debajo de la signora Vitale? ¿Pasa algo?

—¿Qué va a pasar? Seguro quiere llamar la atención del Don otra vez.

—Como sea. Ve a avisarle al Don para que deje de montar el show.

Un par de minutos más tarde, el olor familiar de su colonia cortó el humo y una mano me golpeó la mejilla, lo bastante fuerte como para arder.

—Sophia Vitale —oí la voz de Enzo, plana pero con un leve tono de diversión—. Despierta. Ya deja de actuar. Aquí estoy. Bien que fuiste muy capaz cuando volaste el arsenal. ¿Y ahora qué? ¿Haciéndote la pobrecita?

Quise explicar, quise rogarle. En su lugar, se me escapó un sonido roto, como un gorgoteo. El dolor en el abdomen era como si me estuvieran desgarrando por dentro, y, con lo último de mis fuerzas, mis dedos se engancharon al dobladillo de su pantalón de vestir.

Él se detuvo. Su mirada barrió mi rostro blanco como papel. Por un instante, asomó una vacilación… peri enseguida fue aplastada por la irritación. Con una mano me presionó el vientre, comprobando que el bebé siguiera ahí.

—Has mejorado tu actuación —dijo con frialdad—. Lástima que Mónica ya me contó todo. Tú misma prendiste el fuego y luego te escondiste. ¿Para quién estás actuando ahora?

Sin pensarlo, se zafó de mi agarre y caminó de regreso hacia la zona asegurada donde Mónica descansaba.

Detrás de mí, uno de los hombres que ya había visto partos entró en pánico de verdad.

—¡Don! ¡Ha perdido demasiada sangre! ¿Y si le pasa algo al heredero?

Enzo ni siquiera bajó el paso. Su voz casual, aburrida, regresó flotando.

—¿Y qué hay que andar entrando en pánico? Con razón Mónica dijo que faltaba el líquido marcador rojo del combustible. Resulta que Sophia lo robó para fingir sangre. Un embarazo avanzado no se termina así de fácil. Si quiere actuar, que actúe.

El dolor y la desesperación subieron como una marea negra y se tragaron por completo lo último de mi conciencia.
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