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La Foto Robada

Author: Emya snair
last update publish date: 2026-09-03 12:44:33

CAPÍTULO 6

Me despertó el celular. No el mío. El de Adrián, que sonaba a través de la pared como una alarma de incendio.

Eran las 6:14 de la mañana. Contestó de mal humor.

—¿Qué? — silencio —. ¿Qué foto? — otro silencio, más largo —. Mándamela. No la publiques. Ninguna.

Me senté en la cama de un salto. La foto. La terraza.

Salí descalza, con la misma camiseta de mi padre, y sin tocar fui hasta su habitación. La puerta estaba abierta. Él estaba de pie frente al ventanal, solo con el pantalón de pijama de anoche, hablando por teléfono. Su espalda era un mapa de tensión.

—Que nadie comente. Que ningún medio de la empresa diga una palabra. ¿Entendido?

Colgó y lanzó el celular sobre la cama con fuerza.

—¿Es la foto del beso? — pregunté desde la puerta.

Se giró. Me miró de arriba a abajo. Ayer esa camiseta me tapaba. Hoy, con la luz de la mañana, se transparentaba un poco. Se notaba que no tenía nada abajo.

—Ponte algo — dijo rápido, girándose de nuevo.

—Adrián, ¿qué foto?

Me lanzó su celular. En la pantalla, una página de chismes: _SOCIALES BOGOTÁ_.

La foto era nosotros. En la terraza del Club Nogal. Él pegado a mí contra la baranda, mi mano en su cuello, su mano en mi cintura, el vestido rojo y su esmoquin. Besándonos como si el mundo se acabara. Se veía... íntimo. Real.

El titular: *¡AL FIN! EL LOBO DE BLACKWOOD CAE ENAMORADO. Conozcan a Valeria Bennett, la estudiante que domó al millonario más frío de Bogotá.*

Abajo, otra foto. Sebastián mirándonos desde adentro, con una sonrisa.

—Mierda — susurré.

—Mierda es poco. Mi junta directiva ya me llamó. Mi madre ya me llamó. Y tu madre viene en cuatro horas a almorzar y va a ver esto.

Mi madre. Que creía que nos habíamos casado por amor, en secreto, porque éramos muy apasionados. Si veía esa foto iba a pensar que era verdad.

—Esto es bueno, ¿no? — intenté —. Querías que pareciera real.

—Quería que pareciera real, no que pareciera que me estoy muriendo por ti frente a todo el país. Ahora todos van a estar mirándote. Van a investigarte. Van a encontrar lo de la deuda de tu padre.

Se me heló la sangre.

—¿Pueden hacer eso?

—Pueden y lo van a hacer si no hacemos bien el almuerzo de hoy. Así que escúchame. Hoy no eres Valeria Bennett. Eres Valeria Blackwood. Mi esposa. Enamorada. Feliz. ¿Puedes hacer eso?

—Puedo intentarlo.

—No intentes. Hazlo.

A las diez, la casa era un caos de gente que no conocía. Una señora organizando flores, un chef cocinando, dos personas poniendo una mesa para tres como si fuera para veinte.

Yo estaba encerrada en mi vestidor, con la estilista de ayer gritándome.

—¡No te puedes poner eso para conocer a tu suegra! ¡Tu suegra política cree que eres una cazafortunas!

—¿Y qué quieres que me ponga? ¿Un hábito?

Me puso un vestido crema, cerrado, de manga larga, zapatos bajos, pelo recogido. Parecía una primera dama. Me odié.

A las doce, sonó el timbre.

Mi madre entró como un huracán. Pequeña, con su blusa de flores, su bolso gastado y sus ojos llenos de lágrimas.

—¡Mi niña! — Me abrazó fuerte. Olía a casa. Olía a mi vida de antes. — ¡Vi la foto! ¡Ay, hija, estás enamorada! Se te nota en la cara.

Adrián apareció detrás de mí. Se había puesto un suéter azul marino y jean. Nunca lo había visto tan... normal. Tan novio.

—Señora Carmen, qué gusto. Bienvenida a nuestra casa.

Mi madre lo miró de arriba a abajo, como solo una madre latina sabe hacerlo.

—Así que usted es el que me robó a mi hija. — Lo señaló. — Me la tiene flaca. ¿No le da de comer?

Adrián se quedó sin palabras por un segundo. Yo casi me río.

—Carmen, siéntate — dije, llevándola al comedor.

El almuerzo empezó bien. Demasiado bien. El chef servía, mi madre contaba historias mías de niña que me hacían querer morirme, y Adrián... Adrián hacía algo que nunca había visto.

Escuchaba. Sonreía. Me miraba como si yo fuera lo más interesante del mundo.

—¿Y cómo se conocieron de verdad? Porque esa historia de la biblioteca suena muy bonita pero mi hija odia las bibliotecas. Se duerme.

Me atraganté con el agua.

Adrián, sin perder la calma, puso su mano sobre la mía sobre la mesa. Entrelazó nuestros dedos. Su pulgar acarició mi anillo.

—Se durmió. Literalmente. — Sonrió. — Estaba en la mesa del fondo, con el libro abierto sobre la cara. Me acerqué a despertarla porque pensé que se había desmayado. Y cuando abrió los ojos, me insultó. Me dijo que era un acosador con traje caro.

Mi madre soltó una carcajada.

—¡Esa es mi Valeria!

Yo lo miré sorprendida. Estaba improvisando. Y lo hacía bien.

—Y ahí supe — continuó Adrián, mirándome fijo —. Que si una mujer es capaz de insultarme en los primeros cinco segundos, tenía que casarme con ella. Porque nadie más se atreve.

Su mano apretó la mía. No era actuación. O si lo era, era demasiado buena.

—¿Y la propuesta? — preguntó mi madre, con los ojos brillosos.

—Ahí sí me puse cliché — dijo él. — Cartagena. Le dije que si no se casaba conmigo, iba a comprar la biblioteca entera y poner su foto en la entrada como "la bella durmiente". Dijo que sí para que no la avergonzara.

Todos reímos. Mi madre lloraba de la risa.

Debajo de la mesa, Adrián no soltó mi mano.

—¿Y usted la quiere? — preguntó mi madre de repente, seria. Mirando a Adrián directo a los ojos. — Porque mi hija ya perdió a su padre. Si usted le hace daño...

El comedor se quedó en silencio.

Adrián me miró. De verdad me miró. No al personaje. A mí. Con la camiseta de mi padre todavía en mi memoria, con la foto de la terraza ardiendo en su celular.

—Carmen — dijo, con voz baja —. Nunca le haría daño a Valeria. Nunca. Puede estar tranquila. Yo... yo cuido lo que es mío.

Mi madre lo observó un segundo más y luego asintió, satisfecha.

—Bueno. Entonces sírvame más vino, yerno. Que si me voy a quedar sin hija, al menos que sea con buen trago.

El almuerzo siguió. Yo me reí, él me tocó, parecíamos felices. Cuando mi madre se fue, dos horas después, abrazándonos a los dos, nos quedamos solos en la puerta.

—Lo hiciste bien — le dije.

—Tú también. Casi me creo que me quieres.

Nos quedamos mirando. Su mano seguía en mi cintura. La casa olía a flores y a comida de mi madre.

—Adrián, la foto...

—La foto nos va a traer problemas. Sebastián la filtró. Estoy seguro.

—¿Qué hacemos?

—Lo que hace cualquier pareja enamorada cuando sale una foto robada. — Se acercó, me quitó un mechón de la cara. — La hacemos quedar como poca cosa. Tenemos que darles algo mejor.

—¿Qué?

—Mañana hay una subasta benéfica. Vamos a ir. Y vas a tener que besarme otra vez. Pero esta vez sin que nos roben la foto. Esta vez porque tú quieres.

Se fue a su despacho, dejándome con la mano de mi madre todavía caliente por el abrazo y su mano todavía marcada en mi cintura.

Miré mi celular. La foto ya tenía veinte mil likes. Y un comentario de Sebastián Blackwood: _Que viva el amor. ¿Cuánto durará?_

Tiré el celular sobre el sofá.

Doce meses. Solo habían pasado cuatro días y ya no sabía qué era mentira y qué no.

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