INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 6
Me despertó el celular. No el mío. El de Adrián, que sonaba a través de la pared como una alarma de incendio. Eran las 6:14 de la mañana. Contestó de mal humor. —¿Qué? — silencio —. ¿Qué foto? — otro silencio, más largo —. Mándamela. No la publiques. Ninguna. Me senté en la cama de un salto. La foto. La terraza. Salí descalza, con la misma camiseta de mi padre, y sin tocar fui hasta su habitación. La puerta estaba abierta. Él estaba de pie frente al ventanal, solo con el pantalón de pijama de anoche, hablando por teléfono. Su espalda era un mapa de tensión. —Que nadie comente. Que ningún medio de la empresa diga una palabra. ¿Entendido? Colgó y lanzó el celular sobre la cama con fuerza. —¿Es la foto del beso? — pregunté desde la puerta. Se giró. Me miró de arriba a abajo. Ayer esa camiseta me tapaba. Hoy, con la luz de la mañana, se transparentaba un poco. Se notaba que no tenía nada abajo. —Ponte algo — dijo rápido, girándose de nuevo. —Adrián, ¿qué foto? Me lanzó su celular. En la pantalla, una página de chismes: _SOCIALES BOGOTÁ_. La foto era nosotros. En la terraza del Club Nogal. Él pegado a mí contra la baranda, mi mano en su cuello, su mano en mi cintura, el vestido rojo y su esmoquin. Besándonos como si el mundo se acabara. Se veía... íntimo. Real. El titular: *¡AL FIN! EL LOBO DE BLACKWOOD CAE ENAMORADO. Conozcan a Valeria Bennett, la estudiante que domó al millonario más frío de Bogotá.* Abajo, otra foto. Sebastián mirándonos desde adentro, con una sonrisa. —Mierda — susurré. —Mierda es poco. Mi junta directiva ya me llamó. Mi madre ya me llamó. Y tu madre viene en cuatro horas a almorzar y va a ver esto. Mi madre. Que creía que nos habíamos casado por amor, en secreto, porque éramos muy apasionados. Si veía esa foto iba a pensar que era verdad. —Esto es bueno, ¿no? — intenté —. Querías que pareciera real. —Quería que pareciera real, no que pareciera que me estoy muriendo por ti frente a todo el país. Ahora todos van a estar mirándote. Van a investigarte. Van a encontrar lo de la deuda de tu padre. Se me heló la sangre. —¿Pueden hacer eso? —Pueden y lo van a hacer si no hacemos bien el almuerzo de hoy. Así que escúchame. Hoy no eres Valeria Bennett. Eres Valeria Blackwood. Mi esposa. Enamorada. Feliz. ¿Puedes hacer eso? —Puedo intentarlo. —No intentes. Hazlo. A las diez, la casa era un caos de gente que no conocía. Una señora organizando flores, un chef cocinando, dos personas poniendo una mesa para tres como si fuera para veinte. Yo estaba encerrada en mi vestidor, con la estilista de ayer gritándome. —¡No te puedes poner eso para conocer a tu suegra! ¡Tu suegra política cree que eres una cazafortunas! —¿Y qué quieres que me ponga? ¿Un hábito? Me puso un vestido crema, cerrado, de manga larga, zapatos bajos, pelo recogido. Parecía una primera dama. Me odié. A las doce, sonó el timbre. Mi madre entró como un huracán. Pequeña, con su blusa de flores, su bolso gastado y sus ojos llenos de lágrimas. —¡Mi niña! — Me abrazó fuerte. Olía a casa. Olía a mi vida de antes. — ¡Vi la foto! ¡Ay, hija, estás enamorada! Se te nota en la cara. Adrián apareció detrás de mí. Se había puesto un suéter azul marino y jean. Nunca lo había visto tan... normal. Tan novio. —Señora Carmen, qué gusto. Bienvenida a nuestra casa. Mi madre lo miró de arriba a abajo, como solo una madre latina sabe hacerlo. —Así que usted es el que me robó a mi hija. — Lo señaló. — Me la tiene flaca. ¿No le da de comer? Adrián se quedó sin palabras por un segundo. Yo casi me río. —Carmen, siéntate — dije, llevándola al comedor. El almuerzo empezó bien. Demasiado bien. El chef servía, mi madre contaba historias mías de niña que me hacían querer morirme, y Adrián... Adrián hacía algo que nunca había visto. Escuchaba. Sonreía. Me miraba como si yo fuera lo más interesante del mundo. —¿Y cómo se conocieron de verdad? Porque esa historia de la biblioteca suena muy bonita pero mi hija odia las bibliotecas. Se duerme. Me atraganté con el agua. Adrián, sin perder la calma, puso su mano sobre la mía sobre la mesa. Entrelazó nuestros dedos. Su pulgar acarició mi anillo. —Se durmió. Literalmente. — Sonrió. — Estaba en la mesa del fondo, con el libro abierto sobre la cara. Me acerqué a despertarla porque pensé que se había desmayado. Y cuando abrió los ojos, me insultó. Me dijo que era un acosador con traje caro. Mi madre soltó una carcajada. —¡Esa es mi Valeria! Yo lo miré sorprendida. Estaba improvisando. Y lo hacía bien. —Y ahí supe — continuó Adrián, mirándome fijo —. Que si una mujer es capaz de insultarme en los primeros cinco segundos, tenía que casarme con ella. Porque nadie más se atreve. Su mano apretó la mía. No era actuación. O si lo era, era demasiado buena. —¿Y la propuesta? — preguntó mi madre, con los ojos brillosos. —Ahí sí me puse cliché — dijo él. — Cartagena. Le dije que si no se casaba conmigo, iba a comprar la biblioteca entera y poner su foto en la entrada como "la bella durmiente". Dijo que sí para que no la avergonzara. Todos reímos. Mi madre lloraba de la risa. Debajo de la mesa, Adrián no soltó mi mano. —¿Y usted la quiere? — preguntó mi madre de repente, seria. Mirando a Adrián directo a los ojos. — Porque mi hija ya perdió a su padre. Si usted le hace daño... El comedor se quedó en silencio. Adrián me miró. De verdad me miró. No al personaje. A mí. Con la camiseta de mi padre todavía en mi memoria, con la foto de la terraza ardiendo en su celular. —Carmen — dijo, con voz baja —. Nunca le haría daño a Valeria. Nunca. Puede estar tranquila. Yo... yo cuido lo que es mío. Mi madre lo observó un segundo más y luego asintió, satisfecha. —Bueno. Entonces sírvame más vino, yerno. Que si me voy a quedar sin hija, al menos que sea con buen trago. El almuerzo siguió. Yo me reí, él me tocó, parecíamos felices. Cuando mi madre se fue, dos horas después, abrazándonos a los dos, nos quedamos solos en la puerta. —Lo hiciste bien — le dije. —Tú también. Casi me creo que me quieres. Nos quedamos mirando. Su mano seguía en mi cintura. La casa olía a flores y a comida de mi madre. —Adrián, la foto... —La foto nos va a traer problemas. Sebastián la filtró. Estoy seguro. —¿Qué hacemos? —Lo que hace cualquier pareja enamorada cuando sale una foto robada. — Se acercó, me quitó un mechón de la cara. — La hacemos quedar como poca cosa. Tenemos que darles algo mejor. —¿Qué? —Mañana hay una subasta benéfica. Vamos a ir. Y vas a tener que besarme otra vez. Pero esta vez sin que nos roben la foto. Esta vez porque tú quieres. Se fue a su despacho, dejándome con la mano de mi madre todavía caliente por el abrazo y su mano todavía marcada en mi cintura. Miré mi celular. La foto ya tenía veinte mil likes. Y un comentario de Sebastián Blackwood: _Que viva el amor. ¿Cuánto durará?_ Tiré el celular sobre el sofá. Doce meses. Solo habían pasado cuatro días y ya no sabía qué era mentira y qué no.*CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS*Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde.El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira.—Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme.—Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad.—Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo.El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano.Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado.—Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio.Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido.—Valeria.Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, mirándome como me mira
CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde
CAPÍTULO 12Después de la entrevista, algo cambió.Adrián dejó de tocar mi puerta con dos golpes secos. Ahora entraba sin tocar. O mejor dicho, yo dejaba la puerta abierta.Dejó de decir "esposa" como insulto. Ahora lo decía bajito, cuando creía que yo estaba dormida.Y dejó de dormir en su cuarto.No, no dormíamos juntos. Todavía no. Pero a las dos de la mañana, siempre había una excusa.—Se dañó el aire acondicionado de mi cuarto.—Hay un ruido raro en mi balcón, ¿lo escuchas?—Dejé mi cargador aquí.Anoche la excusa fue: "Tengo insomnio."Eran las 2:14. Yo estaba leyendo en la cama, con su camisa blanca puesta. La que me había puesto para la entrevista y que ya no le devolví.Se sentó al borde de mi cama, en pants, sin camisa.—¿Puedo? — preguntó.—¿Quedarte?—Quedarme un rato. Hasta que me dé sueño.—Si te quedas, no te vas a querer ir — dije, sin pensar.—Esa es la idea.Se acostó a mi lado, por encima de las cobijas, respetando una línea invisible en el medio. Los dos mirando el
CAPÍTULO 11Desperté porque mi celular no paraba de vibrar.Llamadas perdidas. Mensajes. Mi madre, mis primas, tres números desconocidos.Y un mensaje de Adrián: _No veas Instagram._Obvio que lo vi.Era una foto nuestra. Pero no de la subasta. No de la cena.Era de esta mañana. De ayer en la cocina.Alguien nos había tomado una foto desde el edificio de enfrente, con zoom. Yo sentada sobre la isla, en pijama, despeinada. Adrián entre mis piernas, besándome el cuello. Su saco en el piso. Mi mano agarrándole la camisa.No estábamos posando. No estábamos actuando. Estábamos...—VALERIA, VEN A LA SALA, AHORA.La voz de Adrián. No gritaba. Era peor. Estaba helado.Salí corriendo. Estaba en el sofá, en pants, con su laptop abierta. Su cara era una piedra.—Tu madre me llamó — dijo —. Y la mía. Y mi abogado. Y tres revistas. ¿Sabes cuántas ofertas me llegaron por esa foto? Porque no parece una foto de contrato. Parece...—Parece que estamos enamorados de verdad — terminé yo.—Parece que te
CAPÍTULO 10No me quité la pulsera. Tampoco usé la llave.La dejé sobre mi mesa de noche, al lado del celular. Como una prueba de que podía irme si quería. Pero no quería.A las seis, Adrián tocó mi puerta. Dos golpes secos. Como si fuéramos compañeros de oficina, no esposos que se habían besado en la cocina esa mañana.—Arreglate. Tenemos cena con los inversionistas de Tokio. Van a querer ver a la esposa feliz.—Estoy cansada.—Valeria.—Voy.Me puse un vestido negro, simple, cerrado hasta el cuello. Sin abertura. Sin escote. Que no me mirara nadie, como él quería.Cuando bajé, me estaba esperando con otro estuche.—Adrián, si es otra pulsera con candado, te juro que...—No es eso. Abre.Era un anillo. No el de compromiso que me dio para la foto, frío y enorme. Este era delgado, con un diamante pequeño en el centro.—El otro era prestado. Este es tuyo. Para que no se te olvide que estás casada cuando no estoy.Me lo puso él mismo. Su mano temblaba un poco.—Ahora di que me quieres —
CAPÍTULO 9Me desperté con la pulsera todavía puesta.No me la había quitado. El candadito dorado brillaba contra mi muñeca. Era bonita. Y era una advertencia.En la cocina, Adrián ya estaba. Con traje, con café negro, con ojeras. No me miró.—Buenos días, esposa — dijo sin levantar la vista del periódico. Mi cara estaba en primera plana otra vez. Abrazada a él.—Buenos días, carcelero.Por fin me miró. Sus ojos bajaron a mi muñeca.—Veo que te la pusiste.—Veo que no me dejaste opción. ¿Dónde está la llave?Sonrió. Esa sonrisa que me ponía de mal genio.—Yo la tengo.—Obvio.Me serví café. El silencio era incómodo. Como siempre desde que nos casamos.—Hoy no sales — dijo de repente.—¿Disculpa?—Sebastián va a estar en la oficina todo el día. No quiero que te lo cruces.—¿Me estás prohibiendo salir? Eso no está en el contrato, Adrián.—Regla número dos, ¿recuerdas? Nadie te toca. Para eso, nadie te ve.Dejé la taza sobre la mesa con fuerza.—Tú no me puedes encerrar aquí. Tengo clase







