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Capítulo 4

Author: Anónimo
Lo que me hundió en la deshonra no terminó ahí.

La condición de mi madre no podía esperar. No me quedó más remedio que ceder.

Grabé el video con el celular y lo subí a las redes. Admití frente a la cámara que yo misma había editado el acta de matrimonio.

Aseguré haber fabricado de manera maliciosa las supuestas pruebas de fraude académico y que todo lo que hice nació de los celos por el talento y los logros de Olivia.

Dije que lo hice porque amaba a Dante y, al no poder tener su corazón, terminé perdiendo la cabeza.

Aún hoy, la sección de comentarios bajo ese video sigue inundada de inmundicia, en su mayoría bots contratados por la familia y gente que nunca supo la verdad.

“¡Niña, ¿te volviste loca por un hombre?! ¡Hasta falsificaste un acta de matrimonio!”

“Qué demente. Y te atreviste a inventar esas porquerías de una buena mujer como la doctora Ricci, llamarla amante. Patético”.

“¡A tipas así no se les debería permitir estar en internet! ¡Difamar a doctoras es imperdonable!”

“La doctora Ricci salvó a tantas personas. ¿Quién te crees que eres para arruinarla?”

“Hagamos una colecta. Yo pongo cien. ¿Quién se anima a darle una cachetada para que reaccione?”

“Yo pongo doscientos”.

“¡Cuenten conmigo! ¡Una perra despreciable como esta merece una lección!”

***

Durante ese tiempo, fui un cadáver andante. Vivía bajo una humillación y un dolor abrumadores.

Lo único que podía hacer era esconderme en mi apartamento del distrito de Cambridge y quedarme junto a la cama de hospital de mi madre.

Quizá mi estado era demasiado evidente. Aunque nunca la dejé acercarse a internet, mi madre intuyó que algo andaba mal.

Desde la cama, extendió su mano frágil y tomó la mía.

—Sofia, perdóname —susurró—. Si no fuera por mi enfermedad, no habrías tenido que pasar por esto.

Negué con la cabeza mientras las lágrimas me brotaban sin control.

—No digas eso, mamá. Todo es porque soy una inútil.

Suspiró y empezó a hablar del pasado, de Dante y de mí.

El amor joven siempre parece el más puro.

Diez años atrás, Dante me llevaba tres años. Aunque era italoamericano, todavía no había sido reconocido formalmente por la familia Falcone. En ese entonces, era un hijo ilegítimo, estudiante de posgrado en uno de los institutos tecnológicos más prestigiosos del país.

Me vio por primera vez en un simposio médico. Yo apenas iniciaba el primer año en la Universidad de Harvard y ya había presentado una ponencia sobre tratamiento del cáncer en esa conferencia.

A Dante lo atrajo mi talento. Empezó a buscarme, me ayudaba a organizar los datos de mis experimentos y me guardaba sitio en la biblioteca del campus principal.

Cuando me desvelaba haciendo trabajo de investigación, aparecía con café y donas.

Todo iba bien hasta esa tarde en un parque público cerca de Cambridge, cuando un grupo de pandilleros empezó a seguirme; eran matones de poca monta de una pandilla irlandesa cercana, conocidos por hostigar a las estudiantes.

Dante intentó protegerme. Lo golpearon tan brutalmente que terminó internado en el Centro Médico Santa Catalina.

Terminó con tres costillas rotas y una cicatriz en la cara. Después de eso, hacernos novios fue el paso natural.

En ese tiempo, los Falcone todavía no lo reclamaban. Seguía siendo aquel pobre estudiante de posgrado que trabajaba turnos nocturnos en una cafetería para pagarse los estudios.

Fue mi madre quien lo sostuvo todo ese tiempo. Lo financió para que pudiera terminar su posgrado; incluso pidió préstamos para lograrlo.

Por desgracia, esa bondad era ahora el arma que él usaba para destruirnos.

Ella no tenía idea de lo que yo estaba enfrentando. No sabía que ese hombre, al que alguna vez quiso como a un hijo, usaba ahora los métodos más crueles en nuestra contra.

Veía la cara de mi madre adelgazar día tras día.

Se me partía el corazón.

Pensé: “Tal vez con esto basta. Al menos todavía la tengo a ella. No estoy del todo sola. Mientras siga viva, tengo una razón para seguir adelante”.

Por desgracia, parecía que Dios disfrutaba atormentando a los miserables. No estaba dispuesto a dejarme ni siquiera ese último resquicio de esperanza.
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