Después de aquello, todo vínculo entre nosotros quedó roto.Dante casi nunca volvía a la casa que alguna vez llamamos hogar.Mi única ventana a su vida eran las redes sociales de Olivia.Solía publicar fotos de sus rondas en el Hospital General de Massachusetts con frases cursis sobre la “compasión” y la “sanación”. Al fondo, Dante siempre aparecía. A veces era su silueta, a veces solo una mano, a veces el Patek Philippe que yo le había regalado.Los comentarios debajo eran siempre los mismos.“¡Esto es, sin duda, un designio perfecto de Dios!”“¡Dante y Olivia son la encarnación del amor verdadero!”“¡Bendiciones para ambos!”Cada vez que los veía, sentía una daga retorciéndose en mi pecho. Aguanté golpe tras golpe, hasta que decidí que, si me hundía, los arrastraría conmigo.Subí a internet nuestra acta de matrimonio y las pruebas de su aventura. Junto con todo eso, adjunté la evidencia irrefutable de que Olivia había robado mis apuntes sobre terapia génica contra el cáncer: marcas d
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