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Capítulo 3

Author: LL
Marco caminó rápido hacia mí y me sujetó la mano con nerviosismo.

—Anna, no lo malinterpretes. Solo estábamos jugando, yo…

Lo interrumpí con una sonrisa.

—Tranquilo, no pasa nada. Confío en ti.

Se quedó sin palabras. Luego, algo alterado, me rodeó los hombros con el brazo.

—Ya, tranquilos. Si asustan a mi mujer, no se los voy a perdonar.

Sofia, con un vestido ajustado de tirantes que se ceñía a su figura, caminó hacia nosotros balanceándose con elegancia.

—Cuánto tiempo sin verte, Anna. Escuché que te vas a casar. Felicidades. Qué suerte tienes, encontraste a un hombre que te ama… a diferencia de mí.

Yo todavía no había abierto la boca cuando Marco soltó de inmediato:

—¿Quién dijo que nadie te ama?

Sofia se cubrió la boca y dejó escapar una risa ambigua.

Se hizo un silencio incómodo, pero enseguida alguien, con el suficiente tino, cambió de tema y todo continuó como si nada.

Marco me miró con tensión, como si quisiera explicarse, pero a mí ya no me importaba.

Ignoré su expresión vacilante y me fui a sentar sola en un rincón.

Él vino detrás de mí, me sirvió una copa, pero sus ojos no dejaban de seguir a Sofia, que estaba a poca distancia, bebiendo con otros.

Se le derramó el vino, y yo estaba a punto de advertírselo cuando él se puso de pie de golpe y sujetó del brazo a Sofia, que acababa de perder un juego y ya empezaba a quitarse la ropa.

—¿Estás loca? ¿Sabes lo que estás haciendo?

Sofia se soltó de su mano y, medio ebria, curvó los labios con una sonrisa provocadora.

—¿Y a ti qué te importa? ¿Acaso soy tuya? ¿No sabes que ahora estoy soltera? ¿Y qué si me quito una prenda? Si me da la gana, me acuesto con cualquiera.

El escándalo fue tan grande que toda la fiesta quedó en silencio.

Enzo, borracho, la golpeó sin querer con el codo. Cuando ella estuvo a punto de caer, Marco ni siquiera lo pensó: la atrapó de inmediato entre sus brazos.

De pronto, Sofia empezó a forcejear y a llorar desconsolada.

—¡Suéltame! Luca no me quiere, ¡tú tampoco! ¡Ninguno de ustedes me quiere, así que déjenme en paz! ¡No necesito la lástima de nadie!

El dolor en el rostro de Marco ya no se podía esconder. Con los ojos enrojecidos, rugió:

—¿Quién dijo que nadie te quiere? ¡Yo sí! ¡Yo te quiero! ¡Yo solo te quiero a ti!

Sofia se quedó helada un segundo y luego negó con la cabeza, llorando todavía más.

—Mientes. Ya casi te casas. Tú no me quieres. Voy a buscarme a un hombre ahora mismo. Al primero que me quiera, con ese me acuesto.

Tambaleándose, caminó hacia la puerta.

El rostro de Marco se puso lívido. Ya no pudo contenerse más.

Se acercó, la levantó en brazos y se la llevó de la fiesta a grandes pasos.

La mayoría de los presentes eran amigos y familiares de Marco. Parecía que ya estaban acostumbrados a escenas así. Soltaron un par de suspiros, murmuraron un par de cosas y luego siguieron bebiendo y divirtiéndose por su cuenta.

Nadie se acordó de que en un rincón todavía quedaba una prometida olvidada.

Solo el muchacho que me había llevado hasta ahí.

Me miró, torpe y avergonzado.

—Lo siento… ¿está bien?

Supuse que debía verme realmente miserable para que él tuviera esa cara de estar a punto de llorar.

Intenté curvar los labios, pero ni siquiera fui capaz de fingir una sonrisa. Al final, solo pude irme sola.

Pero apenas salí de la fiesta, alguien me cubrió de golpe la boca y la nariz y empezó a arrastrarme hacia atrás. Yo forcejeé con todas mis fuerzas.

Ese hombre tenía una fuerza aterradora, y el aliento podrido que le salía de la boca me erizó la piel por completo.

—Sofia no mentía. Con esa piel tan fina, seguro da gusto divertirse contigo.

Me arrojó con brutalidad dentro de un salón vacío. Sentí que las piernas y los brazos empezaban a fallarme de golpe.

En el instante en que se me echó encima, me mordí con fuerza la lengua para mantenerme despierta y agarré una botella de licor de la mesa para estampársela.

—¡Maldita puta! ¿De verdad te crees una santa intocable? No eres más que una zorra usada, una cualquiera que otros ya dejaron hecha pedazos.

Justo cuando se lanzaba otra vez sobre mí, en la entrada se oyó de golpe un estruendo. El hombre se sobresaltó, se cubrió la frente ensangrentada, soltó una maldición y salió huyendo.

Me tragué las lágrimas, reprimí como pude el temblor de mis brazos y salí del salón sin detenerme ni un segundo.

En el descanso de la escalera, Sofia ya me estaba esperando. Al ver mi vestido rasgado, dibujó una sonrisa cruel.

—¿Tan rápido terminaste? ¿No te bastó? ¿Quieres que te consiga a unos cuantos hombres más?

Yo ya sabía desde hacía mucho tiempo que Sofia era una mujer podrida hasta la médula.

Nunca se había molestado en ocultar lo cruel que era. Con Luca y con Marco, siempre había hecho lo que quería sin importarle nada, y una y otra vez me había demostrado que siempre podía caer más bajo.

Al recordar lo que acababa de decir aquel hombre, perdí por completo la paciencia y le solté una bofetada con todas mis fuerzas.

Pero ella no solo no esquivó el golpe. Al contrario, en sus labios apareció esa sonrisa feroz que yo conocía demasiado bien.

Y cuando me di cuenta de que algo andaba mal, ella ya había caído rodando por la escalera.
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