เข้าสู่ระบบ«¡ISABELLA VARGAS! ¡SALGA CON LAS MANOS EN ALTO!»
La voz por los altavoces rasgó el silencio del bosque. Las luces blancas de los vehículos barrieron la ladera, golpeando sus rostros con una luz demasiado intensa para una noche tan salvaje. Sofía gritó y se aferró a las piernas de Isabella. Lucas se puso de pie de inmediato frente a su madre. Pequeño. Delgado. Pero con el cuerpo rígido como un muro de piedra. Alejandro levantó su pistola y avanzó medio paso sin darse cuenta, colocándose entre la luz, Isabella y los niños. Javier bajó un poco la cabeza y miró por encima de una gran roca. «Dos vehículos en el camino superior. Uno abajo», informó con rapidez. «Cuatro hombres a la izquierda, tres a la derecha. Llevan auriculares. Formación de captura». «No es la policía», dijo Valentina. Ella estaba de pie junto a la vieja camioneta, su cabello rojo parecía negro bajo la luz de la noche. «Es Aegis Recuperaciones. Unidad privada. Trabajan para familias adineradas que quieren que algo desaparezca antes de que la justicia reaccione». Isabella la miró con dureza. «Tú los conoces». «Reconozco su esencia». Valentina miró hacia las luces en la cima de la colina. «Y odio su forma de actuar. Demasiada confianza en sí mismos». La voz por los altavoz sonó de nuevo. «¡ISABELLA VARGAS! ¡TENEMOS AUTORIZACIÓN DE DETENCIÓN DE EMERGENCIA! ¡SALGA AHORA MISMO Y LOS NIÑOS NO SUFRIRÁN DAÑO ALGUNO!» El mundo se quedó en silencio después de esas palabras. No venían por Lucas. Venían por ella. El objetivo principal: la madre. Alejandro volvió la cabeza ligeramente. Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella. «Entrad al túnel», dijo en voz baja. «Si vienen por mí, solo seré la razón por la que os persigan hasta el amanecer», respondió Isabella. «Entrad». «No me des órdenes cuando...» «Ya no soy tu esposo por contrato». Su mandíbula se tensó con fuerza. «Estoy protegiendo a mi familia». Esa palabra golpeó demasiado cerca del corazón. Familia. Lucas levantó la vista hacia Alejandro. «¿De verdad quieren llevarse a mamá?» No tenía sentido mentir. «Sí», respondió Alejandro. Lucas se puso aún más rígido. «Entonces no se la entregaremos». Sofía, que seguía pegada a Isabella, asintió con rapidez aunque las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. «No se la entregaremos». Maldición. Estos niños. Javier se acercó más a ellos. «Hay un lanzador pequeño en el vehículo de arriba», avisó rápido. «No son balas comunes. Puede ser gas. O luces cegadoras». Valentina siseó con rabia. «Aegis prefiere limpiar el rastro. Si dicen que solo quieren a la madre, significa que no desean que los niños vean lo que va a pasar». Sofía se tapó los oídos con las manos. «Odio a esta mujer que huele tan bien». «Un sentimiento muy acertado», murmuró Isabella. El altavoz volvió a rugir. «¡CONTAMOS HASTA DIEZ! ¡DESPUÉS DE ELLO, LOS NIÑOS PASARÁN A SER CONSIDERADOS COMO ACTIVOS DE RIESGO!» «¿Activos de riesgo?» Lucas entrecerró los ojos. «Odio cómo los adultos malvados hacen que todo suene como si estuvieran en una oficina». Alejandro se agachó rápidamente frente a Lucas y Sofía. «Escuchadme bien». Ambos lo miraron fijamente. Si hasta la noche anterior había alguna distancia entre ellos, ahora ya no quedaba tiempo para eso. «Si os digo que corráis, corred con Marta hacia el túnel. Manteneos pegados a la pared izquierda. No os separéis el uno del otro. ¿Entendido?» Lucas abrió la boca. «No». Todos se volvieron hacia él. Alejandro sostuvo la mirada de su hijo. «¿Por qué no?» «Porque lo que quieren es a mamá». La voz de Lucas fue firme y serena. «Si corremos y mamá se queda aquí, eso es una estupidez». El corazón de Isabella se sintió como si fuera a estrujarse hasta romperse. Alejandro tragó saliva una vez. Luego habló con una calma absoluta. «No voy a abandonar a vuestra madre». Lucas lo evaluó con atención. Fue un momento largo. Luego asintió una sola vez. «Está bien». Sofía apretó contra su pecho a su muñeco, el Señor Bigotes. «Sigo sin gustarme nada de esto». «A nadie le gusta», dijo Isabella con suavidad. La cuenta regresiva comenzó desde el exterior. «¡DIEZ!» Ruiz levantó más su pistola. «Si se acercan más, disparo a los faros delanteros». «Todavía no», dijo Javier. «¡NUEVE!» Valentina miró hacia la ladera izquierda. «Hay un camino de piedra que baja hacia un desfiladero estrecho. Pero queda demasiado expuesto mientras tengan las luces encendidas». «¡OCHO!» Alejandro observó todo a su alrededor con rapidez. El vehículo de arriba. El vehículo de abajo. La entrada del túnel. Los niños. Todas las opciones eran malas. Cada segundo que pasaba era demasiado valioso. «¡SIETE!» Isabella lo vio pensar. No como un director ejecutivo. Sino como un padre. Como el hombre que ahora debía elegir a quién salvar primero. Y fue entonces cuando comprendió algo que le heló la sangre en las venas: si esperaban más tiempo, esos hombres lanzarían gas al túnel y atacarían a la fuerza. «Alejandro». Él se volvió hacia ella. Sus miradas se encontraron. «Voy a salir». «No». «Escúchame primero». «No». «¡SEIS!» Isabella dio un paso hacia él, hasta que casi chocaron el uno con el otro. «Yo salgo. Tú llevas a los niños al túnel. Si consiguen lo que quieren, no perseguirán al resto». «No hables como si yo fuera a permitir eso». «No es que tú lo permitas. Es que yo lo elijo». «¡CINCO!» Los ojos de Alejandro se oscurecieron por completo. «Isabella». La forma en que pronunció su nombre esta vez no fue una advertencia. Ni una crítica. Fue una amenaza. Y algo mucho más peligroso. «No voy a perderte otra vez». Esas palabras golpearon con más fuerza que cualquier grito de la noche. Un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente para que el pecho de Isabella se llenara de dolor. Detrás de ella, Lucas tiró de su manga. «Mamá, por favor, no». Sofía volvió a llorar. «No quiero que se lleven a mamá». El altavoz rugió de nuevo. «¡CUATRO!» Valentina dio un paso al frente. «Aegis no miente con lo del gas». Javier asintió con rapidez. «Tienen el lanzador. Lo vi». Alejandro cerró los ojos por una fracción de segundo. Cuando volvió a abrirlos, solo había en él una decisión que odiaba con toda su alma. Miró a Isabella. Luego a los niños. Y otra vez a Isabella. «Si sales ahí fuera», dijo muy despacio, «te esposarán, te meterán en un vehículo y desaparecerán antes de que yo pueda disparar al primer hombre». «Si no salgo, atacarán», respondió Isabella con la misma voz baja. «Y Sofía nunca olvidará el sonido de ese gas». «No lo hagas». «Escúchame por una vez en la vida». «¡ISABELLA!» Lucas se tapó los oídos con las manos. Sofía abrazó con fuerza a Marta. Javier maldijo en voz baja. Ruiz apuntó hacia las luces de arriba. Alejandro e Isabella seguían mirándose, negándose a ceder. «¿Quieres redimirte de todo?», susurró Isabella. Sus ojos oscuros no parpadearon. «No uses esa palabra ahora». «Entonces escucha con atención». Su voz se quebró un poco, pero se mantuvo firme y afilada. «Redímete manteniéndolos a ellos con vida. No muriendo como un héroe en esta maldita ladera». Alejandro le sujetó las muñecas. Con fuerza. Con calor. Con una negación casi salvaje. «¡DOS!» Lucas tomó una bocanada de aire entrecortada. «Mamá...» Isabella se arrodilló rápidamente frente a los niños. Besó la frente de Lucas. Luego la de Sofía. Su rostro estaba sereno. Tenía que estarlo. Porque si ella se rompía ahora, Sofía quedaría destrozada para siempre. «Escuchad a mamá. Agarraos fuerte a Marta. Seguid a Alejandro. No miréis atrás. ¿Entendido?» Lucas negó con la cabeza con fuerza. «No». Isabella tomó el rostro de su hijo entre sus manos. «Lucas». Esos ojos oscuros, pequeños y profundos, estaban llenos de rabia y de un miedo demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. «Prometiste que nunca te irías». «Prometí que volvería». «Eso no es lo mismo». «¡UNO!» El mundo pareció detenerse. Y entonces Isabella tomó su decisión. Se puso de pie, se soltó del agarre de Alejandro antes de que él pudiera apretar más, y dio un paso fuera de la protección de la camioneta. La luz se la tragó por completo. «¡ISABELLA, NO!» El grito de Alejandro golpeó su espalda. Ella no se detuvo. Levantó ambas manos lentamente. Sus pasos eran firmes, aunque sentía las rodillas vacías y temblorosas. «¡AQUÍ ESTOY!», gritó hacia las luces. «¡LOS NIÑOS NO TIENEN NADA QUE VER!» Las siluetas de hombres vestidos de oscuro se movieron desde el vehículo de abajo. Dos avanzaron. Uno se quedó junto a la puerta trasera. El cuarto levantó algo que parecía una carpeta negra. «¡Quédese ahí, señorita Vargas!», gritó uno de ellos. «¡Está bajo custodia protectora!» «Si es protectora, ¡apaguen esas malditas luces!», respondió Isabella. Nadie se rió. Detrás de ella, escuchó los pasos de Alejandro. Rápidos. Llenos de rabia. Desesperados. Y luego la voz de Lucas, aguda y rota al mismo tiempo. «¡Papá, no lo hagas!» Esa palabra hizo que toda la ladera pareciera agrietarse. Alejandro se detuvo en seco. Solo por esa palabra. Solo porque Lucas lo había llamado así, con plena conciencia esta vez. Con conciencia y súplica. Isabella no se volvió. Si lo hacía, probablemente se derrumbaría. El primer hombre del equipo de Aegis se acercó con unas esposas de plástico en la mano. «Gracias por su cooperación». «Si tu mano me toca con brusquedad, muerdo», dijo Isabella con voz inexpresiva. «Manos detrás de la espalda». Ella obedeció. No por sumisión. Porque cada segundo que ganaba ahora era una distancia que podía salvar a sus hijos. Otro hombre levantó su radio. «Objetivo materno asegurado». Y entonces, desde el vehículo de arriba, llegó una nueva voz. No por el altavoz. Directa. Masculina. Conocida. Demasiado conocida. «Llevadla viva». Todo el cuerpo de Isabella se quedó rígido como una estatua. Alejandro también. Porque ambos reconocieron esa voz. Ricardo. No estaba en la puerta principal. No se había quedado atrás. El anciano bajó lentamente desde las sombras bajo la luz del coche de arriba, bastón negro en mano, rostro tranquilo como si fuera a una cena, no a un secuestro a mano armada. «Por fin», dijo en voz baja. «Ahora podemos hablar sin que los niños nos molesten». Alejandro levantó su pistola. Se movió tan rápido que dos hombres de Aegis le apuntaron al instante. «Suéltala». Ricardo miró a su hijo. Sin miedo. Sin prisa. «Si disparas ahora, esos niños verán a su padre convertirse en un asesino antes de que salga el sol». Alejandro no bajó el arma. En sus ojos oscuros había algo que ya no se podía llamar rabia. Algo más frío. Más puro. Más letal. Lucas estaba de pie a la entrada del túnel, pálido como la cera. Sofía lloraba en los brazos de Marta. Valentina maldijo en voz baja. Y Ricardo observaba a Isabella como si estuviera inspeccionando una mercancía que por fin había llegado a sus manos. «Vámonos», dijo a su equipo. El hombre que sujetaba a Isabella por la muñeca comenzó a empujarla hacia el vehículo. Alejandro dio un paso adelante. Y otro más. Y con una voz tan serena que hizo que toda la sangre de Isabella se convirtiera en hielo, pronunció: «Si te la llevas un metro más, padre... esta noche mueres».En el cuarto piso del atelier Maison de Vaneau, todo el personal se había marchado antes de tiempo.Solo quedaba el aroma de los lirios blancos, una taza de té de rosas que soltaba vapor, y una tela de seda mikado blanca como la nieve extendida sobre la mesa principal de corte.Isabella estaba de pie frente a su maniquí personal.En sus manos no sostenía las tijeras de acero con las que solía confeccionar pedidos para la nobleza de Milán o París.Sino una aguja de coser con punta de oro y un hilo de seda pura.A lo largo de su carrera como diseñadora de alta costura, Isabella había creado cientos de vestidos de novia lujosos para las mujeres más influyentes del mundo.Pero hoy, por primera vez en su vida, sus dedos cosían su propio vestido de boda.No era un vestido negro para una venganza.No era un vestido de acero para una guerra corporativa.Era un vestido de novia de gasa de seda y encaje Chantilly francés antiguo, que unía la elegancia eterna con una espalda descubierta, pura, l
La luz del amanecer en el apartamento del Boulevard Saint-Germain proyectaba destellos arcoíris sobre la mesa de mármol de la cocina.No venían de la lámpara de cristal.Salían del brillo de un diamante talla esmeralda, engastado en el dedo anular de la mano izquierda de Isabella, flanqueado por dos zafiros azules de un brillo perfecto.Sofía fue la primera en romper el silencio de la mañana.La niña acababa de salir del baño con su pijama de conejo rosa, frotándose los ojos con una mano.Pero sus pasos se detuvieron de golpe junto a la silla de Isabella.Sus ojos redondos se abrieron tanto que casi se salían de sus órbitas.Su dedo pequeño se alzó, señalando directamente la mano izquierda de Isabella, que sostenía una taza de té.—¡MAMÁ! —gritó Sofía con una voz tan aguda que habría despertado a todo el distrito de Saint-Germain—. ¡TIENES UN ARCOÍRIS EN LA MANO!Isabella casi derrama su té caliente.Antes de que pudiera decir nada, Sofía ya se había lanzado a su regazo, tomó la mano
Esa noche, París ardía en un derroche de luz dorada y esplendor.En el dormitorio principal del apartamento de Saint-Germain, Isabella permanecía de pie frente al espejo de cuerpo entero.Un vestido de noche de seda azul zafiro oscuro ceñía su figura con una perfección exquisita. El escote era bajo y elegante, mientras que una abertura alta en el lado izquierdo dejaba ver sus largas piernas, calzadas con unos tacones Louboutin salpicados de cristales.Su cabello oscuro estaba recogido en parte, dejando algunos mechones que enmarcaban su esbelto cuello.Detrás de ella, Sofía la miraba con ambas manos apoyadas en sus mejillas.—Mamá… —susurró Sofía con los ojos brillantes—. Pareces el cielo nocturno de París que ha bajado hasta esta habitación.Isabella sonrió con ternura, se dio la vuelta y besó la pequeña nariz de su hija.—Y tú pareces un hadita que halaga demasiado, Sofía.Lucas entró en la habitación, vestido con un pulcro suéter negro.El niño cruzó los brazos sobre el pecho y la
La sala del apartamento del Boulevard Saint-Germain de pronto se sintió como el cuarto de interrogatorios más peligroso de Europa.Alejandro cerró los ojos durante dos largos segundos.En su vida, el multimillonario había enfrentado interrogatorios de fiscales federales, amenazas de muerte de cárteles comerciales y enfrentamientos armados sin pestañear siquiera.Pero estar frente a la mirada inquisitiva de Isabella, con Sofía abrazando a su conejo y mirándolo con ojos inocentes, era un tipo de crisis para la que no existía ningún protocolo de defensa.Isabella cruzó los brazos sobre el pecho y dio un paso adelante, con una sonrisa demasiado dulce para ser considerada inofensiva.—¿La cinta blanca en tu armario de trajes, Alejandro? —repitió Isabella con un tono letal—. ¿Acaso estás diseñando una colección de alta costura en secreto a mis espaldas?Alejandro abrió los ojos y se aclaró la garganta, que de pronto se había secado por completo.—Eso… es una cinta para envolver cajas de doc
La sede central del Grupo Montenegro, en la Place Vendôme, poseía ventanales curvos de cuatro metros de altura que daban directamente al monumento de bronce de Napoleón.Sin embargo, aquella mañana, los documentos de la fusión valorados en cientos de millones de euros que se extendían sobre el escritorio de caoba de Alejandro no habían sido tocados en absoluto.El hombre estaba recostado en su sillón de piel, haciendo girar una pluma de oro entre sus dedos.En la pantalla de su tableta no se abría el informe financiero del tercer trimestre.Lo que se veía era un boceto de un anillo de diamantes con engaste de esmeralda, diseñado especialmente por el joyero más legendario de la Place Vendôme.Alguien llamó dos veces a la puerta del despacho.Marco entró, llevando una pila de documentos legales de cubierta azul oscuro.—El informe de reestructuración de la Maison de Vaneau ya está listo, señor —dijo Marco, dejando los documentos sobre el escritorio—. Los pedidos de vestidos de gala de l
La luz del sol de la mañana en París atravesó las finas cortinas de seda, proyectando un resplandor cálido y dorado sobre el suelo de roble del dormitorio principal.Las pestañas de Isabella se movieron lentamente.Durante el primer segundo en que recuperó la conciencia, un súbito pánico del pasado le punzó el pecho.Era el instinto primitivo de hacía seis años, el miedo a despertar en una habitación de hotel fría, sola entre sábanas arrugadas, acompañada solo por el aroma del vacío y el sonido de una puerta cerrándose con fuerza.Pero al siguiente segundo, otro aroma inundó sus sentidos.El olor a café negro recién hecho.El aroma mantecoso de un cruasán caliente.Y el perfume de madera de cedro mezclado con el calor de una piel masculina que le resultaba demasiado familiar.Isabella abrió los ojos por completo.El lado de la cama estaba vacío, pero la habitación no era fría.Cerca de la consola de mármol junto al balcón entreabierto, Alejandro se mantenía de pie, recargado con calma







