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Yo o ellos

Author: ARPAN PORAME
last update publish date: 2026-06-21 07:12:56

Valentina golpeó la puerta de la cabaña una vez más.

Suavemente.

Casi con cortesía.

«Elige rápido, Alex dijo desde fuera. Yo o ellos».

Dentro de la cabaña, nadie se movió.

Las luces de los vehículos de afuera barrieron las paredes de madera a través de las rendijas de las cortinas.

Tres haces de luz blanca separados, provenientes del camino superior.

Una furgoneta estacionada frente a los arbustos.

Pasos pesados resonando sobre la grava.

Javier permanecía junto a la ventana trasera, con la pistola levantada.

«Cuatro hombres de la furgoneta. Otros tres vienen por el camino alto informó en voz baja. Se están desplegando».

Lucas apretó con más fuerza la mano de Isabella.

Sofía se pegó a la cintura de su madre, con la mitad del rostro escondido detrás del señor Bigotes.

Alejandro estaba de pie frente a la puerta, arma en mano, sus ojos oscuros no se apartaban de la vieja madera que los separaba de la noche.

«¿Confías en ella susurró Isabella».

«No».

«Menos mal».

Alejandro la miró de reojo por una fracción de segundo.

«Confiar o no no es el problema dijo con voz muy baja. Se nos están acabando los segundos».

Desde afuera, la voz de Valentina volvió a escucharse.

«Si siguen debatiéndose, los hombres que vienen detrás de mí tomarán la decisión por ustedes».

Un golpe fuerte sacudió el costado de la cabaña.

No en la puerta.

En la ventana trasera.

Sofía soltó un pequeño grito.

Alejandro tomó la decisión al instante.

«Javier, abre solo lo justo para que pase una persona. Regístrala. Si lleva armas, rómpele la muñeca».

«Con mucho gusto murmuró Javier».

Alejandro se volvió hacia Isabella.

«Lleva a los niños hacia la pared izquierda. Aléjense de las ventanas».

«Sé cómo sobrevivir».

«Lo sé sus ojos oscuros se clavaron en los suyos un instante. Por eso te lo pido».

Maldición.

No era momento de reaccionar al tono de su voz.

Isabella guio a Lucas y a Sofía hacia el lado de la chimenea de piedra.

Marta los siguió, pálida, aunque sin soltar la bolsa de emergencia de los niños.

Javier descorrió la barra solo a medias, dejando una estrecha rendija. Su pistola permanecía levantada y lista.

Valentina entró primero, con ambas manos en alto. Llevaba un abrigo negro, el cabello rojo suelto, botas manchadas de lodo y una expresión demasiado tranquila para una mujer que se hallaba en medio de una cacería nocturna.

Javier se pegó a la pared y la revisó con rapidez.

«Un cuchillo en el tobillo anunció».

«Como era de esperar murmuró Isabella».

Valentina puso los ojos en blanco mientras le retiraban el arma.

«Si hubiera querido matarlos, no habría llamado a la puerta».

«Todavía no descarto esa posibilidad respondió Alejandro».

Desde afuera, sonó un segundo golpe. Esta vez más fuerte.

Alguien estaba probando la resistencia del marco de la ventana.

Valentina miró hacia el ruido y luego volvió la vista hacia ellos.

«Esos hombres no pertenecen a Ricardo».

«Mentira dijo Isabella».

«Lamentablemente no Valentina fijó la mirada en Alejandro. Son de Recuperación Blackridge. La unidad de trabajos sucios del consejo del fideicomiso».

«Si Ricardo no logra traer al heredero por vías legales, otros miembros influyentes del fideicomiso se encargarán del asunto por métodos mucho menos agradables».

Javier se tensó.

«Blackridge no actúa sin recibir un pago muy elevado».

«Felicidades Valentina esbozó una sonrisa seca, sin rastro de humor. Al fin comprenden que esto va mucho más allá de un simple drama familiar».

Alejandro no parpadeó.

«¿Por qué estás aquí?».

Valentina señaló el suelo frente a la chimenea.

«Porque si entran y los encuentran en esta sala principal, todo habrá terminado».

«Y además, porque esta casa cuenta con una salida que ni siquiera Ricardo soporta utilizar».

La mirada de Alejandro bajó hasta la piedra del hogar.

Luego volvió a subir.

«La trampilla».

Valentina asintió.

«Por fin tu infancia sirve de algo».

Un tercer golpe resonó con fuerza.

El cristal de la ventana lateral se agrietó.

Sofía abrazó a Isabella con más fuerza.

«No me gusta esta mujer que huele tan bien susurró».

«Es una sensación muy sensata murmuró Isabella».

Alejandro se acercó a la chimenea.

Tiró de una vieja barra de hierro incrustada en el costado de la piedra.

Un panel estrecho de madera se levantó ligeramente, con un chirrido cargado de polvo acumulado.

La trampilla.

Un pasadizo oscuro y angosto que descendía hacia la profundidad.

Javier soltó un leve siseo.

«¿Un camino subterráneo?».

«Un conducto de almacenamiento para el invierno explicó Alejandro. Sale hacia la ladera seca del lado oeste».

«¿A qué distancia está preguntó Isabella».

«Tres minutos si vamos rápido. Cinco si llevamos a los niños».

Desde afuera se escuchó una voz masculina.

«¡Sabemos que están ahí dentro!».

Y otra voz más, mucho más cerca de la ventana rota.

«¡Abran la puerta ahora mismo!».

Valentina chasqueó la lengua con desdén.

«No tienen paciencia. Qué desagradable».

Lucas miró el agujero oscuro abierto en el suelo.

«¿Tenemos que bajar ahí?».

«Sí respondió Isabella».

«Huele fatal en ese lugar».

«Es cierto dijo Alejandro. Pero es preferible a que nos secuestren».

Lucas pareció sopesar esa lógica.

Y finalmente asintió.

Sofía observó la trampilla como si estuviera frente a la boca abierta de un monstruo.

«¿Hay arañas?».

«Seguro que sí dijo Lucas».

«Lucas».

«¿Qué? Solo estoy siendo realista».

Alejandro ya se había arrodillado frente a ellos.

Sus ojos oscuros recorrieron primero a Lucas y luego a Sofía.

«Cada uno irá tomado de la mano de mamá o de Marta. No se suelten. Y nada de hablar en voz alta». Detuvo la mirada en Lucas un momento más.

«Si te digo que corras, corres. Y no mires atrás».

Lucas abrió la boca para replicar.

La cerró de nuevo.

Y al final dijo en voz baja:

«Si corro, tú también vienes».

Algo cambió fugazmente en el rostro de Alejandro.

Para luego endurecerse de inmediato.

«Iré detrás de ustedes».

«Esa respuesta no me gusta nada».

«Lucas lo interrumpió Isabella».

Alejandro, en cambio, asintió levemente.

«Lo sé. Pero es la única respuesta que vas a recibir».

Javier se giró desde su puesto en la ventana.

«Traen herramientas para forzar la entrada».

Se les había acabado el tiempo.

Alejandro se puso de pie.

«Javier, tú y Ruiz deténganlos durante dos minutos. Luego síganos por la salida trasera».

«Entendido».

«Yo me quedo a ayudar dijo Valentina con total naturalidad».

Todas las cabezas se volvieron hacia ella al mismo tiempo.

«¿Por qué preguntó Isabella con frialdad».

«Porque si me ven entre ellos, se quedarán confundidos al menos cinco segundos antes de disparar. Esos cinco segundos valen oro».

Alejandro entrecerró los ojos.

«Todavía no he decidido si permitir que vivas lo suficiente para ayudar».

Valentina levantó una ceja.

«Entonces mátame cuando lleguemos a la ladera. Pero muévete ya».

Maldición, tenía razón.

Javier ya empujaba una mesa vieja contra la puerta junto con Ruiz.

Los golpes desde afuera eran cada vez más fuertes.

Un disparo silencioso golpeó el marco de la ventana.

Sofía hizo una mueca y se tapó los oídos.

«Odio a la gente rica dijo mientras las lágrimas empezaban a caer».

«Yo también dijo Lucas».

«Eso es familia murmuró Valentina».

«Tu sola respiración ya me da ganas de volver a darte una bofetada respondió Isabella».

Alejandro señaló la apertura.

«Bajen».

Marta fue la primera, cargando la bolsa de emergencia.

Luego bajó Sofía, ayudada por Isabella.

Lucas se quedó al borde, mirando la oscuridad.

Alejandro se agachó brevemente frente a él.

«Mírame».

Lucas obedeció.

«Baja. Y apóyate en la pared izquierda. El tercer escalón está roto».

Lucas asintió.

Sin decir nada más, tocó rápido la mano de Alejandro. Fue breve, pero intencional. Apretó una sola vez. Luego se soltó y desapareció en la oscuridad.

El pecho de Isabella se apretó.

Alejandro miró el agujero un segundo más de lo necesario.

Luego se volvió hacia Javier.

«Dos minutos».

«Vayan».

Valentina se colocó cerca de la ventana rota.

«Siempre odié esta cabaña murmuró».

Alejandro bajó el último antes que ella.

En cuanto sus pies tocaron la tierra húmeda, el olor a suelo mojado y madera podrida llenó sus pulmones.

El pasadizo era bajo y estrecho. Solo cabía un adulto agachado.

Adelante, la pequeña linterna de Isabella encendió. Su luz amarilla iluminaba la espalda de Marta, el cabello de Sofía y la cabeza de Lucas que avanzaba rápido.

Arriba, sonó la madera rompiéndose. Ya estaban dentro.

Isabella miró atrás. Alejandro iba justo detrás. Demasiado cerca. Demasiado cálido en ese túnel helado. No era momento para notar eso, pero lo notó igual.

«Sigue adelante susurró ella».

«Si Javier se queda atrás…».

«Javier conoce bien su trabajo».

Arriba, otro disparo. Luego el grito de Ruiz y luego las maldiciones de Valentina.

El suelo bajaba ligeramente. Lucas casi resbala con una raíz vieja.

Alejandro extendió el brazo por encima del hombro de Isabella y agarró la parte trasera de la ropa de su hijo.

«Dije que el tercer escalón estaba roto. No todo el camino».

Lucas miró atrás. Bajo la luz, sus ojos parecían muy oscuros.

«Si me caigo, ¿me atrapas?».

Alejandro no lo soltó hasta estar seguro de que estaba firme.

«Sí».

«Bien».

Siguieron avanzando.

El túnel giró bruscamente a la izquierda y luego subió hacia una pequeña puerta de piedra casi oculta por arbustos por fuera.

Marta empujó primero. El aire fresco de la noche entró junto al aroma más limpio de pinos.

Salieron uno a uno hacia la estrecha ladera seca.

Abajo se extendía el valle oscuro. Y entre los árboles, aparecía una vieja camioneta sin luces encendidas.

«¿De quién es ese vehículo preguntó Isabella».

Valentina salió la última, con la cara manchada de polvo.

«Mío. No te desmayes. Sé robar vehículos además de robar atención».

Ruiz apareció justo detrás de ella, jadeando, con una fina línea de sangre en la sien.

«¿Javier?».

Ruiz miró hacia la entrada del túnel.

«Aún adentro. Aguantando la puerta trasera».

Alejandro se giró de inmediato para volver.

Isabella lo detuvo por la muñeca.

«No».

«Ahí está mi gente».

«Aquí están nuestros hijos».

Sus miradas chocaron bajo la sombra de los pinos. Calor, ira, miedo. Todo junto.

Desde abajo, otro disparo amortiguado.

Alejandro se tensó por completo.

Lucas miraba desde cerca del vehículo, pálido.

Sofía empezó a llorar bajito.

«Mamá, quiero irme a casa».

El corazón de Isabella se rompió al escucharla.

Alejandro cerró los ojos un instante. Uno, dos. Luego se alejó de la entrada y volvió hacia los niños.

La decisión estaba tomada. Sangre por encima de instinto. Familia por encima de la guerra.

Justo al llegar junto a Lucas, la radio en el cinturón de Ruiz crujió fuerte. La voz de Javier llegaba entrecortada.

«Señor… no vienen… por el niño…».

La estática cortó la frase.

Alejandro tomó su propia radio.

«¡Javier!».

Más ruido. Luego la voz regresó, más débil.

«Objetivo principal… la madre…».

Un silencio pesado cayó sobre todos.

Isabella se quedó inmóvil.

«¿Qué?».

La voz de Javier se apagó entre interferencias finales.

«Ricardo quiere… custodia exclusiva… tomar primero a la madre… el niño viene solo después…».

La conexión murió.

Toda la ladera pareció congelarse.

Alejandro se giró lentamente hacia Isabella. Sus ojos ahora eran profundos, vivos y peligrosos.

No venían por Lucas.

Venían por ella.

Y eso significaba que la amenaza acababa de cambiar: ya no buscaban solo al heredero, sino a la madre que se negaba a separarse de él.

A lo lejos, desde la dirección de la cabaña, se escuchó el motor de otro vehículo subiendo la cuesta. Más pesado. Más grande.

Valentina palideció por primera vez en toda la noche.

«Esos no son de Blackridge susurró».

Alejandro miró hacia el camino oscuro que subía.

«¿Entonces quiénes son?».

Nadie tuvo tiempo de responder.

Unos faros potentes atravesaron la arboleda, iluminándolos a todos con luz blanca deslumbrante.

Y una voz desde un altavoz del vehículo que se acercaba rompió la noche:

«¡ISABELLA VARGAS! ¡SAL CON LAS MANOS A LA VISTA!».

Sofía gritó asustada.

Lucas se colocó delante de su madre.

Y Alejandro levantó su pistola.

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