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Capítulo 3

Author: Bagel
POV: Sloane

Me temblaba la mano cuando señalé el peor comentario de todos. Algún imbécil había tenido el descaro de poner una captura de mi cara pariendo junto a la foto de un enemigo de la familia a punto de ser ejecutado.

—Carter, soy tu esposa, la madre de tu hijo —le reclamé—. Dejas que tus hombres me usen para sus chistecitos en mi momento más vulnerable, ¡¿y estás tan loco como para decir que es un chiste?!

Él frunció el ceño, fastidiado, y le arrebató el teléfono a Sofía. Con total indiferencia, mandó un sticker al grupo que decía: «Ya, no se pasen de la raya», y volvió a mirarme.

—Ya te defendí, ¿feliz? —recalcó—. Ahora ya puedes dejar el drama. Me diste un heredero. Estoy contento y quería compartirlo con mis hombres. Si te molesta, no mires el chat y listo. Compórtate como una buena chica, por favor.

Lo entendí en ese momento: nunca lo conocí de verdad. El cariño que alguna vez vi en sus ojos era una máscara para ocultar al bastardo insensible que en realidad era. Desperdicié cinco años de matrimonio con un tipo dispuesto a exhibirme a otros sin que le importara mi sentir.

Ver su rostro me dio ganas de vomitar. Me incliné sobre el borde de la cama y solté una arcada.

—¿Acaso... —jadeé, tratando de agarrar aire mientras la humillación me consumía— has mandado algo más en el pasado?

Carter enarcó una ceja, fingiendo que lo pensaba. Guardó silencio unos segundos.

—No. Te lo juro —respondió.

Estuve a punto de suspirar, creyendo que al menos le quedaba algo de decencia. Pero lo que dijo después me mató:

—Aunque ganas no me faltaron. Pero acabábamos de casarnos y todavía no teníamos un hijo. Si te mostraba así frente a los demás, corría el riesgo de que la genio de las finanzas que tanto me costó seducir me abandonara.

—¡Maldito, eres una mierda! —le grité.

Temblaba de la rabia. Mis manos se sacudían sobre el colchón. Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas, y con la poca fuerza que me quedaba levanté el brazo para meterle una cachetada.

Él lo vio venir, así que me agarró la muñeca en el aire con una facilidad que me insultó.

—Shhh, Sloane. —Apretó el agarre y me acarició con el pulgar, sonriendo de medio lado—. Cero violencia. Acabas de parir. Guarda tus energías.

Forcejeé como una estúpida, pero no me soltó. Para rematar, la puerta se abrió y varios capos entraron riéndose, con aires de grandeza, tabacos en mano y botellas de vino. Pasaron de largo por mi cama y le amontonaron los regalos a Sofía.

—¡Eh, Sofía, nos enteramos de que tú grabaste el gran momento! ¡Vinimos a conocer al pequeño jefe! —dijo uno de ellos.

—Jefe, vamos, déjenos ver si el niño salió con el equipo completo —sugirió otro.

Uno de ellos era el mismo infeliz que había apostado en el chat a que yo tendría una niña. Al ver cómo Sofía se pavoneaba y los llevaba directo al niño, el instinto maternal encendió las alarmas en mi interior.

—Carter... —Aun con la muñeca atrapada y sin poder hacer nada, lo miré con desesperación.

Él hizo una pausa. Al verme tan pálida y sudada, pareció sentir algo por mí.

—¿Qué pasa? —preguntó, suavizando la voz.

—Diles que se vayan. Por favor. El bebé se acaba de dormir. No dejes que se acerquen.

Apenas lo dije, su tono cálido se fue a la basura.

—Sloane, vinieron a conocer al niño, por el amor de Dios —dijo con el mismo fastidio de antes—. ¿Por qué eres tan resentida? No le van a hacer nada. Relájate. Sofía tiene razón, ustedes las mujeres son todas iguales: histéricas y siempre buscando motivos para joder.

Me clavé las uñas en la mano libre. Estaba a punto de contestarle, pero un capo borracho ya se había inclinado sobre la cuna.

—Vaya, el hombrecito duerme profundo. —Sacó un tabaco enorme del bolsillo y sonrió. Olía a alcohol desde donde yo estaba—. Ven acá, deja que tu tío te dé un bautismo de verdad. Así huele un hombre.

Acercó la mano con el tabaco a la cara de mi hijo. Con la otra mano, sucia a más no poder, intentó apartar las mantas del bebé para tocarlo.

Grité aterrada. El instinto maternal tomó el control. Me lancé hacia delante y le clavé los dientes a Carter en la mano con todas mis fuerzas, justo entre el pulgar y el índice. El sabor metálico de su sangre me llenó la boca.

Carter pegó un grito de dolor y me soltó.

Ignorando el ardor insoportable de mi herida, me abalancé como una fiera y me atravesé entre esa mano mugrienta y el niño, usando mi cuerpo como escudo.

—¡Aléjate! ¡No lo toques! —grité.

Las lágrimas se me escaparon al ver la carita dormida de mi hijo. El movimiento brusco me desgarró la incisión de la cesárea. La sangre fresca traspasó la bata del hospital, formando una mancha enorme en mi abdomen. El dolor casi me hizo desmayarme, pero me quedé clavada en mi sitio.

—¡Lárguense todos!

Los hombres miraron a Carter. Siempre me habían visto como un cero a la izquierda, así que mis gritos les importaron una mierda. Carter se agarró la mano herida. Pero cuando vio la sangre empapándome el estómago, frunció el ceño y los echó con un gesto rápido.

—Ya está, todos afuera —indicó.

La habitación quedó en silencio. Hasta Sofía había retrocedido hacia la puerta con mala cara. Carter me miró y, por un segundo, vi un rastro de angustia real en sus ojos.

—Voy a buscar a un médico. Aguanta, cariño —me dijo, preocupado.

Mientras lo veía desaparecer por el pasillo, tomé aire con dificultad, me limpié una lágrima y murmuré:

—Solo esperen. Me las van a pagar todas.

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