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Capítulo 2

Author: Bagel
POV: Sloane

Carter se quedó mudo. Jamás imaginó que yo, quien siempre había sido sumisa a sus humillaciones, le saltaría al cuello de esa forma. Al recordarle la promesa, su mirada vaciló y la culpa lo consumió.

Tres años de novios, cinco años de matrimonio. Al ver su reacción, el pequeño rayo de esperanza que aún iluminaba mi vida por él se apagó. Hubo un tiempo en que creí que su único defecto eran los vicios y las fiestas. Ahora me daba cuenta de que ni siquiera servía para ser padre.

Seguramente notó mi desprecio en la cara. Carter evitó mirarme. En su lugar, se aflojó la corbata mientras buscaba alguna excusa.

—Ya sabes cómo son estas cosas, Sloane. Había una llamada urgente y Sofía entró para avisarme. Asuntos de la familia, algo que no podía esperar...

—¿De verdad? —Lo fulminé con la mirada antes de ver a Sofía, que estaba a su lado. La víbora esa estaba preparada para defenderlo. Decidí ser sarcástica para joderle la paciencia—: ¿Qué asunto era tan urgente? ¿Dejar que tu amante me viera con las piernas abiertas en el quirófano? ¿Tan de vida o muerte era que ni siquiera pudiste mirar a tu hijo recién nacido? Carter, ¿quién te dio el derecho de meter a esta tipa en un momento tan importante para nosotros? ¿Y quién les dio mi consentimiento para grabarme?

Mis palabras los mantuvieron callados. El silencio pesaba en la habitación. Carter apretó los labios. Trataba de averiguar cómo usar su encanto para librarse del problema que causó. Sofía intervino. No podía soportar ver a su amante en el foso. Sus dedos, decorados con uñas postizas rojas, se aferraron al brazo de mi esposo.

—Sloane, yo fui la que grabó el video. —Levantó la barbilla—. Y no culpes a Carter. Tenía curiosidad. Y mira que yo no sabía que parir era un espectáculo tan... gráfico. Además, solo quería grabar un momento importante para ustedes. Cuando el niño crezca, podrán revivir este momento con él, ¿no? Hacer un berrinche por esta estupidez no es digno de la esposa de un subjefe.

Volteé hacia Carter para ver su respuesta. Esperaba que me defendiera, pero ni eso hizo. Al contrario, se relajó cuando Sofía dio la cara por él.

—Curiosidad... —Saboreé la palabra con lentitud—. Si tienes tanta curiosidad, Sofía, ¿por qué no te buscas a un hombre y tienes un hijo tú misma?

No levanté la voz, pero le borré la sonrisa. Carter dejó escapar un suspiro, cansado de la situación.

—Hermosa, no le hables así —me pidió.

Lo observé en silencio mientras iba a consolar a su amante. Aproveché la situación para arremeter:

—¡Oh! Qué tonta soy, lo olvidaba. Eres la bastarda de un don nadie. Aunque quisieras tener un bebé, el padre de Carter jamás permitiría que alguien de tu calaña entrara por las puertas de la familia Rossi.

Todos los que la conocían sabían las cosas sucias que ella había hecho para escalar en la mafia.

Apenas pronuncié la última palabra, la reacción fue inmediata.

—¡Sloane! —me gritó el hombre que debía protegerme.

Y, casi en ese mismo instante, Sofía me partió el labio de una cachetada.

Aún débil por la cesárea, no tuve fuerzas para levantar el brazo y defenderme. Recibí el golpe de lleno. La mejilla me ardió, el labio se me inflamó en el acto y el impacto me disparó una punzada de dolor por toda la incisión del abdomen. Se me nubló la vista y un sudor frío descendió por mi clavícula hasta empapar la bata.

Sofía me miraba con odio. Trataba de controlar la respiración, pero se encontraba agitada por la rabia.

—¡Si no fuera por Carter, te termino de romper la boca! —me gritó sin piedad—. ¿Te crees de la realeza, perra?

Me quedé pálida. Me mordí el labio para no insultarla. Miré a Carter, quien se encontraba en silencio.

Él tuvo tiempo para detenerla cuando su mano estaba cerca de mí. Yo no encontraba una explicación que pudiera salvarlo en mi corazón. Ya no era la persona que una vez amé.

Carter vio la marca roja que se me estaba formando en la mejilla. Hizo el amago de querer consolarme, pero al notar que Sofía temblaba de ira, dejó el brazo en el aire.

—Sofía, no te dejes llevar por tus impulsos. —Suspiró y se giró hacia mí. Esta vez, su voz tenía un tono de cansancio, tratándome como la culpable de su desgracia—. Sloane, te pasaste de la raya. Sabes lo sensible que es Sofía con sus orígenes. ¿Qué necesidad tenías de provocarla?

Se me partió el corazón.

¿Yo crucé la línea? Si poníamos en la balanza las cosas asquerosas que él y Sofía hicieron a mis espaldas mientras yo gritaba en la camilla, mi única frase no era ni una décima parte del daño que ellos me causaron. Casi me muero para darle un heredero, y él ni se inmutó cuando su hijo lloró. Pero eso sí, su mayor preocupación era tratar de no herir los sentimientos de la zorra que me acababa de golpear.

—Carter Rossi. —Respiré hondo, obligándome a no temblar—. No te estaba hablando a ti...

—Sloane, te estás tomando las cosas demasiado a pecho. —Sofía, recuperando la compostura, se cruzó de brazos y me interrumpió con desdén—. Quedaste deforme con el embarazo y Carter ni se quejó. ¿Qué tiene de malo compartir un poco la alegría con los muchachos y ver un videíto de tu parto? No te hagas la víctima. Todos somos familia. Era una broma nada más y te volviste loca solo por eso.

Me quedé boquiabierta.

—¿Quién más vio ese video? —pregunté con la rabia en la garganta.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Tal como temía, al ver mi pánico, Sofía rio por lo bajo y me puso la pantalla en la cara.

El chat estaba lleno de memes con mi cara. Los mismos capos que me llamaban «señora Rossi» en mi cara, ahora vomitaban basura sobre mí.

«Esa cara... un minuto hace muecas y al siguiente pone los ojos en blanco. Y está tan roja... cuesta creer que esté pariendo, jaja».

«Sofía sí sabe divertirse, siempre encuentra la forma de alegrarnos el día».

«Esos gritos... ¡Me la pusieron bien dura!...».

Cerré los ojos. Me dieron ganas de vomitar, y el ardor en el abdomen casi me deja sin aire.

—Carter, exijo una explicación —le reclamé.

Ni siquiera miré a Sofía. Tenía la vista en mi esposo. Aquello era un morbo retorcido entre él y su amante. Jamás se me pasó por la cabeza que él tomaría capturas de pantalla, haría memes y mandaría el video sin censura al grupo.

Carter frunció el ceño, fastidiado por mi reclamo. Miró el teléfono y volvió a mirarme como si no fuera nada importante. Al final, como si ya le hubiera colmado la paciencia, levantó las manos. Su indiferencia me lo dijo todo.

—¡Dios mío, Sloane! —Alzó la voz—. No hay nada que explicar, ya deja el fastidio. Los muchachos solo están bromeando un rato. Ya los conoces. Les gusta hacer chistes, vivir la vida, ya sabes. ¿Por qué te lo tomas tan a pecho? Estás arruinando el ambiente.

No lo podía creer. Miré al hombre al que le había regalado ocho años de mi vida y repetí sus palabras en un susurro:

—¿Llamas a esto... un chiste?

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