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El Refugio del Magnate
El Refugio del Magnate
Author: Dianela Maita

1. Emergencias

Author: Dianela Maita
last update publish date: 2026-09-07 09:56:09

“Cariño, te espero en el restaurante de siempre. Te tengo una sorpresa.”

Los ojos de Violeta Sánchez se volvieron acuosos tan pronto terminó de leer el mensaje en su móvil. No contestó, solo bloqueó la pantalla y lo guardó en el bolsillo de su delantal. Con un nudo asfixiante en la garganta y unas lágrimas rebeldes comenzando a escapársele, tomó una manga pastelera y continuó decorando el cupcake que tenía justo frente a ella, mientras sus recuerdos traidores empezaban a torturarla reproduciendo la infidelidad de su prometido con lujo de detalles como si acabara de suceder, a pesar de que ya hubiera transcurrido más de una semana de ello.

El móvil volvió a sonar dentro del bolsillo, esta vez se trataba de una llamada entrante. Lo ignoró, con el corazón dolorido retumbando en sus oídos junto a la melodía. El móvil no paró de sonar.

Con una exasperación que empezaba a superar su dolor, dejó la manga pastelera bruscamente sobre el mesón y sacó el aparato del bolsillo. Se trataba de un número desconocido. Colgó, estando completamente segura de que el descaro de su ex prometido no tenía límites, seguía insistiendo como si nada hubiera sucedido. Al quinto intento, su molestia fue tal que terminó deslizando el dedo por la pantalla con la intención de gritarle que la dejara en paz de una vez por todas.

—¡Escúchame bien, pedazo de…!

—¿Es usted familiar de la señorita Jazmín Sánchez? —la interrumpió una voz femenina y bastante profesional.

Violeta parpadeó un par de veces, con los labios separados y completamente apenada.

—S-si… soy su hermana, Violeta Sánchez. ¿Qué sucede? —indagó dubitativa.

—Llamo del Centro Médico AltaVista. Su hermana Jazmín acaba de ser ingresada por un accidente automovilístico.

Violeta se quedó sin aliento al escuchar la palabra "accidente" en la misma oración que el nombre de su hermana, igual que si le hubieran dado de pronto un fuerte golpe en la boca del estómago.

Después de cruzar apresurada la puerta de emergencias del Centro Médico AltaVista, Violeta se detuvo en un gran pasillo. Lucía algo desaliñada por la prisa, a su moño malhecho que apenas sujetaba su abundante cabellera repleta de rizos se le escapaban algunos mechones rebeldes que caían alrededor de su rostro, y su uniforme, todavía con el delantal puesto, llevaba restos de harina y crema como evidencia de su trabajo como repostera en una pastelería. En medio de su desorientación, finalmente, su vista ubicó un amplio mesón de madera, detrás de él había un par de enfermeras. Estaba identificado como: “ADMISIÓN”.

Casi sin oxígeno, Violeta pidió información sobre su hermana, con la angustia destacando en su tono de voz, en los ojos enrojecidos y en sus manos temblorosas.

—Señorita Sánchez… tranquilícese —sugirió una de las enfermeras con estoicismo—. Su hermana ya está estable y fuera de peligro.

El cuerpo de Violeta pareció irse desinflando, liberando la excesiva tensión e intranquilidad.

—¿Dónde está? ¿Qué sucedió exactamente?

—Tuvo un accidente fuerte, por lo que fue ingresada de emergencias con una grave fractura en el brazo izquierdo y golpes —explicó con seguridad, pero con un timbre indulgente—. El equipo médico decidió ingresarla de inmediato a quirófano para evitar complicaciones. Ella ya salió de la cirugía y está en el área de recuperación post-operatorio bajo los efectos de la anestesia, pero estable.

Violeta resopló más aliviada y juntó sus manos.

—Gracias a Dios, gracias.

—Ahora, puede ir a la sala de espera del segundo piso. Informaré que un familiar de la señora Jazmín estará allá.

Justo cuando la enfermera terminó de darle la instrucción y los sentidos de Violeta empezaban a sosegarse por completo, un estruendo metálico, gritos y tenis rechinando sobre el piso pulido, estallaron en el pasillo de emergencias.

—¡Código rojo! ¡Abran paso! ¡Código rojo! —se distinguió en uno de los gritos.

Inevitablemente, Violeta se volvió hacia el alboroto. Dos hombres arrastraban una camilla a las carreras, mientras uno más atendía al paciente. Estupefacta, Violeta siguió la escena con la mirada. La sangre chorreaba de la camilla, dejando una línea carmesí en aquel suelo reluciente. Uno de los paramédicos intentaba estabilizar al sujeto con un respirador manual, pero la cara del hombre estaba tan impresionantemente cubierta de sangre e inflamada que resultaba irreconocible. El traje de alta costura y evidentemente hecho a la medida que llevaba puesto, estaba empapado, sucio y rasgado, dándole a la escena un nivel todavía más perturbador.

Casi todo el personal disponible en el área se puso en marcha, incluso, las enfermeras tras el gran mesón tomaron los teléfonos y empezaron a hacer llamaras con premura. Al mismo tiempo, de una de las habitaciones contiguas salió un médico de mediana edad y cabello blanco, para unirse a la urgencia con sorprendente rapidez.

Violeta estuvo enmudecida siendo testigo del impactante e inesperado “Código Rojo” de emergencias; sin embargo, sus ojos fueron incapaces de apartarse de encima del hombre ensangrentado que pasaron justo delante de ella rumbo a un punto del hospital totalmente desconocido para Violeta. Fue escalofriante. Jamás en su vida había visto tanta sangre y sentía que su rostro se había quedado sin ella.

—Violeta, ya deja de mirarme como si estuviera en etapa terminal —pidió Jazmín con voz ronca, intentando mantener su habitual tono mordaz—. Solo son algunos rasguños.

Unas horas más tarde, al anochecer, Jazmín descansaba en una habitación del Centro Médico. Violeta había permanecido en la silla junto a la cama sin apartarse de su hermana ni por un segundo. Jazmín tenía hematomas oscureciéndole gran parte de su piel tostada, un collar ortopédico que la obligaba a mirar al techo y el brazo izquierdo inmovilizado por una gruesa férula de yeso, cuyas gasas se asomaban con ligeras manchas secas de sangre.

Violeta sentía un alivio inmenso al saber que su hermana estaba fuera de peligro; sin embargo, le era imposible evitar que su mente suprimiera el rostro desfigurado del hombre en la camilla horas atrás y la sangre destacando por doquier. Quizás se debía a que era la primera vez que veía a la muerte en su forma más cruel respirándole en la nuca a alguien, o tal vez por la coincidencia de que su hermana había sido ingresada poco antes, pero lo cierto era que esa imagen la aislaba por momentos.

—Cariño, te ves agotada. Has estado aquí todo el día —intervino su madre, sacándola de sus pensamientos—. Tu padre y yo nos quedaremos esta noche, ve a descansar.

—Pero… —quiso replicar.

Antes de que pudiera continuar, su madre le extendió una carpeta manila.

—Lleva esto a la administración. Son unos recaudos del seguro médico que faltan para completar el ingreso. Luego, ve directo a casa —insistió su padre con firmeza.

Violeta resopló, advertía el peso de un día abrumador. Obedientemente, se puso de pie y se acercó a la cama.

—No seas chillona, voy a estar bien —agregó Jazmín, más somnolienta por la medicación.

Violeta esbozó una media sonrisa cargada de ternura, e inclinó el rostro para dejarle un beso rápido en la frente.

—Nos vemos mañana —murmuró—. No le des problemas a las enfermeras, Superwoman pirata —dijo tan mordaz como podía ser su hermana, para luego darse la vuelta y encaminarse a la puerta.

Tal y como le pidieron sus padres, Violeta se dirigió a la oficina administrativa. En el momento justo en el que ella cruzó el umbral, un grito feroz silenció el murmullo y los tecleos en los computadores de la oficina:

—¡Al carajo los protocolos burocráticos!

Violeta se frenó en seco, clavando su atención en dos hombres, al igual que todo el personal que laboraba en el lugar. Su buena memoria le permitió reconocer a uno de ellos, a aquel médico de cabello canoso en emergencias que corrió junto a la camilla horas atrás, el hombre se veía bastante alterado. Frente a él, el jefe administrativo lo miraba con una expresión de completa apatía.

—Ese hombre no soportará un traslado. ¡Va a morir si lo sacan de aquí! ¿No lo entiendes? —insistió el médico a punto de perder el control.

—Doctor Núñez, nadie ha aparecido para responder por el hombre. Un paciente no identificado, que entró como código rojo desangrándose, no puede permanecer en terapia intensiva sin un seguro médico, ni nadie que pague las cuentas. Usted conoce perfectamente los costos —replicó con una calma irritante.

El médico soltó un gruñido exasperado.

—Yo no firmaré ninguna aprobación de traslado.

—No se preocupe por eso, doctor. Ya todo está arreglado.

La respuesta cínica del jefe administrativo removió algo en Violeta. Aquella imagen del hombre destrozado que estuvo persiguiéndola en el transcurso del día, volvió a presentarse con más intensidad. Estaba completamente segura de que se trataba de la misma persona gracias a la connotación: “Código Rojo”. Imaginó a Jazmín, a su hermano Renzo o a alguien cercano siendo desechado a su suerte de la misma manera.

—¡Yo cubriré los gastos! —soltó Violeta de repente.

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