MasukLas palabras inesperadas de Violeta en medio de la discusión hicieron que toda la atención se volcara hacia ella de inmediato. Sintió un rubor intenso cubriendo sus mejillas por ello, consciente de lo inverosímil que, probablemente, sonaba ofrecerse a pagar las facturas de un desconocido; sin embargo, mantuvo la barbilla en alto, respaldando su convicción.
—¿Disculpe? —preguntó el jefe del departamento, aproximándose a ella como un felino y repasándola de pie a cabeza. Sus ojos recorrieron la ropa sucia de Violeta y terminaron en sus rizos, rebeldes y desastrosos. Aún así, ella no se inmutó por el escaneo arrogante. —¿Acaso conoce al paciente? Violeta negó con la cabeza. —Señorita, con todo respeto, me temo que una noche en la Unidad de Cuidados Intensivos puede costar más de lo que usted facturaría en un año entero —aseguró él, revelando una educación desdeñosa. Violeta continuó firme, sin un ápice duda. Seguidamente, se acomodó la carpeta de su hermana bajo la axila y hurgó en su modesto bolsito blanco en forma de flor. —Supongo que esto servirá —dijo con frialdad, sosteniendo entre sus dedos una exclusiva tarjeta negra—. Responderé por él —reiteró. El médico tratante rio bajo y triunfante, cambiando totalmente su postura defensiva. —Este hombre acaba de volver a nacer —murmuró. … Después de firmar una serie de documentos en donde se hacía responsable financieramente del desconocido y, por petición de ella misma, Violeta fue conducida por el doctor Núñez a un área restringida. Dejaron atrás los pasillos bulliciosos del hospital, abriendo paso a un silencio asfixiante y gélido, luego, pasaron por la esclusa de aislamiento para una estricta desinfección, antes de colocarse la ropa quirúrgica, guantes y cubrebocas. —Señorita Sánchez, no necesita ingresar, si no lo desea —sugirió el médico cuando estuvieron listos, consciente de que, no todo el mundo estaba en la capacidad de soportar las imágenes que encontraría en la Unidad de cuidados intensivos. Violeta inhaló hondo, asimilando que no estaba en cualquier lugar. —No se preocupe por mí —respondió reuniendo valor—. Necesito conocer de cerca el estado de la persona de la que me acabo de hacer cargo. —De acuerdo —hizo un ademán cortés con la mano—. Acompáñeme por acá. Cruzaron una puerta metálica, cuyo chirrido hizo eco en aquel espacio helado en el que destacaban las luces blancas incandescentes y los constantes sonidos de los monitores. Instintivamente, a Violeta se le erizó la piel. Aunque era la primera vez que pisaba un lugar como ese, sus sentidos reconocieron rápidamente que estaba en un campo de batalla en donde el espíritu peleaba contra la muerte. Al acercarse a la cama en la que se hallaba el desconocido, sus pasos se volvieron más lentos y pesados, como si el suelo envolvía sus pies para que no siguiera avanzando. Lo que veía sobre aquella solitaria camilla, no era la imagen de un simple hombre que batallaba para vivir, era una imagen mucho más impactante que eso. Era el vivo retrato de la brutalidad del ser humano. El hombre estaba en medio de una maraña de cables, tubos y vías intravenosas. El respirador artificial siseaba inflando y desinflando su pecho mecánicamente. Su rostro mostraba la magnitud de sus lesiones, en el que predominaban sus hematomas oscuros, cortes pequeños cubiertos y una inflamación tan severa que eliminaba cualquier rastro de las facciones originales. Su cabeza estaba envuelta por vendajes gruesos y la pierna derecha permanecía suspendida con fijadores externos sobresaliendo de la piel. Aunque un ser cercano lo viera, Violeta estaba segura de que jamás lo reconocería. Sin darse cuenta, Violeta se entrelazaba los dedos con inquietud. Había contenido el aire de sus pulmones y sus ojos estaban abiertos con desmesura, puestos en el hombre, casi sin parpadear. Su instinto de autopreservación le susurraba que saliera de ahí tan rápido como pudiera. Ciertamente, era una imagen mucho más cruda de lo que esperó y de lo que vio por la mañana, pero el espíritu compasivo que la caracterizaba la obligó a quedarse y permanecer firme. —¿Se encuentra bien? —preguntó el doctor al notar su palidez— Podría... —Lo estoy… —lo interrumpió, sacudiendo la cabeza repetidamente, sin apartar los ojos del desconocido. El doctor asintió y volvió la vista al paciente con cierto pesar. —Presenta un traumatismo craneoencefálico severo producto de una golpiza prolongada. Lo mantenemos en un coma inducido para darle una oportunidad a su cerebro de desinflamarse —explicó el doctor Núñez, con un timbre estrictamente profesional—. Tiene algunas costillas fracturadas y una hemorragia interna que logramos estabilizar en el quirófano, además de una fractura en el fémur derecho. Pero lo que casi lo mata fue el impacto de bala a milímetros de su corazón. Violeta tragó grueso, disipando un nudo que ahogaba su garganta. No lo conocía, pero sentía una fuerte compasión. Dio un paso más hacia adelante, aproximándose, y sus manos enguantadas apretaron la barandilla al pie de la camilla. —¿S-se va a morir? —logró articular, con una inocencia que era difícil de ignorar. El doctor Núñez la miró a los ojos, distinguiendo una inquietud en ellos, pero él estaba ahí para ser honesto. —Hicimos todo lo médicamente posible, señorita Sánchez —respondió sin rodeos—. Las próximas horas serán críticas. Si su cuerpo resiste y la inflamación cerebral cede, tendrá una oportunidad. Depende enteramente de su propia voluntad para aferrarse a la vida. Con sus piernas todavía temblorosas por el impacto visual, Violeta reunió todo su valor para hacer otro movimiento. Expendió su mano y con una gran delicadeza, se tomó el atrevimiento de sostener los dedos inertes del hombre. Podía percibir la frialdad de ellos entre la calidez de su mano, sobre el látex de sus guantes. —Tienes que resistir… te vas a recuperar —le murmuró optimista y se inclinó ligeramente como si fuera a susurrarle un secreto—. Vendré todos los días hasta que despiertes. En algún lugar debe haber alguien esperándote. ... Más allá de los pitidos constantes de los monitores y el siseo del respirador artificial, aquel hombre flotaba en una bruma que lo devoraba lentamente. Su conciencia fragmentada no hacía más que torturarlo una y otra vez con su propia masacre. En aquel limbo solo existía agonía. Su cuerpo yacía inerte sin responder a su voluntad, solo era un cascarón roto. Advertía el sabor a metal en su boca, un aplastamiento en su pecho que le imposibilitaba respirar cada vez más y cada fibra de su cuerpo se había transformado en un completo infierno. La muerte ya no lucía espeluznante, al contrario, se vislumbraba como una salida atractiva. Estaba extenuado. «Tienes que resistir…» Una voz femenina se filtró en un susurro, semejante a la caricia de una brisa en esa nada oscura, luego, su mano helada fue envuelta por una calidez reconfortante. Aquella sensación había sido tan sutil que, por un momento, creyó que se trataba de un espejismo creado por su propio desespero. «Vendré todos los días hasta que despiertes...» El susurro volvió a colarse. Cándido, dulce y hermoso en el abismo tenebroso. Una chispa en su vasta decadencia. Su espíritu obstinado reaccionó. Aquella calidez obligó a su corazón ya rendido y débil a dar un latido más, seguido de otro y otro. De pronto, toda su existencia se halló aferrándose con ferocidad a ese único eco desconocido, pero acogedor en medio de las frías tinieblas para detener su extinción inminente, mientras lo que quedaba de su conciencia se enfocaba en una sola pregunta: «¿Quién es ella?»Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p
El vino espumoso pareció eliminar cualquier rastro de cautela en Violeta y multiplicar su intriga a niveles exponenciales. Estaba orgullosa de poseer una excelente memoria, pero el hecho de no lograr identificar de inmediato el origen de ese recuerdo la hizo tomárselo como un reto. Violeta le entregó a su hermana las copas vacías, dejándola completamente confundida. Avanzó con pasos rápidos y decididos a través del salón, mientras saludaba apenas con un movimiento de cabeza a las tías y primos que acababan de llegar, sin perder de vista su objetivo. Sin dudarlo, se le plantó enfrente a Paúl, invadiendo su espacio personal de imprevisto. La irrupción fue tan inesperada que Elliott cortó la frase que le decía a Francisco a la mitad. Su suegro y Renzo dieron un paso atrás por inercia, sorprendidos por la determinación de Violeta. Al verla tan cerca, con las mejillas sonrojadas, un brillo travieso en los ojos y acortando más y más la distancia entre ambos, el ego de Elliott asumió que
—¡Que vivan los novios! —exclamó la abuelita Hortensia, a la vez que se ponía de pie con un aplauso entusiasmado al que se unieron rápidamente don Francisco y la señora Valentina. El bullicio rompió con esa burbuja en la que Violeta y Elliott permanecían hechizados. Ella forzó una sonrisa hacia los presentes y, dispuesta a tomar distancia antes de que sus piernas terminaran de traicionarla, dio un par de palmaditas secas y suaves sobre el pecho de su esposo, ahora notando, muy a su pesar, la solidez de sus músculos bajo la tela. Las nuevas sensaciones que aquella mujer despertaba en Elliott estaban haciendo estragos en su autocontrol. Desde ese momento, empezaba a aceptar todos esos síntomas ilógicos con un placer adictivo, ahora que identificaba la causa exacta. Cuando su mano sintió que Violeta tomaba distancia, tuvo el impulso de volverse a aferrar a la estrechez de su cintura para volver a pegarla a él, pero enseguida, el choque estridente de las copas de cristal en el salón,







