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2. Un desconocido

ผู้เขียน: Dianela Maita
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-08 09:35:40

Las palabras inesperadas de Violeta en medio de la discusión hicieron que toda la atención se volcara hacia ella de inmediato. Sintió un rubor intenso cubriendo sus mejillas por ello, consciente de lo inverosímil que, probablemente, sonaba ofrecerse a pagar las facturas de un desconocido; sin embargo, mantuvo la barbilla en alto, respaldando su convicción.

—¿Disculpe? —preguntó el jefe del departamento, aproximándose a ella como un felino y repasándola de pie a cabeza.

Sus ojos recorrieron la ropa sucia de Violeta y terminaron en sus rizos, rebeldes y desastrosos. Aún así, ella no se inmutó por el escaneo arrogante.

—¿Acaso conoce al paciente?

Violeta negó con la cabeza.

—Señorita, con todo respeto, me temo que una noche en la Unidad de Cuidados Intensivos puede costar más de lo que usted facturaría en un año entero —aseguró él, revelando una educación desdeñosa.

Violeta continuó firme, sin un ápice duda. Seguidamente, se acomodó la carpeta de su hermana bajo la axila y hurgó en su modesto bolsito blanco en forma de flor.

—Supongo que esto servirá —dijo con frialdad, sosteniendo entre sus dedos una exclusiva tarjeta negra—. Responderé por él —reiteró.

El médico tratante rio bajo y triunfante, cambiando totalmente su postura defensiva.

—Este hombre acaba de volver a nacer —murmuró.

Después de firmar una serie de documentos en donde se hacía responsable financieramente del desconocido y, por petición de ella misma, Violeta fue conducida por el doctor Núñez a un área restringida. Dejaron atrás los pasillos bulliciosos del hospital, abriendo paso a un silencio asfixiante y gélido, luego, pasaron por la esclusa de aislamiento para una estricta desinfección, antes de colocarse la ropa quirúrgica, guantes y cubrebocas.

—Señorita Sánchez, no necesita ingresar, si no lo desea —sugirió el médico cuando estuvieron listos, consciente de que, no todo el mundo estaba en la capacidad de soportar las imágenes que encontraría en la Unidad de cuidados intensivos.

Violeta inhaló hondo, asimilando que no estaba en cualquier lugar.

—No se preocupe por mí —respondió reuniendo valor—. Necesito conocer de cerca el estado de la persona de la que me acabo de hacer cargo.

—De acuerdo —hizo un ademán cortés con la mano—. Acompáñeme por acá.

Cruzaron una puerta metálica, cuyo chirrido hizo eco en aquel espacio helado en el que destacaban las luces blancas incandescentes y los constantes sonidos de los monitores. Instintivamente, a Violeta se le erizó la piel. Aunque era la primera vez que pisaba un lugar como ese, sus sentidos reconocieron rápidamente que estaba en un campo de batalla en donde el espíritu peleaba contra la muerte. Al acercarse a la cama en la que se hallaba el desconocido, sus pasos se volvieron más lentos y pesados, como si el suelo envolvía sus pies para que no siguiera avanzando.

Lo que veía sobre aquella solitaria camilla, no era la imagen de un simple hombre que batallaba para vivir, era una imagen mucho más impactante que eso. Era el vivo retrato de la brutalidad del ser humano.

El hombre estaba en medio de una maraña de cables, tubos y vías intravenosas. El respirador artificial siseaba inflando y desinflando su pecho mecánicamente. Su rostro mostraba la magnitud de sus lesiones, en el que predominaban sus hematomas oscuros, cortes pequeños cubiertos y una inflamación tan severa que eliminaba cualquier rastro de las facciones originales. Su cabeza estaba envuelta por vendajes gruesos y la pierna derecha permanecía suspendida con fijadores externos sobresaliendo de la piel. Aunque un ser cercano lo viera, Violeta estaba segura de que jamás lo reconocería.

Sin darse cuenta, Violeta se entrelazaba los dedos con inquietud. Había contenido el aire de sus pulmones y sus ojos estaban abiertos con desmesura, puestos en el hombre, casi sin parpadear. Su instinto de autopreservación le susurraba que saliera de ahí tan rápido como pudiera. Ciertamente, era una imagen mucho más cruda de lo que esperó y de lo que vio por la mañana, pero el espíritu compasivo que la caracterizaba la obligó a quedarse y permanecer firme.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el doctor al notar su palidez— Podría...

—Lo estoy… —lo interrumpió, sacudiendo la cabeza repetidamente, sin apartar los ojos del desconocido.

El doctor asintió y volvió la vista al paciente con cierto pesar.

—Presenta un traumatismo craneoencefálico severo producto de una golpiza prolongada. Lo mantenemos en un coma inducido para darle una oportunidad a su cerebro de desinflamarse —explicó el doctor Núñez, con un timbre estrictamente profesional—. Tiene algunas costillas fracturadas y una hemorragia interna que logramos estabilizar en el quirófano, además de una fractura en el fémur derecho. Pero lo que casi lo mata fue el impacto de bala a milímetros de su corazón.

Violeta tragó grueso, disipando un nudo que ahogaba su garganta. No lo conocía, pero sentía una fuerte compasión. Dio un paso más hacia adelante, aproximándose, y sus manos enguantadas apretaron la barandilla al pie de la camilla.

—¿S-se va a morir? —logró articular, con una inocencia que era difícil de ignorar.

El doctor Núñez la miró a los ojos, distinguiendo una inquietud en ellos, pero él estaba ahí para ser honesto.

—Hicimos todo lo médicamente posible, señorita Sánchez —respondió sin rodeos—. Las próximas horas serán críticas. Si su cuerpo resiste y la inflamación cerebral cede, tendrá una oportunidad. Depende enteramente de su propia voluntad para aferrarse a la vida.

Con sus piernas todavía temblorosas por el impacto visual, Violeta reunió todo su valor para hacer otro movimiento. Expendió su mano y con una gran delicadeza, se tomó el atrevimiento de sostener los dedos inertes del hombre. Podía percibir la frialdad de ellos entre la calidez de su mano, sobre el látex de sus guantes.

—Tienes que resistir… te vas a recuperar —le murmuró optimista y se inclinó ligeramente como si fuera a susurrarle un secreto—. Vendré todos los días hasta que despiertes. En algún lugar debe haber alguien esperándote.

...

Más allá de los pitidos constantes de los monitores y el siseo del respirador artificial, aquel hombre flotaba en una bruma que lo devoraba lentamente. Su conciencia fragmentada no hacía más que torturarlo una y otra vez con su propia masacre.

En aquel limbo solo existía agonía. Su cuerpo yacía inerte sin responder a su voluntad, solo era un cascarón roto. Advertía el sabor a metal en su boca, un aplastamiento en su pecho que le imposibilitaba respirar cada vez más y cada fibra de su cuerpo se había transformado en un completo infierno. La muerte ya no lucía espeluznante, al contrario, se vislumbraba como una salida atractiva. Estaba extenuado.

«Tienes que resistir…»

Una voz femenina se filtró en un susurro, semejante a la caricia de una brisa en esa nada oscura, luego, su mano helada fue envuelta por una calidez reconfortante. Aquella sensación había sido tan sutil que, por un momento, creyó que se trataba de un espejismo creado por su propio desespero.

«Vendré todos los días hasta que despiertes...»

El susurro volvió a colarse. Cándido, dulce y hermoso en el abismo tenebroso. Una chispa en su vasta decadencia.

Su espíritu obstinado reaccionó. Aquella calidez obligó a su corazón ya rendido y débil a dar un latido más, seguido de otro y otro. De pronto, toda su existencia se halló aferrándose con ferocidad a ese único eco desconocido, pero acogedor en medio de las frías tinieblas para detener su extinción inminente, mientras lo que quedaba de su conciencia se enfocaba en una sola pregunta:

«¿Quién es ella?»

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