LOGINA la mañana siguiente, Violeta rebanaba una manzana en trozos minúsculos para Jazmín, como si estuviera preparándolos para que un niño de tres años pudiera engullirlos, mientras se limitaba a escuchar la charla entre su hermano Renzo y Jazmín sin intervenir, ni parlotear como solía hacerlo.
De pronto, el silencio reinó en la habitación. Violeta advirtió la figura de su hermano aproximándose y, cuando alzó la mirada, se encontró con los ojos de él escrutándola fijamente. Al girarse hacia la cama, notó que Jazmín, recostada rígidamente, también la analizaba con la misma intensidad. —¿Qué? ¿Por qué me ven así? —preguntó con un sobresalto. —¿Qué escondes? —interrogó Renzo, suspicaz. Ambos la leían como un libro abierto, mejor que sus propios padres. Sabían que, cuando Violeta callaba frente a ellos era porque intentaba guardarse algo y el solo hecho de abrir la boca la delataría. Violeta separó los labios con la intención de hablar, pero vaciló. Su particular ausencia se debía a dos razones: su locura financiera cubriendo los gastos médicos de un hombre desconocido, no se arrepentía, pero desconocía cómo se lo tomarían. La otra razón y, una real tortura, era que su ex prometido continuó insistiendo contactarla desde diferentes números telefónicos hasta la madrugada, por lo que no logró conciliar el sueño en toda la noche. Temía que si lo mencionaba, Renzo iría tras él hasta debajo de las piedras y deseaba evitarle un problema legal con un abogado tan experimentado. —¿Es el malnacido de Henry? ¿Sigue llamándote? —indagó Renzo con severidad, su voz áspera calzaba perfectamente con su imponente tamaño. Violeta agachó la mirada y para disimular que había atinado, le entregó el bol con la manzana a Jazmín calmadamente, luego alzó la vista, mostrándose tan firme como pudo. —Es que… —se aclaró la garganta— Ayer me hice cargo de un desconocido en coma —confesó con total normalidad. Prefería hablar sobre el desconocido antes que admitir que Henry no dejaba de insistir. Jazmín, quien se disponía a llevarse un trozo de manzana a la boca, se detuvo en seco y abrió los ojos con desmesura. Por su parte, Renzo, entrecerró los ojos ligeramente y frunció el ceño, como si no fuera capaz de entender lo que su hermana más pequeña decía. —No hay identificación, ni familia que responda por él. Lo encontraron destrozado en un basurero —continuó Violeta, en vista de que nadie mencionaba una sola palabra—. Así que… responderé por sus gastos y lo que necesite hasta que despierte. Renzo resopló exasperado, rio sin gracia y finalmente se masajeó los lagrimales. Miró a Jazmín esperando a que interviniera con algo de lógica, pero ella solo se encogió de hombros, tan sorprendida como él. —Dime que es una broma, Violeta. Ella solo negó con la cabeza, sin una pizca de arrepentimiento. —¡¿Te volviste loca?! —estalló Renzo elevando la voz— ¿Qué tal si es un sicario? ¿Un criminal peligroso? ¿O un maldito pervertido? ¡Y te metes en problemas graves por creerte la Madre Teresa! —O tal vez sea un buen hombre que merece una segunda oportunidad —rebatió ella, sin inmutarse y manteniendo un tono de voz sereno. Renzo tensó la mandíbula, pareció que su mal genio escaló exponencialmente. Sus dos hermanas siempre hallaban como sacarlo de sus casillas. Jazmín por perderse fines de semanas enteros de fiestas con amigos y Violeta al extremo contrario, le parecía que era demasiado compasiva en un mundo donde la ingenuidad podía llegar a ser peligrosa. —Ve a administración y desvincula tu nombre de ese sujeto ahora mismo —ordenó con autoridad. —No, no lo dejaré morir. Mi decisión, mis gastos —se opuso sin titubeos—. Relájate, mole. No pasará nada. Renzo batió los brazos en el aire, irritado por la terquedad de su hermana. —¡Jaz, dile algo! ¡Somos los mayores! —exclamó. Jazmín chasqueó la lengua. —Lo siento, hermanito… ella es mayor de edad desde hace mucho tiempo, no puedo hacer nada al respecto —murmuró masticando lentamente—. ¿Acaso olvidas el zoológico que tiene en casa? Siempre recoge animalitos indefensos de la calle. —¡Maldita sea! ¡No se trata de un perro con una pata rota! —rugió Renzo, histérico— ¿Soy el único sensato de los tres? —No seas cascarrabias, solo es un hombre herido en una cama. Renzo soltó un gruñido y se encaminó a la puerta a grandes zancadas. —Estas dos me van a matar un día de estos con sus malos inventos —refunfuñó—. Voy por café. Dio un portazo tras él. Violeta esperó unos segundos observando la puesta, esperando que cambiara de opinión en un parpadeo y volviera. Dejó salir un largo suspiro cargado de resignación al aceptar que no sería así. —Aj, qué mal genio. Iré a ver que no rompa la máquina expendedora —le dijo a Jazmín, poniéndose de pie y sacudiéndose los restos de manzana de la blusa. Cuando Violeta abrió la puerta, le fue imposible dar un paso fuera de la habitación. Alguien bloqueaba la salida. Su vista se topó primero con un enorme y costoso ramo de rosas rojas que le tapaba el rostro a quien lo sostenía. —Hola, cariño —siseó con un timbre ligeramente seductor y conocido, al mismo tiempo que bajaba el ramo de flores. Violeta se estremeció al ver rostro de Henry revelándose. Era como la aparición del fantasma de alguien que había dado por muerto y que intentaba dejar en el olvido. Era la primera vez que se tenían frente a frente después de que lo encontró revolcándose en la misma cama en la que dormían con una supuesta “clienta importante”, a tan solo tres días de la boda. Violeta retrocedió instintivamente, sintiendo las piernas le fallarían, mientras él avanzaba con arrogancia hacia el interior. —¿Q-qué haces aquí? —apenas pudo pronunciar. Era evidente que su sola presencia la descomponía totalmente. Henry ladeó una sonrisa tan dulce que a Violeta le terminó pareciendo detestable, a pesar de que seguía advirtiendo el innegable atractivo de su físico bien cuidado. —Supe que mi querida cuñada tuvo un accidente y vine a visitarla —colocó el ramo al pie de la cama—. Y le traje flores. Jazmín le lanzó una mirada tan aguda que si se hubiera tratado de un puñal, ya lo estaría atravesando una y otra vez. —Vete al infierno y quémate en él, desgraciado —replicó. Aquella sonrisa cínica en el rostro de Henry se borró, adoptando una expresión de falsa inocencia. —Creo que ha habido un malentendido —centró su atención en Violeta e ignoró la mordacidad de Jazmín—. Viste mal las cosas, pastelito. Te juro que no fue lo que parecía. Vamos a conversar un rato… —vio de soslayo hacia la cama— a solas. Te invito a almorzar, donde quieras. Los ojos de Violeta se volvieron acuosos. Se molestó consigo misma por mostrar debilidad delante de él; sin embargo, pronto se llenó de coraje y, con su mano desnuda, se limpió una lágrima traidora que escapó. —¿Vi mal? —su voz tembló, llena de indignación, pero recuperó la firmeza— ¿Acaso le estabas haciendo maniobra de Heimlich completamente desnudos? Henry adoptó un gesto más serio, las palabras de Violeta actuaron como una fuerte bofetada. —¡Tres años de mi vida! ¡Tres! —le espetó con dientes apretados, mostrándole tres de sus dedos— ¡Lo único que deseo es que me dejes en paz! Tomó el ramo de la cama y se las arrojó, presa de su dolor . —¡Fuera de aquí! —gritó. En un movimiento rápido y sacando ventaja de la diferencia de estatura, acortó la distancia y tomó a Violeta de los brazos para acercarla a él. Ella intentó zafarse, su piel canela estaba encendida por la rabia y humillación. —No te voy a perder, así como así —le susurró, muy próximo a su rostro—. No de esta manera. Al ver el forcejeo y la insistencia del hombre, Jazmín hizo un esfuerzo sobrenatural por incorporarse en la cama. Soltó un quejido cuando movió el brazo lesionado y sus músculos más magullados, pero logró tomar el móvil de la mesita de noche con su mano sana y marcó tan rápido como pudo. —Hermano, hay un ratabogado en mi habitación. ¡Ven a aplastarlo ya! Henry se congeló cuando se percató de que llamaba a Renzo. Sabía perfectamente que con su poder legar e hilos podría hundir fácilmente al grandulón con unas cuantas demandas si le ponía un dedo encima, pero eso implicaría algunos huesos rotos si llegaba a tocarlo. Agachó la mirada hacia Violeta. Aprovechando que la tenía sujeta, le estampó un beso posesivo en la comisura de los labios, antes de que ella pudiera esquivarlo completamente. Luego, la soltó bruscamente. —Esto es solo un altibajo, cariño. Volverás a quererme —advirtió, asomando nuevamente esa dulzura fingida que una vez la enamoró, y salió de la habitación con prisa, antes de que Renzo llegara. Violeta se abrazó a si misma, sintiendo un agujero en el pecho. Se estremecía de pies a cabeza. Pero lo que más le alarmaba no era el cinismo de él, sino que se sentía tan lastimada que deseaba no volver a amar, no volver a entregar su corazón. Un corazón roto dolía como nada.Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p
El vino espumoso pareció eliminar cualquier rastro de cautela en Violeta y multiplicar su intriga a niveles exponenciales. Estaba orgullosa de poseer una excelente memoria, pero el hecho de no lograr identificar de inmediato el origen de ese recuerdo la hizo tomárselo como un reto. Violeta le entregó a su hermana las copas vacías, dejándola completamente confundida. Avanzó con pasos rápidos y decididos a través del salón, mientras saludaba apenas con un movimiento de cabeza a las tías y primos que acababan de llegar, sin perder de vista su objetivo. Sin dudarlo, se le plantó enfrente a Paúl, invadiendo su espacio personal de imprevisto. La irrupción fue tan inesperada que Elliott cortó la frase que le decía a Francisco a la mitad. Su suegro y Renzo dieron un paso atrás por inercia, sorprendidos por la determinación de Violeta. Al verla tan cerca, con las mejillas sonrojadas, un brillo travieso en los ojos y acortando más y más la distancia entre ambos, el ego de Elliott asumió que
—¡Que vivan los novios! —exclamó la abuelita Hortensia, a la vez que se ponía de pie con un aplauso entusiasmado al que se unieron rápidamente don Francisco y la señora Valentina. El bullicio rompió con esa burbuja en la que Violeta y Elliott permanecían hechizados. Ella forzó una sonrisa hacia los presentes y, dispuesta a tomar distancia antes de que sus piernas terminaran de traicionarla, dio un par de palmaditas secas y suaves sobre el pecho de su esposo, ahora notando, muy a su pesar, la solidez de sus músculos bajo la tela. Las nuevas sensaciones que aquella mujer despertaba en Elliott estaban haciendo estragos en su autocontrol. Desde ese momento, empezaba a aceptar todos esos síntomas ilógicos con un placer adictivo, ahora que identificaba la causa exacta. Cuando su mano sintió que Violeta tomaba distancia, tuvo el impulso de volverse a aferrar a la estrechez de su cintura para volver a pegarla a él, pero enseguida, el choque estridente de las copas de cristal en el salón,







