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Capítulo 3

Author: Benito Camelier
La tía Marcela llevaba puesto un conjunto de yoga ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Cuando me vio entrar, pareció asustarse un momento, pero enseguida recuperó esa compostura habitual.

Sin dejar de hacer un split en el suelo, me preguntó:

—Dami, ¿qué tal te fue en la terapia hoy?

—Pues más o menos. A la mitad de la sesión, vinieron a buscar a la doctora por una urgencia, así que me dijo que agendáramos para la próxima.

Respondí tratando de no clavarle la mirada en la retaguardia, luchando por no perder el control. Tenía miedo de que se me notara demasiado.

—Tía, si no se te ofrece nada más, voy a mi cuarto. Quiero descansar un rato.

Caminé rápido hacia la puerta para huir de esa situación tan incómoda. Apenas llegué al umbral, la voz de mi tía me detuvo en seco.

—Dami, espera. Estoy muerta del cansancio por el yoga, ven a darme un masaje.

Dicho esto, levantó la cadera y se tumbó boca abajo en el suelo, mirándome con una actitud que tenía mucho de provocación.

Yo ya venía alterado, y verla en esa pose terminó de revolverme las ideas.

Ya traía el pantalón a reventar y apenas podía disimularlo apretando las piernas. Pero con ese movimiento suyo, perdí la batalla. Aquello saltó como un resorte y armé una carpa tan evidente que parecía que llevaba un poste ahí abajo.

La tía Marcela notó mi reacción al instante y me guiñó un ojo con picardía:

—¡Ándale, apúrate! Que cuando termines todavía tengo que hacerte la cena.

Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para contenerme, pero sus prisas acabaron con mi autocontrol. Mandé al diablo la moral y el parentesco. Me agaché y le puse la mano directamente en una de sus nalgas firmes.

—¡Ay! Pero qué bruto me saliste. ¿Quién te dijo que usaras las manos? —exclamó ella—. ¡Soy tu tía, Damián! ¿Cómo se te ocurre manosearme así?

Me lanzó una mirada de regaño fingido y me dio una palmada en la mano.

—Yo... este... tía, pues tú me pediste un masaje, ¿no? ¿Cómo te voy a sobar si no te toco?

La miré haciéndome la víctima, sin saber qué hacer.

—¡Con la pistola de masaje, menso! Ahí la dejé hace rato, ¿a poco no la viste?

Señaló el aparato en el suelo, haciéndose la enojada, pero noté cómo se le escapaba una sonrisita.

—Ah, ya. ¿Y por dónde empiezo? Luego no te quejes si le aprieto donde no es.

Levanté la pistola de masaje y apunté hacia su trasero, dudando por dónde atacar.

—Empieza por la parte de adentro del muslo y ve subiendo, sigue subiendo hasta... ¡Ay, ya muévelas! Que me duele todo el cuerpo.

Me apuraba haciendo pucheros, con ese tono meloso que usaba para conseguir lo que quería.

“Desde adentro del muslo hacia arriba...” ¿Eso no llevaba directo a su tesorito?

Yo ya no aguantaba la presión ahí abajo y me pedía hacer eso. Era pura tortura.

¿Qué le pasaba a mi tía? En cuanto supo de mi problema de adicción, me trajo a su casa supuestamente para curarme, presumiendo que su amiga era una experta en el tema.

Y mira ahora: primero la amiga me deja caliente, y luego ella se me pone en cuatro pidiéndome masaje. ¿Me querían curar o querían que terminara en la cárcel?

—Mmm... ah...

Apenas la máquina tocó la parte interna de su muslo, soltó un gemido que me asustó. Me detuve de golpe, pensando que la había lastimado.

Pero ella volteó a verme, molesta.

—No pares, sigue. Más rápido, dale con fuerza.

Al escuchar esa orden, ataqué con la pistola de masaje, pasándola una y otra vez por sus muslos y rozando peligrosamente la zona prohibida.

—Ah... eso... qué rico...

Esos gemidos me pusieron al límite. Sentía que el pantalón iba a estallar, sudaba frío y temblaba. Sin darme cuenta, mi mano izquierda cobró vida propia y se fue deslizando hacia donde no debía...
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