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El Rostro en la Multitud

作者: J.R. Rocha
last update 公開日: 2026-01-22 10:18:36

El mercado de El Nido era una explosión de colores, olores y sonidos que, en los primeros meses, a Maya le había servido como terapia de choque. El olor a pescado asado, la dulzura punzante del mango maduro y el bullicio de los turistas mezclados con los lugareños creaban una cortina de normalidad tras la cual podía esconderse. Sin embargo, esa mañana, el aire se sentía diferente. La humedad no era solo climática; era una capa pegajosa de ansiedad que se le adhería a la piel.

Maya caminaba entr
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  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    La Ascensión

    El sonido de las placas de acero sellando las ventanas de la villa retumbó como una serie de disparos de artillería pesada. Matala ya no era una mansión; era un sarcófago blindado de alta tecnología. Las luces de emergencia, de un rojo pulsante y agresivo, bañaban las paredes de mármol blanco, dándoles el aspecto de tejido vivo sangrando. Alessandro y Bianca se lanzaron hacia la gran escalera de caracol, una estructura de cristal y titanio que ascendía como una columna vertebral hacia el despacho de Helena en el ático.—¡Janet, dime que tienes el control de los ascensores! —rugió Alessandro, saltando sobre el cadáver de un guardia que yacía en el primer rellano.—¡Constantine ha inyectado un gusano en el kernel del sistema! —la voz de Janet llegaba con estática, distorsionada por los potentes inhibidores de la finca—. No puedo darles los ascensores, pero he bloqueado las torretas automáticas de los pasillos secundarios. ¡Tienen que subir por las escaleras! ¡Faltan treinta segundos p

  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    El Precio de la Lealtad

    Frente a ellos, Marcus permanecía impasible. La luz de una linterna estroboscópica colocada en el suelo proyectaba su sombra contra los mapas antiguos de la pared, haciéndolo parecer un gigante deforme. No había miedo en su rostro, solo una resignación gélida que Bianca encontraba más insultante que cualquier agresión.—¿Por qué, Marcus? —preguntó Bianca, su voz era un látigo de seda en la penumbra—. Yo te saqué del barro. Te di una familia, un propósito. Te confié la seguridad de mi hija. ¿Cuánto vale el alma de un hombre como tú?Marcus bajó la copa de vino, dejándola sobre una mesa de lectura con un clic que resonó como un disparo.—No se trata de dinero, Bianca. Nunca se trató de eso —respondió Marcus, su voz profunda y carente de remordimiento—. Se trata del orden natural. Los Karagiannis y los Castiglione son razas de reyes que se volvieron débiles, jugando a ser santos en una villa francesa. Constantine es el fuego que esta tierra necesita. Él no pide permiso para existir; él t

  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    El Sabor del Acero

    La explosión no fue de fuego, sino de luz y sonido. Una granada cegadora estalló en el techo de la cámara, lanzada desde un recoveco oculto. El mundo de Bianca se volvió blanco. Sus oídos pitaron con un tono de frecuencia alta que amenazaba con reventarle los tímpanos. Por puro instinto, rodó hacia su izquierda, buscando la cobertura de las estalagmitas.Alessandro reaccionó con la velocidad de un depredador que ha vivido toda su vida en el abismo. No necesitó ver para disparar; el sonido del percutor enemigo y el roce de las botas sobre la grava fueron suficientes. Disparó tres ráfagas cortas en abanico.—¡Contactos! ¡Lado derecho! —rugió Alessandro, recuperando la visión mientras las sombras se retorcían.Tres hombres vestidos con equipo táctico de la Fundación Karagiannis salieron de las sombras. No eran mercenarios cualquiera; eran la élite personal de Marcus. Se movían con una disciplina férrea, usando escudos balísticos ligeros.El túnel se convirtió en una galería de tiro morta

  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    El Silencio del Filo

    La noche previa al asalto fue de una tensión casi insoportable. Se instalaron en una de las cuevas de Matala, aquellas que en los años sesenta fueron refugio de hippies y que ahora servían de base de operaciones para el Verdugo y la Cazadora. Alessandro había desplegado el equipo táctico sobre una piedra plana: los nanodrones de Janet, visores nocturnos, explosivos plásticos y las pistolas de polímero que no emitirían señal alguna.A través de un enlace satelital encriptado, la cara de Janet apareció en la pequeña pantalla de la tablet. Janet se veía exhausta, con ojeras profundas, pero sus ojos brillaban con una intensidad febril. Detrás de ella, en el refugio de los Pirineos, se veía la cuna de Elena, que dormía profundamente bajo la vigilancia de las cámaras térmicas.—Tengo el control de los nodos periféricos de la finca —susurró Janet—. Evans... Constantine... ha reforzado la seguridad en el helipuerto y en el muelle principal, pero no ha detectado mi infiltración en el sistema d

  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    Las Arenas de la Memoria

    El aire de Creta no era como el de los Pirineos; era una mezcla densa de tomillo silvestre, salitre y el calor de una tierra que ha visto nacer y morir imperios. El ferry atracó en el puerto de Heraclión bajo un manto de estrellas que parecían ojos vigilantes. Alessandro y Bianca descendieron entre la multitud, moviéndose con la discreción de las sombras. Habían alquilado un viejo todoterreno destartalado, un vehículo que no llamaría la atención en las carreteras secundarias que serpenteaban hacia el sur, hacia Matala.Al llegar a las cercanías de la antigua finca de los Karagiannis, el paisaje se volvió más agreste. Los acantilados de arenisca blanca se alzaban como gigantes frente al mar de Libia. A pocos kilómetros de la fortaleza que Constantine había ocupado, se detuvieron frente a una pequeña cabaña de pescadores oculta en una cala privada. Allí, sentado en un taburete de madera, un hombre cuya piel parecía pergamino curtido por el sol los esperaba.Era Spyros, el antiguo guardi

  • El Verdugo Italiano y la Cazadora Griega.    La Custodia del Aliento

    El amanecer en los Pirineos no trajo luz, sino una claridad grisácea y gélida que parecía filtrar toda esperanza del paisaje. Dentro de la cabaña "L’Abîme", el ambiente estaba cargado con el olor del café fuerte, el metal de las armas recién aceitadas y el aroma suave, casi doloroso, del champú infantil de Elena. Alessandro y Bianca se movían por el espacio con una economía de movimientos que delataba su pasado operativo; cada bota ajustada, cada cargador revisado, era un paso más hacia un abismo del que quizá no regresarían.La despedida de Elena fue, sin duda, la prueba más dura que ambos habían enfrentado, superando incluso las torturas físicas de sus años en la mafia. Alessandro se arrodilló frente a su hija en el pequeño salón iluminado por la luz azul de los monitores de Janet. La niña, con sus ojos grandes y llenos de la sabiduría prematura de quienes han vivido el miedo, sostenía su oso de peluche contra el pecho.—Escúchame bien, pequeña loba —dijo Alessandro, su voz era un s

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