تسجيل الدخولARIA POVFue apenas un parpadeo.Si no hubiera estado mirándola, me lo habría perdido: el instante en que los ojos de mi suegra se detuvieron sobre el comprobante y algo en su rostro perfecto se resquebrajó. Un segundo después, ya había vuelto a colocarse la máscara.—Veo que estás ocupado, hijo. Volveré más tarde.—Siéntate, madre.No lo dijo alto. No hizo falta. Hasta Camille dejó de sonreír.—Ethan, querido —intervino ella, acercándose con ese andar de gata que seguramente practicaba frente al espejo—, si esto es por los rumores de la servidumbre…—Tú también, Camille.Las dos se sentaron. Yo me quedé de pie, junto a Ethan. No por sumisión. Simplemente, desde ahí veía mejor sus caras.En mi vida anterior, a esto lo habría llamado una reunión familiar incómoda. En esta, tenía un cadáver de por medio.—Hoy interrogamos a un cochero —empecé—. Uno que llevó a Mara hasta una cabaña del camino norte. Dice que lo contrató una mujer con capa de doncella mayor.—Qué historia tan triste —res
ARIA POV—¿Tiene esa autorización, capitán?—Sí, mi señora.Sacó un pergamino doblado del interior de su chaqueta y lo extendió junto a la tira de tela. La firma estaba corrida, casi ilegible, como si alguien hubiera pasado el pulgar encima a propósito.El sello, en cambio, estaba intacto.Lo conocía demasiado bien. Mi nueva suegra lo estampaba en cada carta que me enviaba, casi siempre debajo de frases como «una esposa prudente sabe cuándo callar». Una vez lo usó para recomendarme un corsé más ajustado. Supongo que respirar también le parecía una falta de modestia.En mi otra vida, cuando todavía era Emma y mi mayor drama era pagar el alquiler a tiempo, una suegra así habría sido una anécdota para contar en el almuerzo. Aquí tenía sello propio.—¿Quién puede usar este sello?—La madre del Alfa. Su esposo, en asuntos de la casa. Y el administrador, solo con permiso de ellos.—¿Y esto? —Toqué el bordado plateado de la tela.—Pertenece a las capas de los sirvientes de mayor rango, mi se
ARIA POVTenía un problema.Uno bastante atractivo, arrogante y que dormía a mi lado.Ethan me había marcado como su compañera destinada y, desde entonces, mi cuerpo parecía haber olvidado que debía mantenerme alejada de él.Lo peor era que, en la novela original, aquel vínculo no despertaba hasta mucho después.Por eso llevaba toda la mañana escondida en la biblioteca, buscando una explicación.—¿Cómo sobrevivir a la marca de un Alfa? —escuché detrás de mí—. Interesante lectura, esposa.Cerré el libro de golpe y me volví.—¡Ethan! ¿No sabes tocar antes de entrar?—Es una biblioteca, preciosa. Además, llevo media hora buscándote.—¿Y no se te ocurrió que quizá quería estar sola?—Mi lobo no estuvo de acuerdo.Se acercó y me apartó el cabello del cuello. Sus dedos rozaron la marca y un calor extraño me recorrió el cuerpo.—¡No hagas eso! —protesté, apartándole la mano.Ethan sonrió.—¿Todavía te duele la marca? —preguntó Ethan, acariciándome suavemente el cuello.—No, y ese es precisam
ARIA POV Desperté sintiendo los suaves besos de Ethan sobre mi cuello. Sonreí entre sueños y me acurruqué contra su pecho, disfrutando de su calor, hasta que una ligera punzada en la piel me hizo recordar lo ocurrido la noche anterior. Ethan me había mordido el cuello. No había sido una mordida cualquiera. Me había marcado como su compañera destinada, sellando el vínculo entre nosotros. Abrí los ojos de golpe y me llevé una mano al lugar donde sus colmillos habían dejado la marca. —¡Ethan! ¡Tú me marcaste! —exclamé, incorporándome para mirarlo. Él abrió los ojos lentamente y sonrió con una tranquilidad que me dieron ganas de golpearlo con la almohada. —Buenos días, amada esposa—murmuró, como si acabara de acusarlo de robarme una galleta y no de unir nuestras vidas mediante un vínculo de apareamiento. —¡Tú me mordiste! Ethan sonrió desde la almohada. —Lo recuerdo perfectamente. —¡No es gracioso! ¿Qué significa esa marca? —exigí, apartándome el cabello. Su expresión se
AriaEl fuego crepitaba en la chimenea mientras sus dedos se movían contra mí con una paciencia que me volvía loca. Cada caricia era deliberada, cada roce calculado para arrancarme suspiros que intentaba ahogar contra su hombro.—No te escondas —murmuró Ethan contra mi oído, con esa voz grave que vibraba en todo mi cuerpo—. Quiero oírte.Negué con la cabeza, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, pero él no me lo permitió. Tomó mi barbilla con su mano libre y me obligó a mirarlo, encontrando sus ojos encendidos con un brillo dorado que me desarmaba por completo.—Mírame, Aria —ordenó con suavidad, aunque no era una súplica—. Quiero verte cuando te deshagas.Sus dedos continuaron su danza entre mis piernas, encontrando el punto exacto que me hacía ver estrellas. Yo me aferraba a sus hombros, sintiendo el vendaje áspero bajo mis dedos, el calor de su piel, la tensión de sus músculos mientras trabajaba en mí con una devoción que no esperaba.—Ethan... —jadeé, con la voz rota—. Es
Cuando regresé, Ethan estaba sentado frente a la chimenea, acomodando unos troncos con su brazo sano. La camisa que llevaba puesta me llegaba hasta la mitad de los muslos y, aunque había enrollado las mangas, seguía quedándome demasiado grande. Al escuchar mis pasos, levantó la mirada y se quedó inmóvil. Sus ojos descendieron lentamente por mis piernas antes de regresar a mi rostro. —¿Qué ocurre? —pregunté, tirando discretamente del borde de la camisa. —Nada —respondió Ethan, aunque la sonrisa que apareció en sus labios decía lo contrario. —Me estás mirando —lo acusé, cruzándome de brazos. —Créeme, estoy haciendo un gran esfuerzo por limitarme a eso —murmuró, sin apartar los ojos de mí. Sentí que las mejillas me ardían. Maldito Alfa. ¿Tenía que ser tan descarado? Para disimular mi nerviosismo, tomé el estuche de vendas que habían dejado sobre la mesa y me acerqué a él. —Desabróchate la camisa. Voy a revisar tu herida —ordené, procurando sonar firme. Ethan arqueó una ceja mi







