INICIAR SESIÓNEl beso terminó y me sentí flotando en una fantasía perfecta, como si mis pies no tocaran el suelo de la oficina y el mundo entero se hubiera vuelto de color rosa. Por unos segundos, el zumbido de la empresa desapareció y solo existió el calor de los labios de Alexander contra los míos. Con la hermosa ilusión de una chica enamorada, creí que mis deseos secretos finalmente se hacían realidad.
Sin embargo, la burbuja no tardó en romperse. Me separé lentamente, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada, buscando sus ojos. Pero su rostro no reflejaba la ternura de un amante, sino una seriedad fría y distante que me heló la sangre.
Antes de que pudiera preguntarle nada, él desvió esos ojos miel que tanto me volvían loca y miró hacia mis espaldas. Con un presentimiento amargo en el estómago, giré el cuerpo despacio para seguir su mirada.
A través de las paredes de cristal de la oficina, el tiempo parecía haberse detenido. Varios empleados estaban amontonados en el pasillo, completamente paralizados. Incluso Priscila, mi única amiga en la oficina, me miraba desde el fondo con los ojos abiertos de par en par, sin poder creerlo. Alexander, el inalcanzable y estricto jefe, me acababa de besar allí mismo, a la vista de todos, desatando el mayor escándalo del año.
Sentí una oleada de profunda vergüenza. Yo era una mujer profesional y me importaba mi reputación en el trabajo, pero en ese momento nada de eso pareció importar más que el hecho de que su mano seguía presionando mi cintura. Lo miré a los ojos esperando una explicación, la declaración de amor con la que tantas noches había soñado, pero el destino me tenía preparada una broma cruel:
—A partir de mañana, te triplicaré el sueldo —sentenció.
Me quedé estática. Las palabras de amor se me atoraron en la garganta.
—¿Qué...? ¿Por qué? —murmuré con el corazón encogido.
—Mira tu teléfono —respondió secamente mientras retiraba su mano de mi cuerpo, dejándome un vacío horrible.
Caminó hacia su escritorio y, con una sola mirada gélida hacia los cristales, hizo que todos los empleados se dispersaran a toda prisa. Con los dedos temblorosos, saqué el celular de mi bolso. Al desbloquear la pantalla, el impacto me dejó sin aire: las noticias sobre mi jefe inundaban internet. La tendencia principal del país era una fotografía donde Alexander sostenía por la cintura a una mujer misteriosa en la entrada de un hotel de lujo, oculta bajo una elegante pañoleta y gafas oscuras.
Al ver los comentarios que hablaban de la innegable química entre ellos, sentí una punzada de dolor tan aguda en el pecho que me rompió el alma en mil pedazos. Yo, que estaba profundamente enamorada de él en secreto, descubría la cruda realidad: Alexander tenía un romance oculto, y esa mujer no era yo.
—¿Lo has visto ya? —preguntó su voz desde el escritorio.
Asentí levemente, tragándome las lágrimas.
—¿Es esta mujer su novia, señor? —murmuré con la voz temblorosa, esperando una mentira que me sirviera de anestesia para el dolor.
Alexander soltó un suspiro pesado y se pasó una mano por el cabello, deshaciendo su perfecto peinado. Su frustración era evidente y solo encendió una intensa curiosidad en mí.
—No realmente —respondió con una frialdad que no ocultaba su irritación—, pero sería muy complicado si se supiera quién es.
Su respuesta quedó flotando como una densa neblina. No era su novia, pero el empeño en protegerla demostraba que esa desconocida era muy importante para él.
—Pero... ¿qué tiene que ver esto conmigo, señor? —pregunté, tratando de mantener la voz firme mientras mi mundo se desmoronaba.
—A partir de ahora, tú interpretarás a esa mujer. Para el resto del mundo y para los medios, tú serás ella —pronunció, caminando lentamente hacia mi hasta quedar a solo centimentros de mi rostro —. El beso de hace un momento frente a toda la oficina se encargará de confirmar los rumores.
Entonces lo comprendí todo. Él no me había besado por impulso ni por amor; quería usarme como una pantalla de humo para proteger a la verdadera dueña de su corazón. Yo era solo un escudo.
—P-pero... ¿por qué yo? —logré articular, sintiéndome pequeña y humillada.
Alexander me recorrió lentamente con esos ojos miel devoradores que me volvían loca.
—Busco a alguien con una estatura y una figura parecida a la suya... y además, eres la mujer perfecta para mí.
Aquellas palabras me hicieron sonrojar violentamente por el cumplido, pero la ilusión se desvaneció al recordar la realidad. Me estaba empujando directo al fuego. Quise exigir respuestas, pero la pesada puerta de la oficina se abrió de golpe con un estruendo.
Una mujer de porte imponente entró al despacho llena de furia: la madre de Alexander. Su rostro se fijó en mí con desprecio antes de volverse hacia su hijo.
—¡Hijo! —gritó con una voz chillona que reverberó por las cuatro paredes del despacho presidencial—. ¿No me digas que has vuelto con ella? ¡Te lo advierto, Alexander, mientras yo siga viva, jamás permitiré que esa mujer se convierta en mi nuera!
Eleanor Miller había entrado como un torbellino de elegancia y furia. Al pasar por mi lado, ni siquiera se molestó en mirarme; me ignoró por completo, tratándome como si fuera parte del mobiliario. Después de todo, ella ya me conocía perfectamente de mis años en el departamento y sabía que yo era la empleada más fiel y eficiente de su hijo, una presencia constante y de confianza a la que no valía la pena prestarle atención en medio de su crisis.
Obligada a quedarme en una esquina de la enorme oficina para no interrumpir, me tensé, observando cómo Alexander reaccionaba de inmediato. Enderezó sus hombros anchos mientras su postura se volvía rígida. Para un hombre como él, su imagen pública y el respaldo de su poderosa y moralista familia lo eran todo para mantener el control de la empresa y asegurar su puesto ante la junta directiva. Necesitaba tener a su madre de su lado a cualquier precio.
Sin embargo, mientras la matriarca seguía gritando y descargando su furia, un extraño alivio comenzó a abrirse paso en mi pecho. Una chispa de esperanza se encendió en mi mente de eterna soñadora. Con una familia tan elitista y controladora, una mujer abiertamente rechazada por Eleanor jamás podría terminar al lado de Alexander.
Unos minutos después, tras una tensa y cortante discusión donde Alexander apenas logró mantener la compostura, su madre dio media vuelta. Salió del despacho como una exhalación, encendida de rabia y haciendo resonar sus tacones con furia, dejándome al fin a solas con él.
Me moví despacio desde mi esquina. Me arreglé sutilmente la falda, pasé una mano por mi perfecta melena caramelo para asegurarme de estar impecable y caminé con paso firme hacia su imponente escritorio.
—Acepto —dije con firmeza, sosteniendo su mirada con una seguridad que pareció descolocarlo por un segundo—. Acepto su propuesta, señor Miller.
Una sutil sonrisa, sutil pero visiblemente complacida, se dibujó en los labios de Alexander. Ver que yo cedía tan rápido pareció quitarle un gran peso de encima. Dio un paso hacia mí, rompiendo la distancia, y me extendió su mano grande y firme.
—Es un trato, entonces —pronunció con esa voz profunda que me erizaba la piel—. De ahora en adelante, serás mi novia frente al mundo, Zoe.
Estreché su mano, sintiendo la deliciosa calidez de su palma contra la mía y una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal. Alexander dio por sentado que esto era solo un negocio, un simple papel que yo interpretaría por dinero, sin imaginarse el vuelco que acababa de dar mi corazón. La timidez y el miedo se habían evaporado; ahora, una chispa de esperanza en mi pecho.
Mientras sostenía su agarre, lo miré fijamente a los ojos, sintiendo una hermosa y renovada determinación. En mi fuero interno, me prometí:
«No me importa lo difícil que sea; voy a hacer que te enamores de mí, y antes de que te des cuenta... caerás a mis pies, señor Miller».
ZOEConduje durante varios minutos antes de cambiar de dirección. Necesitaba hablar con Alexander.Ya sabía que era el padre de mi hijo. Christopher acababa de confirmar que nunca había estado conmigo aquella noche y no existía ninguna otra posibilidad. Pero precisamente por eso necesitaba encontrar a Alexander antes de que el embarazo decidiera por nosotros.Él había dejado claro que no quería recuperarme gracias a un hijo. Yo tampoco quería regresar de esa manera. Quería decirle que seguía amándolo y que, después de todo lo que habíamos roto, todavía quería intentarlo con él. No porque fuera el padre de mi bebé, sino porque era Alexander.Le envié un mensaje preguntándole dónde estaba y detuve el auto cerca de su oficina. Mientras esperaba su respuesta, otro vehículo se estacionó detrás del mío.Reconocí a Zara en el retrovisor y bajé del automóvil.—¿Me seguiste? —le pregunté.Zara cerró la puerta de su vehículo con fuerza.—Necesitaba hablar contigo.—Pues yo no tengo nada más que
ZOE—Entonces este bebé no puede ser tuyo —dije, todavía con una mano sobre mi vientre.Christopher bajó la mirada y negó lentamente.—No, Zoe. No es mío.La confirmación terminó de romper algo que llevaba semanas sosteniéndose apenas por costumbre. Christopher me había dejado creer que habíamos pasado la noche juntos porque sabía que la verdad podía llevarme de regreso a Alexander. Mientras yo intentaba comprender mis recuerdos y cargar con la culpa, él había tenido todas las respuestas.—Se acabó, Christopher —dije.Él levantó los ojos hacia mí, pero no intentó acercarse.—Lo sé.—¿Lo sabes? Me mentiste durante semanas.—Y no tengo ninguna excusa —admitió Christopher—. Cuando te vi salir de la habitación de Alexander, entendí que estaba perdiéndote. Después despertaste confundida y tuve la oportunidad de decirte la verdad, pero tuve miedo.—Así que decidiste dejarme vivir una mentira.Christopher asintió con evidente vergüenza.—Pensé que si conseguía que te quedaras suficiente tiem
ZOENo conseguí dormir.Llevaba más de una hora acostada, mirando el techo y repitiendo mentalmente la conversación de aquella tarde. Había descubierto que estaba embarazada, Eleanor había reaccionado de una manera sorprendentemente humana y, aun así, ninguna de esas cosas era la que me mantenía despierta.Era la cara de Alexander cuando escuchó que estaba de aproximadamente tres semanas.Y, sobre todo, la de Christopher cuando Alexander lo miró.Christopher dormía a mi lado. Después de semanas manteniendo cierta distancia, aquella noche había insistido en quedarse conmigo porque, según él, no quería que estuviera sola después de descubrir el embarazo.Lo observé durante unos segundos.Había intentado preguntarle nuevamente qué había significado aquel intercambio con su hermano, pero Christopher se había limitado a repetir que Alexander probablemente estaba sorprendido.No le creía.Me levanté con cuidado para no despertarlo y salí de la habitación. Necesitaba agua, despejarme y, sobr
ZOETres semanas después de la gala, el olor del café me hizo correr hacia el fregadero antes de que pudiera probarlo.Me incliné justo a tiempo, con una mano apoyada sobre la encimera mientras esperaba que las náuseas disminuyeran. Era la tercera mañana consecutiva que me ocurría, aunque hasta ese momento había conseguido convencerme de que se debía al estrés, a las pocas horas de sueño o incluso a algo que había comido.—¿Otra vez? —preguntó Christopher al entrar en la cocina.Me enjuagué la boca antes de responder.—Estoy bien. Creo que algo me cayó mal.Christopher abrió uno de los gabinetes, sacó un vaso y lo llenó de agua.—Llevas varios días diciendo lo mismo, Zoe. Deberías ir al médico.—No necesito un médico por unas náuseas.—También estás agotada.—Porque duermo fatal.Christopher dejó el vaso delante de mí y no discutió. Durante las últimas semanas había aprendido a medir cada palabra conmigo, probablemente porque nuestra relación se encontraba en un punto extraño desde la
ZoeUna ducha, dos vasos de agua y una taza enorme de café consiguieron aliviar un poco la resaca, pero no hicieron nada por ordenar mis recuerdos. Christopher había estado pendiente de mí durante toda la mañana y, aun así, cada vez que intentaba acercarme a lo ocurrido la noche anterior, encontraba alguna manera de cambiar el tema.Finalmente decidí que necesitaba estar sola.Salí de su habitación y avancé por el pasillo en dirección a la mía, pero apenas había recorrido unos metros cuando Alexander apareció al doblar la esquina.Los dos nos detuvimos.Alexander tenía el cabello desordenado y parecía haber dormido tan poco como yo. Lo extraño fue que, cuando me vio, su expresión se suavizó inmediatamente. No era la mirada hostil de los últimos días ni esa indiferencia calculada que había mantenido durante la gala. Me observaba con una cercanía que no entendí.—Buenos días, Zoe —saludó Alexander.—Buenos días —respondí con cautela.Él recorrió mi rostro con la mirada y una pequeña son
ZOE —¡¿Qué haces aquí?! —grité mientras me incorporaba de golpe. Christopher abrió los ojos sobresaltado y se levantó sobre un codo, mirándome como si mi grito hubiera estado a punto de provocarle un infarto. —¡Zoe! ¿Qué demonios pasa? —preguntó él. Intenté alejarme, pero el movimiento hizo que una punzada brutal me atravesara la cabeza. Cerré los ojos y me llevé una mano a la frente mientras esperaba que la habitación dejara de dar vueltas. —Dios… siento que me va a explotar la cabeza —murmuré. —No me sorprende. Anoche bebiste demasiado —respondió Christopher, aunque había algo extraño en su voz. Cuando el mareo disminuyó, abrí los ojos y finalmente presté atención a mi alrededor. Estaba en la habitación de Christopher, cubierta únicamente por una sábana y con mucha menos ropa de la que recordaba haber llevado durante la gala. Mi vestido descansaba sobre una silla y uno de mis zapatos estaba tirado cerca de la cama. Sentí que el estómago se me cerraba. —Christopher,







