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Capítulo 3

Author: Vesper Shaw
Al día siguiente, empecé a empacar mis cosas para nuestro viaje a la isla.

Doblé varios vestidos de verano y los guardé en la maleta. Metí el pasaporte en el bolsillo lateral, junto a los papeles de divorcio ya firmados, y fingí que solo era una esposa que se disponía a disfrutar de una escapada romántica con su devoto marido.

Al caer la tarde, navegábamos en su yate mientras la costa se hacía cada vez más pequeña a nuestras espaldas.

Alessio estaba al timón, con una mano en el volante y el viento revolviendo su cabello oscuro. De vez en cuando, volteaba a mirarme con esa media sonrisa suya.

—Este es el comienzo de nuestra escapada. Solo tú y yo. Sin negocios, sin familia, sin distracciones.

Asentí, fingiendo que de verdad estaba feliz.

Poco después, la isla apareció en el horizonte.

Mientras el yate se acercaba al muelle, distinguí algo que titilaba en la playa: decenas de pequeñas llamas dispuestas en semicírculo alrededor de una mesa puesta para dos.

Alessio apagó el motor y me ayudó a bajar al muelle, con su mano cálida y firme sosteniendo la mía.

—Sorpresa —murmuró.

Luego me llevó hasta la arena.

La mesa estaba cubierta con un mantel blanco. Todos los platos eran mis favoritos.

Alessio apartó la silla para que me sentara y sus ojos reflejaron la luz de las velas.

—Sé que las cosas han sido difíciles —dijo con voz baja y sincera—. Tus padres, las presiones de la familia, todo eso. Pero quiero que sepas algo, Ivy. Aunque tu familia no vea lo que vales, yo sí. Siempre estaré a tu lado.

Lo miré. Su mandíbula firme, sus ojos sinceros y aquella suave curva en sus labios hacían que cada palabra sonara como una promesa.

Pero, en realidad, cada palabra era una mentira.

—Gracias —respondí, aunque las palabras me dejaron un sabor amargo—. Eso significa todo para mí.

Sonrió, visiblemente aliviado, y levantó su copa.

—Por nosotros. Por nuestra segunda luna de miel.

—Por nosotros —repetí antes de beber.

Acababa de dejar la copa sobre la mesa y estaba tomando la botella de vino para servirme más cuando su teléfono vibró contra el mantel.

El sonido fue brusco e inoportuno.

Alessio miró la pantalla y silenció la llamada con un movimiento del pulgar. El teléfono volvió a vibrar.

Lo silenció otra vez y su mandíbula se tensó apenas.

—Te juro que les dije que...

Vibró por tercera vez, insistente, una de esas llamadas que no se podían ignorar.

Observé la indecisión cruzar por su rostro.

—Deberías contestar —dije con total tranquilidad—. Podría ser tu subjefe. Tal vez pasó algo.

Yo ya sabía quién llamaba. Alessio había ordenado a sus hombres que no lo molestaran. Así que solo podía ser una persona: Hazel.

Alessio negó con la cabeza.

—Te hice una promesa. Hoy es para nosotros. Nada de negocios.

De pronto, el teléfono dejó de vibrar. Entonces la pantalla se iluminó con una notificación.

Alessio tomó el teléfono, leyó el mensaje y frunció el ceño.

—¿Qué pasa? —pregunté a propósito.

Ya se estaba levantando de la silla.

—Surgió un problema. Una de nuestras operaciones. Es grave, Ivy. Tengo que ir a resolverlo personalmente.

Rodeó la mesa y sostuvo mi rostro entre ambas manos, acariciando mis pómulos con los pulgares.

—Volveré antes del amanecer. Te lo juro. Veremos salir el sol juntos.

Lo miré a los ojos.

—¿Seguro que no puedes quedarte? Aunque sea solo para cenar.

Algo se reflejó en su rostro, quizá culpa o arrepentimiento.

—Te lo compensaré. Lo prometo.

Me besó y luego se alejó por la playa en dirección al muelle.

El motor del yate volvió a rugir. Observé cómo la embarcación se hacía cada vez más pequeña hasta convertirse en un punto y, finalmente, desaparecer.

Dirigí la mirada hacia la mesa. Las velas seguían encendidas. Todo permanecía exactamente como antes.

Excepto que yo estaba completamente sola.

No comí. Tomé mi copa de vino, caminé hasta la orilla y me senté sobre la arena fresca. Abracé mis rodillas contra el pecho y dejé que el viento agitara mi cabello sobre el rostro.

Esperé.

La medianoche llegó y pasó. Las velas sobre la mesa fueron apagándose una a una.

Aun así, el horizonte seguía vacío.

Saqué el teléfono y abrí Instagram. La publicación más reciente de Hazel se había publicado cuarenta y cinco minutos antes.

Era una foto de la mano de un hombre descansando con ternura sobre el vientre de una mujer. En el puño de la camisa se veían unos gemelos plateados grabados con un intrincado diseño de enredaderas entrelazadas.

Yo misma había diseñado esos gemelos dos años atrás para el cumpleaños de Alessio. Quería que llevara algo mío consigo dondequiera que fuera.

El pie de foto decía:

"Gracias a mi amor por correr a mi lado en cuanto le dije que no me sentía bien. Nos diste a nuestro bebé y a mí una sensación de seguridad que no puedo expresar con palabras. Somos muy afortunados de tenerte."

Me quedé mirando la pantalla hasta que las letras comenzaron a desdibujarse. Sentí un profundo dolor en el corazón al confirmar que mi esposo de verdad estaba con mi hermana.

Mi pulgar quedó suspendido sobre el contacto de Alessio. Lo llamé.

La primera vez, el teléfono sonó una y otra vez hasta que saltó el buzón de voz.

Colgué y volví a llamar. Ocurrió lo mismo.

A la tercera vez, justo cuando estaba a punto de rendirme, alguien contestó.

—Hola, Ivy. —La voz de Hazel sonó dulce. Parecía bastante satisfecha.

—Pásame a Alessio —dije con frialdad.

—Está un poco ocupado en este momento. Nuestro bebé me estaba dando problemas, así que ha estado muy pendiente de mí. Te sorprendería saber lo rápido que dejó todo para venir con nosotros.

Hubo una pausa, acompañada por el suave roce de lo que imaginé que era ella acomodándose mejor entre las almohadas.

—Sabes, Ivy, siempre te lo he dicho: no existe un hombre en este mundo que no pueda conseguir si lo quiero. Alessio no es la excepción. Y ahora que llevo a su hijo dentro de mí…

Dejó la frase en el aire, cargada de intención.

No dije nada.

—Te daré un consejo —continuó Hazel—. Sé sensata. Pide el divorcio y márchate con la poca dignidad que te queda. Perdiste, Ivy.

—¿Quieres a Alessio? —Mi voz salió plana—. Bien. Es tuyo.

Se hizo un breve silencio de sorpresa.

Hazel esperaba lágrimas, o quizá un estallido que pudiera disfrutar.

—He sido paciente —continué, sin cambiar el tono—. Toda mi vida te he dejado tomar lo que querías mientras yo me hacía a un lado. El cariño de nuestros padres. Mis novios. Mi esposo. Te has quedado con todo y yo lo he permitido porque una parte de mí todavía creía que, si era lo bastante buena, algún día tendría algo que pudiera llamar mío.

—Ivy...

—Pero ya no voy a seguir siendo paciente. —Dejé que las palabras quedaran suspendidas en el aire, frías y definitivas—. No volveré a permitir que pases por encima de mí sin pagar las consecuencias.

—¿Qué se supone que significa eso? —La voz de Hazel se volvió más aguda y perdió toda su dulzura.

En lugar de responder, colgué.

No dormí. Me limité a observar el cielo.

A las cinco y diecisiete de la mañana, el sol apareció en el horizonte.

Las nubes se tiñeron de rosa, coral y ámbar. El cielo, que apenas una hora antes estaba sumido en la oscuridad, ahora parecía una catedral de luz.

Pero yo seguía sola. Alessio no aparecía por ninguna parte.

Dos horas después, Alessio finalmente llegó a la isla. Bajó al muelle agotado, con la camisa arrugada y una sombra de barba cubriéndole la mandíbula.

La visita al hospital realmente lo había dejado exhausto. Hazel había alternado entre lágrimas y exigencias, y cuando el médico por fin les aseguró a ambos que el bebé estaba bien, ya estaba amaneciendo. Alessio había superado todos los límites de velocidad para regresar.

La playa estaba vacía. La mesa de la noche anterior seguía sobre la arena, con la comida aún servida y echada a perder.

Marco, el subjefe de Alessio, lo esperaba al borde de la playa. Tenía una expresión tensa.

—¿Dónde está mi esposa? —preguntó Alessio mientras seguía recorriendo la playa con la mirada—. ¿Está en la villa?

Marco avanzó y le tendió un sobre de papel manila.

—Se fue, jefe.

Alessio frunció el ceño.

—¿Adónde se fue? ¿Salió a caminar?

—Tomó la lancha motora hace aproximadamente una hora. Dejó esto en la villa.

Alessio tomó el sobre y lo abrió de un tirón.

Dentro estaban los papeles del divorcio, firmados y fechados.

Sujetada a la primera página había una pequeña bolsita de terciopelo. Aflojó el cordón y dejó caer su contenido sobre la palma de su mano.

Un anillo salió de la bolsa. Era el mismísimo emblema de la Donna.

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