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Así que hui con mis gemelos

Así que hui con mis gemelos

Por:  BagelCompletado
Idioma: Spanish
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El día que el primer amor de mi esposo dio a luz en su lecho de muerte, mi suegro —el señor de la familia Lupo— puso a diez hombres armados frente a mi puerta. Tenían miedo de mí; les aterrorizaba que yo perdiera la cabeza, irrumpiera en la sala de partos y arruinara el nacimiento del primer heredero de la familia. Pero jamás me acerqué a la salida, ni siquiera cuando los llantos del recién nacido resonaron por todo el pasillo. Mientras tanto, la madre de Luca sostenía con fuerza la mano de la mujer en la cama del hospital, dejando escapar un largo suspiro de alivio. —Bianca, ya pasó. Esa estéril de Stella no te tocará ni a ti ni a mi nieto. Luca se inclinó hacia ella y limpió con delicadeza el sudor frío de su frente. Sus ojos desbordaban una ternura que él jamás tuvo conmigo. —No te preocupes. Mi padre ordenó cerrar todo el hospital con sus hombres. Si ella se atreve a armar un escándalo, yo mismo me encargaré de echarla de la familia y quitarle el apellido. Solo cuando confirmaron que yo no aparecería para causar problemas, él se relajó por completo. Luca no lo entendía. Desde su perspectiva, solo estaba saldando una deuda: dándole un hijo a una mujer moribunda para cumplir su último deseo. ¿Por qué yo no podía ser lo suficientemente madura para aceptarlo? ¿Por qué no lograba entenderlo? Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios al mirar al bebé envuelto en mantas. Incluso llegó a pensar que, si yo simplemente tragaba mi orgullo, admitía mi error y mostraba un poco de piedad hacia Bianca, él perdonaría mi frialdad. Me lo compensaría permitiéndome ser la madre adoptiva del niño y dejándome seguir siendo su esposa ante el mundo. Pero lo que él no sabía era que yo ya había firmado los papeles de divorcio. En una semana, cortaría todo lazo con ellos, me llevaría a los gemelos que crecían en mi vientre y me marcharía para siempre. Jamás nos volveríamos a ver, ni en esta vida ni en la otra.

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Capítulo 1

Capítulo 1

POV Stella

El día que Luca cruzó el portón principal de la mansión guiando con delicadeza a Bianca, yo estaba en el baño de la planta alta, mordiéndome el dorso de la mano para ahogar una violenta ola de náuseas.

Acababa de descubrir que estaba embarazada de sus gemelos justo después de regresar de mi viaje.

Me salpiqué la cara con agua fría y presioné una mano contra mi vientre, todavía plano, obligando a las náuseas a desaparecer mientras abría las pesadas puertas principales de la casa. Lo primero que me recibió fue el eco de unas risas alegres y relajadas.

—Tiene las facciones de Luca, es su viva imagen. ¡Bianca, le has dado un gran regalo a la familia Lupo!

La madre de Luca arrullaba al bebé envuelto en mantas con los ojos llenos de adoración, justo cuando él salía de la cocina con un tazón de una sopa herbal especial.

—Bianca, has pasado por mucho. Dejé esto hirviendo toda la noche; necesitas recuperar tus fuerzas.

Él se sentó al borde de la cama y comenzó a darle de comer cucharada tras cucharada, con una mirada tan tierna que habría sido capaz de derretir el hielo. Para cualquiera que los viera, eran la viva imagen de una pareja devota y perfecta.

El padre de Luca, el Señor de la familia, entretenía al bebé con un reloj de bolsillo de oro. El recién nacido balbuceaba de risa y el viejo no podía dejar de sonreír.

—Este niño es un encanto. Menos mal que no nació de Stella, esa que solo sirve para andar con un bisturí en la mano. Una mujer tan fría como una mesa de operaciones no sirve para dar vida.

Mis dedos se tensaron sobre la perilla de la puerta hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Recordé la primera vez que los conocí, cuando era la cirujana exclusiva de la organización. En ese entonces, el viejo me había dado una palmada en el hombro, diciéndole a sus hombres de confianza que una esposa capaz de extraer balas y coser heridas era el mayor tesoro de la familia Lupo. Ahora resulta que yo era fría y no tenía gracia.

Solo había estado fuera diez meses, asistiendo a una conferencia médica en el extranjero. Lo hice para servir mejor a la familia, para perfeccionar mis habilidades y mantenerlos a salvo cuando curara sus heridas. Pero a mi regreso, ya no quedaba un lugar para mí en este hogar.

Forcé una sonrisa carente de toda calidez.

Lo cierto es que, en los tres años que Luca y yo llevábamos casados, este no era mi primer embarazo. Pero hace dos años, durante una emboscada de una familia rival, un golpe directo al abdomen casi me cuesta la vida por proteger a Luca. No solo perdí al hijo que esperábamos; ese golpe me dejó marcada, y los médicos me dieron un diagnóstico devastador: jamás podría volver a quedar embarazada.

En aquel tiempo, lloré noche tras noche. Fue Luca quien me sostuvo, besando mi cabeza y jurando que yo era la única esposa que tendría jamás. Me dijo que prefería que el linaje de los Lupo se extinguiera antes que tocar a otra mujer.

Pero ahora, él mismo había hecho pedazos esa promesa. Escudándose en una ridícula deuda de honor, el muy cínico cruzó todos los límites.

Recordaba perfectamente que hace diez meses, el día que estaba por subir al avión rumbo a Europa, él me estrechó entre sus brazos en la pista privada, negándose a soltarme. Su aliento cálido rozaba mi oído y sus ojos desbordaban melancolía. Durante nuestro tiempo separados, hacíamos videollamadas todos los días para contarnos todo; incluso me las arreglaba para tomar un avión y viajar de regreso una vez al mes, solo para estar con él unas pocas horas.

Cualquiera en nuestro círculo decía que el segundo al mando de la familia Lupo era un hombre implacable, pero que reservaba toda su ternura para su esposa doctora; decían que tras tres años de matrimonio seguíamos pareciendo recién casados.

Cuando terminé mi proyecto antes de tiempo, volé de regreso sin importar el cansancio del viaje. No llevaba mucho tiempo de haber aterrizado cuando me invadió un mareo repentino. Mi instinto de médica se activó de inmediato; me hice una prueba de sangre y el resultado me dejó en shock: no solo estaba embarazada, sino que esperaba gemelos.

Estaba eufórica, desesperada por compartir la buena noticia con Luca. Quería decirle que estaba dispuesta a pausar mi carrera para concentrarme en el embarazo. Pero cuando regresé feliz a la mansión, los guardias me bloquearon el paso en la entrada. Se negaron fríamente a dejarme entrar, simplemente porque Bianca estaba a punto de dar a luz.

La voz empalagosa de Bianca me trajo de vuelta a la realidad:

—¿Stella? ¿Cuándo volviste? ¡Ni siquiera avisaste!

En un segundo, todas las miradas se clavaron en mí. Cuando la madre de Luca se fijó en el documento que traía en la mano —mi renuncia como doctora de la familia—, la culpa y el desprecio le deformaron el gesto.

—Nunca debí permitir que Luca se casara contigo. ¿Renunciar? ¿Crees que mi hijo tiene la obligación de mantenerte? ¿Desde cuándo la familia Lupo alimenta a vividoras?

El viejo soltó un bufido.

—Ni siquiera eres capaz de darnos un heredero que continúe con nuestro linaje. ¿De qué sirve tenerte aquí? Si hubiera sabido que no podías darle a nuestra familia su próximo líder, jamás te habría dejado poner un pie en esta mansión.

»Bianca acaba de dar a luz y está débil. El bebé es frágil. Este es el momento en el que necesitamos que todos colaboren. Lo mínimo que podrías hacer es ayudar a Luca y encargarte de las cosas, pero en lugar de eso, vienes a dar espectáculos. ¿Acaso no tienes la menor idea del deber de una esposa?

Sus palabras eran tan absurdas que sentí ganas de reír.

—¿Y qué hay de Luca? Embarazar a otra mujer mientras yo estaba lejos... ¿Es así como se supone que debe actuar un esposo?

—¡Stella, ya basta! ¡Cada cosa que hice fue por tu bien! —Luca avanzó un paso, con el ceño fruncido y una mirada gélida—. Tú no puedes concebir, así que le pedí a Bianca que prestara su vientre. Te estoy regalando un heredero, ¿y ni siquiera puedes valorar el sacrificio? Se suponía que este plan era perfecto para los dos.

—Bianca cumple su último deseo y tú conservas tu lugar como mi esposa ante el mundo, sin tener que pasar por un embarazo. De verdad no entiendo por qué te pones así.

»Si Bianca no me hubiera empujado en esa emboscada de hace dos años, esa bala me habría dado en la cabeza, no en el hombro. Su padre dio la vida por nuestro clan cuando ella era una niña, y ahora a ella le quedan solo unos meses de vida. Cuando se vaya, no habrá nadie en este mundo para recordarla. Las dos son mujeres, ¿no puedes tener un poco de empatía? ¿Por qué te empeñas en verla como tu enemiga? ¿O de verdad crees que soy el tipo de hombre que no sabe controlarse?

Bianca tiró con suavidad de la manga de Luca. Sus ojos se inundaron de lágrimas justo a tiempo, logrando que yo quedara como el monstruo de la historia.

—Stella, por favor, no digas más. Todo es culpa mía. Prometo que me iré en cuanto el bebé crezca un poco; no voy a interponerme entre ustedes. Pero por favor, no te pelees con Luca por mi culpa…

Esa complicidad entre los dos me pintaba como la villana de la historia, y el último rastro de calidez que quedaba en mi corazón se congeló. Así que, a los ojos de ellos, yo no era más que mercancía dañada, incapaz de continuar su dinastía. No era una esposa ni un miembro de esta familia, sino una herramienta inútil que ya no les servía para asegurar su legado.

La ironía era que yo llevaba en mi vientre a los dos únicos herederos legítimos de toda la organización. Pero en ese instante, preferí guardar silencio.

Luca volvió a hablar, con una voz baja que destilaba una fría amenaza:

—Stella, mi paciencia tiene un límite. Si te atreves a hacerle pasar un mal rato a Bianca, no me va a importar que seas mi esposa. Si quieres conservar tu lugar a mi lado, vas a tener que tragarte tus palabras. En el bautizo de la próxima semana, anunciaré ante todas las familias que tú eres la madre de este niño.

¿La próxima semana? Le dediqué una última mirada gélida al bebé que dormía en la cuna.

Para cuando ese día llegara, yo ya estaría muy lejos, borrada por completo de su vida y sin dejar el menor rastro.

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