FAZER LOGINA la mañana siguiente, Alma fue a trabajar como de costumbre. Cuando llegó, varias personas se sorprendieron al verla. Su jefe fue el primero en acercarse.
—No deberías estar aquí. Necesitas descansar.
—Tengo un trabajo importante que entregar —dijo ella, sin detenerse—. No puedo dejarlo a medias. Hay gente que depende de nosotros y tengo que terminarlo.
Su jefe la observó un momento y terminó por asentir.
—Si trabajar te ayuda a mantener la mente ocupada, hazlo. Pero si necesitas algo, puedes hablar conmigo.
—Lo sé. Gracias.
Alma volvió a su escritorio y siguió el resto del día con la misma precisión de siempre. Revisó documentos, respondió correos, cerró cada pendiente. Por fuera, parecía estar bien.
Antes de llegar a casa, entró a una licorería y compró una botella de vino.
***
Al abrir la puerta de su departamento, se detuvo en seco. Las luces estaban encendidas. Recordaba haberlas apagado antes de salir. Algo no estaba bien.
Alexander estaba sentado en su sofá, revisando el teléfono, como si aquel lugar le perteneciera.
—¿Cómo entraste?
—¿Cambiaste la cerradura? —preguntó él, sin levantar la vista.
—La cambié la última vez que te vi.
Una sonrisa breve le cruzó la boca.
—Ha pasado casi un año desde entonces. Cómo pasa el tiempo. Vine a darte mis respetos. Me enteré de lo de tu madre —hizo una pausa, y por un instante algo en su expresión se volvió más quieto—. Estuve pendiente de ti. Pero, como sabes, no me dejaste ayudarte.
—Lárgate —Alma dejó sus cosas sobre la mesa sin mirarlo—. No quiero verte aquí.
—No hagas una escena. Tus vecinos podrían molestarse —se acomodó en el sofá, tan tranquilo como si estuviera en su propia casa—. Además, no es la primera vez que entro sin avisar. Así que ¿por qué no me preparas una buena cena? Extraño tu comida.
—Esta vez no estoy de humor para tus estupideces. Vete.
Se levantó y caminó hacia ella. Alma no retrocedió. Él se detuvo a un paso de distancia y bajó la mirada hasta la bolsa que llevaba en la mano.
—¿Qué llevas ahí?
—No te importa.
—¿Una botella?
—Vete o llamaré a la policía.
—¿Por qué siempre dices eso? Ya sabes quién soy.
Alma no respondió. Alexander metió una mano en el bolsillo de su chaqueta.
—Yo también te traje un regalo.
Antes de que ella pudiera apartarse, le tomó la mano y colocó un pequeño broche en ella.
—Te graduarás pronto. Quería darte algo.
Alma lo dejó caer al suelo sin mirarlo siquiera.
—Eres un hombre sin escrúpulos —su voz salió firme, cansada más que furiosa—. Vienes aquí con esa cara de cínico después de todo lo que le has hecho a Samuel y todavía tienes el descaro de decirme que me extrañas. ¿Qué clase de hombre eres?
Alexander no pareció ofenderse.
—Tienes razón en estar enojada.
—No necesito que me des la razón.
—Si hubieras escuchado mis audios, sabrías por qué me fui con él.
—No quiero escuchar nada.
—Nunca quieres —dijo Alexander, sin alterarse—. Llevo cuatro años enviándote audios que jamás escuchas. Cuatro años de llamadas que cortas antes de que termine la primera frase.
Alma abrió la boca para interrumpirlo.
—Así que esta vez vas a escucharme completo —continuó él, más rápido, sin darle espacio—, aunque sea la última vez.
Ella cruzó los brazos y guardó silencio, más por agotamiento que por rendición.
—Mis padres y los padres de Samuel hicieron una alianza. Decidieron que sus hijos estudiaríamos en la misma universidad. Mi padre me encomendó que cuidara de él. Por eso nos fuimos juntos.
—¿Y quieres que crea que no tuviste nada que ver?
—No la tuve —Alexander hizo una pausa, jugando con el broche que seguía en el suelo, empujándolo apenas con la punta del zapato—. Si hubiera dependido de mí, las cosas habrían sido diferentes. Tú habrías venido conmigo.
—No empieces.
—Eras pobre —siguió él, como si no la hubiera oído—. No podías costear estudiar en el extranjero, y yo sí. Habría pagado tu universidad, tu alojamiento, todo lo que necesitaras. No me habría importado cuánto costara.
—No necesitaba que compraras una vida para mí.
—No quería comprarte una vida, Alma —por primera vez su voz perdió el filo divertido—. Quería que estuvieras conmigo. Pero eras demasiado orgullosa para aceptar algo así. Y yo no iba a obligarte.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
—Así que te fuiste con Samuel.
—Porque era lo que nuestras familias habían decidido. No porque lo eligiera a él sobre ti. Nunca dejé de pensar en ti.
Alma cerró los ojos un segundo, como si necesitara ese instante de oscuridad antes de contestar.
—Tú lo convenciste. Lo convenciste de que se olvidara de mí.
—Si Samuel no quería saber nada de ti —dijo Alexander, encogiéndose apenas de hombros—, era porque eras un obstáculo para la vida que estaba construyendo conmigo.
—¡Cállate!
Él dio un paso más hacia ella. Su tono seguía siendo el mismo, tranquilo, casi paciente.
—Nunca dejé el contacto contigo.
—¡Lárgate!
Alma intentó empujarlo hacia la puerta. Alexander la sujetó por la muñeca y le tapó la boca con la otra mano. Ella lo mordió y él la soltó. Se quedó mirando la marca roja que le había dejado en la propia piel, casi con curiosidad.
—Mira lo que hiciste.
—Eres un sociópata.
—Y tú eres una alcohólica.
Alma le dio una bofetada.
—Ya me tienes cansada. Deja de hablar.
Alexander se llevó la mano al rostro, despacio, sin prisa por bajarla.
—No quise ofenderte. Pensé que estábamos diciendo nuestras verdades.
—¿Verdades?
—Sí —señaló la botella con un gesto mínimo de cabeza—. No te preocupes. No es tan evidente. En tu trabajo nadie ha notado nada. Sigues siendo funcional —su sonrisa se apagó por completo—. Pero tu vida personal es un desastre, ¿cierto?
—Vete a la m****a maldito imbécil.
—Hay algo que quiero dejarte claro —dijo él, sin moverse—. Me molesta que pienses que golpeo a Samuel.
—¿Y qué quieres que piense después de ver cómo estaba?
—Samuel viene de una buena familia. ¿Por qué haría algo así?
—Porque eres un enfermo.
—Al contrario. Yo trato bien a Samuel.
—¿Tratarlo bien? Él solo hace lo que tú le dices.
Alexander ladeó apenas la cabeza, observándola como quien estudia algo que ya conoce de memoria.
—Samuel sabe perfectamente cómo son las cosas entre nosotros. Le encanta mi lado dominante.
—Te aprovechas de él. ¿Por qué lo usas? No lo entiendo.
—Porque es importante para ti —su voz bajó un poco, se volvió más lenta—. Porque lo amas. Y ese amor debería ser para mí.
El silencio que siguió pesó más que cualquier grito.
—Por eso quiero que sientas lo mismo que siento yo —continuó Alexander—. Quiero que sientas lo que es perder a tu amor por otra persona.
Alma lo miró fijamente, sin parpadear.
—Eres peor de lo que creía.
—Sí. Pero ahora que estoy aquí, lo único que quiero es tener lo que me corresponde —dio un paso hacia ella—. Quiero que estés conmigo.
—Jamás estaría contigo.
—Entonces conviértete en mi mujer —una pausa, casi teatral—. Crearé mi imperio y necesitaré una compañera. Mi padre quiere que consiga una mujer de mi mismo estatus. Tú no tienes ninguna de esas cosas.
—Qué considerado.
—Pero tienes otras que para mí son mucho más importantes —siguió él, sin inmutarse—. Tu ambición. Tu inteligencia. Tu astucia. Sé que quieres llegar lejos, que no te conformas con la vida que tienes. Eso es lo que me gusta de ti. Voy a trabajar muy duro para que entres a mi familia como mi mujer.
Alma lo miró con algo parecido a la incredulidad, aunque ya no le quedaban fuerzas para que se notara. Alexander tomó sus cosas y caminó hacia la puerta.
—Me voy. No puedo seguir interrumpiendo tus clases de esta noche —se detuvo un instante—. Adiós.
Se acercó como si fuera a besarla. Ella giró el rostro y él salió sin insistir.
Cuando se quedó sola, Alma tomó la botella de vino, la estrelló contra el suelo y se dejó caer junto a los vidrios rotos.
En la oscuridad de su mente Alexander soñaba con su madre. Era una mujer hermosa, de ojos verdes y una presencia que llamaba la atención de cualquier persona. Había sido una cantante y actriz talentosa, pero lo había dejado todo cuando se caso.En la penumbra de la casa, su padre le reclamaba. No soportaba que dejara la propiedad, no soportaba que existiera fuera de su control. Ella, entre gritos, le decía que lo odiaba, que si no fuera por esa familia, habría sido feliz.Luego venía la botella.Cuando la bebida empezaba a hacer efecto, la mujer tomaba al pequeño de Alexander de las manos y se ponía a bailar con él en medio de la sala. Le sonreía con una calidez fingida mientras bailaban, pero sus palabras eran veneno:—¿Por qué tuviste que nacer? —le susurraba al oído, sonriendo como si le dijera un secreto bonito—. Me arruinaste la vida, Alexander. Mi vida es una miseria por tu culpa. Eres el ancla que me ata a este infierno. ¿Por qué naciste?Ella empezaba a llorar sin soltarle las
Raquel, la joven pareja de su padre, avanzó hacia el centro del recibidor. Dejó caer las bolsas sobre una mesa de cristal y miró a Alexander con una sonrisa. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome con esa cara de pocos amigos? —preguntó Raquel con un tono juguetón mientras se acomodaba el cabello rubio sobre los hombros—. Deberías sonreír un poco más, Alexander. Si sigues amargándote la vida por todo, te van a salir arrugas antes de tiempo. Alexander ni siquiera cambió de postura. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos y la examinó de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio. —Deja de decir que eres mi madre o de actuar como si tuvieras algún tipo de autoridad en este lugar —respondió él —. Una mujer vulgar y sin clase como tú, que viste como prostituta a todas horas, nunca será la señora de esta casa. Jamás serás la mujer legal de mi padre. Acepta tu realidad: eres solo una de las muchas mujeres con las que mi padre se divierte los fines de semana. Un simple pasatiempo p
El timbre que anunciaba el final de las clases resonó por el aula y poco a poco los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Alma guardó sus cuadernos con tranquilidad, aunque el silencio entre ella y Samuel seguía pesando después de la conversación que habían tenido durante el receso. Samuel permanecía de pie junto a su pupitre, rígido y con la mirada perdida, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que había ocurrido. Alexander esperó hasta que la mayoría de los estudiantes abandonara el aula antes de acercarse. Caminó hacia ellos con absoluta tranquilidad y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Samuel con un brazo, como si aquel gesto fuera completamente natural. Samuel se quedó quieto al sentirlo tan cerca. Su cuerpo se tensó por un instante, pero no dijo nada.—Nos vamos ya —dijo Alexander, mirando directamente a Alma con una sonrisa serena—. Tenemos que ponernos a trabajar en el proyecto.Alma detuvo el movimiento de sus manos y levantó lentamente la cabeza. S
Al día siguiente, Samuel llegó al instituto con la cabeza completamente revuelta. Había dormido poco y, aunque intentaba convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una confusión provocada por el cansancio, la vergüenza y sus propios pensamientos, no conseguía dejar de recordar el sueño.Sobre todo, no conseguía dejar de recordar a Alexander.Apenas cruzó las puertas del instituto, se prometió a sí mismo que no lo miraría. No quería encontrarse con sus ojos ni recordar aquella imagen de la noche anterior. Necesitaba comportarse como siempre, hablar con normalidad y fingir que nada había cambiado.Pero la promesa duró muy poco.Al doblar el pasillo, lo vio a varios metros de distancia, conversando con algunos compañeros. Alexander parecía exactamente igual que todos los días: tranquilo, seguro de sí mismo, perfectamente consciente del efecto que provocaba en quienes lo rodeaban. Samuel intentó apartar la mirada, pero terminó observándolo de nuevo casi sin
La cafetería había estado más concurrida de lo habitual aquella tarde. Desde que comenzó su turno, Alma apenas se detuvo. Iba de un lado a otro con la libreta en una mano y la bandeja en la otra, atendiendo, retirando platos y asegurándose de que nada quedara pendiente. El cansancio le pesaba en las piernas, pero cada mesa nueva significaba mejores propinas, y cada dólar extra la acercaba un poco más a lo que necesitaba.No era la primera vez que terminaba una jornada pensando en todo lo que debía pagar: los documentos de la beca, los materiales, los gastos de la graduación. Había aprendido a organizarse con lo poco que tenía, a guardar y a distinguir entre lo necesario y lo que podía esperar. No quería que la falta de dinero decidiera hasta dónde podía llegar.Antes de servir cada pedido, lo revisaba. Después de servirlo, lo volvía a mirar. Contaba el cambio dos veces. Comparaba los recibos. Aun cuando todo estaba correcto, una duda mínima bastaba para que regresara sobre sus pasos. N
Después de salir de su casa, Alexander condujo hasta una zona de la ciudad completamente distinta. El lugar quedaba lejos de las residencias de lujo y los edificios que frecuentaba su familia: un hotel viejo, de pasillos estrechos y olor a humedad. De esos donde nadie hacía preguntas. Él lo había elegido precisamente por eso. Un apellido como el suyo no se permitía rastros.Subió directamente a la habitación. Al abrir la puerta, encontró a Raquel esperándolo. Veintiún años, ropa cara que contrastaba con las paredes desconchadas.—Pensé que no vendrías —dijo ella, acercándose.—Creí que seguías de viaje.—Regresé hace unos días. —Soltó una risa breve y se dejó caer en el borde de la cama—. Me aburrí. Tu padre me tiene encerrada en un hotel. Viene, me usa y se marcha. Ni siquiera me deja salir cuando quiero. Como no pienso quedarme ahí esperando a que vuelva a necesitarme, decidí llamarte. Contigo al menos me distraigo. Mira, compré ropa nueva —señaló unas bolsas sobre la mesa.Alexander






