FAZER LOGINAlexander llegó a su departamento de buen humor.
Después de hablar con Alma, sentía que finalmente podía conseguirla. Sabía que sería difícil, pero estaba dispuesto a hacer todo lo necesario. Estaba satisfecho con lo ocurrido aquella noche y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que las cosas estaban saliendo como quería.
Entró en su recámara y, al encender la luz, se encontró con Samuel dormido en su cama.
Se detuvo en el marco de la puerta.
—¿Qué haces aquí?
Samuel, que no había podido dormir bien, abrió los ojos y se incorporó.
—Te estaba esperando. ¿Dónde estabas?
Alexander dejó sus cosas a un lado.
—Fui a resolver un asunto.
Lo observó unos segundos, todavía de pie junto a la puerta.
—Pensé que ya habíamos hablado de esto —dijo—. Te dije que no volveríamos a vivir juntos. Me sorprende encontrarte todavía aquí.
—No voy a molestarte —dijo Samuel—. Me comportaré bien. Solo quería pasar la noche contigo.
—Samuel, en el extranjero era diferente —respondió Alexander—. Aquí no podemos hacer lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque aquí tengo un estatus que proteger. Puede que no lo entiendas. Aquí las cosas son distintas. Tengo planes, y tú no formas parte de la imagen que necesito proyectar. No pueden verme viviendo con un hombre. No puedo permitir que eso se convierta en un problema para mí.
Samuel guardó silencio un momento.
—Lo entiendo. Puedo ser discreto. Siempre lo he sido —se acercó un poco—. También lo fui cuando estábamos en el extranjero. Nunca te reclamé cuando tenías novias. Nunca te hice preguntas delante de nadie. Lo único que me importaba era que regresaras por la noche y estuvieras conmigo.
Alexander no respondió.
—Sabes que te quiero —continuó Samuel.
Alexander sostuvo su mirada, callado.
Samuel se acercó e intentó besarlo. Alexander no lo rechazó, pero tampoco cerró los ojos. Se quedó quieto, dejando que Samuel hiciera todo el trabajo.
Cuando se apartó, Alexander habló con calma.
—Si realmente lo entiendes, entonces entiende también que ya no podemos seguir haciendo esto como antes.
—Solo quería pasar la noche contigo —dijo Samuel, en voz baja.
—Esta noche puedes quedarte. Duerme aquí si quieres. Pero mañana te vas.
Samuel esperó un momento antes de acercarse nuevamente.
—Podemos dormir juntos otra vez. Te extraño —hizo una pausa—. Mi cuerpo te extraña.
Samuel siempre había sido fácil de manejar. Bastaba con darle un poco de atención para que volviera a hacer exactamente lo que él quería, y eso era precisamente lo que pensaba hacer: necesitaba que fuera discreto ahora que quería entrar en la política, que entendiera las nuevas reglas sin hacer preguntas. Una pequeña muestra de afecto era una forma barata de conseguirlo.
—¿Tanto me extrañas? —preguntó, con la voz templada.
—Sí.
—Entonces quizá podamos hacer un trato. Te quedas esta noche. Pero mañana te vas y empiezas a entender cómo serán las cosas a partir de ahora.
Samuel dudó apenas un instante.
—Puedo hacerlo.
Alexander se acercó y bajó la voz.
—Pero recuerda algo. Si quieres que siga cuidándote como siempre lo he hecho, tienes que seguir obedeciéndome. Todo lo que hago es por tu bien. No quiero que tengas problemas —añadió—. Solo quiero protegerte. Así que, si confías en mí, tienes que hacer lo que te digo.
Samuel terminó por asentir.
—Bien —dijo Alexander—. Ven. Esta noche puedes quedarte conmigo.
Samuel se acercó, aliviado, y por un momento pareció olvidar todo lo que aquella conversación significaba en realidad.
Alexander no le dio tiempo a nada más. Le agarró la mandíbula con fuerza y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Desnúdate. Ahora.
Samuel obedeció sin dudar. Se quitó la ropa con manos un poco temblorosas, dejándola caer al suelo. Se quedó de pie frente a él, desnudo, esperando.
Alexander lo miró de arriba abajo con completa indiferencia.
—De rodillas.
Samuel se arrodilló en el suelo, mirándolo desde abajo. Alexander se desabrochó el pantalón con calma y le agarró el cabello con una mano, tirando de él hacia adelante.
—Ábrela. Y no uses los dientes.
Samuel obedeció. Alexander lo usó con rudeza, sin ninguna delicadeza, empujando profundo y controlando el ritmo con la mano en su cabeza. Cada vez que Samuel hacía un sonido, Alexander apretaba más los dedos en su cabello.
—Calla —ordenó, voz fría—. No quiero oírte.
Cuando se cansó de eso, lo levantó del suelo de un tirón y lo empujó contra la cama. Samuel cayó de espaldas. Alexander lo volteó de un movimiento brusco, lo obligó a ponerse a cuatro y le sujetó las caderas con fuerza.
No hubo preparación. No hubo caricias. Solo el empujón seco y duro que arrancó un gemido ahogado de Samuel.
—Aguanta —dijo Alexander, sin emoción—. Esto es lo que pediste.
Lo tomó con dureza, sin ritmo suave, sin palabras dulces. Cada embestida era precisa, controlada, pensada para recordarle a Samuel quién mandaba. Cuando Samuel intentó girar la cabeza para mirarlo, Alexander le empujó la cara contra el colchón.
—No me mires. No tienes derecho a mirarme mientras te uso.
Samuel apretó los ojos. Le dolía, pero no pedía que parara. Al contrario: empujaba hacia atrás, buscando más, aceptando cada golpe como si fuera una prueba de que todavía le importaba a alguien.
Alexander no le dio el orgasmo. No lo tocó. Solo se enfocó en el suyo, frío y eficiente. Cuando terminó, se retiró de inmediato, se limpió con un pañuelo y empezó a abotonarse la camisa sin mirarlo.
Apagó la luz.
***
Cuando Samuel despertó, la habitación seguía a oscuras. Buscó con la mano el lado de la cama junto a él y lo encontró vacío. Alexander ya estaba de pie frente a la ventana, con la camisa a medio abotonar, mirando hacia la calle como si llevara despierto un buen rato.
Para Alexander, aquello no había sido una muestra de amor ni una reconciliación. Era otra forma de mantener a Samuel bajo control: darle exactamente lo suficiente para que nunca terminara de alejarse.
En la oscuridad de su mente Alexander soñaba con su madre. Era una mujer hermosa, de ojos verdes y una presencia que llamaba la atención de cualquier persona. Había sido una cantante y actriz talentosa, pero lo había dejado todo cuando se caso.En la penumbra de la casa, su padre le reclamaba. No soportaba que dejara la propiedad, no soportaba que existiera fuera de su control. Ella, entre gritos, le decía que lo odiaba, que si no fuera por esa familia, habría sido feliz.Luego venía la botella.Cuando la bebida empezaba a hacer efecto, la mujer tomaba al pequeño de Alexander de las manos y se ponía a bailar con él en medio de la sala. Le sonreía con una calidez fingida mientras bailaban, pero sus palabras eran veneno:—¿Por qué tuviste que nacer? —le susurraba al oído, sonriendo como si le dijera un secreto bonito—. Me arruinaste la vida, Alexander. Mi vida es una miseria por tu culpa. Eres el ancla que me ata a este infierno. ¿Por qué naciste?Ella empezaba a llorar sin soltarle las
Raquel, la joven pareja de su padre, avanzó hacia el centro del recibidor. Dejó caer las bolsas sobre una mesa de cristal y miró a Alexander con una sonrisa. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome con esa cara de pocos amigos? —preguntó Raquel con un tono juguetón mientras se acomodaba el cabello rubio sobre los hombros—. Deberías sonreír un poco más, Alexander. Si sigues amargándote la vida por todo, te van a salir arrugas antes de tiempo. Alexander ni siquiera cambió de postura. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos y la examinó de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio. —Deja de decir que eres mi madre o de actuar como si tuvieras algún tipo de autoridad en este lugar —respondió él —. Una mujer vulgar y sin clase como tú, que viste como prostituta a todas horas, nunca será la señora de esta casa. Jamás serás la mujer legal de mi padre. Acepta tu realidad: eres solo una de las muchas mujeres con las que mi padre se divierte los fines de semana. Un simple pasatiempo p
El timbre que anunciaba el final de las clases resonó por el aula y poco a poco los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Alma guardó sus cuadernos con tranquilidad, aunque el silencio entre ella y Samuel seguía pesando después de la conversación que habían tenido durante el receso. Samuel permanecía de pie junto a su pupitre, rígido y con la mirada perdida, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que había ocurrido. Alexander esperó hasta que la mayoría de los estudiantes abandonara el aula antes de acercarse. Caminó hacia ellos con absoluta tranquilidad y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Samuel con un brazo, como si aquel gesto fuera completamente natural. Samuel se quedó quieto al sentirlo tan cerca. Su cuerpo se tensó por un instante, pero no dijo nada.—Nos vamos ya —dijo Alexander, mirando directamente a Alma con una sonrisa serena—. Tenemos que ponernos a trabajar en el proyecto.Alma detuvo el movimiento de sus manos y levantó lentamente la cabeza. S
Al día siguiente, Samuel llegó al instituto con la cabeza completamente revuelta. Había dormido poco y, aunque intentaba convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una confusión provocada por el cansancio, la vergüenza y sus propios pensamientos, no conseguía dejar de recordar el sueño.Sobre todo, no conseguía dejar de recordar a Alexander.Apenas cruzó las puertas del instituto, se prometió a sí mismo que no lo miraría. No quería encontrarse con sus ojos ni recordar aquella imagen de la noche anterior. Necesitaba comportarse como siempre, hablar con normalidad y fingir que nada había cambiado.Pero la promesa duró muy poco.Al doblar el pasillo, lo vio a varios metros de distancia, conversando con algunos compañeros. Alexander parecía exactamente igual que todos los días: tranquilo, seguro de sí mismo, perfectamente consciente del efecto que provocaba en quienes lo rodeaban. Samuel intentó apartar la mirada, pero terminó observándolo de nuevo casi sin
La cafetería había estado más concurrida de lo habitual aquella tarde. Desde que comenzó su turno, Alma apenas se detuvo. Iba de un lado a otro con la libreta en una mano y la bandeja en la otra, atendiendo, retirando platos y asegurándose de que nada quedara pendiente. El cansancio le pesaba en las piernas, pero cada mesa nueva significaba mejores propinas, y cada dólar extra la acercaba un poco más a lo que necesitaba.No era la primera vez que terminaba una jornada pensando en todo lo que debía pagar: los documentos de la beca, los materiales, los gastos de la graduación. Había aprendido a organizarse con lo poco que tenía, a guardar y a distinguir entre lo necesario y lo que podía esperar. No quería que la falta de dinero decidiera hasta dónde podía llegar.Antes de servir cada pedido, lo revisaba. Después de servirlo, lo volvía a mirar. Contaba el cambio dos veces. Comparaba los recibos. Aun cuando todo estaba correcto, una duda mínima bastaba para que regresara sobre sus pasos. N
Después de salir de su casa, Alexander condujo hasta una zona de la ciudad completamente distinta. El lugar quedaba lejos de las residencias de lujo y los edificios que frecuentaba su familia: un hotel viejo, de pasillos estrechos y olor a humedad. De esos donde nadie hacía preguntas. Él lo había elegido precisamente por eso. Un apellido como el suyo no se permitía rastros.Subió directamente a la habitación. Al abrir la puerta, encontró a Raquel esperándolo. Veintiún años, ropa cara que contrastaba con las paredes desconchadas.—Pensé que no vendrías —dijo ella, acercándose.—Creí que seguías de viaje.—Regresé hace unos días. —Soltó una risa breve y se dejó caer en el borde de la cama—. Me aburrí. Tu padre me tiene encerrada en un hotel. Viene, me usa y se marcha. Ni siquiera me deja salir cuando quiero. Como no pienso quedarme ahí esperando a que vuelva a necesitarme, decidí llamarte. Contigo al menos me distraigo. Mira, compré ropa nueva —señaló unas bolsas sobre la mesa.Alexander







