INICIAR SESIÓNAl sonar la última campana, las clases llegaron a su fin. Samuel salió del aula apresurado y visiblemente preocupado, manteniendo la mirada fija en el suelo y sin decir una sola palabra. Alma lo notó enseguida y apresuró el paso para alcanzarlo en el patio antes de que llegara a la salida.
—¿Qué pasa? —preguntó Alma con suavidad, poniéndose a su lado.
Samuel bajó aún más la mirada, soltando un pesado suspiro.
—Llamaron otra vez a mi papá.
Alma apretó los labios con frustración.
—¿Por llegar tarde?
Él asintió en silencio.
—Ahora volverán a castigarme...
Alma sintió un nudo en el pecho al escuchar la tristeza en la voz de su amigo. Entonces, sin pensarlo demasiado, dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza.
—Solo faltan unos meses —le susurró cerca del oído.
Samuel guardó silencio, dejándose reconfortar por su presencia.
—Después entraremos a la misma universidad —continuó ella, rompiendo el abrazo para mirarlo a los ojos con una amplia sonrisa llena de ilusión—. Y cuando eso pase... vamos a alquilar un departamento juntos.
Samuel la observó, completamente sorprendido por sus palabras.
—Yo cocinaré... —siguió Alma, dejándose llevar por la idea—. Tú cuidarás las plantas y tendremos un perrito para que lo cuides. Y cuando trabajemos, ya nadie podrá decirnos qué hacer.
Por primera vez en todo el día, una pequeña sonrisa iluminó el rostro de Samuel.
—¿De verdad quieres vivir conmigo?
Alma rió entre dientes.
—Claro. Siempre dijimos que conquistaríamos el mundo juntos.
Samuel pareció querer decir algo más; abrió la boca como si fuera a confesarle un pensamiento guardado en el fondo de su corazón, pero terminó guardándose las palabras y tragando saliva.
—Tengo que irme —dijo finalmente, dando un paso atrás—. Nos vemos mañana.
Alma se quedó de pie en medio del patio, observándolo alejarse a paso rápido. No sabía exactamente por qué, pero mientras lo veía perderse entre la multitud de estudiantes, sintió en el aire la extraña intuición de que algo entre ellos estaba empezando a cambiar.
***
Cuando Alma cruzó los portones principales para salir del instituto, cinco chicas del colegio la estaban esperando a un costado del camino. Entre ellas se encontraba la estudiante del salón a la que Alma había dejado en evidencia esa misma mañana.
—Mira quién salió —dijo una de ellas con tono burlón.
Otra le bloqueó el paso de inmediato, cruzándose de brazos.
—¿Crees que puedes humillarme delante de todos?
Alma ni siquiera se detuvo; intentó seguir caminando con paso firme.
—No tengo tiempo.
Sin embargo, antes de que pudiera dar dos pasos más, una de las acompañantes la tomó con fuerza del brazo, frenándola en seco.
—Escúchame cuando te hablo —dijo, acercándose a su rostro—. Una poca cosa como tú nunca debería olvidar cuál es su lugar.
El comentario buscaba herirla en su punto más vulnerable, pero Alma únicamente levantó lentamente la vista. Su expresión cambió por completo en un segundo: la calma habitual se transformó en una frialdad absoluta. Ya no había rastro de calidez en sus ojos.
—¿Terminaste? —preguntó.
Las chicas se sorprendieron ligeramente. Esperaban verla asustada, nerviosa o sumisa, no mostrándose completamente indiferente.
—Porque yo sí tengo cosas importantes que hacer —añadió Alma.
Enojada por la falta de reacción, la líder del grupo la empujó con fuerza. Alma perdió el equilibrio y cayó sobre el suelo de la acera.
Se hizo un silencio tenso por un instante. Sin mostrar rabia ni prisa, Alma se puso de pie lentamente, alisó los pliegues de su falda y se sacudió el polvo de la ropa con impecable elegancia.
—¿Eso fue todo? —preguntó, mirando a la chica fijamente.
La joven volvió a insultarla con furia, pero Alma respondió antes de que pudiera terminar, utilizando un tono de voz sereno y letal:
—Si ya te sientes bien con recordarme de dónde vengo, me voy. A diferencia de ustedes, yo sé lo que soy y no necesito que personas, sobre todo personas como ustedes, me lo digan —dio un paso firme hacia adelante, acortando la distancia entre ellas—. ¿Ya subiste tu pequeña autoestima?
Las chicas soltaron risas burlonas para intentar ocultar la incomodidad, pero Alma no había terminado.
—¿Hay cámaras frente al instituto? —preguntó, mirando hacia la fachada.
Todas se quedaron calladas de golpe.
—Perfecto —continuó Alma con una sonrisa gélida—. Entonces no habrá problema cuando solicite las grabaciones. Me pregunto qué pensará el ministro de Educación cuando vea a la hija de uno de sus funcionarios golpeando a una estudiante becada.
El silencio que siguió fue absoluto. Ninguna de las cinco chicas se atrevió a articular una sola palabra.
Alma les sonrió con frialdad:
—Si van a atacar a alguien... planeen mejor.
Dio media vuelta y se marchó con la cabeza en alto, dejando al grupo paralizado a sus espaldas.
Cuando Alma llegó a su hogar, la casa estaba completamente en silencio y a oscuras. Su madre trabajaba en el turno nocturno como enfermera en el hospital local, por lo que estaría sola hasta la mañana siguiente.
Se preparó algo sencillo para cenar, se dio una ducha caliente y se cambió con ropa cómoda. Antes de acostarse, tomó su teléfono celular de la mesa de noche. Había un mensaje de Samuel:
Samuel: "Mi hermano habló con mi papá. Ya no está tan enojado."
Alma sonrió al leer la pantalla y escribió rápidamente:
Alma: "Te dije que todo saldría bien."
Samuel: "Gracias por estar siempre conmigo."
Alma: "Siempre."
Alma: "Descansa."
Samuel: "Tú también."
Alma dejó el teléfono sobre la mesa de noche, se acomodó bajo las mantas y apagó la luz de la habitación.
A los pocos minutos, quedó profundamente dormida.
En su mente comenzó a formarse un sueño sereno y luminoso. Veía un pequeño y cálido departamento con grandes ventanales. Ambos estaban allí: ella cocinando en la barra mientras Samuel reía a carcajadas, una pequeña mascota correteaba por la sala y los dos pasaban las noches estudiando juntos hasta tarde entre libros y tazas de café. Era una vida sencilla, sin lujos desmedidos ni presiones; la vida tranquila y perfecta que Alma siempre había imaginado para su futuro.
Y justo antes de despertar, dentro del sueño, Samuel la miró y le sonrió con inmensa ternura.
Pero cuando Alma extendió la mano para tomar la suya, la figura de Samuel comenzó a desvanecerse lentamente, alejándose en la penumbra.
Alma abrió los ojos de golpe, despertando en la oscuridad de su habitación. Se quedó mirando al techo en silencio, sintiendo, sin saber por qué.
Alma llegó a su casa como siempre, ya entrada la tarde. Con el tiempo se había acostumbrado a aquel largo trayecto. Al entrar, vio sobre la mesa una nota escrita por su madre: Salí con unas amigas. Vuelvo en la madrugada. No le dio demasiada importancia. Su mamá, cuando tenía algún tiempo libre de su trabajo, solía salir a divertirse con sus compañeras. Era algo habitual; después de todo, todavía era una mujer joven. La había tenido cuando apenas cumplía los dieciocho años y su vida no había sido sencilla. Ser madre soltera significó renunciar a muchas cosas y sufrir durante el tiempo en el que tuvo que criarla sola. Pero ahora que todo estaba más tranquilo, había decidido recuperar parte de la juventud que dejó atrás. Ella la entendía. Sabía lo que su madre había sufrido, pero también que nunca les faltó nada esencial. Desde pequeña aprendió a cuidarse sola y a ser autosuficiente. Antes de dormir, le envió a su amigo el último mensaje del día: Mañana nos veremos. Quiero hablar
Alexander regresó a la habitación. La otra joven seguía allí, sentada en un rincón del sofá. Él la observó con evidente fastidio, acomodándose los puños de la camisa. —Tu amiga se fue muy contenta —dijo mientras caminaba hacia la mesa de centro—. Es increíble lo que unas pocas monedas hacen por la gente como ustedes. Se sirvió un vaso de whisky. —¿Quieres beber? —No —murmuró ella con un hilo de voz. Alexander arqueó una ceja, chasqueando la lengua con desaprobación. —Te ofrezco un trago caro y me lo rechazas. Pero, ¿qué puedo esperar de una mujer como tú? Sabes, ramera, me aburrí de tus lágrimas. La joven se levantó torpemente. Su aspecto estaba completamente deshecho, la ropa desordenada y el rostro visiblemente hinchado por los golpes recibidos horas antes. Alexander dio dos pasos rápidos, la tomó con fuerza del rostro, hundiéndole los dedos en las mejillas. —Espero que puedas mantener esa boca cerrada, porque no querrás perder la lengua, ¿entiendes? Ella asintió frenéticam
Samuel se mantenía en un rincón de la habitación, con la mirada baja y el cuerpo tenso, aplastado por una profunda pena y el bochorno de la situación. La chica de cabello corto lo notó y se le acercó a él con pasos suaves.—¿Qué te ocurre? Pareces asustado —le dijo, observándolo con cierta ternura.—Es solo un niño todavía —intervino Alexander en tono burlón—. Aún no ha estado con ninguna mujer.La chica lo miró sorprendida.—¿De verdad? ¿Es cierto eso?Samuel, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, apenas asintió.—Sí... —respondió.La chica lo miró sorprendida.—¿En serio eres virgen? —preguntó en tono burlón—. ¿Cuántos años tienes?Samuel bajó la mirada, avergonzado.—Dieciocho.—¿Dieciocho? —repitió la chica, sorprendida.Alexander sonrió.—Sí. Cumplió hace unos meses. Es menor que yo, pero solo por un mes.La chica volvió a mirar a Samuel.—Entonces... ¿de verdad nunca has estado con nadie?Samuel sintió que el rostro le ardía y apenas consiguió asentir.—No.La mujer pareció
Samuel había escuchado muchas cosas sobre la casa de Alexander. Había oído que era enorme, que tenía jardines inmensos, salones que parecían sacados de una revista y empleados que se encargaban de cada detalle de la propiedad. Pero al atravesar las grandes puertas de la residencia, comprendió que todo lo que había imaginado se había quedado corto.Samuel se quedó contemplándola en silencio. Su propia casa también era grande y nunca había tenido motivos para considerarla pequeña o modesta, pero aquello era diferente: la residencia de Alexander parecía pertenecer a otro mundo.—¿Qué pasa? —preguntó Alexander con una sonrisa.Samuel volvió la mirada hacia él.—Es mucho más grande de lo que imaginaba.El automóvil se detuvo. Alexander bajó primero, esperó a Samuel y le extendió la mano. Samuel la observó durante un instante antes de tomarla.—Vamos.Entraron juntos. Los empleados de la mansión estaban ocupados con sus respectivas tareas. Algunos levantaron la mirada cuando Alexander pasó
Alma pasó todo el fin de semana sin comunicarse con Samuel. Normalmente era ella quien iniciaba la mayoría de las conversaciones: le escribía para preguntarle cómo estaba, si había hecho sus tareas o simplemente para saber qué estaba haciendo. Pero esta vez no lo hizo. No fue a buscarlo ni lo llamó. No porque hubiera dejado de importarle, sino porque necesitaba comprobar algo.El lunes llegó temprano al instituto. Apenas entró al salón, buscó a Samuel con la mirada. Estaba allí. Al verlo, sintió un alivio que no quiso admitir en voz alta.Entonces escuchó una voz a sus espaldas:—Hola, Alma. ¿Cómo estás?Se giró. Era Alexander. Alma le devolvió el saludo con absoluta naturalidad:—Bien. ¿Y tú?—Muy bien.Los dos entraron al aula. Samuel levantó la mirada y sonrió inmediatamente al verlos ingresar.—¡Alma! ¡Alexander! —los saludó con entusiasmo.Alma ocupó su lugar habitual. Los pupitres estaban organizados en filas perfectamente alineadas y cada mesa era lo suficientemente amplia para
A la mañana siguiente al no poder comunicarse con Samuel, Alma decidió ir directamente a su casa. Así que, cuando terminó su jornada de trabajo en la cafetería donde laboraba como mesera los fines de semana, tomó sus cosas y se dirigió a la residencia de su amigo.Solo quería verlo y asegurarse de que estuviera bien.Cuando llegó, como siempre, fue recibida por la ama de llaves.—Señorita Alma, qué gusto verla.—Hola. ¿Está Samuel?—Sí, está dentro —la mujer hizo una pequeña pausa—. Está con un amigo.Alma arqueó ligeramente las cejas.—¿Con un amigo?—Sí. Pase.Alma agradeció con una pequeña sonrisa y entró. Atravesó el amplio recibidor y avanzó hacia la sala. A medida que se acercaba, comenzó a escuchar voces. Una de ellas era la de Samuel. La otra... Alma se detuvo. Conocía perfectamente aquella voz.Entró en la sala. Alexander estaba allí, sentado junto a Samuel. Y lo más extraño no era simplemente encontrarlo en aquella casa, sino la forma en que estaban juntos: parecían viejos a