INICIAR SESIÓNAl terminar la jornada escolar, Alexander regresó a la enorme mansión de su familia a bordo de un automóvil privado. Mientras el vehículo atravesaba los jardines, él revisaba en su tableta los detalles del proyecto académico que debía entregar al día siguiente.
Al entrar a su espaciosa habitación, dejó el maletín de cuero sobre el escritorio y se sentó frente a la computadora, continuando con su trabajo como si el mundo exterior no existiera.
Su teléfono móvil no tardó en vibrar sobre la mesa. Era el chat grupal de sus amigos:
—Estamos en el Club Élite.
—Tienes que venir.
—Hay modelos.
—No seas aburrido.
Alexander apenas se molestó en teclear una respuesta breve:
Alexander: "Estoy ocupado."
Apenas cinco segundos después, el teléfono comenzó a sonar con una llamada entrante. Alexander contestó en modo manos libres sin dejar de escribir en el teclado.
—¿Qué quieren?
—Deja ese proyecto ya —respondió una voz al otro lado de la línea—. Todavía tienes días para entregarlo.
—No.
—Solo será un rato, ven.
—No.
—Alexander...
Él levantó la vista de la pantalla, manteniendo un tono de voz firme y desprovisto de emoción:
—Prefiero terminar hoy. Después dormiré tranquilo.
Colgó la llamada inmediatamente, sin darles oportunidad de responder.
Unos minutos más tarde, unos suaves golpes resonaron en la puerta. Era la ama de llaves.
—Joven Alexander —dijo la mujer tras asomarse ligeramente—. Su padre desea verlo en su despacho.
Alexander cerró la pantalla de la computadora en silencio. Sabía perfectamente que aquella solicitud no era una simple invitación, sino una orden.
La oficina del señor Beaumont era un espacio amplio, elegante y tan frío como su propio dueño. El hombre levantó la vista del informe financiero que estaba analizando detenidamente en cuanto su hijo cruzó el umbral.
—Escuché que obtuviste el segundo lugar en las evaluaciones —comenzó diciendo el señor Beaumont.
Alexander permaneció de pie en el centro de la habitación, en completo silencio.
—No está mal —hizo una pausa calculada, dejando caer el peso de sus palabras—. Pero tampoco está bien.
Alexander apretó ligeramente la mandíbula, manteniendo la postura erguida.
—No entiendo cómo esa muchacha vuelve a superarte —continuó su padre con tono monocorde—. Entiendo que sea inteligente, pero tú eres mi hijo. La excelencia no admite segundos lugares.
Alexander mantuvo el rostro inexpresivo, con la mirada fija al frente. Ya había escuchado ese discurso demasiadas veces a lo largo de su vida.
—¿Cómo se llama? —preguntó el hombre.
—Alma.
—Interesante —el señor Beaumont apoyó los codos sobre el pulido escritorio de caoba—. Me gustaría conocer a esa chica. Si puede vencerte una y otra vez... debe ser alguien extraordinario.
Alexander sintió un pequeño y agudo pinchazo en el orgullo. Su padre jamás hablaba así de ninguna otra persona, y mucho menos en su presencia.
—Espero que esto no vuelva a repetirse —concluyó el señor Beaumont, volviendo la vista a sus papeles—. La familia Beaumont tiene linaje y no fue creada para conformarse con el segundo puesto. Puedes retirarte.
Alexander salió de la oficina. Solo cuando la pesada puerta se cerró a sus espaldas, dejó escapar un largo y silencioso suspiro.
Volvió a su habitación y se sentó de nuevo frente a la computadora. Sin embargo, por más que lo intentó, ya no podía concentrarse en los números frente a él. Su mente regresaba una y otra vez al mismo nombre: Alma.
La estudiante sin recursos que siempre le arrebataba el primer puesto. La persona que acababa de provocar que su propio padre alabara a alguien más delante de él.
El teléfono sobre el escritorio volvió a vibrar con una notificación del chat grupal:
—¿Entonces mañana?
Alexander tomó el dispositivo y escribió una respuesta rápida:
Alexander: "Reserven el salón privado. Solo inviten a las chicas más guapas."
Dejó el teléfono a un lado y se reclinó en el respaldo de la silla.
En ese momento, recordó la escena ocurrida horas antes en el instituto: Samuel saliendo del baño de hombres junto a Alma, y aquella reacción de timidez exagerada cuando sus manos se cruzaron al entregarle el uniforme.
Alexander sonrió apenas. Era una sonrisa distinta: no era amable ni divertida, sino la expresión fría de alguien que acababa de descubrir una pieza sumamente útil en el tablero.
Si quisiera, bastaría un solo comentario en el lugar adecuado para que todo el instituto empezara a esparcir rumores. Apoyó la espalda contra la silla, mirando hacia el techo. No tenía intención de usar esa información... todavía. Pero le resultaba fascinante saber que, por primera vez, tenía una forma efectiva de atacar a Alma donde más le dolería.
***
El Club Élite estaba más lleno de lo habitual esa noche. Las luces doradas iluminaban el salón privado, mientras la música envolvía las conversaciones y las risas.
Varias chicas habían llegado antes de tiempo. Algunas habían pasado horas arreglándose, eligiendo cuidadosamente sus vestidos y peinados. Todo porque esperaban verlo a él: Alexander Beaumont, el heredero perfecto.
Pero, después de casi una hora, uno de los amigos de Alexander miró su teléfono y suspiró.
—No vendrá.
Las chicas que estaban cerca voltearon inmediatamente, sorprendidas.
—¿Qué? —preguntó una de ellas.
—Dice que está ocupado con un proyecto.
Un gesto claro de decepción apareció en varios rostros.
—Pero pensé que vendría...
—Yo incluso me arreglé especialmente para esta noche —comentó otra chica, acomodándose el cabello frente al espejo.
Uno de los chicos soltó una risa burlona:
—No entiendo por qué se sorprenden tanto. Alexander siempre hace lo que quiere.
—Bueno, es Alexander —respondió una de ellas con una sonrisa soñadora—. Él es diferente.
—¿Diferente? —el chico arqueó una ceja—. Hay más peces en el océano. Deberían aprovechar mientras puedan.
Una de las chicas lo miró con molestia.
—Tienes razón.
El chico sonrió, creyendo que había ganado la discusión. Pero ella continuó:
—Tienes cara de pez.
Los demás estallaron en risas.
—A mí me gusta Alexander —añadió ella, cruzándose de brazos—. No lo cambiaría por alguien insignificante.
El chico negó con la cabeza, fingiendo estar ofendido:
—Qué cruel.
Poco después, decepcionadas por la ausencia de Alexander, las chicas comenzaron a retirarse una por una.
Cuando se quedaron solos, los amigos de Alexander intercambiaron miradas divertidas.
—Sigo sin entender qué le ven.
—¿A Alexander?
—Sí. Es guapo, tiene dinero y todo eso, pero a veces su actitud es insoportable.
Otro chico tomó su bebida y sonrió:
—Ese es precisamente el problema. Está demasiado acostumbrado a que todos hagan lo que él quiere. Aunque hay que admitir algo...
—¿Qué?
—Esta vez me alegra lo que paso con las calificaciones.
Los demás lo miraron confundidos:
—¿Por qué?
El chico sonrió de lado:
—Porque tal vez por fin alguien logró bajarlo de esa nube.
—¿Hablas de la chica de la que siempre le gana?
—Exacto. Alma.
Todos intercambiaron miradas de complicidad.
—Otra vez esa chica...
—Parece que no pueden pasar un día sin mencionarla.
Uno de ellos soltó una carcajada:
—Es gracioso. Dice que la detesta, pero no deja de hablar de ella.
—Quizás alguien tenía que aparecer para recordarle que no es invencible.
En ese momento, uno de los chicos tomó su teléfono y miró la hora.
—Bueno, mañana hay que organizar otra noche. Y esta vez invitemos a chicas diferentes. No cualquiera. Alexander viene mañana, al menos hagamos que valga la pena.
Las risas volvieron a llenar el salón, sin que ninguno de ellos imaginara que, mientras hablaban de Alexander, él estaba en su habitación, incapaz de concentrarse e infinitamente más interesado en una sola persona que en cualquier fiesta.
Alma llegó a su casa como siempre, ya entrada la tarde. Con el tiempo se había acostumbrado a aquel largo trayecto. Al entrar, vio sobre la mesa una nota escrita por su madre: Salí con unas amigas. Vuelvo en la madrugada. No le dio demasiada importancia. Su mamá, cuando tenía algún tiempo libre de su trabajo, solía salir a divertirse con sus compañeras. Era algo habitual; después de todo, todavía era una mujer joven. La había tenido cuando apenas cumplía los dieciocho años y su vida no había sido sencilla. Ser madre soltera significó renunciar a muchas cosas y sufrir durante el tiempo en el que tuvo que criarla sola. Pero ahora que todo estaba más tranquilo, había decidido recuperar parte de la juventud que dejó atrás. Ella la entendía. Sabía lo que su madre había sufrido, pero también que nunca les faltó nada esencial. Desde pequeña aprendió a cuidarse sola y a ser autosuficiente. Antes de dormir, le envió a su amigo el último mensaje del día: Mañana nos veremos. Quiero hablar
Alexander regresó a la habitación. La otra joven seguía allí, sentada en un rincón del sofá. Él la observó con evidente fastidio, acomodándose los puños de la camisa. —Tu amiga se fue muy contenta —dijo mientras caminaba hacia la mesa de centro—. Es increíble lo que unas pocas monedas hacen por la gente como ustedes. Se sirvió un vaso de whisky. —¿Quieres beber? —No —murmuró ella con un hilo de voz. Alexander arqueó una ceja, chasqueando la lengua con desaprobación. —Te ofrezco un trago caro y me lo rechazas. Pero, ¿qué puedo esperar de una mujer como tú? Sabes, ramera, me aburrí de tus lágrimas. La joven se levantó torpemente. Su aspecto estaba completamente deshecho, la ropa desordenada y el rostro visiblemente hinchado por los golpes recibidos horas antes. Alexander dio dos pasos rápidos, la tomó con fuerza del rostro, hundiéndole los dedos en las mejillas. —Espero que puedas mantener esa boca cerrada, porque no querrás perder la lengua, ¿entiendes? Ella asintió frenéticam
Samuel se mantenía en un rincón de la habitación, con la mirada baja y el cuerpo tenso, aplastado por una profunda pena y el bochorno de la situación. La chica de cabello corto lo notó y se le acercó a él con pasos suaves.—¿Qué te ocurre? Pareces asustado —le dijo, observándolo con cierta ternura.—Es solo un niño todavía —intervino Alexander en tono burlón—. Aún no ha estado con ninguna mujer.La chica lo miró sorprendida.—¿De verdad? ¿Es cierto eso?Samuel, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, apenas asintió.—Sí... —respondió.La chica lo miró sorprendida.—¿En serio eres virgen? —preguntó en tono burlón—. ¿Cuántos años tienes?Samuel bajó la mirada, avergonzado.—Dieciocho.—¿Dieciocho? —repitió la chica, sorprendida.Alexander sonrió.—Sí. Cumplió hace unos meses. Es menor que yo, pero solo por un mes.La chica volvió a mirar a Samuel.—Entonces... ¿de verdad nunca has estado con nadie?Samuel sintió que el rostro le ardía y apenas consiguió asentir.—No.La mujer pareció
Samuel había escuchado muchas cosas sobre la casa de Alexander. Había oído que era enorme, que tenía jardines inmensos, salones que parecían sacados de una revista y empleados que se encargaban de cada detalle de la propiedad. Pero al atravesar las grandes puertas de la residencia, comprendió que todo lo que había imaginado se había quedado corto.Samuel se quedó contemplándola en silencio. Su propia casa también era grande y nunca había tenido motivos para considerarla pequeña o modesta, pero aquello era diferente: la residencia de Alexander parecía pertenecer a otro mundo.—¿Qué pasa? —preguntó Alexander con una sonrisa.Samuel volvió la mirada hacia él.—Es mucho más grande de lo que imaginaba.El automóvil se detuvo. Alexander bajó primero, esperó a Samuel y le extendió la mano. Samuel la observó durante un instante antes de tomarla.—Vamos.Entraron juntos. Los empleados de la mansión estaban ocupados con sus respectivas tareas. Algunos levantaron la mirada cuando Alexander pasó
Alma pasó todo el fin de semana sin comunicarse con Samuel. Normalmente era ella quien iniciaba la mayoría de las conversaciones: le escribía para preguntarle cómo estaba, si había hecho sus tareas o simplemente para saber qué estaba haciendo. Pero esta vez no lo hizo. No fue a buscarlo ni lo llamó. No porque hubiera dejado de importarle, sino porque necesitaba comprobar algo.El lunes llegó temprano al instituto. Apenas entró al salón, buscó a Samuel con la mirada. Estaba allí. Al verlo, sintió un alivio que no quiso admitir en voz alta.Entonces escuchó una voz a sus espaldas:—Hola, Alma. ¿Cómo estás?Se giró. Era Alexander. Alma le devolvió el saludo con absoluta naturalidad:—Bien. ¿Y tú?—Muy bien.Los dos entraron al aula. Samuel levantó la mirada y sonrió inmediatamente al verlos ingresar.—¡Alma! ¡Alexander! —los saludó con entusiasmo.Alma ocupó su lugar habitual. Los pupitres estaban organizados en filas perfectamente alineadas y cada mesa era lo suficientemente amplia para
A la mañana siguiente al no poder comunicarse con Samuel, Alma decidió ir directamente a su casa. Así que, cuando terminó su jornada de trabajo en la cafetería donde laboraba como mesera los fines de semana, tomó sus cosas y se dirigió a la residencia de su amigo.Solo quería verlo y asegurarse de que estuviera bien.Cuando llegó, como siempre, fue recibida por la ama de llaves.—Señorita Alma, qué gusto verla.—Hola. ¿Está Samuel?—Sí, está dentro —la mujer hizo una pequeña pausa—. Está con un amigo.Alma arqueó ligeramente las cejas.—¿Con un amigo?—Sí. Pase.Alma agradeció con una pequeña sonrisa y entró. Atravesó el amplio recibidor y avanzó hacia la sala. A medida que se acercaba, comenzó a escuchar voces. Una de ellas era la de Samuel. La otra... Alma se detuvo. Conocía perfectamente aquella voz.Entró en la sala. Alexander estaba allí, sentado junto a Samuel. Y lo más extraño no era simplemente encontrarlo en aquella casa, sino la forma en que estaban juntos: parecían viejos a