LOGINA la hora del almuerzo, Alma se sentó con algunos de sus compañeros de trabajo. Apenas había comenzado a comer cuando uno de ellos tomó su teléfono y mostró una noticia.
—¿Ya vieron esto? Alexander Beaumont acaba de anunciar oficialmente su candidatura a la alcaldía de la ciudad.
Varias personas se acercaron para mirar la pantalla.
—¿Alexander Beaumont? —preguntó una de sus compañeras—. ¿El hijo de los Beaumont?
—El mismo.
—Es demasiado joven —comentó uno de los hombres—. No sé si la gente confiará en alguien de su edad.
—¿Joven? —respondió otra mujer—. Tiene una excelente preparación. Estudió Relaciones Internacionales en el extranjero y viene de una de las familias más importantes de la ciudad.
—Y su familia ha hecho muchísimo por la gente —añadió otro compañero—. Han financiado escuelas, hospitales y varios proyectos sociales.
—Además, tiene dinero de sobra —dijo alguien entre risas—. Si llega al poder, al menos no tendrá necesidad de robar.
Algunos se rieron.
—Eso sí es verdad.
—Y hay que reconocer que es muy guapo —comentó una de las mujeres mientras observaba la fotografía de Alexander en la pantalla.
—Yo creo que tiene posibilidades —dijo otro—. Su familia es muy respetada y él tiene una imagen impecable.
Alma continuó comiendo en silencio. No había participado en la conversación.
Miró de reojo la fotografía que aparecía en el teléfono de su compañero.
Alexander Beaumont estaba frente a una multitud, vestido con un traje oscuro y una expresión segura. Sonreía mientras saludaba a las personas que habían acudido a escuchar su discurso.
La misma sonrisa. Aquella sonrisa que tantos admiraban.
Dejó de masticar un segundo, el tenedor quieto a medio camino del plato.
Sus compañeros hablaban de Alexander como si lo conocieran. Hablaban de su educación, de su familia y de su dinero. Para ellos, era un joven preparado que podía hacer algo bueno por la ciudad.
Para Alma, todo aquello era solamente una parte de la historia.
Conocía su manera de hablar cuando nadie más estaba escuchando. Conocía su forma de conseguir lo que quería. Sabía cómo podía mostrarse amable mientras manipulaba a las personas que tenía cerca. Y, sobre todo, sabía lo diferente que podía ser cuando las puertas se cerraban y ya no había cámaras delante de él.
Volvió a mirar la fotografía.
Todos conocían a Alexander Beaumont. Pero ella conocía al verdadero Alexander. Y ahora ese hombre quería convertirse en alcalde de la ciudad.
Alma dejó lentamente los cubiertos sobre el plato.
Por alguna razón, aquella noticia había despertado recuerdos que llevaba mucho tiempo intentando mantener enterrados. Recuerdos de una época en la que todavía no sabía hasta dónde podía llegar Alexander Beaumont.
Y entonces, sin poder evitarlo, recordó el comienzo de todo.
***
Cuatro años antes.
El Instituto Saint era una de las escuelas privadas más prestigiosas del país, un lugar donde estudiaban los hijos de empresarios y jueces. Alma, en cambio, había llegado allí gracias a una beca de excelencia académica.
Pero nunca permitió que esa diferencia la hiciera sentirse inferior.
El último año de colegio estaba pasando mucho más rápido de lo que había imaginado. Aquella tarde, terminaron como tantas otras: sentados en una de las bancas del patio, Samuel recostado sobre las piernas de Alma mientras ella le acariciaba suavemente el cabello.
Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Simplemente disfrutaban de la tranquilidad del patio.
Samuel levantó la mirada hacia el cielo despejado.
—Es un lindo día. Ojalá todos los días fueran así.
—No pueden serlo.
Él la miró.
—¿Por qué no?
—Porque la vida no funciona así.
—Siempre tienes que encontrarle algo malo a todo —dijo él, con una risa corta.
—Y tú siempre encuentras algo bueno.
Samuel volvió a mirar el cielo.
—Ayer fui al veterinario con uno de los perros de mi casa. Había una pequeña gata que estaba enferma y vi cómo el doctor la atendía. Deberías haberlo visto, Alma. Fue increíble.
—De verdad sigues siendo un niño. Todo te impresiona.
—Sí —admitió él—. Pero ¿sabes algo? A veces quisiera ser como un pajarito.
Alma dejó de acariciarle el cabello por un instante.
—¿Un pajarito?
—Sí. Poder volar y alejarme. Volar muy lejos.
—Yo nunca querría ser un pajarito.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien quiere uno, lo atrapa y le corta las alas. Después ya no puede volver a volar.
Samuel se quedó callado unos segundos.
—Eres muy pesimista.
—Y tú demasiado optimista.
—Tal vez por eso somos amigos.
Alma volvió a acariciarle el cabello.
—¿Tu padre volvió a hablarte de lo que vas a estudiar?
Algo en la expresión de Samuel se apagó poco a poco.
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que ya debería empezar a decidir qué quiero hacer con mi vida. Dice que sería mejor que estudiara Medicina, igual que ellos.
—Pero tú no quieres ser médico.
—No —bajó la mirada—. No tengo el talento. Y tampoco tengo vocación para eso.
—Entonces dile que quieres ser veterinario.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque se lo tomó mal la última vez.
La mano de Alma se detuvo sobre su cabello.
—¿Qué hizo?
Samuel guardó silencio unos segundos.
—No importa.
—Samuel...
—Solo me dijo que no iba a permitir que desperdiciara mi futuro.
Alma permaneció callada. Conocía demasiado bien al padre de Samuel.
—No te preocupes —dijo finalmente—. Cuando tú y yo vivamos juntos, no volverá a decirte nada.
Él levantó la mirada.
—¿De verdad crees que podremos hacerlo?
—Claro —respondió ella, con absoluta seguridad—. Tú estudiarás lo que quieras y yo seré consultora política.
—Y tú ganarás muchísimo dinero.
—Exactamente.
—Entonces tendremos una casa enorme.
—Una casa enorme.
—Y podremos viajar.
—Por todo el mundo.
—Solo nosotros dos.
—Solo nosotros dos.
Samuel volvió a apoyar la cabeza contra ella.
—Me gusta ese plan.
—A mí también —dijo Alma, sin dejar de acariciarle el cabello.
A unos metros de ellos, varios estudiantes que pasaban por el patio empezaron a murmurar al verlos tan juntos.
—¿Ellos están saliendo?
—Siempre están juntos.
—No me sorprendería.
Alma escuchó perfectamente los comentarios, pero no les prestó atención. Ya estaba acostumbrada a los rumores. Samuel tampoco respondió.
***
Cuando llegó la hora de entregar las calificaciones, todos los alumnos regresaron al aula.
El profesor entró con una elegante carpeta entre las manos y se colocó frente al escritorio.
—Ya que estamos con los resultados del quimestre, quiero reconocer el esfuerzo de una estudiante.
El salón quedó en silencio.
Alma permaneció tranquila en su asiento, aunque por dentro su corazón latía con fuerza. Había trabajado demasiado para aquel momento.
—La mención honorífica por obtener las mejores calificaciones de toda la generación es para... —el profesor hizo una pausa deliberada—. Alma Ramos.
Algunos estudiantes aplaudieron. Para nadie era una verdadera sorpresa. Todos sabían que Alma era una de las mentes más brillantes del instituto.
Alma se levantó y caminó hasta el frente para recibir el reconocimiento.
Cuando regresó a su asiento, buscó inmediatamente la mirada de Samuel.
Él la observaba con una expresión llena de orgullo, sincera, sin necesidad de decir nada.
Y, sin saber exactamente por qué, Alma sintió que aquella mirada significaba mucho más para ella que todos los aplausos que acababa de recibir.
***
Esa misma tarde, al regresar a casa, encontró a su madre preparando la cena.
—Mamá.
La mujer levantó la mirada.
—¿Cómo te fue?
Alma dejó las notas sobre la mesa. Su madre lo tomó cuidadosamente y sus ojos se llenaron de orgullo.
—Sabía que podías hacerlo.
—Con estas notas podré entrar a la universidad que quiero.
Su madre dejó el diploma a un lado y la abrazó.
—Me siento tan orgullosa de ti.
Alma cerró los ojos un instante.
—Voy a conseguirlo, mamá.
—Lo sé.
***
Esa noche, mientras Alma organizaba sus apuntes sobre el escritorio, la pantalla de su teléfono se iluminó.
Era un mensaje de Samuel.
¿Puedes hablar?
Samuel nunca escribía mensajes tan breves. Lo llamó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Durante unos segundos, al otro lado de la línea solo hubo silencio.
—Mi papá volvió a decirme lo mismo.
—¿Otra vez?
Él suspiró.
—Dice que no entiende cómo puedo ser su hijo y aun así no destacar.
Alma conocía perfectamente la presión que soportaba Samuel. Su familia era conocida por generaciones de médicos exitosos, y todos esperaban que él siguiera el mismo camino.
—Samuel, tus notas no dicen quién eres.
—Para ellos sí —su voz sonó triste—. Nunca voy a ser como mis padres.
Alma giró el rostro hacia la fotografía que tenía sobre el escritorio. Era una imagen de ambos en el patio.
—Entonces no tienes que ser como ellos.
Hubo un breve silencio.
—¿Y si no puedo hacerlo?
—Entonces te ayudaré.
Porque esa era Alma. Cuando creía en algo, no se rendía. Y en ese momento creía en Samuel mucho más de lo que él mismo creía en sí.
Después de colgar, volvió a mirar la fotografía.
Samuel era la única persona capaz de hacer que olvidara, aunque fuera por unos minutos, todos sus planes. La única persona que conseguía que la chica que siempre quería ganar bajara la guardia.
En la oscuridad de su mente Alexander soñaba con su madre. Era una mujer hermosa, de ojos verdes y una presencia que llamaba la atención de cualquier persona. Había sido una cantante y actriz talentosa, pero lo había dejado todo cuando se caso.En la penumbra de la casa, su padre le reclamaba. No soportaba que dejara la propiedad, no soportaba que existiera fuera de su control. Ella, entre gritos, le decía que lo odiaba, que si no fuera por esa familia, habría sido feliz.Luego venía la botella.Cuando la bebida empezaba a hacer efecto, la mujer tomaba al pequeño de Alexander de las manos y se ponía a bailar con él en medio de la sala. Le sonreía con una calidez fingida mientras bailaban, pero sus palabras eran veneno:—¿Por qué tuviste que nacer? —le susurraba al oído, sonriendo como si le dijera un secreto bonito—. Me arruinaste la vida, Alexander. Mi vida es una miseria por tu culpa. Eres el ancla que me ata a este infierno. ¿Por qué naciste?Ella empezaba a llorar sin soltarle las
Raquel, la joven pareja de su padre, avanzó hacia el centro del recibidor. Dejó caer las bolsas sobre una mesa de cristal y miró a Alexander con una sonrisa. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome con esa cara de pocos amigos? —preguntó Raquel con un tono juguetón mientras se acomodaba el cabello rubio sobre los hombros—. Deberías sonreír un poco más, Alexander. Si sigues amargándote la vida por todo, te van a salir arrugas antes de tiempo. Alexander ni siquiera cambió de postura. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos y la examinó de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio. —Deja de decir que eres mi madre o de actuar como si tuvieras algún tipo de autoridad en este lugar —respondió él —. Una mujer vulgar y sin clase como tú, que viste como prostituta a todas horas, nunca será la señora de esta casa. Jamás serás la mujer legal de mi padre. Acepta tu realidad: eres solo una de las muchas mujeres con las que mi padre se divierte los fines de semana. Un simple pasatiempo p
El timbre que anunciaba el final de las clases resonó por el aula y poco a poco los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Alma guardó sus cuadernos con tranquilidad, aunque el silencio entre ella y Samuel seguía pesando después de la conversación que habían tenido durante el receso. Samuel permanecía de pie junto a su pupitre, rígido y con la mirada perdida, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que había ocurrido. Alexander esperó hasta que la mayoría de los estudiantes abandonara el aula antes de acercarse. Caminó hacia ellos con absoluta tranquilidad y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Samuel con un brazo, como si aquel gesto fuera completamente natural. Samuel se quedó quieto al sentirlo tan cerca. Su cuerpo se tensó por un instante, pero no dijo nada.—Nos vamos ya —dijo Alexander, mirando directamente a Alma con una sonrisa serena—. Tenemos que ponernos a trabajar en el proyecto.Alma detuvo el movimiento de sus manos y levantó lentamente la cabeza. S
Al día siguiente, Samuel llegó al instituto con la cabeza completamente revuelta. Había dormido poco y, aunque intentaba convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una confusión provocada por el cansancio, la vergüenza y sus propios pensamientos, no conseguía dejar de recordar el sueño.Sobre todo, no conseguía dejar de recordar a Alexander.Apenas cruzó las puertas del instituto, se prometió a sí mismo que no lo miraría. No quería encontrarse con sus ojos ni recordar aquella imagen de la noche anterior. Necesitaba comportarse como siempre, hablar con normalidad y fingir que nada había cambiado.Pero la promesa duró muy poco.Al doblar el pasillo, lo vio a varios metros de distancia, conversando con algunos compañeros. Alexander parecía exactamente igual que todos los días: tranquilo, seguro de sí mismo, perfectamente consciente del efecto que provocaba en quienes lo rodeaban. Samuel intentó apartar la mirada, pero terminó observándolo de nuevo casi sin
La cafetería había estado más concurrida de lo habitual aquella tarde. Desde que comenzó su turno, Alma apenas se detuvo. Iba de un lado a otro con la libreta en una mano y la bandeja en la otra, atendiendo, retirando platos y asegurándose de que nada quedara pendiente. El cansancio le pesaba en las piernas, pero cada mesa nueva significaba mejores propinas, y cada dólar extra la acercaba un poco más a lo que necesitaba.No era la primera vez que terminaba una jornada pensando en todo lo que debía pagar: los documentos de la beca, los materiales, los gastos de la graduación. Había aprendido a organizarse con lo poco que tenía, a guardar y a distinguir entre lo necesario y lo que podía esperar. No quería que la falta de dinero decidiera hasta dónde podía llegar.Antes de servir cada pedido, lo revisaba. Después de servirlo, lo volvía a mirar. Contaba el cambio dos veces. Comparaba los recibos. Aun cuando todo estaba correcto, una duda mínima bastaba para que regresara sobre sus pasos. N
Después de salir de su casa, Alexander condujo hasta una zona de la ciudad completamente distinta. El lugar quedaba lejos de las residencias de lujo y los edificios que frecuentaba su familia: un hotel viejo, de pasillos estrechos y olor a humedad. De esos donde nadie hacía preguntas. Él lo había elegido precisamente por eso. Un apellido como el suyo no se permitía rastros.Subió directamente a la habitación. Al abrir la puerta, encontró a Raquel esperándolo. Veintiún años, ropa cara que contrastaba con las paredes desconchadas.—Pensé que no vendrías —dijo ella, acercándose.—Creí que seguías de viaje.—Regresé hace unos días. —Soltó una risa breve y se dejó caer en el borde de la cama—. Me aburrí. Tu padre me tiene encerrada en un hotel. Viene, me usa y se marcha. Ni siquiera me deja salir cuando quiero. Como no pienso quedarme ahí esperando a que vuelva a necesitarme, decidí llamarte. Contigo al menos me distraigo. Mira, compré ropa nueva —señaló unas bolsas sobre la mesa.Alexander







