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CAPITULO 5

Autor: W.S.Q
last update Fecha de publicación: 2026-08-04 09:05:19

El viernes llegó y, como ocurría casi todas las semanas, los pasillos del instituto comenzaron a llenarse de comentarios sobre la fiesta de esa noche. No era un evento especial ni una celebración única; era simplemente una costumbre.

Cada viernes, los amigos de Alexander Beaumont organizaban una reunión privada en algún lugar exclusivo de la ciudad. A veces era un club, otras veces una casa de lujo o un salón reservado. Siempre conseguían reunir a jóvenes de distintos círculos: estudiantes de otros institutos, universitarios, modelos y personas acostumbradas a moverse en ambientes. Para muchos, recibir una invitación significaba formar parte, aunque fuera por una noche, del mundo de Alexander. Un mundo donde casi todos querían entrar.

En el salón de clases, mientras varios estudiantes hablaban emocionados sobre la fiesta, uno de los amigos de Alexander se acercó al lugar donde Alma estaba organizando sus apuntes.

—Alma —la llamó.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

El chico le sonrió de manera amable.

—Esta noche vamos a hacer una fiesta. Si quieres, estás invitada.

Algunas personas cercanas escucharon la conversación y miraron con curiosidad; no era común que alguien como Alma recibiera una invitación para ese tipo de reuniones. Ella pareció sorprendida durante unos segundos, pero después sonrió con educación.

—Gracias por pensar en mí, de verdad —respondió ella—. Pero no podré ir.

—¿Segura? —preguntó el chico, esperando su respuesta.

Alma asintió con firmeza.

—Sí. Quizás en otra ocasión.

No hubo rechazo ni desprecio en sus palabras; simplemente parecía que realmente no tenía interés. El chico aceptó con una sonrisa y regresó junto a sus amigos.

Desde su lugar, Alexander había observado toda la escena.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Alexander cuando el joven volvió.

—La invité a la fiesta.

Alexander miró hacia donde estaba Alma y frunció ligeramente el ceño.

—¿Y?

—Me rechazó.

Por alguna razón, esa respuesta llamó su atención. Alma había rechazado una invitación que muchas personas aceptarían sin pensarlo y Alexander no entendía por qué. Ella no parecía sentir curiosidad por ese mundo.

Alexander observó sus libros, su uniforme sencillo y la forma en que concentraba toda su atención en sus estudios. "Seguramente tiene otras cosas en qué preocuparse", pensó. Tal vez debía trabajar después de clases o tenía responsabilidades que los demás desconocían. Era extraño: la mayoría de las personas intentaban acercarse a su círculo, pero ella parecía hacer todo lo contrario.

                                                                                     ***

Más tarde, cuando terminó una de sus clases, Alexander salió del salón para dirigirse al baño. Mientras caminaba por el pasillo, alguien chocó accidentalmente contra él.

—Lo siento —dijo una voz.

Era Samuel, quien inmediatamente dio un paso atrás asustado.

—Fue mi culpa. No estaba mirando.

Alexander lo observó unos segundos. Samuel siempre tenía esa misma reacción cuando estaban cerca; parecía ponerse nervioso sin razón.

—No fue nada —respondió Alexander—. No tienes que disculparte tanto.

Samuel levantó la mirada.

—¿Seguro?

Alexander asintió y al notar que el chico parecía más nervioso de lo normal, sin pensarlo demasiado, colocó una mano sobre su hombro. El efecto fue inmediato: Samuel se quedó completamente rígido. Alexander tuvo que contener una sonrisa. "Este chico es realmente fácil de leer".

Cada vez que estaban cerca, Samuel parecía olvidar cómo comportarse.

Le resultaba gracioso.

—¿Te sientes mal? —preguntó Alexander.

—No, estoy bien.

Alexander inclinó ligeramente la cabeza, divertido.

—¿Seguro? Si quieres puedo llamar a tu novia.

Samuel abrió los ojos, confundido.

—¿Mi novia?

—Pensé que Alma era tu novia.

El rostro de Samuel cambió por completo.

—¡No! —la respuesta salió demasiado rápido, haciendo que Alexander arqueara una ceja—. No, ella no es mi novia. Alma es solamente mi amiga.

Alexander lo observó con curiosidad. La reacción había sido demasiado evidente.

—Un chico tan lindo como tú y sin novia... —comentó Alexander con tono burlón.

Samuel sintió que su rostro se calentaba y rápidamente apartó la mirada.

—Tengo que irme.

Antes de que Alexander pudiera decir algo más, Samuel entró nuevamente al aula. Alexander se quedó unos segundos mirándolo marchar.

                                                                             ***

Cuando Samuel regresó al aula, Alma levantó la mirada inmediatamente y notó algo extraño: él estaba sonriendo.

—Samuel —lo llamó ella.

Él reaccionó como saliendo de un trance.

—¿Qué?

—Te estoy hablando —dijo Alma mirándolo con detenimiento.

Samuel parpadeó, avergonzado.

—Lo siento, no me di cuenta.

Ella cerró la carpeta que tenía frente a ella.

—Tenemos que empezar a preparar todo.

Samuel la miró confundido.

—¿Preparar qué?

Alma suspiró ligeramente.

—Los documentos para la universidad.

Entonces Samuel recordó: las solicitudes, los certificados y todos los papeles que necesitaban reunir.

—La universidad a la que queremos entrar suele abrir sus convocatorias antes que otras —continuó Alma—. Tenemos que estar listos cuando llegue el momento.

Samuel asintió, intentando enfocarse.

—Sí, tienes razón.

Sin embargo, Alma notó que su atención seguía en otro lugar.

—¿Te pasa algo?

—No —respondió él, demasiado rápido.

Ella lo observó con curiosidad hasta que Samuel bajó la mirada, dejando escapar una pequeña sonrisa:

—Solo pasó algo bueno hoy.

Alma terminó sonriendo también, contagiada por su gesto.

—Me alegro. Si quieres, puedo ayudarte a preparar todo para que no dejemos nada al último momento.

—Gracias, Alma.

                                                                         ***

Las clases terminaron finalmente. Alma y Samuel salieron juntos del instituto mientras hablaban sobre los trámites universitarios, pero antes de llegar a la salida, Alexander apareció sorpresivamente frente a ellos.

Alma levantó la mirada, en guardia.

—Alexander.

Él mantenía esa expresión tranquila y segura que siempre parecía acompañarlo.

—Sé que rechazaste la invitación a la fiesta —dijo dirigiéndose a Alma, pero desviando enseguida los ojos hacia su acompañante—. Pero quizás Samuel quiera ir.

Samuel abrió los ojos, tomado por sorpresa.

—¿Yo?

Alexander asintió con elegancia.

—Sí.

El chico pareció no saber qué responder.

—No creo que...

—Deberías ir —interrumpió Alexander con firmeza—. No todo puede ser estudiar y preocuparse por el futuro. También deberían disfrutar un poco de su juventud.

Alma lo observó con cierta sorpresa; no esperaba escuchar algo así de él.

—¿Por qué lo invitas? —preguntó ella, manteniendo la distancia.

Alexander se encogió de hombros desinteresadamente.

—Porque pensé que sería divertido.

Samuel miró a Alma, quien parecía tan confundida como él. Finalmente, tras dudar unos segundos, Samuel aceptó:

—Está bien.

Alexander sonrió ligeramente, satisfecho con la respuesta, mientras Alma miraba a su amigo sin poder creerlo.

—¿Por qué aceptaste? —le murmuró Alma.

Samuel desvió la mirada hacia el suelo antes de responder:

—Porque... creo que sería bueno distraernos un poco.

Alexander observó la escena victorioso. Había conseguido exactamente lo que quería: encontrar una manera de acercarse a ellos.

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Último capítulo

  • El corazón equivocado   CAPITULO 13

    Alma llegó a su casa como siempre, ya entrada la tarde. Con el tiempo se había acostumbrado a aquel largo trayecto. Al entrar, vio sobre la mesa una nota escrita por su madre: Salí con unas amigas. Vuelvo en la madrugada. No le dio demasiada importancia. Su mamá, cuando tenía algún tiempo libre de su trabajo, solía salir a divertirse con sus compañeras. Era algo habitual; después de todo, todavía era una mujer joven. La había tenido cuando apenas cumplía los dieciocho años y su vida no había sido sencilla. Ser madre soltera significó renunciar a muchas cosas y sufrir durante el tiempo en el que tuvo que criarla sola. Pero ahora que todo estaba más tranquilo, había decidido recuperar parte de la juventud que dejó atrás. Ella la entendía. Sabía lo que su madre había sufrido, pero también que nunca les faltó nada esencial. Desde pequeña aprendió a cuidarse sola y a ser autosuficiente. Antes de dormir, le envió a su amigo el último mensaje del día: Mañana nos veremos. Quiero hablar

  • El corazón equivocado   CAPITULO 12

    Alexander regresó a la habitación. La otra joven seguía allí, sentada en un rincón del sofá. Él la observó con evidente fastidio, acomodándose los puños de la camisa. —Tu amiga se fue muy contenta —dijo mientras caminaba hacia la mesa de centro—. Es increíble lo que unas pocas monedas hacen por la gente como ustedes. Se sirvió un vaso de whisky. —¿Quieres beber? —No —murmuró ella con un hilo de voz. Alexander arqueó una ceja, chasqueando la lengua con desaprobación. —Te ofrezco un trago caro y me lo rechazas. Pero, ¿qué puedo esperar de una mujer como tú? Sabes, ramera, me aburrí de tus lágrimas. La joven se levantó torpemente. Su aspecto estaba completamente deshecho, la ropa desordenada y el rostro visiblemente hinchado por los golpes recibidos horas antes. Alexander dio dos pasos rápidos, la tomó con fuerza del rostro, hundiéndole los dedos en las mejillas. —Espero que puedas mantener esa boca cerrada, porque no querrás perder la lengua, ¿entiendes? Ella asintió frenéticam

  • El corazón equivocado   CAPITULO 11

    Samuel se mantenía en un rincón de la habitación, con la mirada baja y el cuerpo tenso, aplastado por una profunda pena y el bochorno de la situación. La chica de cabello corto lo notó y se le acercó a él con pasos suaves.—¿Qué te ocurre? Pareces asustado —le dijo, observándolo con cierta ternura.—Es solo un niño todavía —intervino Alexander en tono burlón—. Aún no ha estado con ninguna mujer.La chica lo miró sorprendida.—¿De verdad? ¿Es cierto eso?Samuel, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, apenas asintió.—Sí... —respondió.La chica lo miró sorprendida.—¿En serio eres virgen? —preguntó en tono burlón—. ¿Cuántos años tienes?Samuel bajó la mirada, avergonzado.—Dieciocho.—¿Dieciocho? —repitió la chica, sorprendida.Alexander sonrió.—Sí. Cumplió hace unos meses. Es menor que yo, pero solo por un mes.La chica volvió a mirar a Samuel.—Entonces... ¿de verdad nunca has estado con nadie?Samuel sintió que el rostro le ardía y apenas consiguió asentir.—No.La mujer pareció

  • El corazón equivocado   CAPITULO 10

    Samuel había escuchado muchas cosas sobre la casa de Alexander. Había oído que era enorme, que tenía jardines inmensos, salones que parecían sacados de una revista y empleados que se encargaban de cada detalle de la propiedad. Pero al atravesar las grandes puertas de la residencia, comprendió que todo lo que había imaginado se había quedado corto.Samuel se quedó contemplándola en silencio. Su propia casa también era grande y nunca había tenido motivos para considerarla pequeña o modesta, pero aquello era diferente: la residencia de Alexander parecía pertenecer a otro mundo.—¿Qué pasa? —preguntó Alexander con una sonrisa.Samuel volvió la mirada hacia él.—Es mucho más grande de lo que imaginaba.El automóvil se detuvo. Alexander bajó primero, esperó a Samuel y le extendió la mano. Samuel la observó durante un instante antes de tomarla.—Vamos.Entraron juntos. Los empleados de la mansión estaban ocupados con sus respectivas tareas. Algunos levantaron la mirada cuando Alexander pasó

  • El corazón equivocado   CAPITULO 9

    Alma pasó todo el fin de semana sin comunicarse con Samuel. Normalmente era ella quien iniciaba la mayoría de las conversaciones: le escribía para preguntarle cómo estaba, si había hecho sus tareas o simplemente para saber qué estaba haciendo. Pero esta vez no lo hizo. No fue a buscarlo ni lo llamó. No porque hubiera dejado de importarle, sino porque necesitaba comprobar algo.El lunes llegó temprano al instituto. Apenas entró al salón, buscó a Samuel con la mirada. Estaba allí. Al verlo, sintió un alivio que no quiso admitir en voz alta.Entonces escuchó una voz a sus espaldas:—Hola, Alma. ¿Cómo estás?Se giró. Era Alexander. Alma le devolvió el saludo con absoluta naturalidad:—Bien. ¿Y tú?—Muy bien.Los dos entraron al aula. Samuel levantó la mirada y sonrió inmediatamente al verlos ingresar.—¡Alma! ¡Alexander! —los saludó con entusiasmo.Alma ocupó su lugar habitual. Los pupitres estaban organizados en filas perfectamente alineadas y cada mesa era lo suficientemente amplia para

  • El corazón equivocado   CAPITULO 8

    A la mañana siguiente al no poder comunicarse con Samuel, Alma decidió ir directamente a su casa. Así que, cuando terminó su jornada de trabajo en la cafetería donde laboraba como mesera los fines de semana, tomó sus cosas y se dirigió a la residencia de su amigo.Solo quería verlo y asegurarse de que estuviera bien.Cuando llegó, como siempre, fue recibida por la ama de llaves.—Señorita Alma, qué gusto verla.—Hola. ¿Está Samuel?—Sí, está dentro —la mujer hizo una pequeña pausa—. Está con un amigo.Alma arqueó ligeramente las cejas.—¿Con un amigo?—Sí. Pase.Alma agradeció con una pequeña sonrisa y entró. Atravesó el amplio recibidor y avanzó hacia la sala. A medida que se acercaba, comenzó a escuchar voces. Una de ellas era la de Samuel. La otra... Alma se detuvo. Conocía perfectamente aquella voz.Entró en la sala. Alexander estaba allí, sentado junto a Samuel. Y lo más extraño no era simplemente encontrarlo en aquella casa, sino la forma en que estaban juntos: parecían viejos a

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