LOGINAlma llegó temprano al Instituto, como era su costumbre. Después de bajar del autobús público y atravesar los imponentes portones del Saint, recorrió los pasillos hasta llegar al aula. Como hacía todas las mañanas, lo primero que hizo fue buscar a Samuel con la mirada.
Su asiento estaba vacío.
Sacó el teléfono y le escribió rápidamente.
Alma: ¿Dónde estás?
La respuesta tardó un par de minutos en aparecer.
Samuel: Cinco minutos. Ya llego.
Alma negó suavemente con la cabeza y guardó el teléfono.
—Otra vez llegó tarde —murmuró.
No era la primera vez.
***
Poco después, el murmullo habitual del salón comenzó a disminuir hasta convertirse casi en silencio. Alma levantó la mirada y supo inmediatamente qué había ocurrido.
Alexander acababa de entrar.
Avanzaba rodeado por cuatro o cinco compañeros que parecían seguirlo a todas partes. Todos hablaban con él, buscaban su aprobación y reían incluso de los comentarios más insignificantes.
Una chica se acercó rápidamente.
—Alexander, felicidades por el segundo lugar.
Le entregó una elegante caja de chocolates.
—Gracias —respondió él, sin mirarla del todo.
Otra estudiante se aproximó para acomodarle el cuello de la corbata, mientras un chico se ofrecía a llevarle la mochila y otro comenzaba a preguntarle si asistiría a la fiesta privada del viernes.
Alma observó la escena durante unos segundos.
No le molestaba que Alexander fuera popular. Lo que le resultaba desagradable era ver cómo todos parecían competir por unos segundos de su atención.
Qué patético.
No terminó de pensar aquello cuando Alexander comenzó a caminar hacia ella.
Las conversaciones alrededor disminuyeron inmediatamente.
—Felicitaciones por el primer lugar —dijo él al detenerse frente a su escritorio.
—Gracias.
Alexander extendió la mano. Alma la observó un instante antes de estrechársela.
La sonrisa de él era impecable. Demasiado impecable. No llegaba a sus ojos.
Alma conocía perfectamente ese tipo de máscara porque ella misma sabía usarla cuando era necesario.
—Segundo lugar otra vez —comentó con naturalidad.
Algo cambió por una fracción de segundo en los ojos de Alexander. Después volvió el gesto de siempre.
—Ya veremos.
Se separaron. Alexander regresó junto a sus amigos y Alma volvió a sus apuntes. Antes de sentarse, él sacó discretamente un pañuelo de su bolsillo y se limpió la mano que acababa de estrechar.
Alma alcanzó a verlo. No dijo nada. Solo volvió a mirar su cuaderno.
Definitivamente, es patético.
—Tengo sed —comentó Alexander unos minutos después.
No había terminado de pronunciar la frase cuando uno de sus compañeros se levantó.
—Yo voy por una botella.
—Yo también puedo ir —añadió otro.
Alma observó la escena de reojo. Ella también podría integrarse a ese círculo si se lo propusiera. Sabía cómo hablar, cómo comportarse, qué decir para ganarse la confianza de Alexander, tal como hacían los demás.
Pero no quería hacerlo. No quería convertirse en una persona que necesitara el apellido de Alexander para conseguir algo.
Cuando terminara el colegio, él seguiría teniendo dinero, contactos e influencia.
Ella tendría que abrirse camino sola.
Y pensaba hacerlo.
***
Las clases comenzaron oficialmente, pero Samuel todavía no aparecía.
Alma volvió a tomar el teléfono.
Alma: ¿Dónde estás?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Samuel: Encontré un perrito atropellado. Lo llevé a un veterinario. Ya voy.
Alma cerró los ojos durante un instante.
—Samuel...
Escribió rápidamente:
Alma: Date prisa. Si llegas tarde otra vez te van a sancionar.
Samuel: Cinco minutos.
Alma dejó escapar un suspiro. Sabía perfectamente que esos cinco minutos podían convertirse fácilmente en treinta.
***
Samuel apareció finalmente durante la segunda hora de clase.
Entró al aula despeinado, agitado por la carrera y con un claro olor a desinfectante mezclado con pelaje húmedo.
Varias cabezas se giraron hacia él. Un par de chicas comenzaron a reír.
—¿Qué olor es ese? —preguntó una en voz alta.
—¿Venía abrazando un basurero o un animal muerto? —respondió la otra.
Las carcajadas no tardaron en extenderse.
Samuel bajó la mirada, avergonzado.
Antes de que pudiera decir algo, Alma levantó la cabeza.
—Debes tener un olfato extraordinario.
La chica dejó de reír.
—¿Perdón?
Alma la miró con tranquilidad.
—Debe ser una característica muy útil para alguien como tú. Como un sabueso.
Esta vez las risas se dirigieron hacia la chica. Su rostro se puso rojo.
—¿Me acabas de decir perra?
Alma ladeó ligeramente la cabeza.
—Yo no dije eso. Si tú lo entendiste así, no puedo discutir contra tu propia lógica.
La chica abrió la boca para responder, pero en ese momento el profesor entró en el aula.
—¡Silencio!
Todos regresaron rápidamente a sus lugares. El profesor miró a Samuel.
—Ve al baño y arréglate. Después hablaremos seriamente sobre tus constantes retrasos.
—Sí, profesor.
Alma levantó inmediatamente la mano.
—¿Puedo acompañarlo?
El profesor la observó unos segundos antes de asentir.
—Ve. Pero regresen rápido.
El profesor la observó unos segundos antes de asentir.
—Ve. Pero regresen rápido.
***
Caminaron juntos hasta el baño de hombres. Samuel entró primero y Alma lo siguió, revisando que no hubiera nadie más adentro antes de ayudarlo a acomodarse el uniforme frente al espejo.
Una vez fuera, Samuel soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Siempre termino dándote problemas.
Ella negó con la cabeza y comenzó a acomodarle el cuello del uniforme.
—Entiendo que quieras ayudar a todos, Samuel. Pero también tienes que aprender a cuidarte tú.
Él mantuvo la mirada baja.
—No podía dejarlo ahí.
—Lo sé.
Alma terminó de acomodarle el uniforme.
—Y precisamente por eso no estoy enojada.
—¿De verdad?
—De verdad.
Ella tomó su mano durante unos segundos.
—Nunca serás un problema para mí.
—Gracias.
—Mientras yo esté aquí, siempre voy a protegerte.
Justo cuando salían de la zona de los baños masculinos, una figura se interpuso en su camino. Era Alexander. Llevaba en las manos una bolsa de la tienda del instituto.
—Pensé que podría servirte.
Alexander estaba frente a ellos, con una bolsa del Instituto en una mano. Sacó de ella un uniforme limpio y se lo extendió a Samuel.
—Puedes cambiarte antes de volver al salón.
—Gracias.
Samuel tomó la prenda y sus dedos rozaron los de Alexander. Se quedó inmóvil, sintiendo cómo el calor subía rápidamente hasta sus mejillas, mientras Alexander lo observaba en silencio durante unos segundos.
—De nada.
Samuel apartó la mirada rápidamente. Alma, en cambio, había visto perfectamente su reacción. No entendía qué había sido aquello, pero lo había notado.
Alexander también.
—No se preocupen —dijo con absoluta tranquilidad—. No diré nada.
—¿De qué hablas?
Alexander dirigió la mirada hacia la puerta del baño. Después volvió a mirar a Samuel.
—De ustedes dos.
Samuel palideció.
—¿Qué...?
—Los vi salir juntos del baño de hombres.
El silencio cayó entre los tres. Samuel apretó el uniforme entre las manos.
—No fue...
—No tienes que explicarme nada —lo interrumpió Alexander. Su tono parecía amable. Sus ojos no lo eran—. Aunque sería una lástima que alguien empezara a hablar de esto.
Alma dio un paso hacia él.
—¿Nos estás amenazando?
Alexander la miró directamente. Por primera vez, la máscara amable se le borró por completo.
—No.
Hizo una pequeña pausa.
—Solo les estoy avisando.
—No necesitamos tus avisos.
—Eso espero.
Se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Alma permaneció observándolo hasta que desapareció por el pasillo.
Samuel seguía inmóvil.
—¿Estás bien?
—Sí.
Alma volvió a mirar hacia el lugar por donde Alexander se había marchado. Algo no estaba bien, y por primera vez tuvo la sensación de que aquel chico no se había acercado a Samuel por casualidad.
En la oscuridad de su mente Alexander soñaba con su madre. Era una mujer hermosa, de ojos verdes y una presencia que llamaba la atención de cualquier persona. Había sido una cantante y actriz talentosa, pero lo había dejado todo cuando se caso.En la penumbra de la casa, su padre le reclamaba. No soportaba que dejara la propiedad, no soportaba que existiera fuera de su control. Ella, entre gritos, le decía que lo odiaba, que si no fuera por esa familia, habría sido feliz.Luego venía la botella.Cuando la bebida empezaba a hacer efecto, la mujer tomaba al pequeño de Alexander de las manos y se ponía a bailar con él en medio de la sala. Le sonreía con una calidez fingida mientras bailaban, pero sus palabras eran veneno:—¿Por qué tuviste que nacer? —le susurraba al oído, sonriendo como si le dijera un secreto bonito—. Me arruinaste la vida, Alexander. Mi vida es una miseria por tu culpa. Eres el ancla que me ata a este infierno. ¿Por qué naciste?Ella empezaba a llorar sin soltarle las
Raquel, la joven pareja de su padre, avanzó hacia el centro del recibidor. Dejó caer las bolsas sobre una mesa de cristal y miró a Alexander con una sonrisa. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome con esa cara de pocos amigos? —preguntó Raquel con un tono juguetón mientras se acomodaba el cabello rubio sobre los hombros—. Deberías sonreír un poco más, Alexander. Si sigues amargándote la vida por todo, te van a salir arrugas antes de tiempo. Alexander ni siquiera cambió de postura. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos y la examinó de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio. —Deja de decir que eres mi madre o de actuar como si tuvieras algún tipo de autoridad en este lugar —respondió él —. Una mujer vulgar y sin clase como tú, que viste como prostituta a todas horas, nunca será la señora de esta casa. Jamás serás la mujer legal de mi padre. Acepta tu realidad: eres solo una de las muchas mujeres con las que mi padre se divierte los fines de semana. Un simple pasatiempo p
El timbre que anunciaba el final de las clases resonó por el aula y poco a poco los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas. Alma guardó sus cuadernos con tranquilidad, aunque el silencio entre ella y Samuel seguía pesando después de la conversación que habían tenido durante el receso. Samuel permanecía de pie junto a su pupitre, rígido y con la mirada perdida, como si todavía estuviera intentando ordenar todo lo que había ocurrido. Alexander esperó hasta que la mayoría de los estudiantes abandonara el aula antes de acercarse. Caminó hacia ellos con absoluta tranquilidad y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Samuel con un brazo, como si aquel gesto fuera completamente natural. Samuel se quedó quieto al sentirlo tan cerca. Su cuerpo se tensó por un instante, pero no dijo nada.—Nos vamos ya —dijo Alexander, mirando directamente a Alma con una sonrisa serena—. Tenemos que ponernos a trabajar en el proyecto.Alma detuvo el movimiento de sus manos y levantó lentamente la cabeza. S
Al día siguiente, Samuel llegó al instituto con la cabeza completamente revuelta. Había dormido poco y, aunque intentaba convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una confusión provocada por el cansancio, la vergüenza y sus propios pensamientos, no conseguía dejar de recordar el sueño.Sobre todo, no conseguía dejar de recordar a Alexander.Apenas cruzó las puertas del instituto, se prometió a sí mismo que no lo miraría. No quería encontrarse con sus ojos ni recordar aquella imagen de la noche anterior. Necesitaba comportarse como siempre, hablar con normalidad y fingir que nada había cambiado.Pero la promesa duró muy poco.Al doblar el pasillo, lo vio a varios metros de distancia, conversando con algunos compañeros. Alexander parecía exactamente igual que todos los días: tranquilo, seguro de sí mismo, perfectamente consciente del efecto que provocaba en quienes lo rodeaban. Samuel intentó apartar la mirada, pero terminó observándolo de nuevo casi sin
La cafetería había estado más concurrida de lo habitual aquella tarde. Desde que comenzó su turno, Alma apenas se detuvo. Iba de un lado a otro con la libreta en una mano y la bandeja en la otra, atendiendo, retirando platos y asegurándose de que nada quedara pendiente. El cansancio le pesaba en las piernas, pero cada mesa nueva significaba mejores propinas, y cada dólar extra la acercaba un poco más a lo que necesitaba.No era la primera vez que terminaba una jornada pensando en todo lo que debía pagar: los documentos de la beca, los materiales, los gastos de la graduación. Había aprendido a organizarse con lo poco que tenía, a guardar y a distinguir entre lo necesario y lo que podía esperar. No quería que la falta de dinero decidiera hasta dónde podía llegar.Antes de servir cada pedido, lo revisaba. Después de servirlo, lo volvía a mirar. Contaba el cambio dos veces. Comparaba los recibos. Aun cuando todo estaba correcto, una duda mínima bastaba para que regresara sobre sus pasos. N
Después de salir de su casa, Alexander condujo hasta una zona de la ciudad completamente distinta. El lugar quedaba lejos de las residencias de lujo y los edificios que frecuentaba su familia: un hotel viejo, de pasillos estrechos y olor a humedad. De esos donde nadie hacía preguntas. Él lo había elegido precisamente por eso. Un apellido como el suyo no se permitía rastros.Subió directamente a la habitación. Al abrir la puerta, encontró a Raquel esperándolo. Veintiún años, ropa cara que contrastaba con las paredes desconchadas.—Pensé que no vendrías —dijo ella, acercándose.—Creí que seguías de viaje.—Regresé hace unos días. —Soltó una risa breve y se dejó caer en el borde de la cama—. Me aburrí. Tu padre me tiene encerrada en un hotel. Viene, me usa y se marcha. Ni siquiera me deja salir cuando quiero. Como no pienso quedarme ahí esperando a que vuelva a necesitarme, decidí llamarte. Contigo al menos me distraigo. Mira, compré ropa nueva —señaló unas bolsas sobre la mesa.Alexander







