INICIAR SESIÓNLa noche había caído sobre la ciudad cuando el automóvil de Samuel se detuvo frente al club. Vehículos de lujo llegaban uno tras otro mientras jóvenes descendían entre risas. Algunos entregaban las llaves a los empleados del valet parking; otros caminaban directamente hacia la entrada principal, donde varios guardias revisaban la lista de invitados.
—Nunca había estado en un sitio así... —sonaba realmente emocionado.
Antes de que pudiera abrir la puerta, Alma lo sujetó suavemente del brazo.
—Espera.
Samuel volvió la cabeza.
—¿Qué pasa?
Alma guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Quiero pedirte una cosa.
—¿Cuál?
Ella lo miró directamente.
—Una vez que entremos... no nos separemos.
Samuel sonrió con naturalidad.
—Eres demasiado desconfiada.
Alma negó lentamente.
—Tal vez. —Bajó un poco la voz—. Pero Alexander me da mala espina. Siento algo extraño en él.
Samuel soltó una pequeña risa.
—Deberías relajarte un poco. Hoy vinimos a divertirnos. Además, podemos conocer gente nueva.
Alma sonrió con resignación.
—A mí no me interesa conocer personas en un lugar así.
Samuel abrió la puerta del automóvil.
—Ya veremos.
Los dos descendieron y caminaron hasta la entrada. Apenas cruzaron las enormes puertas de cristal, la música los envolvió por completo. Las luces de colores recorrían el amplio salón al ritmo del bajo. Un grupo de chicos bailaba cerca de la pista mientras levantaban sus vasos entre risas; otros conversaban alrededor de las mesas, y algunos ya parecían haber bebido demasiado.
Alma recorrió el lugar con la mirada. Reconoció apenas a cuatro compañeros del instituto. El resto eran completos desconocidos. Por un momento sintió que no pertenecía a ese lugar.
Mientras observaban el ambiente, Alexander los vio desde el otro extremo del salón. En ese momento conversaba con una chica rubia que no dejaba de sonreírle. Al notar la llegada de Alma y Samuel, se disculpó con ella y caminó directamente hacia ellos. Intentó saludarlos, pero la música era tan fuerte que apenas podían escucharse. Alexander sonrió y les hizo una seña con la mano.
—Vengan.
Los condujo por un pasillo lateral hasta llegar a una puerta de madera. Al abrirla, el ruido disminuyó considerablemente. Era un salón privado; la música seguía escuchándose, pero mucho más baja. Había varios sillones distribuidos alrededor de mesas bajas y, en un extremo, una pequeña barra con bebidas.
Dentro ya estaban varios amigos de Alexander, todos acompañados por distintas chicas. Al ver entrar a Alexander, uno de ellos levantó la mano.
—¡Por fin llegaste! —Después observó a los recién llegados—: Así que ellos son los invitados.
Los presentes hicieron espacio para que Alma y Samuel tomaran asiento. Alexander permaneció de pie unos segundos, observando a Alma.
—La fiesta está muy animada. —Se acomodó frente a ellos.
Uno de los muchachos tomó una botella y comenzó a servir varias copas. Después le ofreció una a Alma.
—Toma.
Ella sonrió con amabilidad.
—Gracias, pero no bebo.
—¿En serio?
—Sí.
El muchacho se encogió de hombros y le entregó la copa a Samuel. Él la sostuvo entre las manos sin saber qué hacer y miró de inmediato a Alma.
Ella le habló con tranquilidad:
—Si no quieres beber, no tienes que hacerlo.
Uno de los amigos de Alexander soltó una carcajada.
—Parece que necesita permiso.
Otra chica también se rio:
—Ella es como su niñera.
Samuel bajó inmediatamente la cabeza. Alexander los miró con seriedad.
—No se burlen de él. —Todos guardaron silencio. Alexander apoyó una mano sobre el hombro de Samuel—. Samuel es un buen chico. Solo es un poco tímido, ¿cierto?
Samuel asintió con una sonrisa nerviosa.
—S-sí...
Los demás dejaron de insistir y volvieron a sus conversaciones. Las chicas reían por cualquier ocurrencia de los muchachos mientras las botellas seguían vaciándose poco a poco.
Alexander tomó asiento al lado de Samuel y lo observó durante unos segundos.
—Ahora que lo pienso... nunca había notado lo lindo que son tus ojos.
Samuel levantó la vista, sorprendido.
—¿Mis ojos?
Alexander sonrió.
—Sí. Son bonitos.
Samuel sintió que el rostro le ardía.
—G-gracias...
—No tienes que agradecer un cumplido.
Alma observó aquella escena sin decir una sola palabra. No sabía por qué, pero esa interacción le resultaba extraña; había algo en la forma en que Alexander actuaba que no terminaba de convencerla.
Justo en ese momento, Alexander volvió la mirada hacia ella.
—¿Hasta qué hora piensan quedarse?
Alma respondió sin dudar:
—Solo una hora. Después nos iremos; no estoy acostumbrada a este tipo de lugares, no me siento cómoda.
Alexander dio un pequeño sorbo a su bebida antes de responder.
—Lo entiendo. Debe ser difícil estar rodeada de personas diferentes a ti.
Alma sostuvo su mirada.
—Es difícil estar con personas con las que no compartes nada.
Alexander sonrió apenas.
—Te entiendo. Debe ser difícil llevarse con alguien a quien no ves como un igual. —Hizo una breve pausa—. Créeme... a veces pienso que uno debe estar con sus iguales. —Mientras decía aquellas palabras, giró ligeramente el rostro hacia Samuel, que permanecía callado con la copa entre las manos—: ¿No lo crees, Samuel?
Samuel, sorprendido por la pregunta, levantó la cabeza. No sabía exactamente a qué se refería Alexander, pero aun así asintió con timidez.
—S-sí...
Alma comprendió de inmediato lo que Alexander estaba haciendo. Sintió que el ambiente comenzaba a incomodarla y se puso de pie.
—Voy un momento al baño.
Nadie dijo nada. Solo Alexander siguió sus movimientos con la mirada mientras ella salía lentamente del salón privado.
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Alma cerró la puerta detrás de ella y caminó hasta el baño de mujeres. Al entrar, se acercó al lavabo, abrió el grifo y dejó que el agua fría recorriera sus manos. Después levantó la vista hacia el espejo.
—Definitivamente... este lugar no es para mí.
Se mojó ligeramente el rostro y salió. No regresó de inmediato al salón privado; necesitaba despejar la cabeza. Comenzó a caminar lentamente por el club y, desde un balcón interior, observó la enorme pista de baile. Decenas de jóvenes bailaban sin preocuparse por nada; algunos ya apenas podían mantenerse en pie y, más allá, varias parejas se besaban como si el resto del mundo no existiera.
Alma apartó la mirada, bajó las escaleras y llegó hasta la barra principal. Pidió un vaso de agua y, mientras bebía, sacó su teléfono para mirar la hora.
Sin darse cuenta ya habían pasado casi treinta minutos desde que salió del salón.
Suspiró.
—Será mejor que busque a Samuel.
Después de todo, habían prometido quedarse solo una hora. Volvió a subir las escaleras y abrió nuevamente la puerta del salón privado.
Los amigos de Alexander reían sin parar mientras las chicas los acompañaban. Samuel ya no permanecía sentado: estaba bailando y sostenía otra copa. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas. No estaba completamente ebrio, pero el alcohol comenzaba a hacer efecto.
Alma sonrió con ternura. Hacía mucho tiempo que no veía a Samuel tan relajado. Se acercó despacio.
—Samuel.
Él giró inmediatamente al escuchar su voz.
—¡Alma! —Sonreía con mucha más facilidad que de costumbre.
—Ya pasó el tiempo. Creo que deberíamos irnos.
Samuel miró alrededor y luego volvió a verla.
—¿Podemos quedarnos un poco más?
Alma iba a responder cuando Alexander dejó su copa sobre la mesa y se puso de pie. Caminó tranquilamente hasta quedar junto a Samuel.
—Creo que esa decisión debería tomarla él. —Alma levantó la mirada. Alexander continuó con el mismo tono calmado—: Si Samuel quiere irse, nadie se lo impedirá. Pero si quiere quedarse... también debería poder hacerlo. —Después miró directamente al muchacho—: ¿Qué quieres hacer, Samuel?
Todas las conversaciones se detuvieron. Los presentes dirigieron la mirada hacia él. Samuel sintió un nudo en la garganta.
Uno de los amigos de Alexander soltó una risa.
—Vamos, hermano... La noche apenas empieza.
Otro añadió entre risas:
—No me digas que te vas porque tu amiga te lo ordenó.
Una de las chicas sonrió divertida:
—Qué lindo... parece que ella manda.
Samuel sintió cómo el rostro le ardía. Miró a Alma y después observó a todos los presentes. No quería que pensaran que era un niño incapaz de decidir por sí mismo. Finalmente respondió:
—Quiero... quedarme un rato más.
Alexander no sonrió; simplemente dio un pequeño paso hacia atrás.
—Entonces asunto resuelto.
Alma comprendió exactamente lo que acababa de ocurrir. Si insistía en llevárselo, las burlas continuarían y Samuel terminaría sintiéndose avergonzado. Ella jamás permitiría eso.
Se acercó lentamente y le acomodó el cuello de la camisa con el mismo cariño de siempre.
—Está bien.
Samuel levantó la cabeza.
—¿No estás molesta?
Alma sonrió.
—Claro que no. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
Samuel asintió con una sonrisa.
—Lo estoy.
Ella miró la copa que él sostenía.
—Pero prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—No bebas más. Ya tomaste suficiente.
Samuel asintió de inmediato.
—Lo prometo.
Alma sacó el teléfono de su bolso y marcó un número. Después de unos segundos, respondieron:
—¿Señor Gómez? Buenas noches, soy Alma... Sí, Samuel está conmigo... Ha bebido un poco. ¿Podría venir por él cuando termine la fiesta?... Sí. Muchas gracias.
Colgó la llamada y guardó el teléfono.
—El señor Gómez vendrá por ti. No regreses solo.
Samuel sonrió.
—Está bien.
—Y cuando llegue, te vas directamente a casa.
—Lo prometo.
Alma le revolvió suavemente el cabello.
—Diviértete.
Samuel sonrió como un niño.
—Gracias por venir conmigo.
Ella también sonrió.
—Nos vemos mañana.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Respiró aliviada cuando finalmente salió del club y sacó el teléfono para pedir un taxi.
Justo entonces escuchó una voz detrás de ella:
—Parece que, definitivamente, este lugar no era para ti.
Alma giró lentamente. Alexander acababa de salir del club; no estaba completamente borracho, pero el alcohol había relajado la perfecta imagen que mostraba durante el día.
Alma volvió a guardar el teléfono. Alexander caminó despacio hasta quedar a su lado.
—Parece que la fiesta no fue de tu agrado. —Soltó una leve risa—. ¿Te vas porque estás incómoda?
Él dio un paso más cerca.
—Tal vez te incomodó estar en un lugar al que no perteneces.
Alma sostuvo su mirada sin retroceder.
—¿Eso era lo que querías demostrar?
Alexander arqueó una ceja.
—No entiendo de qué hablas.
Ella sonrió con ironía.
—Claro que lo entiendes. Desde que llegué has intentado marcar una línea entre nosotros. Entre tu mundo y el mío. Entre Samuel y yo.
Alexander negó lentamente.
—Creo que estás imaginando cosas.
—No. Simplemente eres más evidente de lo que crees.
Durante unos segundos ninguno habló. Alexander rompió el silencio:
—Parece que me guardas cierto rencor.
Alma negó con tranquilidad.
—No. Ni siquiera te conozco lo suficiente para eso.
Alexander dejó escapar una pequeña risa.
—Podríamos conocernos.
Alma no apartó la mirada.
— No quiero conocerte, no tienes nada que me interese.
Él asintió.
— Tengo muchas cosas interesantes, ya que soy mejor que tú.
La respuesta no hizo que Alma perdiera la calma; al contrario, sonrió.
—Si eso fuera cierto... ¿por qué molestarte tanto en intentar humillarme?
Él dio otro paso.
—No intento humillarte.
—¿No?
—No. Solo me resulta curioso ver cómo alguien intenta encajar en un lugar que claramente no es el suyo.
Alma soltó una pequeña risa.
—Qué curioso... Yo pensaba exactamente lo mismo.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que tú tampoco encajas.
Él la observó con atención. Alma continuó:
—Todo el tiempo finges ser amable. Sonríes. Eres educado. Hablas con calma. Pero basta con unas copas para que salga quien realmente eres. —Lo miró directamente a los ojos—. Y, sinceramente... prefiero a este Alexander. Al menos no usa una máscara.
Por primera vez, Alexander dejó de sonreír. No esperaba esa respuesta.
En ese momento, un taxi se detuvo frente a la entrada del club. Alma abrió la puerta, pero antes de subir volvió a mirarlo.
—Una última cosa... No te esfuerces tanto en demostrarme tu superioridad. Te preocupa tanto mi opinión que tu actuar parece infantil.
Subió al taxi, la puerta se cerró y el vehículo comenzó a alejarse.
Alexander permaneció inmóvil observándolo. Solo cuando las luces traseras del taxi desaparecieron al final, habló para sí mismo:
—Eres interesante...
Bajó lentamente la mirada y recordó a Samuel sonriendo dentro del salón. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Alma llegó a su casa como siempre, ya entrada la tarde. Con el tiempo se había acostumbrado a aquel largo trayecto. Al entrar, vio sobre la mesa una nota escrita por su madre: Salí con unas amigas. Vuelvo en la madrugada. No le dio demasiada importancia. Su mamá, cuando tenía algún tiempo libre de su trabajo, solía salir a divertirse con sus compañeras. Era algo habitual; después de todo, todavía era una mujer joven. La había tenido cuando apenas cumplía los dieciocho años y su vida no había sido sencilla. Ser madre soltera significó renunciar a muchas cosas y sufrir durante el tiempo en el que tuvo que criarla sola. Pero ahora que todo estaba más tranquilo, había decidido recuperar parte de la juventud que dejó atrás. Ella la entendía. Sabía lo que su madre había sufrido, pero también que nunca les faltó nada esencial. Desde pequeña aprendió a cuidarse sola y a ser autosuficiente. Antes de dormir, le envió a su amigo el último mensaje del día: Mañana nos veremos. Quiero hablar
Alexander regresó a la habitación. La otra joven seguía allí, sentada en un rincón del sofá. Él la observó con evidente fastidio, acomodándose los puños de la camisa. —Tu amiga se fue muy contenta —dijo mientras caminaba hacia la mesa de centro—. Es increíble lo que unas pocas monedas hacen por la gente como ustedes. Se sirvió un vaso de whisky. —¿Quieres beber? —No —murmuró ella con un hilo de voz. Alexander arqueó una ceja, chasqueando la lengua con desaprobación. —Te ofrezco un trago caro y me lo rechazas. Pero, ¿qué puedo esperar de una mujer como tú? Sabes, ramera, me aburrí de tus lágrimas. La joven se levantó torpemente. Su aspecto estaba completamente deshecho, la ropa desordenada y el rostro visiblemente hinchado por los golpes recibidos horas antes. Alexander dio dos pasos rápidos, la tomó con fuerza del rostro, hundiéndole los dedos en las mejillas. —Espero que puedas mantener esa boca cerrada, porque no querrás perder la lengua, ¿entiendes? Ella asintió frenéticam
Samuel se mantenía en un rincón de la habitación, con la mirada baja y el cuerpo tenso, aplastado por una profunda pena y el bochorno de la situación. La chica de cabello corto lo notó y se le acercó a él con pasos suaves.—¿Qué te ocurre? Pareces asustado —le dijo, observándolo con cierta ternura.—Es solo un niño todavía —intervino Alexander en tono burlón—. Aún no ha estado con ninguna mujer.La chica lo miró sorprendida.—¿De verdad? ¿Es cierto eso?Samuel, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, apenas asintió.—Sí... —respondió.La chica lo miró sorprendida.—¿En serio eres virgen? —preguntó en tono burlón—. ¿Cuántos años tienes?Samuel bajó la mirada, avergonzado.—Dieciocho.—¿Dieciocho? —repitió la chica, sorprendida.Alexander sonrió.—Sí. Cumplió hace unos meses. Es menor que yo, pero solo por un mes.La chica volvió a mirar a Samuel.—Entonces... ¿de verdad nunca has estado con nadie?Samuel sintió que el rostro le ardía y apenas consiguió asentir.—No.La mujer pareció
Samuel había escuchado muchas cosas sobre la casa de Alexander. Había oído que era enorme, que tenía jardines inmensos, salones que parecían sacados de una revista y empleados que se encargaban de cada detalle de la propiedad. Pero al atravesar las grandes puertas de la residencia, comprendió que todo lo que había imaginado se había quedado corto.Samuel se quedó contemplándola en silencio. Su propia casa también era grande y nunca había tenido motivos para considerarla pequeña o modesta, pero aquello era diferente: la residencia de Alexander parecía pertenecer a otro mundo.—¿Qué pasa? —preguntó Alexander con una sonrisa.Samuel volvió la mirada hacia él.—Es mucho más grande de lo que imaginaba.El automóvil se detuvo. Alexander bajó primero, esperó a Samuel y le extendió la mano. Samuel la observó durante un instante antes de tomarla.—Vamos.Entraron juntos. Los empleados de la mansión estaban ocupados con sus respectivas tareas. Algunos levantaron la mirada cuando Alexander pasó
Alma pasó todo el fin de semana sin comunicarse con Samuel. Normalmente era ella quien iniciaba la mayoría de las conversaciones: le escribía para preguntarle cómo estaba, si había hecho sus tareas o simplemente para saber qué estaba haciendo. Pero esta vez no lo hizo. No fue a buscarlo ni lo llamó. No porque hubiera dejado de importarle, sino porque necesitaba comprobar algo.El lunes llegó temprano al instituto. Apenas entró al salón, buscó a Samuel con la mirada. Estaba allí. Al verlo, sintió un alivio que no quiso admitir en voz alta.Entonces escuchó una voz a sus espaldas:—Hola, Alma. ¿Cómo estás?Se giró. Era Alexander. Alma le devolvió el saludo con absoluta naturalidad:—Bien. ¿Y tú?—Muy bien.Los dos entraron al aula. Samuel levantó la mirada y sonrió inmediatamente al verlos ingresar.—¡Alma! ¡Alexander! —los saludó con entusiasmo.Alma ocupó su lugar habitual. Los pupitres estaban organizados en filas perfectamente alineadas y cada mesa era lo suficientemente amplia para
A la mañana siguiente al no poder comunicarse con Samuel, Alma decidió ir directamente a su casa. Así que, cuando terminó su jornada de trabajo en la cafetería donde laboraba como mesera los fines de semana, tomó sus cosas y se dirigió a la residencia de su amigo.Solo quería verlo y asegurarse de que estuviera bien.Cuando llegó, como siempre, fue recibida por la ama de llaves.—Señorita Alma, qué gusto verla.—Hola. ¿Está Samuel?—Sí, está dentro —la mujer hizo una pequeña pausa—. Está con un amigo.Alma arqueó ligeramente las cejas.—¿Con un amigo?—Sí. Pase.Alma agradeció con una pequeña sonrisa y entró. Atravesó el amplio recibidor y avanzó hacia la sala. A medida que se acercaba, comenzó a escuchar voces. Una de ellas era la de Samuel. La otra... Alma se detuvo. Conocía perfectamente aquella voz.Entró en la sala. Alexander estaba allí, sentado junto a Samuel. Y lo más extraño no era simplemente encontrarlo en aquella casa, sino la forma en que estaban juntos: parecían viejos a