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CAPITULO 7

Autor: W.S.Q
last update Data de publicação: 2026-08-11 08:45:58

Alexander regresó a la enorme mansión de su familia a bordo de un automóvil privado. Mientras el vehículo atravesaba los jardines de la propiedad, revisaba en su tableta los detalles del proyecto académico que debía entregar al día siguiente. Ya lo había revisado la noche anterior, y esa misma mañana antes de clases, pero volvió a leer cada párrafo desde el principio.

No volverá a ganarme. Esta vez no.

No parecía preocupado por el segundo lugar que había obtenido en las evaluaciones; al menos, no lo demostraba. Pero cada cifra que corregía, cada palabra que ajustaba una vez más aunque ya estuviera bien, era una forma de asegurarse de que esta vez no habría ningún espacio para el error. Para ella.

Al entrar, uno de los empleados mencionó que su padre había llegado de su viaje de negocios. Alexander hizo un gesto de preocupación, pero se relajó de inmediato y dijo que estaría en su habitación. Antes de irse, le preguntó a ese mismo empleado si su padre había venido acompañado de "esa mujer" también. El hombre asintió, y Alexander subió a su habitación.

Intentó concentrarse en el trabajo, revisando cifras, documentos y apuntes por tercera vez esa noche, pero su teléfono no tardó en vibrar sobre la mesa.

Era el chat grupal de sus amigos.

—Estamos en el Club Élite.

—Tienes que venir.

—Hay modelos.

—No seas aburrido.

Alexander apenas miró la pantalla antes de escribir una respuesta.

Alexander: Estoy ocupado.

Dejó el teléfono a un lado y continuó trabajando. Cinco segundos después, comenzó a sonar una llamada.

Contestó en modo manos libres sin apartar la mirada de la computadora.

—¿Qué quieren?

—Deja ese proyecto ya —respondió una voz al otro lado de la línea—.  Hay chicas muy lindas. Muy sexis.

—No.

—Solo será un rato. Ven.

—No.

—Alexander...

Él levantó lentamente la mirada de la pantalla.

—Prefiero terminar hoy. Después dormiré tranquilo.

Colgó sin esperar respuesta.

Unos minutos más tarde, unos suaves golpes resonaron en la puerta. Era el ama de llaves.

—Joven Alexander —dijo la mujer después de asomarse ligeramente—. Su padre desea verlo en su despacho.

Alexander cerró la computadora.

                                                                 ***

La oficina del señor Beaumont era amplia, elegante y silenciosa. El hombre se encontraba detrás de un escritorio de caoba, revisando un informe financiero. Cuando Alexander entró, levantó la mirada.

—Escuché que obtuviste el segundo lugar en las evaluaciones.

Alexander permaneció de pie frente a él, con la espalda recta.

—No está mal —continuó su padre después de una breve pausa—. Pero tampoco está bien. ¿Cómo piensas ser el mejor si sigues quedando en segundo lugar? Parece que lo haces a propósito, porque de verdad no puedes ser tan incapaz de superarla.

Alexander escuchó sin decir nada. Quería decirle que sí se había esforzado, que en verdad lo había intentado.

—No entiendo cómo esa muchacha vuelve a superarte —prosiguió el señor Beaumont—. Esa niña te supera. Una mujer de clase baja que no ha recibido ni la mitad de lo que tú has tenido. ¿Cómo esperas ser alguien grande si dejas que alguien como ella te pisotee?

Su padre se acercó y le dio dos pequeñas cachetadas mientras hablaba.

—¿Cómo puedes ser inferior a alguien que viene de un barrio pobre, que vive de ayudas del gobierno? ¿Cómo puedes ser tan insignificante? Ah, di algo. No te quedes callado.

—Perdón, padre. Lo haré mejor —respondió Alexander.

—Lo harás mejor, dices. Llevas cuántas veces siendo el segundo. De verdad no entiendo cómo tuve un hijo así. Cuando yo tenía tu edad, sacaba las mejores notas. Era el primero. Pero tú, en cambio, resultaste ser como tu madre. Una mujer hueca que solo le importa divertirse.

Le dio otro golpe, más fuerte que los anteriores.

—No soy igual a ella —dijo Alexander.

El padre lo miró fijamente.

—Eres igual. Hasta en tus malditos ojos. Ahora sal. No quiero volver a hablar con un perdedor.

Alexander salió de la oficina sin decir una palabra, pero antes de cerrar la puerta pensó que le demostraría que podía ser mejor.

                                                                    ***

Regresó a su habitación y volvió a sentarse frente a la computadora. Intentó retomar el proyecto, pero las cifras frente a él comenzaron a perder sentido.

Pensó que todo era culpa de Alma. Ella siempre tenía que lograrlo. No entendía cómo alguien podía ser así. ¿Qué tenía ella de diferente? Porque ella lograba conseguir que él fuera el segundo. Siempre lo había controlado todo, porque ella tenía que terminar con todo lo que él había logrado.

No me volverá a ganar. No lo hará. Ahora no.

El teléfono volvió a vibrar.

Alexander lo tomó y observó el mensaje que acababa de llegar al chat grupal.

—¿Entonces mañana?

Esta vez respondió de inmediato.

Alexander: Reserven el salón privado. Solo inviten a las chicas más guapas.

Dejó el teléfono sobre el escritorio y se reclinó en la silla.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

Entonces recordó lo ocurrido aquella tarde en el instituto.

Samuel saliendo del baño de hombres junto a Alma. La forma en que había evitado mirarlo. Y, sobre todo, aquella reacción cuando sus manos se tocaron al entregarle el uniforme limpio.

Alexander entrecerró ligeramente los ojos.

No sabía exactamente qué significaba aquella reacción de Samuel.

Lo único que tenía claro era que Alma parecía protegerlo demasiado, como si fuera lo más preciado que tenía. Su debilidad.

Y, por alguna razón, eso le resultaba interesante.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.

Guardó el teléfono en el bolsillo y volvió a mirar la pantalla de la computadora.

Esta vez sí consiguió concentrarse, sabiendo que quizás ahí tenía la forma de destruirla.

                                               ***

El Club Élite estaba más lleno de lo habitual aquella noche. Las luces doradas iluminaban el salón privado mientras la música envolvía las conversaciones y las risas. Varias chicas habían llegado antes de tiempo, algunas después de pasar horas arreglándose, eligiendo cuidadosamente sus vestidos y peinados.

Todas esperaban lo mismo.

Que Alexander Beaumont apareciera.

Pero después de casi una hora, uno de sus amigos revisó el teléfono y soltó un suspiro.

—No vendrá.

Las chicas que estaban cerca voltearon inmediatamente.

—¿Qué? —preguntó una de ellas.

—Dice que está ocupado con un proyecto.

La decepción apareció de inmediato en varios rostros.

—Pero pensé que vendría...

—Yo incluso me arreglé especialmente para esta noche —comentó otra mientras acomodaba su cabello frente al espejo.

—Pero —el chico arqueó una ceja—. Hay más peces en el océano. Deberían aprovechar mientras puedan.

Una de las chicas lo miró con cierta molestia.

—Tienes razón.

El chico sonrió, satisfecho, creyendo que había ganado la discusión.

—Al menos alguien entiende lo que digo.

La chica lo observó durante unos segundos antes de responder con total tranquilidad:

—Tú tienes cara de pez.

Los demás estallaron en carcajadas.

—¡¿Qué?!

—No te enojes —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Solo estoy siendo sincera.

El chico negó con la cabeza, fingiendo estar ofendido mientras los demás continuaban riéndose.

—Qué crueles son.

Uno de los chicos soltó una carcajada.

—Ya conocen a Alexander. Cuando se le mete algo en la cabeza, no hay manera de hacerlo cambiar de opinión.

La música continuó sonando mientras la fiesta seguía sin él.

                                                                            ***

De regreso en su habitación, Alexander tomó el móvil, todavía con las palabras de su padre resonándole en la cabeza. Sin pensarlo demasiado, terminó en el perfil de Samuel.

A diferencia de Alma, él sí usaba sus redes con frecuencia: fotos de animales, publicaciones sobre perros y gatos que necesitaban ayuda, una sonrisa que Alexander no recordaba haberle visto tantas veces en persona.

Se detuvo en una fotografía. Samuel junto a Alma, sonriendo de una forma que ella nunca mostraba en el instituto.

Alexander la amplió.

No sabía qué buscaba exactamente. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo mirándola.

La señorita perfecta no debería sonreír, pensó. Debería sufrir. No sabe lo que es ser infeliz.

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