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El secreto de la sangre (2da. Parte)

last update publish date: 2026-09-06 22:13:16

El mismo día

Londres

Harry

Me sentí como un imbécil mientras veía a Amanda marcharse a cenar con Michael. Lo más desconcertante era no tener ninguna certeza sobre aquel maldito embarazo y ya tenía suficientes problemas intentando ubicar a la bruja de Regina como para sumarle otro asunto capaz de hacer estallar todo lo que había conseguido mantener bajo control. Encima, la actitud de Williams me tenía en alerta.

Durante días intenté concentrarme en los asuntos de la empresa, pero lo más extraño fue que ni siquiera volví a cruzarme con Michael. Quizá era una casualidad o tal vez ambos estábamos demasiado ocupados intentando descubrir qué demonios escondía el otro. Fuera como fuera, terminé tomando el camino rápido... o quizá la mayor estupidez que se me había ocurrido para matar dos pájaros de un solo tiro.

Por eso esta noche entré en uno de los casinos de Lucas Rossi.

No había ido a despilfarrar mi dinero ni a buscar diversión. Necesitaba una pista y, si alguien podía tenerla, era aquel mafioso.

El aire del casino estaba cargado de humo, perfume caro y alcohol. Las luces de las máquinas tragamonedas parpadeaban sobre el salón, mientras el tintineo de las monedas se mezclaba con las voces de los jugadores. A pocos metros, los crupieres repartían cartas con movimientos rápidos y precisos. Algunos apostadores celebraban pequeñas victorias como si acabaran de ganar una fortuna, mientras otros bebían junto a las mesas esperando que la siguiente mano cambiara su suerte.

Avancé por el salón sin detenerme, esquivando camareros y jugadores hasta que uno de los hombres de Rossi apareció frente a mí. Amadeo. Su rostro se endureció en cuanto me reconoció.

—¿Qué buscas aquí, Johnson? —gruñó, bloqueándome el paso.

Lo recorrí de arriba abajo con la mirada antes de responder.

—No vine a charlar contigo, Amadeo —espeté sin detenerme—. Busca a tu jefe y dile que tengo un negocio que le interesa.

Amadeo apretó la mandíbula.

—Rossi no recibe visitas sin previo aviso —replicó, intentando recuperar el control.

—Entonces será mejor que le avises —rebatí, sosteniéndole la mirada—. No pienso repetirlo, Amadeo.

Antes de que pudiera contestar, una voz grave llegó desde mi espalda.

—Amadeo, déjame a solas con el barón Johnson —ordenó Rossi.

Me giré.

Lucas Rossi se acercaba con esa serenidad suya que siempre conseguía ponerme los nervios de punta. Vestía un traje oscuro impecable y sostenía un habano entre los dedos. Se detuvo frente a mí, expulsó una bocanada de humo y señaló con la cabeza hacia uno de los salones privados.

Amadeo se apartó sin discutir.

—Por curiosidad, te escucharé, Harry —concedió Rossi mientras comenzaba a caminar—. Espero que esta visita tenga algo más interesante que ofrecerme que una amenaza.

Lo seguí hasta el salón privado y cerré la puerta detrás de nosotros. El ruido del casino quedó amortiguado, aunque todavía podía escuchar el murmullo lejano de las apuestas.

Rossi se acomodó en uno de los sillones y dejó el habano sobre el cenicero.

—Bien —me instó, levantando una ceja—. Habla de una vez.

Sostuve su mirada.

—Sabes lo que busco —exigí—. ¿Dónde está Regina? ¿Dónde está la baronesa?

Rossi dejó escapar una risa baja.

—Basta del resentimiento con Adriana —sentenció, negando despacio con la cabeza—. No es forma de tratar a una madre.

—No vine a escuchar reproches —repliqué con fastidio—. Necesito encontrar a una de las dos y te pagaré lo que quieras.

Rossi se recostó en el sillón y me estudió durante unos segundos.

—¿Por qué lo haría? —se burló—. Prefiero divertirme viéndote perseguir sus sombras.

Di un paso hacia él.

—Puedo hacer unas cuantas llamadas y, en menos de media hora, la policía estaría clausurando tus negocios —amenacé sin apartar los ojos de él—. Pero seamos pragmáticos. Te ahorras el escándalo y yo dejo de perder el tiempo.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Sí sabes a quién estás amenazando? —gruñó, inclinándose hacia delante.

—Lo tengo muy presente, Lucas —repliqué, sosteniéndole el pulso—. Ahora escúchame.

Durante unos segundos ninguno cedió. Afuera, el casino continuaba con su propio ritmo, ajeno a la tensión encerrada en aquella habitación.

Rossi terminó por tomar el habano y encenderlo con toda la calma del mundo.

—De Adriana no sé nada desde hace tiempo —admitió después de soltar el humo—. Pero he escuchado algunos rumores sobre Regina.

Esperé sin apartar la mirada.

—¿Qué rumores? —exigí, inclinándome hacia él.

Rossi movió el habano entre los dedos.

—Dicen que estuvo remodelando unas propiedades en Milán y Nueva York —reveló—. Al parecer, quería ponerlas a la venta.

Fruncí el ceño.

—¿No tendrás alguna dirección? —insistí.

Rossi negó despacio.

—Harry, eso es todo lo que sé —sentenció—. No tengo una dirección ni sé dónde se encuentra ahora.

No estaba dispuesto a marcharme con las manos vacías.

—Entonces piensa mejor —presioné—. Algo más debiste escuchar.

Rossi soltó una carcajada corta.

—Siempre fuiste igual de obstinado.

Me sostuvo la mirada antes de dar otra calada al habano.

—Aunque, si quieres encontrar algo, empieza por revisar los documentos de tu padrastro. Enricco debió dejar un testamento con un listado de sus propiedades a nombre de sus herederos... o eso fue lo que escuché en su momento.

Me quedé inmóvil. El nombre de Enricco removió algo que llevaba años enterrado. Otra mentira de mi madre. Ya no me sorprendía. Lo que empezaba a preocuparme era hasta dónde había llegado para mantenerme lejos de la verdad.

Ella me aseguró que Enricco no me dejó un centavo. Fue su forma de manipularme, de conservar siempre la ventaja. Pero si Rossi decía la verdad, quizá acababa de encontrar la primera pista capaz de llevarme hasta Regina.

Salgo del salón privado y regreso al área de juego sin dejar de pensar en lo que acaba de decirme. Recorro con la mirada las mesas de póker hasta llegar al área VIP. Entonces lo veo.

El pomposo, como solía llamarlo Christopher, está sentado frente a una mesa con las cartas entre los dedos y el ceño fruncido sobre el tapete. Steven, el esposo de Jaqueline.

Avanzo hacia él con dos zancadas y me detengo a su lado. Lo observo resoplar mientras estudia su juego.

—Con esa mano de cartas, dudo que ganes algo —sentencio, señalando sus cartas con un gesto de la barbilla.

Steven se gira y me fulmina con su mirada.

—Mira al crupier... quizá consigas no perder tu apuesta —replico con una sonrisa que consigue irritarlo todavía más.

Aprieta la mandíbula.

—¡Imbécil! —gruñe, dejando las cartas sobre el tapete—. ¿Te envió mi suegro a fastidiarme?

Aparto la silla que está a su lado y tomo asiento sin pedir permiso.

—Williams no necesita enviarme para hacerte la vida imposible —respondo, acomodándome con calma—. Para él eres un cero a la izquierda. No desperdicia sus energías en alguien como tú, ni siquiera por su adorada hija.

Steven entrecierra los ojos y se inclina hacia mí, dejando las cartas sobre el tapete.

—Entonces dime de una vez qué quieres, Harry —exige, cansado de rodeos.

Lo observo unos segundos, dejando que el silencio lo incomode.

—Michael siempre recurre a ti —acuso, bajando la voz—. Eres su confidente, le solapas sus travesuras y sabes cosas que el resto de nosotros ni siquiera sospecha.

Steven sostiene mi mirada, pero no responde.

Me inclino hacia él.

—Así que voy a preguntártelo una sola vez... —sentencio—. ¿Qué hay de cierto en que Michael dejó embarazada a mi hija?

 

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