LOGINDos días después
Londres
Amanda
Nunca esperé semejante golpe bajo de Michael. Ni siquiera comprendía esa necesidad absurda de vivir restregándome mi obsesión con Lance. En lugar de disculparse, había preferido lanzarme palabras hirientes, como si disfrutara regodeándose en mi dolor. Pésima forma de decirme que le importaba. Cualquiera con dos dedos de frente sabía que no debía nombrar a su rival, pero con Michael esa regla nunca parecía aplicar.
Sin embargo, había dicho una verdad que me dolía admitir: Lance seguía persiguiéndome en los sueños. No había conseguido olvidarlo y, como una tonta, todavía estaba ayudando a Cristina a solucionar los problemas de su hermano.
Y quizá lo peor fue que no me levanté de la mesa. O, mejor dicho, ya no estaba en condiciones de hacerlo.
¡Maldición! Había perdido el control con el champagne y, a partir de ahí, todo se convirtió en una sucesión de recuerdos borrosos. Cuando desperté, estaba desnuda en mi cama y Michael dormía a mi lado.
Lo más grave eran las imágenes que todavía se empeñaban en aparecer en mi cabeza: nosotros sentados en el sillón, mis dedos tirando de su corbata y, después, yo desnudándome delante de él.
Me llevé una mano a la frente. ¿En qué demonios estaba pensando?
Y si aquello no había sido suficiente para ponerme de los nervios, lo que vino después terminó de arrinconarme.
Michael estaba sentado en la cama, con el torso desnudo, cuando intenté escapar de mi propia habitación.
Guardé silencio mientras me mordía el labio.
—No finjo nada... Ni siquiera comprendo cómo llegamos a mi departamento —admití, intentando ordenar los recuerdos.
Michael me sostuvo la mirada.
—Comenzó cuando me diste las llaves y terminamos en la cama —explicó, como si relatar aquella noche fuera la cosa más sencilla del mundo.
Se movió hasta el borde del colchón y se puso de pie.
Por un segundo, mis ojos recorrieron su abdomen trabajado y sus brazos fornidos, y aquella visión consiguió dejarme sin aliento. Aparté la mirada enseguida y crucé los brazos.
—¿Y por eso quieres jugar al pretendiente perfecto con otra cena? —repliqué, intentando recuperar el control.
Michael apretó la mandíbula y dio un paso hacia mí.
—La cena de ayer fue un interrogatorio, no una cita —disparó con la voz cargada de amargura.
¡Diablos! Cada segundo me resultaba más difícil mantener la cabeza fría cuando lo tenía delante.
—Tengo miles de asuntos pendientes. No sé cuándo tendré tiempo para un amigo —respondí, aferrándome a aquella palabra como si pudiera protegerme.
Michael me lanzó una mirada cansada.
—Deja de encasillarme como un amigo —replicó, sin apartarse—. Quiero algo más contigo. ¿De qué manera quieres que te lo demuestre?
Puse los ojos en blanco, aunque aquella declaración consiguió alterarme más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—De acuerdo... Veré cómo organizo mi agenda y te llamo.
Desde entonces, Michael me persigue con llamadas y mensajes. Siempre encuentra una excusa para buscarme, aunque solo sea para preguntarme cómo amanecí, desearme buenas noches o rescatar alguna tontería de nuestra infancia. Mentiría si dijera que me desagrada. El problema es que algo me frena. Quizá sea Lance. Quizá sea el miedo a descubrir que Michael puede importarme mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Como sea, el celular vuelve a sonar a la misma hora de los últimos días.
Avanzo por la sala para recogerlo de la mesa, pero antes de alcanzarlo escucho el timbre de la puerta.
Miro la pantalla.
Buenos días, Amanda... Anoche recordé aquella vez en que era incapaz de dar un paso sin pisarte mientras bailábamos.
La sonrisa me sale sola.
Hola, Michael... Recibí muchos pisotones hasta que lograste llevarme el paso.
Los tres puntos aparecen y desaparecen.
Quiero repetir el baile.
Me muerdo el labio antes de responder.
Tal vez algún día.
La respuesta llega casi de inmediato.
No pienso esperar demasiado.
Niego con la cabeza mientras vuelvo a sonreír.
Estoy a punto de contestarle cuando escucho unos pasos aproximarse desde la entrada. Despego la mirada de la pantalla.
Ahí está mi padre.
Lleva el rostro serio y una carpeta bajo el brazo. Cierro la puerta y lo sigo con la mirada mientras avanza hacia la sala.
—Harry... ¿Tan temprano vienes a hostigarme o por fin dejaste de ocuparte de los asuntos turbios de Williams? —pregunto, cruzándome de brazos.
Para mi sorpresa, no se ofende.
—Hoy estoy de buen humor, Amanda —responde con una calma que me resulta sospechosa—. Así que voy a pasar por alto tus berrinches.
—Entonces seamos una familia feliz, papá —replico, señalando el sofá—. ¿Qué te trae por aquí?
Harry deja la carpeta sobre la mesa antes de volverse hacia mí.
—Acabo de transferirte el dinero que me exigiste —anuncia—. Y espero que cumplas tu parte y me devuelvas los documentos que tienes en mi contra.
Deslizo el dedo por la pantalla y reviso el saldo de mi cuenta. La cifra me hace fruncir el ceño.
—Papá, no es todo el dinero que estaba estipulado en el testamento de mi madre —disparo sin rodeos—. Tampoco puedo entregarte la única garantía que tengo para obtener el resto de lo que me pertenece por derecho.
El rostro de Harry se endurece.
—Siempre me dices que no confíe en nadie —le recuerdo, sosteniéndole la mirada—. Y eso también te incluye.
—Deberías irte unos días de vacaciones —replica, desviando la conversación con una tranquilidad que no termina de convencerme—. O quizá prefieras seguir ayudando a Cristina con esa locura de la investigación del hijo de Lance.
Frunzo el ceño.
Algo no encaja.
—¿Qué rayos te sucede? —espeto, desconcertada—. Antes ni querías hablar del tema y ahora quieres que viaje a Nueva York.
Harry me sostiene la mirada antes de responder.
—Pensé que querías jugar a la salvadora de Lance —replica—. Pero si ya no quieres hacerlo, podemos irnos de vacaciones juntos a Milán.
—¿A Milán?
Harry cierra la distancia entre nosotros sin apartar la mirada.
—A la antigua casa de mi madre —precisa—. Podemos hospedarnos allí, alejarnos unos días de todo este desastre y pasar tiempo juntos como padre e hija.
—¿Qué opinas?
Dos días despuésNew YorkMichaelQuería más que un beso. Tampoco se trataba solo de sexo con Amanda; ella jamás había sido otra mujer en mi vida. Al contrario, necesitaba dejar mis huellas en su piel, encontrar en sus ojos algo más que deseo. O simplemente era incapaz de conformarme con un momento de debilidad. Pero cuanto más la besaba, cuanto más mis manos ardían al recorrer su cuerpo, más comprendía que haría lo imposible por ganar su corazón.Y, aun con la respiración cortada y su cuerpo temblando contra el mío, todavía me parecía estar soñando. Ella se movía sobre mí a su antojo mientras mis manos seguían aferradas a su cadera, hasta que mi voz se desgarró en un jadeo y finalmente alcancé el clímax. Ella se dejó caer sobre mi pecho y la rodeé con mis brazos, atrayéndola contra mí.Por un segundo nos quedamos allí, sin movernos. Tenía miedo de que cualquier movimiento acabara con aquel momento. Entonces ella levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa.—Necesito dormir, ¿me su
El mismo díaLondresHarryEl plan era intimidar al pomposo de Steven con tal de arrancar la verdad sobre aquella relación entre Amanda y Michael. No negaría que estaba tentado a golpearlo, pero prefería evitarlo; no necesitaba otro problema más a cuestas. Y, aun así, él era una cajita de sorpresas. Nada estaba garantizado.Me sostenía la mirada como si estuviéramos en una pequeña guerra que solo él entendía. Sus dedos seguían jugando con las cartas sobre el tapete, aunque hacía rato había dejado de prestar atención a la partida.—Puedes preguntar las veces que quieras, Harry —disparó con una sonrisa gélida, dejando las cartas sobre la mesa—, pero no obtendrás nada de mí.Me incliné hacia él y apoyé un brazo sobre el respaldo de su silla.—Disfrutas fastidiarme —respondí con la voz amargada—. Crees que tienes poder sobre mí, pero abro mi billetera y tú hablas.Steven endureció el rostro. La sonrisa desapareció de sus labios y sus dedos dejaron de moverse.—¿Por qué todos creen que soy
La misma nocheWashingtonAmandaCobarde, tal vez, pero mi maldito cuerpo era incapaz de apartarse de Michael. Encima, su aliento sobre mi rostro nublaba cualquier pensamiento y todo empeoró con ese beso que revolucionó algo dentro de mí. Los latidos se me dispararon al cielo y mi boca necesitaba más de ese veneno adictivo que tenían sus labios. Y, aun así, atrapada entre el sabor de sus besos y esa vocecita de mi conciencia, no podía negarme que quería perder la sensatez y, en su lugar, dar rienda suelta a lo que Michael provocaba en mí.Lo peor era que seguía allí, sintiendo el calor de sus dedos sobre mi piel y el pulso acelerado, sin entender por qué me asustaba tanto su pedido.Él no era otro sujeto que desaparecería en cualquier momento. Ese era precisamente el problema. Michael quería formalizar, tener una relación de verdad, y yo no estaba dispuesta a complicarme la vida solo para demostrarle algo a mi padre.Pero su sabor sigue en mis labios y su mirada continúa desarmándome.
La misma nocheWashingtonMichaelQuizás el destino estaba de mi lado o era Cupido haciendo de las suyas. Fuera lo que fuera, coincidir en la misma ciudad con Amanda era una oportunidad para desvelar los secretos de Harry, acercarme un poco más a la verdad sobre Regina Mandarini y, de paso, estar cerca de ella. Sin embargo, con Amanda nada era sencillo. Nunca sabía qué terreno estaba pisando. Por suerte, había aceptado cenar conmigo, aunque no en un restaurante, sino en su propia casa.Abrí el mensaje con la dirección y me detuve antes de salir. No compré flores, mucho menos una botella de vino. Elegí una caja de sus chocolates favoritos.Cuando la limusina se detuvo frente a la mansión, me quedé unos segundos dentro del vehículo, contemplando la fachada. Los muros de piedra, el tejado color terracota y los tonos cálidos le daban al lugar el aspecto de una villa italiana.Otra señal de la sangre italiana de Harry.Bajé del vehículo y avancé hasta la puerta. Apenas tuve tiempo de llama
El mismo díaWashingtonAmandaDespués de la muerte de mi madre todo cambió con Harry o, mejor dicho, nuestra relación se volvió tensa, cortante. Incluso hacía lo imposible por enfurecerlo. Quizás estaba furiosa porque no luchó por salvarla, por conformarse con lo inevitable o simplemente porque su ausencia dolió demasiado y terminó alejándonos. Durante mucho tiempo viví resentida: nada de almuerzos familiares, nada de llamadas, nada de visitarlo en la empresa. Más bien, vivía refugiada en mi mundo. Era mi manera de castigarlo, hasta que él comprendió el mensaje. Tampoco intentó cambiar nuestra relación.Entonces, su inesperada invitación resultaba desconcertante y abría miles de preguntas. ¿Acaso era un ataque de nostalgia? ¿Culpa por el pasado? ¿Estaba enfermo? Pero mientras más lo pensaba, más me inquietaba.Finalmente, mi voz rasgó el ambiente.—Dime la verdad, Harry —exigí, sosteniéndole la mirada—. ¿Por qué ahora quieres hacer el papel de padre preocupado?Harry bajó los ojos un
El mismo díaLondresMichaelHabía lanzado el anzuelo esperando que Marie Lefebvre me ayudara en mi investigación sobre Harry. Lo mejor de todo era que parecía una charla casual sobre el pasado, o al menos eso esperaba que creyera.Dejé que hablara mientras daba un sorbo a mi copa y recorría con la mirada el movimiento detrás de ella. Marie había dejado la suya sobre una mesa cercana y parecía buscar en su memoria aquella época. Pasaron unos segundos antes de que finalmente levantara la mirada hacia mí.—Por Dios, Michael... ni siquiera tu padre se salva de tus críticas —soltó con una sonrisa—. Aunque yo tampoco soy fan de sus historias sobre su descendencia noble.Dejé escapar una risa y levanté mi copa en su dirección.—No te preocupes, te guardo el secreto —prometí entre risas—. Pero son solo chismes lo que dice la gente de Harry...Marie negó con la cabeza y tomó nuevamente su copa.—Si mal no recuerdo, cuando Christopher me pidió salvar el desfile de tu madre, mencionó que su ami







