LOGINEl mismo día
Londres
Harry
Después de tantos años, todavía me despierto agitado con el eco de la premonición de mi abuela y su risa maquiavélica repitiendo que Amanda reclamará sus derechos como una Mckeson.
Durante mucho tiempo me convencí de que la vieja estaba equivocada. Amanda jamás formaría parte de ese maldito imperio. Creí que, manteniéndome al lado de Williams como un simple monigote, podría protegerla de la guerra que la baronesa comenzó muchos años atrás.
Sin embargo, desde la muerte trágica de Christopher todas mis certezas empezaron a desmoronarse. El equilibrio que tanto me costó mantener dejó de existir y comprendí que, si quería evitar otra tragedia, debía encontrar respuestas antes que alguien más.
O, mejor dicho, estoy intentando encontrar a la bruja de Regina. Tal vez siguiéndole el rastro descubra, de una vez por todas, qué fue de la baronesa. Sí... de mi madre. La misma mujer que tuvo una hija con Enrico Mandarini y me condenó a ser una pieza más de su venganza.
No sé si encontraré a Regina o si abriré la puerta a un infierno todavía peor. Lo único que tengo claro es que cada paso me acerca a una verdad que Williams lleva demasiados años escondiendo... o eso empiezo a creer.
Como si eso no fuera suficiente, apareció Michael.
El hijo de Jaqueline lleva semanas haciendo preguntas incómodas, investigando un pasado que nadie debería remover. Cree que busca respuestas sobre las empresas, cuando en realidad está caminando hacia secretos capaces de destruir a toda la familia.
Y hoy volvió a demostrarlo.
No perdió la oportunidad de fastidiarme delante de Williams. Diría que el sentimiento es recíproco, pero estaría mintiendo. Lo mantengo al margen porque es la única forma de protegerlo. Williams ya no mueve un dedo para detenerlo... o quizá la vejez terminó por volverlo demasiado indulgente.
Dejo escapar el aire antes de romper el silencio.
—Williams solo le daba un par de sugerencias a Michael sobre un contrato —murmuro con frialdad—. Es todo.
Vuelvo mi mirada hacía Michael
—Exacto, abuelo... —escupe Michael clavándome los ojos—. Solo tenía una pequeña discrepancia con Harry.
Williams pasea la mirada entre los dos antes de carraspear con calma.
—Me alegra ver que puedan trabajar juntos —comenta con una serenidad que nunca deja entrever lo que realmente piensa—. Harry, acompáñame a mi oficina.
Asiento apenas. Antes de seguirlo, ruedo los ojos hacia Michael.
—Enfócate en lo importante, muchacho. —disparo sin rodeos.
No espero una respuesta. Camino detrás de Williams por el pasillo hasta que entramos en su oficina. Cierro la puerta con cuidado y permanezco unos segundos de pie antes de decidirme a hablar.
—Williams... sigo creyendo que es una locura tener al muchacho aquí —objeto con evidente malestar, sosteniéndole la mirada.
Él ni siquiera levanta la vista de los documentos que tiene frente a sí.
—¿Qué te preocupa, Harry? ¿Qué descubra que eres un Mckeson o que encuentre a la víbora de Adriana? —inquiere con una tranquilidad que consigue tensarme los nervios.
Aprieto la mandíbula.
—No quiero revivir el pasado provocando otra guerra dentro de la familia —replico con firmeza, conteniendo el impulso de alzar la voz—. Mucho menos que el muchacho termine atrapado en una tormenta que ni siquiera comprende.
Williams deja escapar un suspiro cansado. Recién entonces levanta la vista y la clava en mí.
—Ya todos estamos condenados... —deja caer con la voz resignada— y lo único que nos queda es sobrevivir.
Niego despacio con la cabeza.
—Otra vez con tus malditos acertijos... —mascullo, incapaz de ocultar la frustración—. ¿Por qué no me dices, de una vez por todas, qué es lo que ocultas?
Él sostiene mi mirada unos segundos. Después vuelve a dejar el expediente sobre el escritorio con una calma exasperante.
—Sigue haciendo tu trabajo como siempre... y ocúpate de cuidar a mi nieta.
Frunzo el ceño.
—¿Hablas de Cristina? —pregunto, intentando seguir el rumbo de sus palabras.
Williams niega despacio.
—De tu hija... de Amanda.
Mi respiración se corta por un instante.
Jamás se refiere a Amanda como su nieta, esto es un mal augurio. Algo terrible se avecina.
—Ahora cuéntame del asunto de las coimas. ¿Alguna novedad?
Horas más tarde
Todavía me pregunto qué demonios hago parado frente a la puerta del pent-house de mi hija.
Puedo imaginar lo primero que saldrá de su boca apenas me vea, pero ya es demasiado tarde para dar media vuelta.
La puerta termina por abrirse.
Ahí está Amanda.
Me contempla con los brazos cruzados y la misma mirada desafiante que tenía su madre cada vez que intentaba llevarme la contraria. Por un instante vuelvo a verla de niña, convencida de que podía enfrentarse al mundo entero.
—¿Vas a decirme qué haces aquí o te quedarás callado contemplándome, papá? —ironiza sin apartar la vista de mí.
Esbozo una sonrisa que no consigue convencer ni a ella ni a mí.
—Pasaba a saludarte —respondo con una naturalidad que ni yo mismo consigo creer mientras intento sostenerle la mirada—. Sé que estuviste en la empresa y ni siquiera fuiste a verme.
Amanda deja escapar una risa baja, de esas que no tienen una pizca de humor. Arquea una ceja y termina por apoyarse contra el marco de la puerta, observándome como si intentara descubrir qué clase de hombre tiene delante.
—¿Qué sucede, Harry? ¿Por qué esta actitud paternal tan inesperada? —me encara sin apartar la vista de mí.
Sus palabras me golpean más de lo que estoy dispuesto a admitir. Bajo la mirada apenas un instante antes de volver a encontrarme con sus ojos.
—Soy tu padre... y eso basta para preocuparme por ti.
No espero que me invite a pasar. Me abro camino entre los dos y entro al departamento. La música envuelve el ambiente con una calma que dura apenas unos segundos, hasta que mis ojos tropiezan con la mesa del comedor.
Dos copas.
El estómago se me contrae de inmediato.
—¿Volviste con el idiota de René o tienes un nuevo pretendiente? —pregunto mientras vuelvo la vista hacia ella, incapaz de ocultar el fastidio.
Amanda niega despacio con la cabeza. Otra sonrisa irónica cruza por sus labios antes de recoger el bolso del sofá.
—Papá, deja de tratarme como si fuera una niña. Tampoco finjas interés por mi vida... y ahora márchate.
Da un paso hacia la puerta, decidida a dejarme atrás.
—¡Amanda! —la detengo con una voz más dura de la que pretendía.
Se inmoviliza apenas un instante, aunque no llega a girarse por completo.
—Voy a cenar con Michael.
El nombre cae sobre mí como un golpe seco.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que siento los dientes rechinar. Durante unos segundos soy incapaz de articular una sola palabra. Todo encaja demasiado rápido. Las dos copas. Su prisa por echarme. La llamada que nunca respondió.
No.
Con él no.
Acorto la distancia que nos separa hasta obligarla a enfrentarme.
—No te quiero cerca de él... ni de ningún Mckeson... —advierto sin apartar la vista de ella.
Amanda levanta despacio el mentón. No retrocede. No baja la mirada.
—No puedes decidir con quién salgo.
La observo unos segundos. Esa terquedad... la misma que heredó de su madre. Dejo escapar el aire antes de sostenerle la mirada una vez más.
—Te exijo que canceles esa maldita cena... o yo mismo me encargaré de hacerle entender.
Espero un instante.
—¿Qué prefieres?
Esboza una sonrisa tímida.
—No quería decírtelo de esta manera, pero no me dejas de otra. Estoy embarazada y Michael es el padre.
Amanda sostiene mi mirada sin pestañear.
Todo a mi alrededor pierde sentido.
Intento encontrar una mueca, una sonrisa, cualquier gesto que delate una de sus bromas.
No encuentro nada.
—Tiene que ser mentira... una de tus bromas pesadas... ¿verdad?
Casi cinco años despuésNew YorkAmandaTodavía siento un ardor en la garganta cuando pienso en mi padre y, a veces, me descubro regresando a aquellos días en los que todo cambió. Me cuesta seguir adelante sin él. Como dice mi esposo, sigo culpándome por lo sucedido. Justo cuando creí que tenía derecho a ser feliz, la vida volvió a golpearnos con una crueldad que todavía me cuesta aceptar.Fue una época dolorosa para todos. Aprendimos a ser una familia, nos mantuvimos unidos y Harry hizo lo que siempre hizo: arreglar los desastres de Williams. Pero esta vez el precio fue demasiado alto.El olor de la tierra húmeda se mezcla con la brisa de la mañana mientras avanzo entre las lápidas, con la mano de mi hija entre las mías. Sasha se detiene a mirar a su alrededor y tira suavemente de mis dedos.—¿Ya llegamos, mami? —pregunta con impaciencia.—Casi, mi amor.Me detengo frente a la lápida de mi padre. Por unos segundos, permanezco inmóvil, incapaz de acercarme más. Después, miro a Sasha y
Un tiempo despuésLondresMichaelEntre tantos «te amo», los días se me escaparon sin darme cuenta. Solo fui consciente del paso del tiempo cuando el vientre de Amanda comenzó a crecer con nuestro hijo. Todavía me costaba creer que íbamos a ser padres. Todo se volvió real al escuchar el primer llanto de Edward.Se me cortó la respiración. Una sonrisa nerviosa me curvó los labios y los ojos se me llenaron de lágrimas al verlo sobre el pecho de su madre, tan pequeño y frágil que hasta rozarlo me daba miedo.Por Dios, era hermoso. Tenía los ojos azules cargados de ternura y unos rasgos que me recordaban a Amanda. Me quedé mirándolo sin saber qué decir, con el corazón desbocado y la certeza de que aquel diminuto cuerpo acababa de cambiarme la vida para siempre.Durante los primeros días, despegarme de él fue casi un desafío. Buscaba cualquier excusa para cargarlo un rato más, sentir sus dedos diminutos aferrados a los míos o contemplarlo mientras dormía. Al regresar a casa, muchas veces e
Unos meses más tardeLondresAmandaSupongo que no había manera de resistirme, no cuando mi corazón tenía dueño, y casarme con Michael fue confirmar que quería una vida a su lado. Fue conmovedor escucharlo hablar de nosotros, no de promesas, sino de todo lo que construiríamos juntos. Me vi reflejada en sus pupilas y ya no me asustaba sujetar su mano ni convertirme en su compañera, porque él supo desterrar mis miedos con esa manera suya de amarme.La luna de miel fue vivir sin apuros ni preocupaciones. Éramos nosotros dos, entre sábanas revueltas, besos robados, caricias prohibidas y provocaciones que nos hacían olvidar hasta la intención de salir de la villa. Y, sin embargo, no podíamos quedarnos para siempre en la Toscana.Apenas regresamos, nos sorprendieron con un almuerzo familiar.Estábamos en el jardín, rodeados de anécdotas, bromas y platos que pasaban de mano en mano. Michael mantenía sus dedos entrelazados con los míos por debajo de la mesa, mientras Jacqueline nos observaba
La misma nocheTámesis, cerca de Greenwich, LondresHarrySeguía clavada en mi memoria la mirada de Amanda cuando le mostré el lunar de mi espalda. La confusión, el desconcierto y esa rabia que terminó por apartarla de mí me perseguían sin darme tregua. Quise detenerla, encontrar las palabras capaces de aliviar su dolor, pero mi niña no quiso escucharme. Se marchó sin dejarme acercar y yo me quedé inmóvil, con las manos cerradas y un nudo en la garganta, viendo cómo se alejaba.Jacqueline se detuvo a mi lado. No hizo falta que la mirara para saber que también seguía a Amanda con los ojos.—No te acerques, Harry. Solo conseguirás palabras hirientes… Necesita procesar la verdad —me advirtió.Me pasé una mano por el rostro, incapaz de apartar la vista de mi hija.—Necesito saber que no me odia… No quiero perderla a ella también —murmuré con la voz áspera.Jacqueline apretó los labios antes de volverse hacia mí.—Ella no te odia. Está furiosa, y tiene derecho a estarlo. Dale tiempo.Solté
La misma tardeTámesis, cerca de Greenwich, LondresMichaelLa sonrisa nerviosa de Amanda me tenía con el corazón bombeando a toda máquina, aunque quizá fuera la felicidad de volver a tenerla entre mis brazos. Aun así, me moría por saber qué había respondido cuando le preguntaron por las flores de la boda.—¿Te importa el color? —preguntó Amanda, acomodándose contra mi pecho.Su expresión tenía ese desafío juguetón que tantas veces me había hecho perder la paciencia y que, aun después de todo lo vivido, seguía enamorándome. Pero aquella respuesta era la señal que necesitaba para continuar.Me aparté de ella, rodé hasta el borde de la cama y recogí el abrigo que había dejado sobre una silla.—¿Michael? —me llamó, acomodándose contra el respaldo de la cama.No respondí. Busqué en el bolsillo la pequeña caja de terciopelo y regresé hacia ella. Me senté frente a Amanda, apoyé una rodilla en el colchón y abrí la caja entre mis manos.Levanté la mirada hacia sus ojos.—No tengo un discurso
Unos días despuésTámesis, cerca de Greenwich, LondresAmandaDespués de la sorpresa de encontrarme con Michael en el globo, me ganó la rabia. Tal vez no estaba preparada para perdonarlo; tampoco sabía cómo pasar página sin sentir que traicionaba todo lo que había sufrido. Así que reaccioné como cuando era adolescente: me crucé de brazos y le di la espalda, fingiendo que el paisaje me interesaba mucho más que el hombre que se empeñaba en recuperar mi atención.—No vas a responderme. Perfecto. Puedo hacer un monólogo de lo que significa ser un imbécil con quien amo… —soltó Michael, con una ironía que no alcanzó a esconder su frustración.Lo miré de reojo. Tenía la mandíbula tensa, pero volví la cara hacia el paisaje, decidida a no darle el gusto de una respuesta.—Era más fácil cuando éramos niños. Te reías de mis bromas y, al final del día, no querías despedirte de mí… pero ahora me odias… —murmuró, con la voz apagada.Sus palabras me dejaron sin respuesta. Mantuve los brazos cruzados







