登入La misma noche
Londres
Amanda
Desde que tuve uso de razón fui el paño de lágrimas, la amiga de la infancia, la rubia tonta que nadie se molestó en tomar en serio. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue aceptar que Lance Mckeson se casó, que siempre estuvo fuera de mi alcance.
Y, aun así, me esforcé por dejarlo atrás, por enterrarlo de una vez en el cajón del olvido. Salí con hombres que no significaban nada, idiotas que apenas servían para regalarme un rato de diversión, escapadas improvisadas a alguna playa paradisíaca y cualquier excusa que me permitiera mantener la cabeza ocupada. También aproveché cada oportunidad para huir del control enfermizo de mi padre.
Desde que mi madre murió se volvió todavía más insoportable. Más asfixiante. Y, aunque suene terrible admitirlo, descubrir que podía sacarlo de quicio terminó convirtiéndose en una pequeña diversión.
Nunca entendí su obsesión por repetirme que tuviera cuidado con los hombres con los que me involucraba, como si siguiera siendo una niña incapaz de tomar sus propias decisiones. Tal vez todo tenía que ver con los trabajos turbios que hacía para Williams Mckeson. A esas alturas, nada de lo que viniera de mi padre conseguía sorprenderme. Mucho menos interesarme.
Lo que sí no lograba entender era qué demonios le pasaba con Michael. No era un desconocido, todo lo opuesto, lo conocía desde que éramos niños. Así que dije lo primero que se me cruzó por la cabeza con tal de salir de mi propio departamento.
Lo admitía. Había exagerado con la mentira, pero dar marcha atrás ya no era una opción. Por eso soporté la manera en que mi padre me clavó aquella mirada intimidante. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente de la rabia. Faltaba muy poco para que empezara a gritar.
Veamos quién cedía primero.
Me crucé de brazos y sostuve su mirada sin pestañear.
—Amanda... voy a contar hasta tres y quiero la verdad. Ahora mismo... —advirtió conteniendo la rabia, clavándome una mirada capaz de atravesar a cualquiera.
Me encogí de hombros sin borrar la sonrisa.
—Problema tuyo si no me crees... Serás abuelo. —repliqué con una naturalidad que solo consiguió enfurecerlo más.
Di un paso hacia él hasta invadir su espacio. Incliné la cabeza cerca de su oído y bajé la voz con toda la intención de fastidiarlo.
—Te dejé la cena en el horno. No olvides apagar la música... y, por favor, no te acabes toda la botella de vino... —murmuré con una sonrisa traviesa.
Mi padre cerró los ojos con fuerza. La mandíbula volvió a tensársele antes de dejar escapar un suspiro cargado de frustración.
—Amanda... —masculló entre dientes, haciendo un esfuerzo evidente por no perder el control.
Pero ya era demasiado tarde.
Recogí el abrigo, me colgué el bolso al hombro y eché a andar hacia la puerta como si nada hubiera pasado.
—Disfruta la cena, papá... —me despedí agitando la mano por encima del hombro.
—¡Vuelve aquí! ¡No seas una niña malcriada! —me reprendió avanzando tras de mí con los puños cerrados, incapaz de ocultar la desesperación.
Entré al ascensor antes de que pudiera alcanzarme.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Le agité la mano con una sonrisa inocente, pero él seguía fulminándome con la mirada. Y, por primera vez en toda la noche, fui yo quien ganó la partida.
En este instante humedezco los labios con la copa de champagne mientras el piano envuelve el restaurante con una melodía suave. Escucho a Michael contar una de sus tantas historias de juventud y no puedo evitar sonreír.
—Te juro que no sabía por dónde meterme... Menos mal que esos días ya pasaron —admite con una risa baja, negando apenas con la cabeza.
Le devuelvo la sonrisa mientras hago girar la copa entre los dedos.
—Supongo que creciste... o simplemente ya no tiene sentido esconderte de los gritos de tu abuelo. Ahora trabajas con él... —bromeo sin apartar la vista de él.
Michael deja la copa sobre la mesa y entrelaza las manos con calma. Sus ojos permanecen fijos en los míos, como si intentara leer cada pensamiento que pasa por mi cabeza.
—Pero no me llamaste para recordar viejos tiempos... ni para perder el tiempo conmigo. —Hace una breve pausa antes de inclinarse apenas hacia delante—. ¿Qué quieres, Amanda?
¡Diablos! Me conoce demasiado bien. O tal vez llevo un enorme letrero en la frente que delata que escondo algo.
Intento sostenerle la mirada sin perder la sonrisa.
—Pasar un rato con un viejo amigo.
Michael arquea apenas una ceja. Ni siquiera pestañea.
—Vuelve a intentarlo... —rebate con una tranquilidad desesperante—. Y esta vez asegúrate de contarme toda la historia.
Veamos si muerdes el anzuelo.
Dejo la copa sobre la mesa y me inclino apenas hacia él.
—Quiero tener sexo contigo... y, con un poco de suerte, quedar embarazada —disparo sin el menor rodeo.
Michael permanece inmóvil durante un segundo.
Después se lleva una mano al pecho con fingida indignación.
—Espera... No soy un hombre tan fácil.
No puedo evitar soltar una carcajada.
Él termina por sonreír también mientras se acomoda en el respaldo de la silla, disfrutando claramente de mi desconcierto.
—Primero formalicemos la relación... —propone con absoluta seriedad—. Después tendrás todo lo que quieras de mí.
Frunzo el ceño y lo observo como si acabara de perder la razón.
—¿Estás bromeando? —pregunto, incapaz de creer lo que acabo de escuchar.
Michael niega despacio sin borrar la calma de su rostro.
—En absoluto. —Sostiene mi mirada con firmeza—. Podemos subirnos ahora mismo a un avión rumbo a Las Vegas. En unas horas seríamos oficialmente marido y mujer... y entonces tendrías todo lo que estás buscando de mí.
Parpadeo varias veces. No puede estar hablando en serio. ¿O sí?
—Pero estás casado con Yang Ling... —objeto con cautela, sin apartar la vista de él.
Michael deja escapar una sonrisa apenas perceptible antes de negar despacio con la cabeza.
—Ahora comprendo de dónde viene esta inesperada invitación —replica con calma, entrelazando las manos sobre la mesa—. Yang Ling ya forma parte del pasado. Soy un hombre libre... y sin ataduras.
Abro la boca para responder.
—Michael...
Él levanta una mano, pidiéndome que espere.
—Déjame hablar, Amanda... —me interrumpe con una serenidad que consigue desarmarme—. Pensé que de verdad querías pasar un rato conmigo. No imaginé que terminaría sentado en una especie de interrogatorio.
Esboza una sonrisa cansada y deja caer la espalda contra el respaldo de la silla.
—Solo te falta ponerme unas esposas y encerrarme en una asquerosa celda.
Ruedo los ojos y cruzo los brazos.
—¿Puedes callarte un momento? —replico con evidente fastidio.
Michael niega despacio sin dejar de mirarme.
—No... —rebate con una tranquilidad que empieza a dolerme más de lo que debería—. No mientras sigas viéndome únicamente como tu amigo.
Hace una breve pausa.
Sus ojos no abandonan los míos.
—¿Hasta cuándo voy a seguir compitiendo con Lance?
Casi cinco años despuésNew YorkAmandaTodavía siento un ardor en la garganta cuando pienso en mi padre y, a veces, me descubro regresando a aquellos días en los que todo cambió. Me cuesta seguir adelante sin él. Como dice mi esposo, sigo culpándome por lo sucedido. Justo cuando creí que tenía derecho a ser feliz, la vida volvió a golpearnos con una crueldad que todavía me cuesta aceptar.Fue una época dolorosa para todos. Aprendimos a ser una familia, nos mantuvimos unidos y Harry hizo lo que siempre hizo: arreglar los desastres de Williams. Pero esta vez el precio fue demasiado alto.El olor de la tierra húmeda se mezcla con la brisa de la mañana mientras avanzo entre las lápidas, con la mano de mi hija entre las mías. Sasha se detiene a mirar a su alrededor y tira suavemente de mis dedos.—¿Ya llegamos, mami? —pregunta con impaciencia.—Casi, mi amor.Me detengo frente a la lápida de mi padre. Por unos segundos, permanezco inmóvil, incapaz de acercarme más. Después, miro a Sasha y
Un tiempo despuésLondresMichaelEntre tantos «te amo», los días se me escaparon sin darme cuenta. Solo fui consciente del paso del tiempo cuando el vientre de Amanda comenzó a crecer con nuestro hijo. Todavía me costaba creer que íbamos a ser padres. Todo se volvió real al escuchar el primer llanto de Edward.Se me cortó la respiración. Una sonrisa nerviosa me curvó los labios y los ojos se me llenaron de lágrimas al verlo sobre el pecho de su madre, tan pequeño y frágil que hasta rozarlo me daba miedo.Por Dios, era hermoso. Tenía los ojos azules cargados de ternura y unos rasgos que me recordaban a Amanda. Me quedé mirándolo sin saber qué decir, con el corazón desbocado y la certeza de que aquel diminuto cuerpo acababa de cambiarme la vida para siempre.Durante los primeros días, despegarme de él fue casi un desafío. Buscaba cualquier excusa para cargarlo un rato más, sentir sus dedos diminutos aferrados a los míos o contemplarlo mientras dormía. Al regresar a casa, muchas veces e
Unos meses más tardeLondresAmandaSupongo que no había manera de resistirme, no cuando mi corazón tenía dueño, y casarme con Michael fue confirmar que quería una vida a su lado. Fue conmovedor escucharlo hablar de nosotros, no de promesas, sino de todo lo que construiríamos juntos. Me vi reflejada en sus pupilas y ya no me asustaba sujetar su mano ni convertirme en su compañera, porque él supo desterrar mis miedos con esa manera suya de amarme.La luna de miel fue vivir sin apuros ni preocupaciones. Éramos nosotros dos, entre sábanas revueltas, besos robados, caricias prohibidas y provocaciones que nos hacían olvidar hasta la intención de salir de la villa. Y, sin embargo, no podíamos quedarnos para siempre en la Toscana.Apenas regresamos, nos sorprendieron con un almuerzo familiar.Estábamos en el jardín, rodeados de anécdotas, bromas y platos que pasaban de mano en mano. Michael mantenía sus dedos entrelazados con los míos por debajo de la mesa, mientras Jacqueline nos observaba
La misma nocheTámesis, cerca de Greenwich, LondresHarrySeguía clavada en mi memoria la mirada de Amanda cuando le mostré el lunar de mi espalda. La confusión, el desconcierto y esa rabia que terminó por apartarla de mí me perseguían sin darme tregua. Quise detenerla, encontrar las palabras capaces de aliviar su dolor, pero mi niña no quiso escucharme. Se marchó sin dejarme acercar y yo me quedé inmóvil, con las manos cerradas y un nudo en la garganta, viendo cómo se alejaba.Jacqueline se detuvo a mi lado. No hizo falta que la mirara para saber que también seguía a Amanda con los ojos.—No te acerques, Harry. Solo conseguirás palabras hirientes… Necesita procesar la verdad —me advirtió.Me pasé una mano por el rostro, incapaz de apartar la vista de mi hija.—Necesito saber que no me odia… No quiero perderla a ella también —murmuré con la voz áspera.Jacqueline apretó los labios antes de volverse hacia mí.—Ella no te odia. Está furiosa, y tiene derecho a estarlo. Dale tiempo.Solté
La misma tardeTámesis, cerca de Greenwich, LondresMichaelLa sonrisa nerviosa de Amanda me tenía con el corazón bombeando a toda máquina, aunque quizá fuera la felicidad de volver a tenerla entre mis brazos. Aun así, me moría por saber qué había respondido cuando le preguntaron por las flores de la boda.—¿Te importa el color? —preguntó Amanda, acomodándose contra mi pecho.Su expresión tenía ese desafío juguetón que tantas veces me había hecho perder la paciencia y que, aun después de todo lo vivido, seguía enamorándome. Pero aquella respuesta era la señal que necesitaba para continuar.Me aparté de ella, rodé hasta el borde de la cama y recogí el abrigo que había dejado sobre una silla.—¿Michael? —me llamó, acomodándose contra el respaldo de la cama.No respondí. Busqué en el bolsillo la pequeña caja de terciopelo y regresé hacia ella. Me senté frente a Amanda, apoyé una rodilla en el colchón y abrí la caja entre mis manos.Levanté la mirada hacia sus ojos.—No tengo un discurso
Unos días despuésTámesis, cerca de Greenwich, LondresAmandaDespués de la sorpresa de encontrarme con Michael en el globo, me ganó la rabia. Tal vez no estaba preparada para perdonarlo; tampoco sabía cómo pasar página sin sentir que traicionaba todo lo que había sufrido. Así que reaccioné como cuando era adolescente: me crucé de brazos y le di la espalda, fingiendo que el paisaje me interesaba mucho más que el hombre que se empeñaba en recuperar mi atención.—No vas a responderme. Perfecto. Puedo hacer un monólogo de lo que significa ser un imbécil con quien amo… —soltó Michael, con una ironía que no alcanzó a esconder su frustración.Lo miré de reojo. Tenía la mandíbula tensa, pero volví la cara hacia el paisaje, decidida a no darle el gusto de una respuesta.—Era más fácil cuando éramos niños. Te reías de mis bromas y, al final del día, no querías despedirte de mí… pero ahora me odias… —murmuró, con la voz apagada.Sus palabras me dejaron sin respuesta. Mantuve los brazos cruzados







