FAZER LOGINEl dormitorio estaba envuelto en una tenue luz ámbar que suavizaba los contornos rígidos de la suite de Finn, situada en la última planta. Afuera, la lluvia otoñal dejaba las calles relucientes, proyectando reflejos fragmentados sobre los grandes ventanales. Sobre el amplio colchón, el ambiente se sentía sofocante y cargado de un calor silencioso e ilícito.
Emily Bennet yacía de costado, con el cabello extendido sobre las sábanas oscuras y los dedos recorriendo nerviosamente la cadena de oro de su collar. Frente a ella, envuelto en el mismo edredón pesado, Finn Forbes se apoyaba en el codo. Llevaba la camisa de corte impecable desabotonada en el cuello y la corbata tirada en el suelo; sus ojos azul oscuro delataban agotamiento y pánico. —Ha bloqueado mi número, Emily —dijo Finn, bajando la voz hasta convertirla en un susurro tenso. Extendió la mano, deslizándola por la seda de la cintura de ella, y presionó los dedos contra su cadera para atraerla hacia sí hasta que las rodillas de ella encajaron entre las suyas—. Todas las líneas. Esta mañana envié rosas blancas de tallo largo a Bennett & Co. ¿Sabes lo que hizo? Emily soltó un suave suspiro; su aliento acarició el pecho de él mientras alzaba la mano para recorrerle la mandíbula con las yemas de los dedos. —Finn... por favor. —Ni siquiera abrió la tarjeta —continuó Finn con amargura, apretando los dedos contra la cadera de ella y pegándola a su pecho desnudo—. Su asistente las llevó directamente a la sala de descanso, siguiendo órdenes expresas de Caroline. Trató cuatro años de mi vida —cuatro años de nuestra vida— como si fueran simple correo basura. —Finn, deja de insistir —murmuró Emily con una cadencia suave y melódica, acercándose más y deslizando la mano por el cuello de él para enredar los dedos en el cabello de la nuca. Su pulgar acarició con delicadeza la piel sensible detrás de la oreja de él—. Ya sabes cómo es Caroline. Cuando decide que se ha cruzado un límite, no negocia. Cierra la puerta con llave y quita el pomo. Pero no necesitas rogarle que la abra. Finn apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos mientras tragaba saliva con dificultad. La aspereza de su ira se suavizó, dando paso a una atracción intensa y magnética que se había ido gestando entre ambos durante más de un año: una intimidad secreta forjada justo ante las narices de Caroline mientras ella trabajaba jornadas de dieciséis horas. —No debería terminar así —murmuró Finn, cambiando el peso de su cuerpo para presionar su pecho contra el de ella y rodeándole la cintura con firmeza. Su mano se deslizó bajo el dobladillo de la blusa de ella; su palma cálida se posó sobre la piel desnuda de la zona lumbar, atrayéndola con fuerza hacia su cuerpo. —Le dediqué cuatro años, Em. Estuve a su lado en cada presentación corporativa importante. —No te limitaste a estar a su lado, Finn —susurró Emily, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo. Deslizó su pierna sobre la de él, entrelazándolas bajo el edredón. Se acercó hasta que sus labios rozaron el cuello de él, aspirando el calor de su piel. —Construiste tu mundo en torno a sus expectativas. Y ella te trataba como a un accesorio de sus balances financieros. Nunca te tocó... como yo te toco. Para enfatizar sus palabras, Emily le dio un beso lento y prolongado en la base de la garganta mientras sus manos subían por la espalda de él y sus uñas le acariciaban ligeramente los hombros. Finn soltó un suspiro largo y entrecortado, girando la cabeza para atrapar los labios de ella en un beso profundo y posesivo. La mano que tenía en la espalda baja de ella la acercó aún más, pegando sus cuerpos en la oscuridad de la habitación. —Dios, Emily —dijo Finn con voz ronca contra los labios de ella, sintiéndose su aliento cálido al separarse lo justo para mirarla—. Me he sentido más real, más deseado contigo en estos últimos seis meses que nunca con Caroline. Pero la forma en que nos descubrió... Lo está destruyendo todo. Si esto sale a la luz, mi reputación en el sector inmobiliario comercial estará acabada. —No saldrá a la luz —insistió Emily con vehemencia, llevándose la mano a la mejilla de él y presionando el pulgar contra su labio inferior. Su mirada ardía con un brillo protector mientras se movía bajo él, presionando con firmeza su muslo contra el de él. Mamá está totalmente de nuestra parte. Eleanor me llamó antes de que yo viniera. Está furiosa con Caroline por haber montado un espectáculo público al mudarse a su propia casa. Mamá planea obligar a Caroline a asistir a la cena del domingo en la finca para acordar una versión discreta de los hechos, de modo que el apellido de la familia no se vea arrastrado por las columnas de chismes. Finn soltó un suspiro amargo mientras apoyaba la cabeza en el hueco del hombro de ella; su boca rozaba la clavícula de ella al hablar. —Caroline no vendrá, Emily. Ahora está totalmente blindada. ¿No has visto las publicaciones del sector esta mañana? Emily hizo una pausa; sus dedos se detuvieron en medio del lento recorrido que hacían por el cabello de él. —¿Qué publicaciones? —Bennett & Co. acaba de cerrar el contrato en exclusiva para la gala del 50.º aniversario de Wade International —dijo Finn, con un tono cargado de amargura mientras su mano se deslizaba por la espalda de ella para sujetarla con firmeza por la zona lumbar—. Le va de maravilla. Ha conseguido la cuenta corporativa más importante de la ciudad por puro mérito. Y trabaja directamente con el mismísimo Alexander Wade. La temperatura de la habitación pareció bajar varios grados. Emily se quedó paralizada y su cuerpo se tensó contra el de él. —¿Alexander Wade? —El director ejecutivo —confirmó Finn con tono seco, mientras sus labios ascendían hacia la suave curva de la mandíbula de ella, aunque su voz denotaba una envidia evidente—. Pasa las tardes en la suite ejecutiva de la última planta. Ya no necesita mi red de contactos inmobiliarios, Emily. Si logra integrarse en el círculo íntimo de Wade International, alcanzará un estatus inalcanzable para nuestra familia. Una sensación punzante y desagradable se enroscó en lo más profundo del estómago de Emily: un repentino estallido de celos viscerales. Alexander Wade era una leyenda en su círculo social: frío, de un poder implacable y extraordinariamente atractivo. La idea de ver a Caroline junto a un hombre de la talla de Alexander Wade le helaba la sangre a Emily. ¿Por qué los hombres más poderosos siempre se fijaban primero en Caroline? Alexander Wade jamás vería como mujer a alguien tan fría y obsesionada con el trabajo como Caroline, pensó Emily con malicia. Un pensamiento silencioso y peligroso se instaló en su mente: si Alexander Wade era humano, también podría dejarse cautivar por alguien más dulce, alguien que supiera interpretar el papel de mujer delicada y vulnerable en la cama. —Solo le está organizando un evento, Finn —dijo Emily, con un tono que de repente se volvió suave y aterciopelado. Se movió bajo él, rodeándole el cuello con ambos brazos y atrayendo el pecho de él para que quedara pegado al suyo. Ella alzó el rostro y rozó la mejilla de él con los labios mientras susurraba: «Alexander Wade es un titán empresarial. Caroline no le importa a nivel personal. Una vez que termine el evento, ella será simplemente una contratista más». —Espero que tengas razón —murmuró Finn, hundido en la calidez del cuello de ella mientras los dedos de la joven le acariciaban la nuca, calmando su ego con caricias deliberadas y posesivas. —No te preocupes por Alexander Wade, Finn. Céntrate en nosotros —susurró ella contra su oído; su lengua rozó brevemente el lóbulo antes de depositar un beso lento a lo largo de la línea de la mandíbula de él. Sintió cómo él exhalaba con fuerza y le clavaba los dedos en las caderas, manteniéndola pegada a su cuerpo. —Mamá y yo nos encargaremos de la cena del domingo. Haremos que ella dé marcha atrás. Y cuando todo esto pase... tú y yo no tendremos que escondernos. Finn levantó la cabeza y contempló el rostro radiante de Emily. La absoluta devoción física que ella le ofrecía era un bálsamo embriagador para su orgullo herido. Se inclinó y la atrajo hacia sí en un beso profundo e intenso que consumió el espacio entre ambos. Emily abrió la boca para recibirlo; su cuerpo se fundió por completo con el calor de él mientras le rodeaba la cintura con las piernas, manteniéndolo cerca bajo el edredón oscuro. —Estamos juntos en esto —susurró Finn contra los labios de ella. —Siempre —suspiró Emily, separándose lo justo para acariciar el labio de él con el pulgar, mientras una leve sonrisa triunfal florecía en su rostro. Sin embargo, mientras Finn volvía a hundir el rostro en el hueco del cuello de ella y la rodeaba fuertemente por la cintura, los ojos color avellana de Emily permanecían abiertos en la penumbra del dormitorio. Su mirada se desvió por encima del hombro de él hacia la ventana bañada por la lluvia; sus pensamientos se alejaron por completo del contacto de él para dirigirse directamente a la silueta de la torre de cristal de Wade International... y al intocable director ejecutivo que ocupaba su cima.El dormitorio estaba envuelto en una tenue luz ámbar que suavizaba los contornos rígidos de la suite de Finn, situada en la última planta. Afuera, la lluvia otoñal dejaba las calles relucientes, proyectando reflejos fragmentados sobre los grandes ventanales. Sobre el amplio colchón, el ambiente se sentía sofocante y cargado de un calor silencioso e ilícito. Emily Bennet yacía de costado, con el cabello extendido sobre las sábanas oscuras y los dedos recorriendo nerviosamente la cadena de oro de su collar. Frente a ella, envuelto en el mismo edredón pesado, Finn Forbes se apoyaba en el codo. Llevaba la camisa de corte impecable desabotonada en el cuello y la corbata tirada en el suelo; sus ojos azul oscuro delataban agotamiento y pánico. —Ha bloqueado mi número, Emily —dijo Finn, bajando la voz hasta convertirla en un susurro tenso. Extendió la mano, deslizándola por la seda de la cintura de ella, y presionó los dedos contra su cadera para atraerla hacia sí hasta que las rodillas d
El reloj digital en la pared de acabado brillante de la sala ejecutiva de Wade International marcaba las tres y cincuenta y cinco de la tarde cuando el ascensor privado emitió un suave aviso sonoro. Caroline Bennet pisó la alfombra gris marengo de la última planta; su americana entallada de color marfil estaba perfectamente abrochada sobre una impecable blusa de seda. Bajo el brazo llevaba una elegante carpeta de cuero que contenía los libros de cuentas revisados de los proveedores, el desglose detallado de los costes de seguridad y los planos ajustados para la gala del 50.º aniversario. Un paso por detrás, Mia Carter se alisaba la falda mientras sostenía una segunda tableta digital cargada con los recibos de respaldo. —¿Estás segura de que no quieres que le explique yo las cifras del sistema de iluminación? —susurró Mia, dirigiendo la mirada hacia las puertas dobles de caoba al fondo del pasillo—. Has tenido una mañana agotadora con... bueno, con todo. Caroline le dedicó a
El sol de la mañana bañaba los ventanales de suelo a techo de Bennett & Co. Events, proyectando brillantes franjas geométricas de luz sobre los suelos de hormigón pulido y las paredes de ladrillo visto. Ubicada en un antiguo loft industrial del centro, la oficina era el santuario de Caroline. Cada detalle —desde los elegantes escritorios de nogal hasta los arreglos florales cuidadosamente seleccionados en la recepción— había sido fruto de su propio esfuerzo, de noches en vela y de una voluntad inquebrantable. A las ocho y media, la oficina ya bullía con una energía serena. Los teléfonos sonaban suavemente en la recepción y el murmullo de su equipo de diseño llegaba desde el estudio del fondo. Caroline estaba sentada a su escritorio con superficie de cristal en el despacho de la esquina; una taza humeante de café solo reposaba junto a una pila de hojas de presupuesto impresas. Vestía una blusa de seda color marfil y pantalones de sastre de talle alto, con el cabello oscuro recogido
El comedor de la mansión Wade estaba presidido por una mesa de caoba oscura, lo suficientemente larga para acomodar a veinte personas, aunque esa noche solo había cuatro cubiertos dispuestos. En lo alto, una pesada lámpara de araña de cristal proyectaba una luz intensa y brillante sobre la cubertería de plata y la porcelana inmaculada, pero el ambiente seguía siendo tan frío como la cámara acorazada de un banco. En la cabecera de la mesa estaba sentado Richard Wade. A sus sesenta y cinco años, el patriarca de la familia Wade seguía siendo una figura imponente. Tenía el cabello completamente plateado, peinado hacia atrás con pulcritud, y sus ojos oscuros —del mismo tono exacto que los de Alexander— reflejaban el peso de un hombre que había construido un imperio internacional gracias a una voluntad férrea e inquebrantable. Cortaba su filete con precisión metódica; el leve tintineo del cuchillo contra la porcelana era el único sonido en la estancia. —Esta tarde han llegado lo
El interior de cuero del sedán de lujo estaba envuelto en un silencio sofocante mientras el vehículo se deslizaba por el corazón del distrito financiero. Alexander estaba sentado en la parte trasera, con los dedos entrelazados sin apretar sobre el regazo y la mirada oscura fija en el retrovisor lateral. En el reflejo, observó cómo la esbelta figura de Caroline desaparecía tras las pesadas puertas de cristal del edificio de oficinas. No pasó por alto la ira en la postura del ex prometido, ni la contención silenciosa y digna que Caroline había mantenido durante el enfrentamiento. Una mujer de menor temple habría armado un escándalo o buscado refugio en el equipo de seguridad de Wade International. Caroline simplemente había manejado la situación: con calma, firmeza y sin buscar la aprobación de nadie. Daniel volvió a ocupar el asiento del copiloto y se ajustó la chaqueta del traje. —El señor Forbes ha abandonado las instalaciones, señor. No intentó seguir a la señorita Bennet al i
Las puertas de cristal del complejo corporativo Bennett & Co. se abrieron, dejando salir a Caroline al húmedo aire de la tarde. Ella había esperado que el trayecto desde su coche hasta el vestíbulo le ofreciera un momento de calma, pero la alta figura apoyada contra la columna de mármol, cerca de la entrada principal, hizo añicos esa expectativa al instante. Finn Forbes dio un paso adelante en cuanto la vio. Tenía un aspecto inusualmente desaliñado: llevaba la chaqueta de diseño azul marino desabrochada, la corbata de seda floja y unas ojeras oscuras rodeándole los ojos. Durante cuatro años, Caroline había asociado ese rostro con la seguridad, la ambición y los sueños compartidos. Hoy, sin embargo, mirarlo solo le provocaba un escozor amargo y vacío. —Caroline —dijo Finn con voz ronca, mientras intentaba agarrarla del brazo. —No me toques, Finn —respondió ella, bajando el tono de voz hasta un nivel bajo y letal, al tiempo que se apartaba con decisión para quedar fuera de su alca







