Share

Capítulo 2

Author: Dalia M
last update publish date: 2026-09-28 11:42:09

Fuera de los muros de la capilla privada, el ambiente era un desfile de elegancia y murmullos sofisticados. Los invitados, una selecta élite de la alta sociedad y figuras influyentes del mundo corporativo, comenzaban a ocupar los bancos de madera noble adornados con cascadas de lirios blancos y rosas importadas. El murmullo constante de las conversaciones y el suave compás de los violines en la planta baja anunciaban que la ceremonia estaba a punto de comenzar.

Mientras tanto, en la fastuosa habitación contigua al altar, el tiempo parecía haberse vuelto denso.

Samanta se encontraba sentada frente al tocador de caoba, recibiendo los últimos y meticulosos retoques en el maquillaje. El velo de encaje francés descansaba a un lado, a la espera de coronar el peinado. Sin embargo, el brillo de ilusión que había reflejado su mirada horas antes se había tornado opaco, reemplazado por un halo de sutil inquietud.

A su lado, la señora Rosell observaba cada gesto de su hija a través del espejo, notando de inmediato el cambio en su tono. Frunció el ceño con preocupación al percibir que el color se había esfumado de las mejillas de la joven.

—Hija, ¿sucede algo? Te veo un poco pálida —preguntó la mujer con voz suave, acercándose para poner una mano sobre su hombro.

Samanta soltó un suspiro tembloroso, apretando las manos sobre su regazo mientras sentía una opresión extraña en el pecho.

—No lo sé, mamá... Deben de ser los nervios, pero es que me estoy sintiendo muy mal. Tengo una revuelta terrible en el estómago —confesó ella con la voz entrecortada, cerrando los ojos por un instante para combatir una repentina ola de mareo.

La señora Rosell le sonrió con una dulzura tranquilizadora, inclinándose para besar con ternura la coronilla de su cabeza.

—Claro que son los nervios, mi niña. Es el día más importante de tu vida, es completamente normal que sientas mariposas, ya falta muy poco —la consoló, restándole importancia—. Respira hondo.

Samanta asintió despacio, sintiendo que el aire le faltaba.

—Antes de terminar de ponerme el vestido... debo ir al baño —murmuró, poniéndose de pie con torpeza mientras intentaba mantener el equilibrio.

El frío azulejo del baño ofreció un breve alivio contra las palmas de las manos de Samanta, que se aferraba al borde del lavabo intentando recuperar el aliento. Las náuseas la habían golpeado con una fuerza brutal, dejándola sin fuerzas y con un sudor frío perlándole la frente. Se enjuagó la boca con agua helada, mirándose en el espejo con desconcierto; aquel malestar repentino no se parecía en nada a las mariposas normales de los nervios prenupciales. Era una opresión física, un presentimiento oscuro que le retorcía las entrañas.

Sacudió la cabeza, obligándose a espantar los malos pensamientos. *Es solo el estrés*, se repitió mentalmente mientras se secaba el rostro con una toalla de hilo. No podía permitirse flaquear ahora; el hombre de sus sueños la esperaba al otro lado de esas puertas.

Al regresar a la habitación, la señora Rosell la recibió con una sonrisa de aprobación, apresurándose a ayudarla con los últimos ajustes de la pesada y hermosa falda blanca antes de colocarle con delicadeza el velo sobre el rostro. El murmullo de los invitados llegó amortiguado a través de las gruesas paredes de madera, indicando que el momento había llegado. Las puertas dobles del salón principal comenzaron a abrirse lentamente, revelando la imponente alfombra roja bordeada de flores y la figura imponente de Diego Smith de pie en el altar, esperándola con una seriedad que cortaba la respiración.

El pesado silencio de la antesala se rompió cuando la puerta se abrió por completo. En lugar de su madre, fue su padre quien la aguardaba con una sonrisa llena de orgullo, extendiéndole el brazo con infinita ternura. Samanta respiró hondo, disipando el último rastro de náuseas, y entrelazó su brazo con el de él.

Las puertas dobles del salón principal se abrieron de par en par, revelando una fastuosa alfombra roja bordeada de flores y una multitud expectante. Al fondo, de pie junto al altar, la imponente figura de Diego Smith la esperaba con una seriedad que cortaba la respiración.

Cada paso hacia el altar parecía resonar en el pecho de Samanta como un latido de pura ilusión. Al llegar, su padre depositó con solemnidad la mano de ella en la de Diego. El magnate la recibió, sus dedos fuertes envolviendo los de ella con una firmeza que rozaba la posesión, aunque su mirada guardaba un brillo indescifrable.

Entre los invitados de primera fila, Mariana observaba la escena con una sonrisa sutil, afilada y absolutamente victoriosa. En su interior, la certeza era absoluta: sabía exactamente lo que Diego planeaba hacer en el último segundo. Él la rechazaría públicamente frente a la alta sociedad, humillando a Samanta y dejándola a ella como la única dueña de su verdadero destino. Era el clímax perfecto de su plan.

El juez oficiante, con una sonrisa solemne, abrió el libro de ceremonias y dio inicio a los votos. El tiempo pareció detenerse mientras ambos respondían con la fórmula de rigor, hasta llegar al momento crucial.

—Diego Smith, ¿aceptas a Samanta Rosell como tu legítima esposa, para amarla y cuidarla en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? —preguntó el oficial con voz clara y resonante.

El silencio sepulcral se apoderó de la capilla. Mariana adelantó ligeramente el rostro, conteniendo la respiración, sabiendo que la negativa estaba por estallar.

Diego miró fijamente a Samanta, con una sombra indescifrable cruzando sus oscuros ojos, y pronunció las palabras con una claridad pasmosa:

—Acepto.

El mundo pareció venirse abajo para Mariana. El rostro se le descompuso en una fracción de segundo, la sonrisa victoriosa se borró de golpe y sus labios se abrieron en una mueca muda de absoluta incredulidad. Quiso gritar, quiso avanzar, pero el peso de las miradas a su alrededor y la fría advertencia en la mirada de Diego la clavaron al asiento. Se quedó allí, sumida en un silencio pálido y devastador, viendo cómo el hombre al que creía dominar sellaba, sin marcha atrás, un matrimonio que jamás debió ser.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • El heredero del Magnate   Capítulo 5

    El frío del azulejo aún le quemaba en la piel cuando Samanta logró incorporarse, secándose las lágrimas con la parte posterior de la mano. El sabor amargo en la boca y el hueco inmenso en el pecho le recordaban que ya no podía quedarse un segundo más en ese lugar. No iba a soportar ni un minuto fingiendo ser la esposa feliz mientras abajo, a pocos metros, su esposo y su propia hermana celebraban su engaño. Necesitaba respuestas para su cuerpo y escapar de esa pesadilla.Sin cambiarse el vestido de novia —cubriéndolo únicamente con un abrigo largo que encontró en el armario—, salió de la habitación a hurtadillas. Bajó por las escaleras de servicio, esquivó el ala de los invitados y llegó al estacionamiento trasero. Nadie la vio. Tomó las llaves de su propio coche, subió al asiento del conductor y pisó el acelerador, dejando atrás la imponente mansión bajo el manto de la noche.Con las manos temblando sobre el volante y la vista borrosa por el llanto, condujo hasta el hospital privado m

  • El heredero del Magnate   Capítulo 4

    El peso del mundo entero parecía gravitar sobre los hombros de Samanta mientras regresaba al salón principal. El aire del pasillo, cargado de promesas rotas, aún le quemaba en la garganta, pero obligó a sus piernas a dar un paso tras otro, cruzando las enormes puertas dobles donde la música y las risas de la alta sociedad la recibieron como una bofetada irónica.Con el rostro pálido y la sonrisa temblorosa colgando de sus labios como un frágil cristal a punto de estallar, se incorporó junto a sus padres, quienes conversaban animadamente con un grupo de invitados. Buscó con la mirada a su madre y se inclinó hacia ella, con la voz apenas saliendo en un hilo.—Mamá... no me estoy sintiendo nada bien. Creo que voy a tener que retirarme de la fiesta —murmuró Samanta, sintiendo que el estómago se le volvía a retorcer con una violencia sorda.La señora Rosell frunció el ceño con profunda preocupación, llevando una mano a la frente de su hija.—Pero, mi amor, estás helada... ¿seguro que no pu

  • El heredero del Magnate   Capítulo 3

    El juez continuó con el protocolo, imperturbable ante la tormenta silenciosa que se desataba en la mente de Mariana.—Y tú, Samanta Rosell, ¿aceptas a Diego Smith como tu legítimo esposo, para amarlo y cuidarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?A pesar de la opresión que aún sentía en el pecho y del extraño presentimiento que le helaba las manos, Samanta miró al hombre frente a ella —magnate imponente, dueño de su devoción— y sintió que el mundo exterior desaparecía.—Acepto —murmuró con voz firme, aunque suave.—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.Diego inclinó el rostro hacia ella y la besó con una aparente y perfecta ternura, sellando la unión ante la atenta mirada de los cientos de invitados que estallaron en aplausos y vítores emotivos. Para todos los presentes, aquella escena era la estampa viva de un amor de cuento de hadas.Las puertas del fondo se abrieron para dar paso a la marcha nupcial y a la salida hacia el banquete. Samanta,

  • El heredero del Magnate   Capítulo 2

    Fuera de los muros de la capilla privada, el ambiente era un desfile de elegancia y murmullos sofisticados. Los invitados, una selecta élite de la alta sociedad y figuras influyentes del mundo corporativo, comenzaban a ocupar los bancos de madera noble adornados con cascadas de lirios blancos y rosas importadas. El murmullo constante de las conversaciones y el suave compás de los violines en la planta baja anunciaban que la ceremonia estaba a punto de comenzar.Mientras tanto, en la fastuosa habitación contigua al altar, el tiempo parecía haberse vuelto denso.Samanta se encontraba sentada frente al tocador de caoba, recibiendo los últimos y meticulosos retoques en el maquillaje. El velo de encaje francés descansaba a un lado, a la espera de coronar el peinado. Sin embargo, el brillo de ilusión que había reflejado su mirada horas antes se había tornado opaco, reemplazado por un halo de sutil inquietud.A su lado, la señora Rosell observaba cada gesto de su hija a través del espejo, no

  • El heredero del Magnate   Capítulo 1

    Diego detuvo el vaso a medio camino de sus labios, la mandíbula ligeramente tensa mientras procesaba las palabras de Mariana. Una sonrisa fría, exenta de cualquier atisbo de calidez, se dibujó en su rostro. Los ojos del poderoso magnate brillaron con una mezcla de ambición y fría satisfacción; después de todo, el imperio que había construido no se gestionaba con compasión, sino con jugadas maestras donde cada pieza tenía un propósito muy claro.—Perfecto —replicó él con su voz grave, dejándose caer con elegancia en uno de los sillones de cuero negro—. El contrato está firmado y las cláusulas de la fusión ya no se pueden echar atrás. Samanta cumplirá su papel en la ceremonia, y cuando se dé cuenta de la realidad, ya será demasiado tarde para cualquier reclamo. La mujer que creía destinada a mi lado jamás debió ser ella.Mariana se acercó con pasos felinos hasta detenerse frente al escritorio, apoyando las palmas de las manos sobre la superficie pulida, mirándolo con una complicidad osc

  • El heredero del Magnate   Prólogo

    El perfume a tul almidonado, seda recién desempacada y el susurro continuo de las telas flotaban en el aire como una promesa de cuento de hadas. Frente al espejo de cuerpo entero, Samanta Rosell alisaba con manos temblorosas la falda de un blanco impoluto. Cada pliegue de encaje parecía esculpido a la medida, una obra de arte que coronaba meses de ilusión y desvelos.A su espalda, la estancia era un torbellino de emociones compartidas. Su madre, con los ojos anegados en lágrimas que contenía con orgullo, ajustaba con infinita delicadeza los últimos detalles del velo, mientras una sonrisa temblorosa se dibujaba en sus labios. A un lado, su hermana observaba la escena con una mezcla de fascinación y absoluta ternura, cruzando los dedos en un gesto cómplice de pura felicidad.—Estás radiante, mi amor —murmuró su madre, acariciándole el hombro con la suavidad de quien entrega su tesoro más preciado—. Pareces sacada de un sueño. Diego es el hombre más afortunado del mundo por tenerte.Sama

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status