LOGINLa inmensa mesa de mármol negro de la sala de juntas estaba ocupada por los treinta accionistas más importantes del consorcio Viatti. El ambiente era denso. Giancarlo Viatti presidía la reunión desde la cabecera, proyectando la imagen de un monarca absoluto. A su derecha, Vittoria mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Vestía un traje sastre oscuro y su rostro no revelaba ninguna emoción.Giancarlo se puso de pie. Abotonó su saco a la medida y miró a los inversores europeos que esperaban explicaciones tras la caída de las acciones por el escándalo reciente.—Señores, el mercado exige estabilidad y este consorcio siempre ha sabido proporcionarla —comenzó Giancarlo, con una voz potente que dominó el espacio—. Como ya saben por los comunicados, el matrimonio de mi hija con Damián Roswald ha sido anulado debido a problemas de salud y diferencias irreconciliables. El señor Roswald ya no forma parte de esta directiva ni del país.Un murmullo recorrió la mesa. Los accionistas inter
El olor a amoníaco le quemaba las fosas nasales. Isabella exprimió el trapeador con ambas manos, dejando caer el agua sucia dentro de la cubeta de plástico azul. Sus brazos temblaban por el esfuerzo. Llevaba seis días consecutivos fregando pisos, cargando pesadas cajas de esculturas de mármol hacia la bodega y limpiando los inodoros de la galería de arte en el Barrio Gótico.Las uñas que antes recibían manicuras francesas semanales ahora estaban rotas y resecas por los productos químicos. Su espalda le dolía con cada movimiento, pero no se detuvo hasta dejar la última baldosa blanca impecable.Ernesto, el dueño de la galería, la observaba desde su escritorio de caoba. Era un hombre mayor, de pocas palabras y mirada severa, un contacto lejano de Julián Vancroft.—Es suficiente por hoy, Isabella —indicó Ernesto, revisando la hora en su reloj de pulsera—. Guarda los suministros de limpieza y ven aquí.Isabella metió la cubeta y el trapeador en el cuarto de servicio con rapidez. Se quitó
La suite de lujo en el centro de Barcelona parecía una jaula de cristal. Vittoria estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, observando el reflejo de un vestido de novia confeccionado en seda blanca. Tres asistentes de una exclusiva casa de modas acomodaban la caída de la tela a su alrededor. Giancarlo Viatti estaba sentado en un sillón de terciopelo azul a un par de metros de distancia, bebiendo un espresso y asintiendo con aprobación.—El corte imperio es el adecuado para ti —comentó Giancarlo, analizando la figura de su hija—. Oculta cualquier defecto y proyecta elegancia. Las fotos para la revista de sociedad se tomarán mañana por la mañana.Vittoria mantuvo el rostro inexpresivo.—Es un buen diseño, papá —respondió ella, fingiendo docilidad mientras sus manos acariciaban el pliegue de la seda justo por debajo del pecho.La tela holgada del diseño imperio era, en efecto, perfecta para ocultar cualquier cambio físico en los próximos meses, aunque ella no tenía la menor intenc
El viento marino azotaba la estructura metálica del hotel en construcción. El cielo gris plomizo amenazaba con descargar otra tormenta sobre el acantilado, y la humedad del terreno convertía cada paso en una batalla contra el lodo.Bianca Navarro avanzó por el sendero improvisado de tablones de madera, aferrándose al cuello de su abrigo de lana oscura. Llevaba un casco de seguridad blanco y botas de goma. A sus espaldas, dos auditores enviados por la junta directiva caminaban con dificultad, maldiciendo en voz baja mientras revisaban planillas y hacían anotaciones en sus tabletas. Arthur no mentía; los socios mayores no confiaban en ella. La estaban vigilando.—Quiero ver el vaciado de los cimientos en el bloque norte —ordenó Bianca, deteniéndose junto a una torre de andamios.—El terreno todavía está inestable por la lluvia de ayer, señora Navarro —le advirtió uno de los auditores, limpiándose las gotas de agua de los anteojos—. Es un riesgo caminar hasta allá. El reporte escrito deb
Vittoria empujó la pesada puerta de roble del despacho principal. Giancarlo Viatti estaba de pie frente al inmenso ventanal, observando la ciudad con la arrogancia de un rey que acababa de aplastar una rebelión. Al escuchar sus pasos, el patriarca se giró.Vittoria bajó la mirada una fracción de segundo, ajustando su postura para proyectar derrota. Ocultó la furia bajo una máscara de sumisión. Acarició la tela de su abrigo con disimulo, sintiendo la presencia invisible de sus gemelos, y avanzó hacia el escritorio.—Me mandaste a llamar —dijo ella, con un tono de voz bajo y controlado.Giancarlo le señaló una de las sillas de cuero.—Siéntate. Tenemos que arreglar el desastre de imagen pública que dejó el exilio de tu marido.Vittoria obedeció sin rechistar, lista para interpretar su papel mientras sus aliados preparaban la ejecución.A varios kilómetros de allí, en la sala de juntas blindada de Vancroft Holdings, Julián Vancroft dejó caer un fajo de documentos sobre una mesa de crista
La sala de espera de la clínica privada estaba decorada en tonos pastel, con luz cálida y música instrumental a un volumen muy bajo. Era un lugar diseñado para transmitir paz, pero Vittoria sentía que las paredes se cerraban sobre ella. Se ajustó el abrigo de lana gris sobre las rodillas. Sofía le había recomendado a esa doctora tras su desmayo en el hotel Continental, asegurándole que era una profesional de absoluta confianza y que su historial médico estaría blindado.La puerta de madera clara se abrió.—Señora Viatti, puede pasar —le indicó la especialista, una mujer de unos cincuenta años con una sonrisa amable y una bata blanca impecable.Vittoria se puso de pie. Caminó hacia el interior del consultorio. El ambiente estaba climatizado. La doctora cerró la puerta y le pidió que tomara asiento frente a su escritorio mientras abría un archivo en su computadora.—Revisé los análisis de sangre que le hicimos de urgencia tras su desvanecimiento —comenzó a decir la doctora, sin rodeos—.







