LOGINDamián se levantó del colchón. La respiración se le alteró al escuchar la frase y ver la llave dorada perderse en la calle. Caminó hacia ella a pasos firmes. Vittoria no retrocedió. Él rodeó su cintura con ambos brazos, la atrajo hacia su pecho y la besó.
No hubo suavidad en ese primer roce. Fue un choque urgente, alimentado por meses de represión, peleas y malos entendidos. Vittoria respondió con la mi
Damián se levantó del colchón. La respiración se le alteró al escuchar la frase y ver la llave dorada perderse en la calle. Caminó hacia ella a pasos firmes. Vittoria no retrocedió. Él rodeó su cintura con ambos brazos, la atrajo hacia su pecho y la besó.No hubo suavidad en ese primer roce. Fue un choque urgente, alimentado por meses de represión, peleas y malos entendidos. Vittoria respondió con la misma energía. Sus manos subieron hasta el cabello revuelto de Damián, aferrándose a él mientras abría los labios para profundizar el contacto.Avanzaron a tropezones, sin separar las bocas, hasta chocar contra el borde de la cama. Cayeron juntos sobre las sábanas desordenadas.Damián se posicionó sobre ella de inmediato. Sus manos grandes apartaron la seda negra de la bata, dejando sus hombros y su vientre al descubierto. Empez
Damián empujó la puerta de madera. La luz de la mañana iluminaba la habitación principal. Vittoria estaba sentada en el centro de la cama, envuelta en una bata de seda negra, con las rodillas recogidas contra el pecho. Sus ojos reflejaban las horas de insomnio.Había pasado la madrugada dando vueltas por el apartamento, asustada al ver el armario vacío en el cuarto de huéspedes. Creyó que su reacción exagerada en el pasillo del museo había sido el golpe de gracia para el matrimonio. Creyó que él se había marchado para siempre.—Pensé que te habías ido —dijo Vittoriacon lavoz ronca por la falta de sueño.Damián cerró la puerta a sus espaldas. Caminó hacia la cama. Su aspecto delataba la larga noche: la camisa blanca arrugada, los botones del cuello desabrochados y el cabello revuelto.—Fui a sald
Damián apagó el motor del auto alquilado frente a las rejas del centro de recuperación en las afueras de Barcelona. El reloj del tablero marcaba las seis de la mañana. Había pasado las últimas cuatro horas estacionado en ese mismo lugar, esperando a que los guardias abrieran el acceso para las visitas matutinas.No huyó del país. No se encerró en un bar. Su instinto lo llevó directo a buscar a la única persona que conocía la raíz de su desastre.El guardia revisó su identificación y le permitió el paso. Damián caminó por los senderos de gravilla hasta el edificio principal. Todavía llevaba el pantalón negro y la camisa blanca del esmoquin de la noche anterior, con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas.Una enfermera lo guió hasta una sala de visitas pequeña, con paredes pintadas de blanco y un par de sillas de plástico. Damián se sentó a esperar.Diez minutos después, la puerta se abrió.Isabella entró al cuarto. Vestía unos pantalones deportivos holgados y una
Vittoria soltó la tela del esmoquin. Respiraba rápido, con el pecho subiendo y bajando bajo la seda esmeralda de su vestido. Damián se acomodó la chaqueta despacio, apoyando la espalda contra el papel tapiz del pasillo. La miró a los ojos, sin mostrar sorpresa ni enojo por el maltrato físico.El sonido de los violines y el murmullo de la fiesta llegaban amortiguados a través de las puertas de madera.—¿Me quieres explicar qué fue todo eso? —preguntó Damián con tranquilidad.—No vas a usar mis eventos para coquetear con las invitadas —reclamó Vittoria, señalándolo con el dedo índice—. Te traje aquí para que cumplieras una función específica, no para que armaras una reunión social con las mujeres de tu pasado.Damián cruzó los brazos sobre su pecho.—Yo no hablé con nadie, Vittoria. Tú me ordenaste que me quedara parado junto a ese pilar durante toda la noche y eso hice. Fueron ellas las que se acercaron a buscar conversación.—Y tú dejaste que se acercaran. Dejaste que esa rubia te toc
El gran salón del Museu Nacional d'Art de Catalunya estaba iluminado por enormes lámparas de araña. Los violines sonaban de fondo, cubiertos a medias por el murmullo constante de los inversionistas y celebridades de Barcelona. Vittoria sostenía una copa de champán mientras escuchaba al alcalde de la ciudad hablar sobre las nuevas políticas de urbanismo.Llevaba un vestido de noche color esmeralda que se ajustaba a su cuerpo, con un escote asimétrico y una abertura lateral que dejaba a la vista su pierna derecha. Sabía que las miradas de medio salón estaban puestas en ella. Era su primera gran aparición pública desde que asumió el control total del consorcio Viatti-Roswald.Asintió ante un comentario del político, pero su atención real estaba en el otro extremo de la sala.Damián permanecía de pie junto a uno de los pilares de mármol. Vestía un esmoquin negro impecable. Vittoria le había ordenado asistir en su rol de asistente para cargar documentos y gestionar los teléfonos si ocurría
Isabella se alisó las arrugas de su camisa gris por tercera vez consecutiva. Estaba sentada frente al monitor del escritorio en la oficina del director del centro de recuperación. Sus manos temblaban un poco sobre su regazo. Habían pasado semanas desde su ingreso, y su buena conducta tras la llamada telefónica con Damián le había otorgado su primer privilegio real: quince minutos de conexión por video con su hijo.La pantalla parpadeó. Una ventana de chat se abrió, revelando el rostro de Teresa. La madre de Adrián llevaba unas gafas de lectura y ajustaba la cámara desde la amplia sala de la casa de piedra en la Toscana. Detrás de ella se veía la luz del atardecer italiano entrando por las ventanas rústicas.—¿Me escuchas bien, Isabella? —preguntó Teresa, probando el micrófono de su computadora portátil.—Te escucho perfe







