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Capitulo 122

Author: Hanabi
last update publish date: 2026-10-13 23:16:40

OLIVIA

William me ofreció la mano para bajar del automóvil y sonrió al guardia que nos recibió. Yo la acepté con la misma expresión que había utilizado durante años para acompañarlo a reuniones donde nadie debía advertir que algo andaba mal.

La diferencia era que esa mañana llevaba en el teléfono una confesión suya.

«Mi esposa no puede enterarse».

Al entrar al ascensor, William me acomodó un mechón detrás de la oreja. Tuve que contener el impulso de apartarlo.

—No hace falta que estés tan tensa
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    OLIVIAWilliam se levantó cuando me vio entrar y apartó la silla que tenía enfrente. Había escogido una mesa al fondo del restaurante, lejos del piano y de los ventanales que daban al vestíbulo. Sobre el mantel me esperaba un café preparado como me gustaba.Durante años habría considerado aquel detalle una prueba de atención. Esa tarde me pregunté qué quería conseguir con él.—Gracias por venir —dijo William mientras yo me sentaba—. No quería hablar de esto por teléfono.Dejé el bolso sobre mis rodillas.—Tengo una reunión después —respondí.Mi abogada me esperaba a las cuatro. No había cancelado la cita cuando William llamó, aunque durante unos segundos tuve el impulso de hacerlo. Todavía estaba aprendiendo a no reorganizar mi vida cada vez que él quería verme.—No voy a retenerte —aseguró William, acomodándose frente a mí—. ¿Estás cómoda en el hotel?—Estoy bien.—Podrías volver a casa. Hay espacio suficiente para que no tengamos que discutir mientras resolvemos las cosas.Observé s

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    OliviaHéctor giró la computadora hacia mí antes de que pudiera preguntarle qué había encontrado.Reconocí el auto de William. Después vi a Eva junto a la puerta del pasajero, con una mano apoyada en su pecho.En la siguiente fotografía se estaban besando.Dejé el bolso sobre mis piernas y me incliné hacia la pantalla, buscando sin querer una explicación que no estaba allí. William le sujetaba la cintura. Cuando ella se apartaba, él volvía a acercarla.—Las tomó el investigador durante el seguimiento —explicó Héctor—. Desde la calle, a la salida del edificio. Envió la secuencia completa.Me mostró las imágenes restantes sin apresurarme. Había fechas, horas y suficiente claridad para reconocerlos a ambos.Llevaba tanto tiempo esperando algo que William no pudiera negar que me desconcertó no sentir alegría.—¿Quieres que las quite? —preguntó Héctor.Negué con la cabeza.—Quiero dejar de preguntarme si estoy viendo lo que estoy viendo.Él retiró la mano del ratón.Volví a la primera foto

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    OLIVIAHéctor llevaba veinte minutos discutiendo con Noah sobre el presupuesto del almacén cuando descubrí que me gustaba verlo trabajar incluso cuando no estaba de acuerdo conmigo.—Podemos reducirlo —dijo Noah, girando la computadora hacia nosotros—. Pero prefiero que sepan qué están quitando antes de prometerles una cifra que después no voy a poder cumplir.Me incliné para revisar sus anotaciones. Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa y ninguno se apartó.Habían pasado tres días desde que Diana me mostró la fotografía. William sabía que había visitado aquel hotel; todavía ignorábamos cuánto más había descubierto. Por eso habíamos mantenido la reunión con Héctor y, antes de salir, yo le había dicho a Noah que regresaría a mi hotel al terminar.Tenía el bolso junto a la silla y un automóvil reservado para las siete. Aquella organización tan sensata me resultaba menos satisfactoria a medida que se acercaba la hora.Terminamos aprobando una primera etapa de las modificaciones. Hécto

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    DIANAHabía decidido no contestar a Gabriel hasta encontrar una manera elegante de explicarle que besarlo había sido una equivocación. El problema era que llevaba dos días buscando esa explicación y todas sonaban menos convincentes después de recordar el beso.Aquella mañana fui al taller a recoger el abrigo que Héctor había enviado a limpiar después del desastre de la tubería. Pensaba entrar, agradecer el favor y marcharme antes de encontrar otra complicación.Gabriel apareció junto a mi automóvil mientras yo cerraba la puerta.—Te llamé —dijo, deteniéndose frente a mí.—Lo vi —respondí, acomodándome el bolso.Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo desear haberme puesto los lentes de sol.—También vi tu auto desde la esquina —explicó Gabriel—. Quería hablar contigo.—Ahora no es un buen momento —contesté, mirando hacia la entrada del taller.—¿Hay alguno que quieras proponerme?Me molestó que preguntara con tanta calma. Un hombre ofendido habría sido mucho más fá

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    OLIVIAWilliam me ofreció la mano para bajar del automóvil y sonrió al guardia que nos recibió. Yo la acepté con la misma expresión que había utilizado durante años para acompañarlo a reuniones donde nadie debía advertir que algo andaba mal.La diferencia era que esa mañana llevaba en el teléfono una confesión suya.«Mi esposa no puede enterarse».Al entrar al ascensor, William me acomodó un mechón detrás de la oreja. Tuve que contener el impulso de apartarlo.—No hace falta que estés tan tensa —comentó, observando nuestro reflejo—. Vamos a aclarar unas cosas.—Entonces espero que escuches las respuestas —contesté.Su mano cayó lentamente. El resto del trayecto transcurrió en silencio.Noah y Camille ya estaban en el despacho. Ella sostenía el bolso sobre las rodillas; él permanecía junto al ventanal, con una carpeta bajo el brazo y la mandíbula tensa.Noah se volvió al verme. Sus ojos encontraron los míos y recordé la cafetería, la caricia junto a las tazas y aquella silla que había

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