LOGINLa mano de uñas pintadas de Claudia atrapó la muñeca de Leo. Se oyó rasgarse el esparadrapo. Arrancó de un tirón la vía y el tubo del brazo del niño.
—¡Aaah!
La sangre empapó la manga del pijama y manchó la sábana. Claudia no pareció asustarse. Ni siquiera le soltó el brazo. La crema con olor a melocotón quedó extendida sobre la piel y las marcas del adhesivo.
Lucía alzó enseguida el brazo de Leo y presionó la herida con una gasa.
—Mírame, cariño. No muevas la mano. Despacio, respira despacio.
Leo intentó obedecer, pero no dejaba de mirar la mancha roja de la manga. Lucía se interpuso con el hombro para que no la viera.
—Aquí. Mírame a mí. Yo te sujeto.
Tenía que hacerse oír entre los gritos de Claudia. El niño asintió apenas. Se aferraba a su ropa con tanta fuerza que no podía abrir los dedos.
Una enfermera llamó desde la puerta. Lucía levantó la cabeza, esperando verla entrar. Todavía apretaba la gasa cuando Claudia se movió a su lado. Se le tensó todo el cuerpo: aquella mujer seguía demasiado cerca de la cama.
Pulsó el timbre. Uno de los escoltas bloqueó la entrada. Cuando la enfermera intentó asomarse, el otro comenzó a cerrar la puerta.
Claudia vio la sangre y no retrocedió.
—¡Un crío como este no tendría que haber nacido! ¡Idos al infierno los dos!
Volvió a levantar la mano. Lucía le atrapó la muñeca y se la retorció. No tuvo tiempo de pensar. Debía alejarla de Leo.
Claudia gritó. Lucía la cogió del pelo y la apartó de la cama.
—¿Te atreves a hacerle sangre a mi hijo? ¡Te voy a partir el cuello!
La hizo caer boca abajo y le inmovilizó un brazo para impedir que se levantara. Las gafas de sol de Claudia se rompieron contra el suelo. Los fragmentos saltaron alrededor de ambas. Cuando ella se revolvió, Lucía le mantuvo la muñeca contra las baldosas.
—Lleváis años acusándome sin escuchar una palabra. ¡Y ahora vienes a hacerle daño a mi hijo!
Claudia se puso a chillar.
—¡No os quedéis ahí como idiotas! ¡Matad a esta loca! ¡Rompedle los brazos y las piernas!
Uno de los escoltas vaciló al ver la sangre de Leo. El otro sacó una navaja y avanzó. Lucía soltó a Claudia, se colocó delante de su hijo y levantó el soporte del suero.
No persiguió a la mujer caída. Arrastró la base metálica sobre el suelo, trazando una barrera entre el escolta y la cama.
—Ni un paso más.
Oía a Leo respirar detrás de ella. Quería volverse, pero no se atrevía a apartar la vista de la hoja. Le dolía la muñeca de sostener el soporte rígidamente.
El hombre avanzó. Lucía se desplazó para cubrir el costado de la cama. Ya no tenía adónde retroceder. Solo esperaba que la enfermera siguiera viendo lo que ocurría y no hubiera dejado de pedir ayuda.
Adrián subía a la quinta planta para entregar la autorización y el primer informe de la búsqueda internacional. Al oír el llanto de Leo y los gritos de Claudia, echó a correr.
La puerta chocó contra la pared.
—¡¿Qué demonios está pasando en mi hospital?!
Los dos escoltas se detuvieron. Adrián miró la muñeca ensangrentada y se lanzó contra el hombre de la navaja. Le torció el brazo hasta hacerlo soltarla y lo inmovilizó contra la pared.
—Gabriel, llama a la policía. Que seguridad preserve las grabaciones originales. ¡Primero, que entren los sanitarios!
Apretó la muñeca del agresor.
—¿Te has atrevido a tocar a mi hijo?
Él mismo se quedó rígido al decirlo. Pero al ver a Leo sangrar, su cuerpo se había movido antes que sus dudas. Claudia, todavía en el suelo, palideció.
Adrián pasó la mirada de la herida a la cara de Lucía. Sin soltar al escolta, volvió a reclamar ayuda.
Lucía recolocó la gasa. Leo apretaba los labios para no llorar, aunque los dedos le temblaban sin control. Algo en el rostro de Adrián cedió al verlo.
Las enfermeras entraron con el carro de emergencias. Una relevó a Lucía en la compresión; otra retiró la crema de la piel con suero fisiológico.
Leo siguió sollozando, agarrado a la mano de su madre.
Tres años después de la boda, Adrián se detuvo ante una silla diminuta.—¿Vas a caber ahí? —preguntó Lucía.Él dobló las rodillas con cuidado. Las sillas del aula de primaria quedaban demasiado bajas para un adulto. Intentó enderezar la espalda, renunció y colocó ambos pies bien juntos bajo la mesa.Leo se volvió desde la primera fila.—Papá, no hagas ruido. Va a empezar la clase.A sus ocho años, ya no le confiaba la mochila como antes. A veces le buscaba la mano y la soltaba disimuladamente al ver a algún amigo. Adrián había dejado de intentar agarrársela otra vez.En la pizarra figuraba el orden de las presentaciones sobre actividades en familia. Lucía se había pedido el día libre en el instituto y Adrián no había concertado ninguna cita a esa hora. Era la
—Papá, es el cumpleaños de mamá. ¿Por qué vas a reservar lo de mis trenes?Leo tapó el móvil con un dedo. En la pantalla aparecía un restaurante temático que ofrecía fiestas de cumpleaños.Adrián lo miró unos segundos y cerró la página.—Pensaba que te haría ilusión.—Es el cumpleaños de mamá.La corrección era justa. Aunque el regalo que había pensado Leo tampoco resultaba muy distinto: quería un robot grande para que cargara con las cosas cuando su madre estuviera cansada.—¿Ese robot puede llevar cosas de verdad?Al responder, al niño se le apagó un poco la voz.—Todavía no.Se sentaron juntos a la mesa y empezaron de nuevo. Lucía había prometido volver del instituto sin retrasarse. Ellos solo le
—¿Quién ha recogido esto?Leo examinó el suelo del salón. Lucía apartó los ojos del portátil y miró donde señalaba. Por la mañana había estado a punto de tropezar con las piezas y las había guardado en una caja.—Yo. Iba a limpiar.—No había terminado. Estaba uniendo la estación con las vías.Leo arrastró la caja y la volcó. Al ver desmontadas incluso las partes que ya había completado, hizo un puchero. Lucía apartó la silla y se levantó.—No lo sabía. Tenía que habértelo preguntado. Perdona.—Hazlo otra vez.—¿Me enseñas cómo lo habías puesto?—¿Tampoco lo sabes?—No. Solo lo vi cuando ya estaba montado.La decepción se le marcó todavía má
—A las cinco hay que venir a recogerlo.Gabriel miró su reloj. Adrián asintió, pero Leo le tiró de la manga.—No te lo dice a ti. Me lo dice a mí, por si luego quiero seguir leyendo.Gabriel había reservado la tarde del sábado para acompañarlo a la biblioteca infantil, tal como el niño le había pedido. Lucía le entregó la bolsa con la merienda y el agua.—Si surge algo, llámanos.—Y vosotros no os limitéis a leer libros y volver a casa.Adrián alzó una ceja. Leo ya estaba mirando hacia la entrada.Después de despedirse de su hijo, notaron un espacio extraño entre los dos. Faltaba la manita que solía ocupar el centro. Lucía buscó primero la de Adrián.—Vamos. Se nos hará tarde.—No hemos reservado nada.—Me refiero
Leo había traído un folleto de una clase de prueba de ajedrez avanzado. Adrián consultaba el horario cuando el niño dejó otro papel en la mesa: la invitación al cumpleaños de Mateo, su amigo del colegio.—Es el mismo día.—Veamos si hacen la clase de ajedrez en otra fecha.Mientras Adrián daba la vuelta al folleto, Leo acariciaba el tren dibujado en la invitación.—La profe dice que juego muy bien y que puedo probar.—¿Te apetece?—En casa de Mateo hay un tren nuevo.La respuesta no encajaba con la pregunta. Adrián dejó el folleto.—Quieres ir a su cumpleaños.—Sí. Pero, si no voy al ajedrez, ¿se me olvidará jugar?Adrián tardó en responder y Leo se puso serio. Lucía, que se secaba las manos junto al fregadero, los miró.
Leo metió las fotos en la mochila y volvió a sacarlas. Comparó la de la boda con la de la mesa. Al final guardó las dos en una carpeta transparente.—¿Cuál le gustará más al abuelo?Lucía se sentó a su lado.—Al abuelo le gustaba verme sonreír.—Sales sonriendo en las dos.—Pues llevamos las dos.Solo entonces cerró Leo la carpeta. Junto a la puerta, Adrián comprobó que el termo de té que Lucía le había pedido estaba bien tapado.Camino de El Escorial, el niño habló un buen rato antes de dormirse. En los árboles que pasaban junto a la ventanilla asomaban hojas nuevas. Lucía miró el asiento trasero y bajó la voz.—Pensé que quizá te resultaría incómodo que te pidiera venir a ver a mi padre.—Me dijist







