LOGINTres años después de la boda, Adrián se detuvo ante una silla diminuta.
—¿Vas a caber ahí? —preguntó Lucía.
Él dobló las rodillas con cuidado. Las sillas del aula de primaria quedaban demasiado bajas para un adulto. Intentó enderezar la espalda, renunció y colocó ambos pies bien juntos bajo la mesa.
Leo se volvió desde la primera fila.
—Papá, no hagas
Tres años después de la boda, Adrián se detuvo ante una silla diminuta.—¿Vas a caber ahí? —preguntó Lucía.Él dobló las rodillas con cuidado. Las sillas del aula de primaria quedaban demasiado bajas para un adulto. Intentó enderezar la espalda, renunció y colocó ambos pies bien juntos bajo la mesa.Leo se volvió desde la primera fila.—Papá, no hagas ruido. Va a empezar la clase.A sus ocho años, ya no le confiaba la mochila como antes. A veces le buscaba la mano y la soltaba disimuladamente al ver a algún amigo. Adrián había dejado de intentar agarrársela otra vez.En la pizarra figuraba el orden de las presentaciones sobre actividades en familia. Lucía se había pedido el día libre en el instituto y Adrián no había concertado ninguna cita a esa hora. Era la
—Papá, es el cumpleaños de mamá. ¿Por qué vas a reservar lo de mis trenes?Leo tapó el móvil con un dedo. En la pantalla aparecía un restaurante temático que ofrecía fiestas de cumpleaños.Adrián lo miró unos segundos y cerró la página.—Pensaba que te haría ilusión.—Es el cumpleaños de mamá.La corrección era justa. Aunque el regalo que había pensado Leo tampoco resultaba muy distinto: quería un robot grande para que cargara con las cosas cuando su madre estuviera cansada.—¿Ese robot puede llevar cosas de verdad?Al responder, al niño se le apagó un poco la voz.—Todavía no.Se sentaron juntos a la mesa y empezaron de nuevo. Lucía había prometido volver del instituto sin retrasarse. Ellos solo le
—¿Quién ha recogido esto?Leo examinó el suelo del salón. Lucía apartó los ojos del portátil y miró donde señalaba. Por la mañana había estado a punto de tropezar con las piezas y las había guardado en una caja.—Yo. Iba a limpiar.—No había terminado. Estaba uniendo la estación con las vías.Leo arrastró la caja y la volcó. Al ver desmontadas incluso las partes que ya había completado, hizo un puchero. Lucía apartó la silla y se levantó.—No lo sabía. Tenía que habértelo preguntado. Perdona.—Hazlo otra vez.—¿Me enseñas cómo lo habías puesto?—¿Tampoco lo sabes?—No. Solo lo vi cuando ya estaba montado.La decepción se le marcó todavía má
—A las cinco hay que venir a recogerlo.Gabriel miró su reloj. Adrián asintió, pero Leo le tiró de la manga.—No te lo dice a ti. Me lo dice a mí, por si luego quiero seguir leyendo.Gabriel había reservado la tarde del sábado para acompañarlo a la biblioteca infantil, tal como el niño le había pedido. Lucía le entregó la bolsa con la merienda y el agua.—Si surge algo, llámanos.—Y vosotros no os limitéis a leer libros y volver a casa.Adrián alzó una ceja. Leo ya estaba mirando hacia la entrada.Después de despedirse de su hijo, notaron un espacio extraño entre los dos. Faltaba la manita que solía ocupar el centro. Lucía buscó primero la de Adrián.—Vamos. Se nos hará tarde.—No hemos reservado nada.—Me refiero
Leo había traído un folleto de una clase de prueba de ajedrez avanzado. Adrián consultaba el horario cuando el niño dejó otro papel en la mesa: la invitación al cumpleaños de Mateo, su amigo del colegio.—Es el mismo día.—Veamos si hacen la clase de ajedrez en otra fecha.Mientras Adrián daba la vuelta al folleto, Leo acariciaba el tren dibujado en la invitación.—La profe dice que juego muy bien y que puedo probar.—¿Te apetece?—En casa de Mateo hay un tren nuevo.La respuesta no encajaba con la pregunta. Adrián dejó el folleto.—Quieres ir a su cumpleaños.—Sí. Pero, si no voy al ajedrez, ¿se me olvidará jugar?Adrián tardó en responder y Leo se puso serio. Lucía, que se secaba las manos junto al fregadero, los miró.
Leo metió las fotos en la mochila y volvió a sacarlas. Comparó la de la boda con la de la mesa. Al final guardó las dos en una carpeta transparente.—¿Cuál le gustará más al abuelo?Lucía se sentó a su lado.—Al abuelo le gustaba verme sonreír.—Sales sonriendo en las dos.—Pues llevamos las dos.Solo entonces cerró Leo la carpeta. Junto a la puerta, Adrián comprobó que el termo de té que Lucía le había pedido estaba bien tapado.Camino de El Escorial, el niño habló un buen rato antes de dormirse. En los árboles que pasaban junto a la ventanilla asomaban hojas nuevas. Lucía miró el asiento trasero y bajó la voz.—Pensé que quizá te resultaría incómodo que te pidiera venir a ver a mi padre.—Me dijist







