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El Sabor del Peligro

مؤلف: Yeyi
last update تاريخ النشر: 2026-09-27 10:04:00

El amanecer se filtró en la habitación de huéspedes a través de los pesados visillos de lino blanco. Nathalia no había logrado pegar un solo ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba las párpados, la imagen de Leonardo en el pasillo se proyectaba en su mente con la nitidez de un fuego abrasador: la calidez de su mano en su mandíbula, la fragancia a cedro y whisky que emanaba de su piel, y esa mirada profunda, oscura y dominante que parecía desnudarte en un segundo.

Se levantó de la cama king size que se sentía demasiado grande y ajena para ella. Se acercó al espejo del tocador de baño para revisar las marcas de la noche anterior. El corte en su labio inferior lucía menos hinchado gracias a la compresa helada que Camila le había aplicado, pero un suave hematoma de tono verdoso comenzaba a vislumbrarse en la línea del hueso. Tocó la zona con la yema de sus dedos y sintió un escalofrío: la sombra de Marcos aún parecía perseguirla, pero el recuerdo de Leonardo prometiendo protección resonaba con más fuerza.

Al salir del baño, vestida con una sudadera holgada que Camila le había prestado la noche anterior, escuchó voces contenidas que venían desde la primera planta. La curiosidad y la tensión la empujaron a abrir la puerta del dormitorio y caminar en silencio por el pasillo de mármol.

Al asomarse por el balcón interno que daba hacia la imponente estancia principal, vio la figura de Leonardo de pie frente a los ventanales que daban al jardín. Llevaba un traje impecable de tres piezas en color azul marino, con la corbata perfectamente ajustada al cuello. Frente a él, en posición de firme, se encontraba un hombre alto de aspecto militar, el jefe de seguridad de la familia.

—No quiero fallas en esto, Vargas —la voz de Leonardo resonaba baja, pero cargada de una autoridad absoluta que imponía un respeto inmediato—. Localiza a ese muchacho, Marcos Benítez. Quiero un expediente completo de sus cuentas, sus deudas y sus conexiones en la ciudad para antes del mediodía. Si vuelve a acercarse a esta propiedad o a poner un solo pie cerca de Nathalia, no quiero que llamen a la policía. Quiero que me informen a mí directamente.

—Entendido, señor Santoro. Sus órdenes ya se están ejecutando. La seguridad perimetral de la residencia se ha reforzado y los escoltas tienen la fotografía del sujeto —respondió el hombre antes de hacer una breve inclinación y retirarse hacia la salida.

Leonardo se quedó solo en el salón, llevando la taza de café humeante hacia sus labios. Nathalia contuvo el aliento en la parte superior de la escalera, pero el leve crujido de la madera traicionó su presencia.

Sin girarse inmediatamente, Leonardo habló con esa tranquilidad calculada que la desarmaba.

—Es de educación saludar cuando se espía a las personas en su propia casa, Nathalia.

El corazón de Nathalia dio un vuelco. Bajó los escalones lentamente, sintiendo el impacto de la mirada de Leonardo en el momento en que él se giró para encararla. La luz del mañana resaltaba las facciones marcadas de su rostro, las sienes ligeramente plateadas que le otorgaban un atractivo implacable y esos ojos marrones que la escudriñaban de arriba abajo sin el menor disimulo.

—Buenos días, señor Santoro... No pretendía espiarlo —susurró ella, deteniéndose a un par de metros de distancia, sintiendo cómo la diferencia de altura y la presencia de él llenaban por completo el aire a su alrededor—. Escuché lo que le decía a su jefe de seguridad. De verdad no es necesario que se tome tantas molestias por mí. No quiero ser una carga.

Leonardo caminó despacio hacia ella, acortando la distancia con la parsimonia de un cazador que sabe que su presa no tiene a dónde huir. Se detuvo justo frente a ella, obligando a Nathalia a alzar el rostro para sostenerle la mirada.

—En primer lugar, en esta casa nada de lo que yo ordene es una molestia —dijo él, con la voz grave cayendo sobre ella como un velo tibio—. En segundo lugar, no eres ninguna carga. Eres la persona que mi hija trajo bajo este techo y, mientras estés aquí, estás bajo mi responsabilidad. Y yo protejo lo que entra en mi dominio.

La palabra "dominio" resonó entre ambos con un subtexto cargado de electricidad. Nathalia sintió que el rubor le subía por el cuello, incendiándole las mejillas.

—Él... Marcos es peligroso —dijo Nathalia, tratando de mantener la voz firme aunque le temblaran las manos—. Está obsesionado. No entiende razones cuando se le mete algo en la cabeza.

—Ese muchacho no es peligroso, Nathalia; es solo un cobarde que se siente fuerte atacando a alguien que no puede defenderse —interrumpió Leonardo, dando un paso más hacia ella, de modo que la punta de sus zapatos casi tocaba los de ella—. Y créeme cuando te digo que no ha conocido a alguien realmente peligroso hasta el día de hoy.

El contacto visual se volvió tan Intenso que Nathalia tuvo que bajar la mirada hacia la corbata de Leonardo, sintiendo que si sostenía esa fijación un segundo más, terminaría delatando los pensamientos impropios que rondaban su mente desde hacía años. Se fijó en la amplitud de su pecho, en la firmeza de sus hombros y en el perfume penetrante a madera y especias que la envolvía por completo.

En ese instante, el sonido de unos pasos apresurados bajando por la escalera rompió la atmósfera sofocante.

—¡Papá! ¡Nath! —la voz de Camila irrumpió en el vestíbulo. La chica bajaba en pijama, con el cabello desordenado y cara de preocupación—. No sabía que ya estaban despiertos. Papá, ¿pudiste hablar con la gente de seguridad?

Leonardo dio medio paso hacia atrás, restableciendo la distancia formal de manera tan fluida y perfecta que nadie habría imaginado la tensión que casi encendía el aire segundos antes.

—Todo está resuelto, Camila —respondió él, volviendo a tomar un sorbo de su café con total aplomo—. La seguridad de la propiedad está sobre aviso y mis abogados están preparando las medidas legales pertinentes. Tu amiga no tiene de qué preocuparse mientras esté aquí.

—Eres el mejor, de verdad —dijo Camila, abrazando a su padre por la cintura antes de volverse hacia Nathalia con una sonrisa habladora—. ¿Ves lo que te decía, Nath? Te dije que con mi papá aquí nadie se atrevería a hacerte nada. Por cierto, papá, hoy tengo clases en la universidad a las diez y luego la reunión del comité estudiantil, así que tendré que salir un par de horas. ¿Te molesta si Nathalia se queda descansando aquí?

Leonardo fijó la mirada en Nathalia over la cabeza de su hija, con una chispa oscura bailando en sus ojos.

—De ninguna manera. De hecho, yo trabajaré desde mi despacho de la casa durante la mañana. Así me aseguro de que Nathalia tenga todo lo que necesita.

Un estremecimiento involuntario recorrió la espalda de Nathalia. La idea de quedarse a solas en la inmensidad de la residencia con Leonardo Santoro era al mismo tiempo su mayor refugio y su pesadilla más tentadora.

A las diez y media de la mañana, el vehículo de Camila cruzó los portones principales, dejando la mansión en un silencio absoluto. La servidumbre trabajaba de forma casi invisible en la cocina y en los jardines exteriores, lo que convertía los amplios pasillos del interior en un territorio desierto y silencioso.

Nathalia intentó distraerse en la biblioteca del primer piso. Tomó un libro de arte de uno de los estantes de caoba y se sentó en un sillón de cuero junto a la ventana, pero era incapaz de concentrarse en las líneas de texto. Su mente regresaba una y otra vez a la noche anterior y a la voz de Leonardo resonando en el pasillo.

Decidida a servirse un vaso de agua para calmar la inquietud que le oprimía el pecho, caminó por el corredor principal en dirección a la cocina. Sin embargo, al pasar frente a la puerta del estudio privado de Leonardo, notó que esta se encontraba entreabierta unos pocos centímetros.

El impulso instintivo fue seguir de largo, pero el sonido de la voz de Leonardo, firme y tajante al teléfono, la hizo detenerse en el acto.

—No me importa cuál sea su precio. Si ese sujeto vuelve a enviar un solo mensaje de texto al teléfono de Nathalia, quiero sus cuentas bloqueadas y la orden de restricción ejecutada en menos de una hora. ¿Quedó claro?

Nathalia se pegó al marco de la puerta. A través de la rendija, podía verlo de pie junto a su imponente escritorio de madera oscura. Se había quitado el saco del traje y se había desabrochado el botón superior de la camisa, arremangándose de nuevo la tela hasta los codos. Transpiraba un aura de poder crudo y protección que a Nathalia le producía un nudo sofocante en la garganta.

Leonardo colgó el teléfono sobre la base de madera y dejó escapar un largo suspiro, pasándose una mano por el cabello. Luego, con un movimiento pausado, se acercó a la pequeña barra de licores ubicada en la esquina del despacho, sirviéndose un vaso de agua con hielo.

Nathalia dio un paso atrás para retirarse sin ser descubierta, pero su pie chocó contra un pequeño pedestal de bronce que sostenía una escultura junto a la puerta, produciendo un sonido metálico que resonó en el pasillo silencioso.

—Nathalia.

La voz de Leonardo no sonó molesta; sonó profunda, con esa pausa exacta que congelaba el movimiento.

Sabiendo que ya no tenía escapatoria, la joven empujó suavemente la puerta y entró al despacho con las manos entrelazadas al frente y el pulso acelerado.

—Lo siento... No quería interrumpir. Solo iba hacia la cocina y...

—Entra y cierra la puerta —ordenó él con voz tranquila pero firme, sin mirarla directamente mientras dejaba el vaso sobre el escritorio.

Nathalia obedeció como hipnotizada. Giró sobre sus talones y empujó la pesada puerta de roble hasta que el pestillo encajó con un chasquido definitivo. El ambiente dentro del despacho era cálido, perfumado con el olor característico de él y con una luz tenue que entraba por los ventanales traseros.

Leonardo se apoyó contra el borde del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho. La observó durante varios segundos en un silencio absoluto que hacía audible el latido desbocado del corazón de la chica.

—Estás nerviosa —afirmó él, sin elevar el tono de voz.

—Es... es todo lo que ha pasado con Marcos, señor Santoro —mintió ella, manteniendo los ojos fijos en la alfombra persa que cubría el suelo.

—Mírame cuando me hablas, Nathalia —dijo él.

Esa orden simple la hizo alzar la cabeza al instante. Los ojos de Leonardo la atrapaban con una intensidad casi dolorosa. Él se erigió en toda su altura y comenzó a caminar hacia ella con pasos lentos y seguros.

—Llevas tres años viniendo a esta casa como la amiga de mi hija —dijo él, deteniéndose a solo un paso de distancia de ella. La diferencia de estatura hacía que la sombra de Leonardo la cubriera casi por completo—. Tres años en los que has intentado no cruzar más de tres palabras conmigo, bajando la mirada cada vez que me sirves un saludo o buscando excusas para salir de la habitación en la que estoy.

El aire en los pulmones de Nathalia desapareció. No esperaba que él hubiera notado absolutamente nada de su comportamiento durante todo ese tiempo.

—Pensé... pensé que no se daba cuenta —alcanzó a murmurar ella, sintiendo que la garganta se le secaba.

—Me doy cuenta de absolutamente todo lo que ocurre a mi alrededor, Nathalia —respondió Leonardo, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el calor de su cuerpo fue perceptible para la joven—. Sé cuándo alguien miente, sé cuándo alguien tiene miedo... y sé perfectamente cuándo alguien me mira con deseo.

Las palabras cayeron como un martillazo en el pecho de Nathalia. El rubor que cubrió su rostro fue instantáneo y violento. Quiso dar un paso atrás, pero la espalda de la chica chocó contra la madera sólida de la puerta cerrada. Estaba acorralada.

Leonardo alzó una mano y, de la misma forma que la noche anterior, rozó suavemente la piel de su pómulo con la yema de sus dedos, descendiendo por el contorno de su cuello hasta apoyarse con firmeza en su hombro. El contacto era abrasador, enviando chispas de electricidad directamente hacia su vientre.

—Señor Santoro... esto no está bien —susurró Nathalia con la voz entrecortada, aunque su cuerpo no hizo el menor intento por alejarse de la mano del hombre.

—Dime que quieres que me detenga y me apartaré de inmediato —murmuró Leonardo, inclinándose ligeramente hacia ella de modo que su aliento cálido rozó la comisura de la oreja de la joven—. Pídeme que me aleje, Nathalia. Hazlo ahora.

Nathalia abrió la boca para pronunciar la mentira que salvaría su amistad con Camila y su moralidad, pero ningún sonido salió de sus labios. En lugar de eso, sus ojos se fijaron en los labios carnosos y severos de Leonardo, traicionando el anhelo sofocante que llevaba guardado durante años.

Leonardo dejó escapar una sonrisa amarga y oscura, entendiendo el silencio de la chica. Su mano subió desde el hombro hasta la nuca de Nathalia, enredando sus dedos en su cabello oscuro y ejerciendo una ligera presión para obligarla a mantener el rostro alzado hacia él.

—Eres una tentación peligrosa, Nathalia —susurró él, con los ojos oscurecidos por un deseo que ya no se molestaba en ocultar—. Y yo no soy un hombre caracterizado por la paciencia.

En ese instante, el sonido estridente del teléfono fijo sobre el escritorio de Leonardo cortó la atmósfera cargada como un navajazo. El timbre sonó una, dos, tres veces, rompiendo el trance.

Leonardo no apartó la mirada de los ojos de Nathalia de inmediato. Sostuvo la presión de su mano en la nuca de la joven durante un segundo eterno más, haciéndole sentir todo el peso de su dominio, antes de soltarla lentamente.

Se giró con una calma aterradora y caminó hacia el escritorio, descolgando el auricular sin perder la compostura.

—Santoro —dijo al teléfono, con la voz helada.

A través del auricular se escuchó la voz alterada de Vargas, el jefe de seguridad:

—Señor Santoro, tenemos un problema. El sujeto, Marcos Benítez, acaba de ser detectado por las cámaras del perímetro exterior. Está intentando brincar la valla del sector sur de la propiedad y viene armado.

Nathalia, que escuchó parte de la conversación desde la puerta, ahogó un grito de terror llevándose las manos a la boca.

Leonardo no pestañeó. Su rostro se transformó en una máscara de piedra absoluta. Miró a Nathalia con una fijación oscura, mientras en su mano apretaba el auricular del teléfono con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—Inmovilícenlo —ordenó Leonardo en un murmuro cargado de muerte—. Voy para allá.

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