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El padre de mi mejor amiga
El padre de mi mejor amiga
Author: Yeyi

El Refugio de las Sombras

Author: Yeyi
last update publish date: 2026-09-27 10:03:49

El rugido del motor de la tormenta retumbaba contra el parabrisas mientras la lluvia caía con furia sobre la carretera. Nathalia Morales apretaba los nudillos contra la correa de su bolso gastado, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. Tenía el labio inferior partido y un moratón azulado comenzaba a dibujarse bajo la manga de su chaqueta ligera, pero no sentía dolor físico; el miedo era la única anestesia que la mantenía despierta.

Miró por el espejo retrovisor por décima vez en los últimos cinco minutos. Nada. Solo luces difusas y la oscuridad de la medianoche. Había logrado escapar, pero sabía que Marcos no se rendiría tan fácilmente. Él pensaba que ella le pertenecía, que podía cruzar cualquier límite y salirse con la suya. Esa noche, cuando las manos de Marcos se cerraron con fuerza alrededor de sus muñecas en el pequeño departamento, Nathalia entendió que si no huía en ese instante, no saldría viva de allí.

A su lado, en el asiento del conductor, Camila cambió de marcha con agresividad, visiblemente alterada.

—Ese desgraciado va a pagar por esto, Nathalia, te lo juro por Dios —dijo Camila, con la voz temblando de rabia mientras mantenía la mirada fija en el camino húmedo—. Cuando mi papá se entere de lo que ese tipo te hizo, va a mover mar y tierra para destruirlo. Sabes cómo es él.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal a Nathalia al escuchar esas palabras.

—No, Camila, por favor —suplicó Nathalia, girándose hacia su amiga con ojos aterrorizados—. No quiero meter a tu familia en esto. Esto es mi culpa por haber aguantado tanto tiempo... Si tu papá se entera, solo le traeré problemas. Déjame en cualquier hotel, puedo buscar un trabajo rápido y...

—¡Ni se te ocurra decir esa idiotez! —la interrumpió Camila, echándole una mirada llena de cariño y firmeza—. Eres mi mejor amiga desde la universidad. Eres como una hermana para mí. No te voy a dejar sola en un hotel barato mientras ese demente te está buscando. Te vas a quedar en mi casa el tiempo que sea necesario. Tenemos espacio de sobra y la seguridad del residencial no deja pasar ni a una mosca sin autorización. Ahí vas a estar a salvo.

Nathalia bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. Agradecía infinitamente la lealtad de Camila, pero la sola idea de quedarse en la residencia de los Santoro le provocaba un nudo opresivo en el estómago. Y no era por la lujosa propiedad, ni por el personal de servicio.

Era por él.

Leonardo Santoro.

El nombre resonó en su mente con el peso de una condena. El padre de Camila no era un hombre ordinario. Era el CEO de Santoro Holdings, un titán de la industria inmobiliaria, un hombre imponente, frío, de una elegancia magistral y una mirada oscura capaz de desarmar a cualquiera sin pronunciar una sola palabra. Durante los últimos tres años, cada vez que Nathalia visitaba a Camila o compartía alguna cena familiar, había intentado mantener la distancia, ocultando bajo un rostro neutral la atracción prohibida, profunda y casi vergonzosa que sentía por el padre de su mejor amiga.

Leonardo tenía treinta y ocho años; era un hombre maduro, controlado, acostumbrado a dominar cada aspecto de su entorno. Ella tenía solo veintiuno, era una estudiante que apenas intentaba construir su camino. Esa diferencia de mundos, sumada al lazo sagrado de amistad con Camila, convertía cualquier pensamiento hacia él en un pecado capital. Y ahora, irónicamente, el destino la obligaba a refugiarse bajo su mismo techo.

El vehículo redujo la velocidad al acercarse a las enormes rejas de hierro forjado que custodiaban la entrada de la urbanización más exclusiva de la ciudad. Dos guardias de seguridad armados reconocieron el automóvil de Camila e inmediatamente hicieron una inclinación de cabeza antes de presionar el control que abría los portones.

El auto se adentró por el sendero rodeado de jardines perfectamente podados hasta detenerse frente a una majestuosa mansión de arquitectura moderna, con ventanales de piso a techo que reflejaban la lluvia torrencial. La propiedad transmitía un poder silencioso, el mismo poder que caracterizaba a su dueño.

—Llegamos —anunció Camila, apagando el motor y suspirando con alivio—. Vamos, entrarás por la puerta trasera para que nadie te vea en este estado. Te llevaré directo a la habitación de huéspedes del segundo piso.

Ambas bajaron rápidamente del automóvil, cubriéndose con los abrigos para evitar la lluvia hasta alcanzar el porche cubierto. Camila ingresó el código digital en la puerta lateral y esta se abrió con un leve chasquido electrónico. El interior de la mansión estaba en penumbra, iluminado únicamente por sutiles luces de cortesía instaladas a lo largo del suelo de mármol.

El silencio de la casa era absoluto, interrumpido únicamente por el eco lejano de las gotas golpeando los cristales exterior. Nathalia caminaba a pasos cortos detrás de Camila, sintiendo que profanaba un santuario. Cada rincón de la residencia olía a él: una fragancia sobria de madera de cedro, tabaco dulce y perfume de diseñador.

—Sube despacio —susurró Camila en voz baja mientras comenzaban a ascender la imponente escalera en espiral—. Mi papá probablemente está durmiendo en su ala de la casa. Tuvo una semana pesada con las fusiones de la empresa, así que no quiero despertarlo hasta mañana por la mañana cuando podamos hablar con más calma.

Nathalia asintió, conteniendo el aliento. Cada peldaño que subía parecía aumentar la tensión en sus músculos.

Al llegar al corredor del segundo piso, caminaron en penumbra hacia el ala este. Sin embargo, cuando estaban a punto de doblar el pasillo principal que conducía a las habitaciones de invitados, Nathalia notó una franja de luz cálida que se filtraba por debajo de la puerta entreabierta del estudio privado de la casa.

El pulso de Nathalia se aceleró al instante.

De repente, la puerta del estudio se abrió por completo.

Nathalia se congeló sobre la alfombra. Camila se detuvo a su lado, ahogando un pequeño jadeo.

Emerge de la penumbra la figura alta y dominante de Leonardo Santoro.

Llevaba la camisa blanca de vestir desabrochada en los dos primeros botones, revelando la curva firme de su cuello, con las mangas enrolladas hasta los antebrazos. Su chaleco de traje estaba desabotonado y en su mano derecha sostenía un vaso de cristal con dos dedos de whisky sobre hielo. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado sus dedos por él repetidas veces durante una larga jornada de trabajo.

Sus ojos, de un tono café tan profundo que bordeaba el negro, se fijaron de inmediato en las dos jóvenes. La frialdad calculadora de su rostro cambió instantáneamente a una mueca de severidad al notar la hora y la presencia de Nathalia.

—¿Camila? —su voz resonó baja, grave y aterciopelada, llenando el pasillo con un poder natural que hizo que a Nathalia se le erizara la piel—. ¿Qué son estas horas de llegar? Te he dicho mil veces que no me gusta que andes en la carretera a mitad de la noche con este clima.

—Papá... lo siento —se apresuró a decir Camila, dando un paso al frente para intentar cubrir a Nathalia—. Surgió una emergencia.

Leonardo dio un paso fuera del estudio, con la elegancia contenida de un depredador. Su mirada se desplazó lentamente de su hija hacia la figura pequeña y temblorosa que permanecía en las sombras detrás de ella. Cuando sus ojos se posaron en Nathalia, la dureza de su rostro se acentuó.

—Nathalia —pronunció su nombre con una cadencia pausada que le provocó un descarga eléctrica por la columna vertebral—. ¿Ocurre algo?

Nathalia intentó ocultar su rostro entre las sombras del pasillo, pero la luz del estudio la traicionó, iluminando el pequeño corte en su labio y la palidez cadavérica de su piel.

Leonardo entornó los ojos. La frialdad de su expresión dio paso a una rigidez peligrosa. Con tres zancadas calculadas, acortó la distancia entre ellos. La presencia del hombre era abrumadora; el calor de su cuerpo y el aroma a whisky y cedro invadieron de inmediato el espacio personal de Nathalia, haciendo que el aire en los pulmones de la joven se volviera denso.

Sin pedir permiso, Leonardo levantó una mano grande y de dedos firmes, sujetando suavemente la barbilla de Nathalia para obligarla a alzar el rostro hacia la luz. El roce de sus yemas calientes contra la piel fría de la chica provocó que ella contuviera la respiración. Sus miradas se cruzaron en el aire, desatando una corriente eléctrica de tensión pura que ninguno de los dos pudo disimular.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó Leonardo. Su voz ya no era fría; era un murmuro grave, cargado de una amenaza contenida que helaba la sangre.

—Papá, fue Marcos, su exnovio —intervino Camila con la voz entrecortada—. La atacó en su departamento. La perseguía. Tuve que traerla aquí... no tiene a dónde más ir.

Los ojos oscuros de Leonardo no se apartaron ni un solo segundo de los labios partidos de Nathalia. La pulgar de la mano con la que sostenía su barbilla acarició de manera imperceptible el contorno de su mandíbula, un gesto tan sutil y cargado de intimidad que hizo que Nathalia cerrara los ojos por un milisegundo, luchando por no temblar ante el impacto de su contacto.

—Ese tipo cometió el peor error de su vida —dijo Leonardo, con un tono glacial que prometía destrucción—. Nadie toca a nadie bajo mi protección.

Él soltó su barbilla lentamente, pero la mirada con la que la contemplaba era intensa, invasiva, como si estuviera leyendo cada uno de los secretos que ella intentaba ocultar en su pecho.

—Camila, llévala a la habitación principal de huéspedes. Prepara hielo para su rostro —ordenó Leonardo sin dejar de mirar a Nathalia—. Mañana a primera hora hablaré con mis abogados y con el jefe de seguridad de la firma. Ese muchacho no volverá a acercarse a un kilómetro de ella.

—Gracias, papá —suspiró Camila con alivio, tomando el brazo de Nathalia para guiarla—. Vamos, Nath.

Nathalia dio un paso atrás, rompiendo el contacto visual con Leonardo con suma dificultad.

—Gracias... señor Santoro —susurró Nathalia, con la voz apenas audible.

Leonardo no respondió de inmediato. Permaneció de pie en medio del pasillo, alto e inamovible, observando cómo la joven caminaba junto a su hija hacia el fondo del corredor. Justo antes de doblar la esquina hacia su habitación, Nathalia miró hacia atrás por encima del hombro.

Leonardo seguía allí, de pie en la oscuridad, con el vaso de whisky en la mano, viéndola marchar con una fijación oscura y hambrienta que distaba mucho de ser la mirada de un padre preocupado.

Nathalia entró a la habitación de huéspedes y cerró la puerta a sus espaldas, apoyando el peso de su cuerpo contra la madera. Su corazón latía a mil por hora, pero esta vez ya no era por el miedo a Marcos.

Era por el peligro real y abrasador que acababa de instalarse a solo unos metros de su puerta. Estaba bajo el mismo techo que el único hombre que tenía el poder de destruirla por completo.

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