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El eco de la voz de Leonardo atravesó la penumbra del pasillo con la fuerza de un mandato implacable, vibrando en las paredes de mármol. Nathalia se quedó completamente petrificada contra el muro del corredor, sintiendo el frío de la pared atravesar la tela ligera de su camisón. El corazón le percutía en las costillas con una violencia salvaje, enviando oleadas de calor por todo su cuerpo. Su mente, fragmentada entre la culpa moral y la necesidad física que la devoraba desde hacía tres años, le ordenaba dar media vuelta, correr hacia la habitación de huéspedes y cerrar la puerta con seguro. Sin embargo, sus pies no obedecieron a la cordura. La electricidad que aún ardía en su vientre tras haber presenciado la intimidad de Leonardo la mantenía encadenada al suelo de la mansión.Desde el interior de la suite se escuchó el rústico crujido de las sábanas de lino al ser desplazadas y el impacto pesado de los pies descalzos del magnate caminando hacia la entrada.La puerta doble de caoba se
El choque de la realidad atravesó la suite como una ráfaga de aire helado. Nathalia sintió que el corazón se le detenía en el pecho, mientras la voz de Camila continuaba retumbando en el pasillo, cada vez más cerca de la entrada principal. —¿Papá? ¿Nath? —repetía la joven, con el tono inocente de quien solo busca un documento olvidado. Leonardo reaccionó con la velocidad y la sangre fría de un hombre acostumbrado a dominar las crisis más extremas. En un solo movimiento, fluido y silencioso, saltó de la cama. La luz del amanecer recortaba su figura desnuda y tensa. Con un gesto imperioso de la mano, le indicó a Nathalia que se mantuviera en silencio y no se moviera. Nathalia, temblando convulsamente y con las lágrimas de pánico agolpándose en sus ojos, se pegó al respaldo de la cama, sujetando la sábana blanca contra su pecho desnudo. Leonardo cruzó la habitación a pasos agiles y mudos. Con una precisión quirúrgica, recogió del suelo su camisa rasgada, la ropa interior de Nathalia
Nathalia subió corriendo las escaleras secundarias, procurando que el leve roce de sus zapatillas contra la madera no delatara su prisa. Tenía el pulso acelerado y las mejillas ardiendo. Se deslizó dentro de la habitación de huéspedes, cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra la madera, intentando recuperar el aire. Llevó los dedos temblorosos a sus labios. Aún sentía en ellos la presión posesiva de la boca de Leonardo, el sabor metálico del deseo y la calidez del aliento del magnate sobre su piel. Cerró los ojos por un segundo, abrumada por una marea de culpa y excitación. Acababa de besar al padre de su mejor amiga sobre el escritorio de su despacho privado, mientras Marcos era arrastrado fuera de la propiedad por los guardias de seguridad. La frontera entre la protección y el pecado se había borrado por completo. Un par de golpecitos suaves en la puerta la hicieron dar un brinco. —¿Nath? ¿Estás despierta? —la voz de Camila resonó del otro lado, dulce y despreocupada
El aire dentro del despacho pareció helarse al instante. Las palabras de Vargas aún resonaban en el ambiente con la fuerza de un impacto, y el rostro de Nathalia quedó desprovisto de todo color. Se llevó ambas manos a los labios para reprimir un sollozo seco, sintiendo que las piernas le temblaban tanto que amenazaban con no sostenerla. Marcos estaba allí. Fuera, en los límites de la propiedad, armado y consumido por esa locura enfermiza que lo había llevado a destruirlo todo. Leonardo colgó el teléfono con un movimiento seco y pausado. La agitación que segundos antes amenazaba con devorarlos a ambos en la penumbra del estudio se había transformado de golpe en una frialdad absoluta, peligrosa y milimétricamente calculada. Caminó hacia el gran escritorio de caoba, abrió el cajón superior derecho y extrajo un teléfono móvil secundario de tono oscuro. —Quédate aquí, Nathalia —ordenó él con una voz tan grave y profunda que parecía retumbar en el suelo de madera. —No... Leonardo, por
El amanecer se filtró en la habitación de huéspedes a través de los pesados visillos de lino blanco. Nathalia no había logrado pegar un solo ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba las párpados, la imagen de Leonardo en el pasillo se proyectaba en su mente con la nitidez de un fuego abrasador: la calidez de su mano en su mandíbula, la fragancia a cedro y whisky que emanaba de su piel, y esa mirada profunda, oscura y dominante que parecía desnudarte en un segundo. Se levantó de la cama king size que se sentía demasiado grande y ajena para ella. Se acercó al espejo del tocador de baño para revisar las marcas de la noche anterior. El corte en su labio inferior lucía menos hinchado gracias a la compresa helada que Camila le había aplicado, pero un suave hematoma de tono verdoso comenzaba a vislumbrarse en la línea del hueso. Tocó la zona con la yema de sus dedos y sintió un escalofrío: la sombra de Marcos aún parecía perseguirla, pero el recuerdo de Leonardo prometiendo protección re
El rugido del motor de la tormenta retumbaba contra el parabrisas mientras la lluvia caía con furia sobre la carretera. Nathalia Morales apretaba los nudillos contra la correa de su bolso gastado, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. Tenía el labio inferior partido y un moratón azulado comenzaba a dibujarse bajo la manga de su chaqueta ligera, pero no sentía dolor físico; el miedo era la única anestesia que la mantenía despierta. Miró por el espejo retrovisor por décima vez en los últimos cinco minutos. Nada. Solo luces difusas y la oscuridad de la medianoche. Había logrado escapar, pero sabía que Marcos no se rendiría tan fácilmente. Él pensaba que ella le pertenecía, que podía cruzar cualquier límite y salirse con la suya. Esa noche, cuando las manos de Marcos se cerraron con fuerza alrededor de sus muñecas en el pequeño departamento, Nathalia entendió que si no huía en ese instante, no saldría viva de allí. A su lado, en el asiento del conductor, Camila ca







