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Capítulo 4

Autor: Kurumi Cuerva
En ese instante, tanto Renata como yo nos quedamos completamente paralizados, mirándonos fijamente, con la misma expresión de absoluto desconcierto.

A Renata incluso se le resbaló la toalla con la que se estaba secando el cabello... y ni cuenta se dio.

¿Renata era la hermana de Daniela?

Entonces... ¿eso la convertía en mi cuñada?

Yo iba a casarme con Daniela... y, justo antes de conocerla, había terminado acostándome con su hermana.

Renata no estaba mejor que yo.

Le temblaban ligeramente las manos, el rostro se le había puesto pálido y sus labios apenas vibraban.

Daniela también notó que algo no cuadraba.

Nos miró a los dos, de uno a otro, con el ceño fruncido.

—¿Se conocen?

—Yo...

Apenas abrí la boca, cuando Renata, desde la escalera, se adelantó.

La sorpresa en su rostro desapareció y fue sustituida por una sonrisa ligera, casi juguetona.

—Sí, nos conocemos.

—La verdad, qué coincidencia... nunca imaginé que él sería mi futuro cuñado —dijo, asintiendo con una sonrisa.

Luego añadió:

—De camino, tres tipos empezaron a molestarme. Por suerte, él apareció y me ayudó. Los hizo huir a golpes... si no, quién sabe qué me habría pasado.

No mentía... pero ocultó por completo lo que había pasado entre nosotros.

La miré. Ella me sostuvo la mirada apenas un segundo antes de apartarla.

Aunque lo disimulaba bien, la incomodidad seguía ahí.

¿De verdad quería fingir que nada había pasado?

Apreté los puños sin darme cuenta.

Había algo dentro de mí que se negaba a aceptar eso... pero al final solté la tensión.

Necesitaba el dinero.

Y si esa era la decisión de Renata, la respetaría. Si quería enterrar lo ocurrido, así sería.

Además, si esto salía a la luz y destruía a su familia... probablemente era justo lo que ella quería evitar.

—Ah, ya veo —se escuchó la voz de Daniela, seguida por la de su madre.

Ambas me miraban con cierto agrado.

Haber ayudado a Renata claramente jugaba a mi favor.

Daniela no profundizó en el tema. En cambio, empezó a presentarme a su familia.

A Renata ya la conocía.

La mujer que había tomado por su hermana era en realidad su madre: Beatriz Quiroz.

Daniela también tenía una hija de trece años, Abril Quiroz, que no estaba en casa en ese momento.

Por todo lo relacionado con Renata, tenía la cabeza hecha un caos.

Me sentía incómodo a cada instante, hiciera lo que hiciera.

Pero Daniela y Beatriz no parecían darle importancia.

Probablemente pensaban que era por estar en un lugar nuevo... y, además, por tener que vivir en su casa como su marido.

Beatriz me observaba con una sonrisa leve, como si cada vez le agradara más.

Esa típica mirada de suegra que ya está convencida.

—Jeje, Daniela, sí que escogiste bien —dijo Renata, animada, gesticulando—. No sabes lo fuerte que es. En un instante dejó fuera a esos tres tipos... de verdad, impresionante.

Luego añadió, medio en broma:

—Si no fuera tu esposo... hasta me darían ganas de quitártelo.

Sabía que lo decía a propósito. Solo quería aliviar la tensión, fingir que nada había pasado.

Yo no sabía dónde meterme.

Beatriz le dio un pequeño golpe.

—¿Qué cosas dices?

Renata sonrió.

—No los interrumpo, tengo mucho sueño. Me voy a dormir.

Se levantó y comenzó a subir las escaleras.

Pero, ya fuera por lo que le pasaba por la cabeza o por el estado en que estaba, tropezó y cayó en los escalones.

Corrí de inmediato para ayudarla, pero apartó mi mano.

—No seas tan atento conmigo, mi hermana se va a poner celosa —dijo con una sonrisa.

Lo dijo en tono ligero, pero en sus ojos claros se asomó un destello de tristeza y dolor.

Se levantó con prisa y subió casi corriendo, sin atreverse a mirarme.

Beatriz también se puso de pie.

—Ya es tarde. Suban a descansar.

Daniela dijo que iba a prepararme una habitación.

—¿Para qué? Mejor duerman juntos. Aquí no somos tan estrictos —intervino Beatriz.

Daniela apretó los labios. No podía contradecirla, así que terminó cediendo.

Su habitación tenía tonos rosados, con un aire juvenil.

—Ve a bañarte. En el clóset hay pijamas nuevas. Cuando termines, te acuestas y me esperas —dijo Daniela.

A solas, su expresión volvió a endurecerse.

Me desconcerté.

¿No se suponía que no podía tocarla?

Entonces, ¿por qué quería que la esperara en la cama?

¿Será que mi atractivo fue demasiado para ella y no pudo resistirse?

Con esa duda en la cabeza, fui al baño, me duché y me puse una pijama claramente cara.

Luego me recosté.

Las sábanas tenían un aroma suave, probablemente suyo.

Daniela también entró a bañarse.

El sonido del agua hizo que mi mente empezara a divagar, así que corté esos pensamientos de golpe.

No tenía el valor de hacer nada imprudente.

Al poco rato salió.

Vestía una pijama blanca, ligera.

Cuando la vi así, no pude evitar tragar saliva.

Su figura se insinuaba bajo la tela; el cuello elegante, la postura impecable... incluso en la intimidad, seguía imponiendo.

Pero cuando me miró, en sus ojos había un rechazo evidente.

Aun así, se recostó a mi lado.

El aire se llenó de su perfume.

—Ven. Acércate —ordenó con frialdad.

—¿Qué?

—¿No escuchaste? Rápido.

El pecho me ardía. Una oleada de calor me subió de golpe. La tensión acumulada terminó por desbordarse sin que pudiera contenerla.

Me lancé sobre ella, impulsado por algo que ya no controlaba, extendiendo la mano hacia su cuerpo.

En una situación así, no era algo que pudiera contenerse con facilidad.

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