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Capítulo 7

Penulis: Kurumi Cuerva
Abril también alcanzó a notar mi mirada.

Su rostro palideció un poco; claramente se había asustado.

Yo estaba a punto de perder el control y darle una lección... pero me contuve. Beatriz estaba detrás de mí.

—Inútil —murmuró Abril, antes de darse la vuelta y marcharse, moviendo las caderas.

—¡Abril, regresa! —la voz de Beatriz, firme y fría, sonó a mi lado.

Volteé.

Su expresión había cambiado por completo. Nunca la había visto así.

Estaba realmente enojada.

Abril también lo notó. Bajó la cabeza, claramente intimidada, y regresó.

—Pídele disculpas a tu padre —ordenó Beatriz con tono duro.

Abril se estremeció.

¿Disculparse conmigo? Era evidente que no quería.

Pero en esa casa, quien mandaba era Beatriz.

Abril podía ser rebelde con cualquiera... menos con ella.

Apretó los labios, con los ojos brillosos, y murmuró:

—Lo... lo siento...

—No pasa nada, no pasa nada —respondí de inmediato, limpiándome la saliva de la camisa.

En ese momento, noté su mirada, escondida bajo el rostro inclinado.

Había odio en sus ojos.

Un odio profundo.

—Perdón, Ignacio... te hizo pasar un mal rato —dijo Beatriz en voz baja, cuando Abril ya se había ido.

Esbocé una sonrisa amarga.

—Es normal... A cualquiera le costaría aceptar que de pronto tiene un papá que casi es de su misma edad.

—Me alegra que lo entiendas —respondió Beatriz, con una leve sonrisa.

De pronto se fijó en algo.

—¿Y esto? Es la bolsa de Abril... la dejó aquí. Esta niña... pero ya se me hace tarde.

—Yo se la llevo —dije de inmediato.

Beatriz claramente no tenía tiempo. Yo sí.

Me miró un instante y me entregó la bolsa.

Pensé en la ropa que aún tenía pendiente de lavar... pero podía hacerlo después.

Salí con la bolsa en la mano.

Intenté alcanzarla, pero Abril ya no estaba por ningún lado.

No me quedó de otra más que correr hasta la escuela.

Era un lugar impresionante.

La Universidad Empresarial Monte Celeste.

Abril acababa de entrar a la universidad, pero, según decían, era muy inteligente y siempre había tenido excelentes calificaciones.

Por eso no era raro verla en un lugar así.

Los edificios eran enormes.

Laboratorios, dormitorios, edificios de aulas... el campus era tan grande que parecía una pequeña ciudad.

Comparado con la universidad donde yo había estudiado antes, aquello era otro mundo.

La mía no era ni una décima parte de eso.

No pude evitar pensar...

Si no fuera por el dinero, yo quizá todavía estaría estudiando, pensando en graduarme y en qué camino tomar para ganarme la vida.

Pero al final... ni siquiera tuve la oportunidad de seguir estudiando.

Sentí un nudo en el pecho.

Solté una risa amarga.

La universidad... no era para alguien como yo.

A mi alrededor, todos vestían bien, impecables.

Caminaban erguidos, con esa seguridad propia de quien nunca ha tenido que preocuparse por sobrevivir.

Las risas de las chicas, claras y ligeras, llenaban el aire como una melodía.

La Universidad Empresarial Monte Celeste... incluso en mi pueblo era famosa.

Una universidad privada de élite.

Las colegiaturas eran absurdamente altas: lo que costaba un año ahí alcanzaba para mantener a una familia de cinco durante todo ese tiempo... y todavía sobraba.

Aun así, muchas familias seguían enviando a sus hijos.

Porque era una de las universidades de negocios más prestigiosas de toda la ciudad, y sus egresados casi siempre terminaban entrando a empresas importantes.

En un lugar así, la seguridad era estricta.

Cada estudiante necesitaba su credencial para entrar.

Yo, obviamente, no podía pasar.

Pensé en dejar la bolsa en la caseta de vigilancia para que se la entregaran a Abril.

Pero entonces, por el rabillo del ojo, vi una figura conocida.

Esas piernas delgadas envueltas en medias negras bajo unos shorts ajustados, los tacones, las cintas blancas enredadas en la pantorrilla... y ese peinado.

Era Abril.

Su brazo blanco y fino descansaba sobre el hombro de un chico, riéndose sin parar.

No estaba sola.

La rodeaban tres tipos, vestidos de forma llamativa, con tatuajes en los brazos y varios aretes en las orejas.

A simple vista, eran problemáticos.

Los tres se inclinaban hacia ella, diciéndole cosas que la hacían reír.

Los estudiantes cercanos, al verlos, fruncían el ceño y se apartaban discretamente.

Claro... gente así hay en cualquier universidad, incluso en una privada de élite.

Pero había algo que no cuadraba.

Abril había salido antes que yo... ¿y aun así yo había llegado primero?

Seguramente había venido a encontrarse con esos tres.

Fruncí ligeramente el ceño.

Pero, en el fondo, no era asunto mío.

Si fuera mi hija de verdad... ya le habría soltado un par de cachetadas.

Pero yo solo era su padre de nombre.

No tenía derecho a meterme en los asuntos de la familia Quiroz.

Si me excedía, solo conseguiría que me odiaran más.

Mi tarea era simple: entregarle la bolsa.

—Abril...

Por fin me escuchó.

Giró la cabeza... y al verme, su expresión se torció de inmediato.

Había enojo en sus ojos.

Evidentemente, seguía resentida por lo de la mañana.

Me ignoró por completo y siguió caminando hacia la entrada.

Cuando pasó a mi lado, le sujeté la muñeca sin pensarlo.

Le extendí la bolsa.

—Tu bolsa...

Mi contacto pareció repugnarle.

Soltó un grito y se zafó de golpe, como si la hubiera contaminado.

Sacó un pañuelo y empezó a limpiarse la piel con insistencia, como si mi mano fuera algo sucio.

Esa reacción hizo que algo dentro de mí se encendiera.

—Oye, Abril... ¿quién es ese? —preguntó uno de los chicos, claramente el líder, mirándome con desprecio.

Abril estaba por responder... pero de pronto sus ojos brillaron con malicia.

—Es un ladrón. Me robó la bolsa...

—Mateo, dale una golpiza —gritó.
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