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Capítulo 3

Author: Blanca Estelar
María ni siquiera miró a David. Lo único que contempló con lástima fue el celular destrozado.

Por suerte, la factura seguía en su bolso.

Respiró hondo y, todavía bastante serena, alzó la vista hacia él.

—No te estaba siguiendo.

David soltó una risa nasal, claramente sin creerle.

Al ver que el ambiente empezaba a ponerse feo, sus amigos se levantaron enseguida para calmar las cosas.

Solo que, a su manera, eso significaba echarle la culpa a María.

—María, de verdad ya te estás pasando. David apenas salió del hospital. El doctor dijo que el coágulo en su cabeza todavía no se le deshace y que no puede alterarse.

—Exacto. Mira a la señorita Laura, ella sí entiende que a un paciente con amnesia no se le presiona. ¿De verdad quieres llevar a David al límite? Con razón él la eligió a ella y no a ti. Ya deberías saber retirarte con dignidad...

—Está bien.

María respondió con una sola frase.

Al instante, todo quedó en silencio.

Hasta David se quedó desconcertado. La miró con abierta sospecha.

¿Y ahora qué pretendía María?

Uno de los amigos preguntó, perplejo:

—¿Qué dijiste?

María repitió:

—Dije que está bien. Si no me creen, pueden bloquearme todos ahora mismo.

Con los amigos que habían encubierto la infidelidad de David, ella ya no tenía por qué guardarles ninguna consideración.

Ellos intercambiaron miradas incómodas y voltearon hacia David.

David soltó una risita fría.

—María, ¿ya terminaste con tu escenita? Deja de intentar llamar mi atención de esta manera. Ya te lo dije: lo que uno puede olvidar es porque no era importante. Da igual si se trata de una persona o de un recuerdo.

Tomó la mano de Laura y remarcó, palabra por palabra:

—Laura es mi novia. La única y la oficial.

Laura sonrió con dulzura y luego lanzó una mirada discreta hacia María, proclamando su victoria sin decir una sola palabra.

La única y la oficial.

María había esperado esas palabras durante cuatro años.

Qué lástima.

Ahora ya no las quería.

Sonrió apenas.

—Felicidades.

David frunció el ceño, molesto.

De verdad había subestimado a María. Ahora sabía aguantar mucho más que antes.

¿Acaso creía que, retrocediendo un paso, iba a hacer que él se fijara en ella?

¿De verdad tenía que obligarlo a decir algo más cruel para que aceptara la realidad?

David abrazó a Laura por la cintura y volvió a sentarse. Apoyó el brazo en el respaldo del sofá con esa soltura perezosa y despreocupada que tanto le gustaba fingir.

—Ya que vienes a felicitarnos, entonces tómate una copa con nosotros. No me digas que solo lo dices de dientes para afuera.

María sabía que lo hacía a propósito para ponerla en aprietos.

Aun así, preguntó casi por reflejo:

—Si te acaban de dar el alta del hospital, no deberías tomar, ¿o sí?

¿No le daba miedo delatarse?

David se burló por dentro.

Claro.

María podía hacerse la dura con la boca, pero en el fondo seguía sin renunciar a aferrarse a él.

Recostada en su hombro, Laura murmuró con una expresión agraviada:

—David, María se siente mal. Si no quiere, déjalo así. No me gusta obligar a nadie.

Los amigos, por supuesto, interpretaron lo mismo: que María no podía soltar a David. Todos empezaron a aconsejarla.

—María, si no pudieron ser pareja, todavía pueden ser amigos. Seguir aferrada no te va a traer nada bueno.

—David y Laura ya hicieron oficial su relación. Ya no te quedes atorada.

—María, si no fuera porque te consideramos amiga, ni siquiera perderíamos el tiempo hablándote así.

¿Amiga?

María casi soltó una carcajada.

Levantó la vista hacia ellos y su mirada se enfrió.

Todos se quedaron tiesos por un segundo, como si de pronto les faltara el aire para seguir hablando con la misma seguridad.

No sabían por qué, pero María ya no se parecía a la de antes.

Si antes le hubieran hablado así de directo, ella ya habría bajado la cabeza.

Después de todo, en el mundo entero no había nadie que le temiera más al enojo de David que María.

Ella avanzó despacio hasta la mesa y tomó una copa.

—Yo no dije que no fuera a beber. Gracias por sus consejos. Y también les deseo, de corazón, que ustedes duren cien años juntos.

Sonrió y vació la copa.

María era muy bonita. Sobre todo cuando sonreía.

Sus facciones delicadas tenían una belleza difícil de describir, casi deslumbrante.

Incluso una niña rica como Laura, de esas que salen una entre cien, quedaba un poco por debajo.

Solo que María era demasiado reservada. Antes del matrimonio jamás había dejado que David la tocara.

Aburridísima.

Aun así, esa sonrisa bastó para ensombrecerle el rostro a David.

María estaba exagerando.

Cuando él recuperara la memoria, ya vería cómo le rogaba.

David soltó una risita.

—María, más te vale acordarte de lo que acabas de decir. Lárgate.

María asintió.

Pero en el instante en que se giró, se topó con la sonrisa de Laura.

La otra movió apenas los labios pintados de rojo.

No sirves para nada.

María se detuvo en seco.

A su espalda, los amigos no pudieron contener la risa.

Así que María por fin había entendido que ya había llevado el juego demasiado lejos y otra vez le costaba soltar.

Hasta David se llevó una mano a la frente, exasperado.

—María, no pienso repetírtelo. Yo no...

María le tendió la factura del celular y lo interrumpió:

—David, págame el celular, por favor. Lo acabo de comprar. En la factura vienen la hora y el monto. ¿Cómo me vas a pagar?

—Uy...

Los amigos empezaron a armar escándalo y a reírse, convencidos de que el truco de María era bastante patético.

David negó con la cabeza entre una risa fría, como si todo aquello le pareciera una molestia ridícula.

María ni los miró. De reojo, barrió a Laura con la vista y luego se volvió hacia uno de los amigos que tenía el mismo modelo de celular que ella.

—Si no quieres pagar, está bien. Hace rato estaba respondiéndole a un cliente. Préstame tu celular para iniciar sesión un momento. En cuanto sincronice, los mensajes van a aparecer.

Apenas terminó de decirlo, Laura ya no pudo quedarse quieta.

Si los mensajes se sincronizaban al celular del amigo, también saldrían las provocaciones que ella le había mandado a María.

No le importaba que María hablara, pero no podía permitir que David lo viera.

Laura, algo alterada, sacó el celular.

—María, no tienes por qué poner a todos en esta situación. Yo te doy el doble.

María asintió y le dictó el número.

—Señorita Laura, por favor ponle como concepto reembolso de celular, para evitar malentendidos innecesarios.

Laura, apretando los dientes, le pasó dinero a la cuenta de María.

No era que le doliera el dinero.

Lo que no soportaba era que María le hubiera devuelto la mordida.

María confirmó que el depósito había entrado, dio las gracias con educación y se dio la vuelta para irse.

Los amigos, que hasta hacía un momento esperaban ver el espectáculo, se quedaron mudos.

Uno incluso se puso de pie y miró hacia la entrada durante casi un minuto, pero María no regresó.

—¿De verdad... se fue?

—Que se vaya. Yo apuesto a que en menos de tres horas inventa cualquier pretexto y vuelve.

—Yo digo que en dos.

Empezaron a hacer apuestas entre ellos.

David dio un sorbo a su copa y sonrió con sorna.

—Yo digo que en media hora.

Laura, al escucharlo, no pudo ocultar su fastidio.

—¿Tantas ganas tienes de que vuelva a buscarte?

David la acercó a sí, con una sonrisa despreocupada.

—Nada más por diversión. Para hacer más amena la bebida.

Solo entonces Laura volvió a sonreír.

El tiempo siguió avanzando.

Media hora.

Luego una hora.

Y María no apareció.

La cara de David se fue poniendo cada vez peor.

Uno de los amigos trató de suavizarlo:

—María no tiene celular, seguro se tardó comprando otro.

Otro añadió:

—Creo que justo enfrente, abajo, hay una plaza comercial. No debería tardar mucho.

—¿Y si le marcamos? No vaya a ser que se esconda por ahí y haga una tontería.

—Sí, mejor hay que hablarle.

Seguían convencidos de que, tratándose de David, era completamente normal que María se pusiera a hacer un drama de vida o muerte.

Uno de ellos le marcó enseguida, pero la llamada no dejaba de decir que no estaba disponible.

—¿Qué...? ¿Me bloqueó?

—Imposible. Somos sus amigos. Prueba por el chat.

Los demás sacaron el celular y, al mismo tiempo, le mandaron mensajes a María.

Lo que apareció en pantalla fue el mismo símbolo rojo de error.

—Nos bloqueó a todos.

¡Clac!

David dejó la copa sobre la mesa con tanta fuerza que el golpe resonó seco.

Luego se levantó con Laura de la mano.

—Ya estuvo. Si quiere hacer un drama, allá ella. Y ustedes todavía le siguen el juego. Esta ronda corre por mi cuenta. Nosotros nos vamos.

Los demás se quedaron con expresiones raras. Solo cuando David ya se había alejado, alguien se atrevió a murmurar:

—María nunca se había atrevido a hacer algo así... ¿y si esta vez sí va en serio?

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